lunes, febrero 11, 2008

Wicked. Memorias de una bruja mala, Gregory Maguire

Trad. Claudia Conde. Planeta, Barcelona, 2007. 512 pp. 19 €

Luis García

Frex y Melena van a tener una hija. Hasta aquí, todo normal. La anormalidad, la rareza (y quedémonos con el concepto de que raro es lo que es diferente), estriba en que esa niña no será como las demás nacidas en Munchkinland, donde se desarrolla en un principio Wicked, esta primera novela del autor norteamericano Gregory Maguire. Cuando la comitiva de unos titiriteros comandados por El Reloj del Dragón del Tiempo se acercan a la ciudad, sus habitantes —en un ataque de furia— se vuelven como locos contra su Pastor unionista, Frex, quien había sido advertido de las nada pacíficas intenciones de quien los dirigía y, desobedeciendo sus palabras, se disponen a ser inconscientes actores de una obra de teatro no escrita para hacer realidad una vieja leyenda: es el día señalado. Mientras tanto, Melena, custodiada por una vieja, una pescadora y una doncella dará a luz a su hija en el bosque: una “hermosa” niña de nombre Elphaba, de color verde y dientes de tiburón.
Este es el escenario de la novela, también subtitulada Memorias de una bruja mala. Este es el punto de partida de una obra que en los Estados Unidos causa furor desde su primera publicación en 1995, hasta el punto que ya existe su versión musical. Ésta es, pues, la exposición de los hechos, tal y como se nos presentan. Faltaría ahora un análisis de esa otra imagen que —a la manera platónica— es fácil reconocer al otro lado del espejo, a poco que se tenga la mente abierta y dispuesta a reconducir toda la información. Porque, ¿qué hay mas allá de los limites de Gillikin, Muchking, Wend Hardings y Quadings, los cuatro condados en los que esta dividido el país de Oz? Ya lo han descubierto: estamos situados en el mismo Oz del cuento original de L.F. Baum, mucho antes de la llegada de Dorotea, de Víctor Fleming e incluso del propio Mago.
¿Qué hay mas allá, repito, de dichas fronteras? La nada, lo mismo que nosotros fuera de nuestra región, ciudad, o barriada. A su manera, Oz es una recreación virtual con un sistema económico, político, jurídico y religioso independiente. Y, en ese contexto, la llegada de “alguien” diferente como Elphaba, o posteriormente su hermana, Nessarose, también demonizada por una extraña invalidez que no voy a desvelar, causa un profundo trastorno a todos sus habitantes. Un trastorno perverso sólo entendible desde el paralelismo que podemos (y debemos) hacer con nuestra propia realidad, ya que Elphaba de alguna forma será la encargada de dinamizar y dinamitar todo un sistema social en el que tan sólo sobreviven los fuertes. (¿Cuándo una bruja se convierte en mala salvo que lo sea por definición?). Desde ese punto de vista, Wicked es una ácida crítica a los regimenes fascistas y al capitalismo más ortodoxo, aquel que no admite entre los suyos a los raros (raro es diferente, acuérdense) y los excluye sin piedad. Porque raros son los Elphabas de turno, pero también los nacidos en las tierras de los Quadings, por ejemplo, rechazados y humillados a partes iguales.
Hay un momento en la lectura de la novela en que la repulsión inicial que se le tiene a Elphaba se convierte lentamente en una mezcla de compasión y cariño. Eso nos llevaría a pensar que el autor, Gregory Maguire, consigue otro de los objetivos de la novela: la crítica a los prejuicios de una sociedad hipócrita y desordenada, que cree ver y admitir la maldad en estado puro donde no se encuentra. Y si algo hay que decir en contra de la novela, aparte del maniqueísmo que hace que la comparemos por ejemplo con sus primas lejanas, las sagas de Harry Potter y El señor de los anillos, es que a menudo la información que se nos facilita, resulta un tanto... atropellada y pueril. Pero es, en definitiva, una interesante novela que admitiría y necesitaría varias lecturas.