lunes, noviembre 17, 2008

Luz sobre un friso, Julia Uceda

Menoscuarto, Palencia, 2008. 152 pp. 13€.

Alba González Sanz

Si hay libros que tienen el extraño don de ser a la vez en sí mismos y como hitos diferenciados en la bibliografía de sus autores, este Luz sobre un friso de Julia Uceda cuenta con ambos privilegios: por lo que tiene que ver con el libro, de lo que en el fondo trata esta reseña; y por lo que supone ser el primer y único libro de cuentos publicado por una poeta de larga y reconocida trayectoria que nació en Sevilla en 1925 que fue Premio Nacional de Poesía en 2003 con En el viento, hacia el mar.
Su última publicación es pues un conjunto de cinco relatos sin aparente relación, unidos sin embargo estrechamente por un tono íntimo, traducido en una prosa poética en la que no faltan descripciones amplísimas, una adjetivación profusa y una tendencia a la elisión y al hecho sugerido. Se ambientan todos en un tiempo no concretado por fechas pero oprimido en sus políticas: una posguerra más o menos inmediata en la que la autora retrata desde la óptica de vencidos (como en Un documento) o de vencedores (como en Luz sobre un friso) una serie de vidas más o menos anodinas en cuyas acciones y omisiones se intuye un conflicto las más de las veces interior. El último relato, Blanco sobre verde se sitúa en la Irlanda que acogió a la autora durante un período de su vida y donde, según el cierre del libro, comenzó a escribir unos relatos que llevan por conclusión la ciudad de Ferrol, esto es, varias décadas de escritura hasta su actual publicación.
En un tiempo de relato moderno, el lector se va a dar de bruces con otra cosa al encarar Luz sobre un friso. No tendría por qué ser este un aspecto netamente malo, sino la constatación de otra trayectoria vital y literaria y su forma de plasmarse en la escritura. Así, hay momentos verdaderamente brillantes en la creación de ambientes por parte de Julia Uceda. El relato que da título al conjunto describe una casa sevillana donde tres solteronas, tres señoritas, viven sus costumbres arcaicas, reciben las visitas del cura y se acuerdan, en ocasiones, de aquella hermana a la que impusieron la vida monacal para impedirle una relación con un bolchevique… El desasosiego creado en el texto es espeso y real y no falla en verosimilitud aunque en sus pasajes más oníricos, cuando una de las hermanas sueña con una rosa fresca y exuberante al hilo del recuerdo de la que falta.
Blanco sobre verde, el relato final, parece un relato oracular: la narradora nos habla de su vida en Irlanda (podemos presumir que la autora nos deja entrever un tanto la realidad de esa vida allí) y de un gatito blanco que entró de golpe en ella y por las mismas salió… pero que se convierte en una especie de ser protector de la innominada protagonista, quien se encuentra —todo esto según el texto— en el último tramo de su vida y necesita sentir de alguna manera la cercanía del animal/tótem ante el inminente vértigo.
El problema de estos cuentos, salvo tal vez del último, es que contravienen en sí mismos el hecho del cuento: la acción no se desarrolla satisfactoriamente y uno puede encontrarse en algunos casos con lo que podríamos llamar ocasiones perdidas o finales no demasiado justificados salvo si se quiere pensar que Julia Uceda quiere envolver al lector pero no moverlo, no conducirlo a algún lugar concreto en el transcurso de la historia, deduciendo así que la peripecia es menos importante. Así, el relato Luz sobre un friso genera un ambiente refiriéndose a la historia de la hermana que no está presente y su pretendiente trabajador y de izquierdas, pero tal asunto queda sin expresar, voluntariamente es cierto, pero dada su importancia en el relato podría pensarse que no habría estado de más dejarlo mejor atado. No es esta una defensa de la acción por la acción pero sí de atar más en corto las fábulas y tener la sensación, aún desde la indeterminación, de que lo leído es un todo sin fisuras más allá de las que puedan significar algo. Aún así, la autora demuestra sobre todo oficio de escribir y su prosa no desdeña su altura poética, razón por la cual puede, creo, justificarse este libro.