jueves, noviembre 06, 2008

Las puertas de lo posible, José María Merino

Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 224 pp. 15 €.

Fernando Sánchez Calvo

Un libro es un objeto curiosamente movedizo, que puede permanecer estable, en su forma de paralelepípedo, o abrirse en tantas posiciones como láminas, que, como he dicho, tienen todos sus lados exentos de sujeción, excepto el que las une a las demás, de forma que giran sobre él, adelante y atrás, como las puertas de las construcciones históricas de Tierra.
No lo dice José María Merino, autor de Las puertas de lo posible (Editorial Páginas de Espuma, Prólogo de Eduardo Souto), sino uno de los muchos desheredados vitales que ocupan las páginas del último recopilatorio de cuentos del escritor gallego. Concretamente la cita pertenece al relato El viaje inexplicable, donde el libro, especie en extinción allá por el siglo XXIII, XXIV o XXV (poco importa), se erige como protagonista y como último secreto de una civilización de la que apenas se encuentran ya huellas. Esa civilización es la nuestra.
Desde Philip K. Dick y su novela ¿Pueden los androides soñar con ovejas eléctricas? e incluso, si rastreamos más, desde el mismísimo Julio Verne, el interés de los artistas por centrar una historia en el mañana para hablar del presente ha dado muy buenos resultados y éste no es una excepción. En Las puertas de lo posible, Merino reinventa un futuro (tarea harta difícil en literatura) no sólo a partir del espacio, no sólo a partir del tiempo y no sólo a partir de los personajes que deambulan por estos cuentos. Lo importante es que reinventa otro futuro a partir del lenguaje.
Por ello, todo aquel que se aventure a leer este libro debería empezar por el final, por el glosario, y debería familiarizarse con términos como “terro”, “burga”, “ferrulio”, “esnicolas”, “auvi” o “maquinena”. En general, no es digno del buen escritor explicarse delante del lector. Sí es digno, sin embargo, darle el idioma y sus herramientas (las palabras) cuando el nuevo mundo descrito es, valga el contrasentido, tan nuevo y viejo a la vez.
Mundo de extremos, hipermoderno, paradójico, donde conviven:
1. Ateos en extinción y fanáticos religiosos en claro ascenso.
2. Ratones de baja ralea (piel gris) y princesas cuyo mayor aliado es la dermoestética.
3. Guardianes del agua y ecoterros, terroristas del futuro, que, de perdidos al río, defienden la libertad de cauce para el líquido elemento a pesar de la autodestrucción que dicho acto supone para la Tierra.
4. Espacios reales que parece mentira que sean de verdad y playas imaginarias que parece mentira que sean de mentira.
5. El amor real y el amor virtual, pero el amor.
Y a pesar de ello, de la imagen desamparada del futuro que en principio pueda trasladarse al lector, la visión de José María Merino es positiva. Como recoge Eduardo Souto en su prólogo, el hecho de que Merino siga haciendo literatura a pesar de los tiempos que corren y correrán es toda una reivindicación de la alegría. Por ello Las puertas de lo posible no huelen a apocalipsis, a fétidas profecías sobre el final de los finales. Dentro de unos siglos comprobaremos (desde una perspectiva lúdica, por supuesto) cuánto se parece el futuro al futuro de José María Merino. Para entonces a lo mejor ya ni leemos, pero eso ya es otra historia.