viernes, junio 22, 2007

Pomelo se pregunta, Ramona Badescu / Benjamín Chaud

Kókinos, Madrid, 2007. 85 pp. 11 €

Care Santos

Pomelo es un elefante enano, de color rosa, poseedor de una trompa desproporcionada, que vive en un huerto bajo un diente de león. Por las noches, teme los puerros y la desaparición de los rábanos, que a veces ocurre. Tiene algunos amigos: la tortuga Gantok, o la patata rara que habla algo incomprensible. Los mayores entretenimientos de Pomelo son imaginar cosas, hacer teatro con sus amigos del huerto o, como se revela en esta entrega, soñar. Mucho y de lo más variado, por cierto. Lo que no se puede negar es que este personaje, que en algunas ocasiones se deja engullir por sus cavilaciones, sabe apañárselas para ser feliz.
Pomelo es un viejo conocido del público españl. En 2005 se publicaron sus tres anteriores entregas: Pomelo es elefantástico, Pomelo es feliz y Pomelo sueña, con texto de Ramona Badescu e ilustraciones de Benjamin Chaud, dos franceses de cuya fructífera colaboración han surgido un buen puñado de títulos para primeros lectores —y de los cuales, por cierto, sólo éstos han llegado a España.

¿Cuál es el secreto de este Pomelo que en entregas anteriores sentía tentaciones de fabricarse un turbante con la trompa? Por una parte, la simplicidad y colorido de las ilustraciones. Con apenas unas líneas y unos toques de color, Chaud consigue un bicho sumamente expresivo e ingenuo. El absurdo forma parte de él —comenzando por la trompa o el color de su piel— y está presente en la historia y en el modo de plasmarla. Se trata del mismo absurdo, o la misma lógica aplastante, que utilizan los niños. «¿Qué ocurrirá si la próxima página me aplasta cuando pase?», se pregunta el animalito, por ejemplo. Los dibujos llegan a sus lectores incluso antes de que hayan leído los textos. Pomelo les presenta problemas con los cuales pueden identificarse, les habla en su idioma.
Los miedos ocupan un lugar destacado. Pomelo teme muchas cosas. Siente terrores nocturnos, le molestan los insectos, no soporta la soledad, teme que ocurran cosas cuyos mecanismos desconoce por completo... Para compensarlo, juega, busca a sus amigos, inventa cosas, descubre el mundo. El secreto es el de siempre: Pomelo es lo que son sus lectores. Y cuando logra algo, todos sus lectores celebran ese triunfo que sienten como propio.
En esta cuarta entrega de la serie, Pomelo tiene dudas. No están jutificadas y llegan porque sí, por eso a veces es tan difícil encontrarles respuesta. Se pregunta en qué piensan las hacendosas hormigas que caminan hacia suhormiguero, por qué los tomates son rojos y los calabacines verdes, de dónde vienen los nabos o cómo se sabe que es primavera. En seguida sus preguntas se vuelve metafísicas, y Pomelo se cuestiona acerca de qué conforma la esencia de uno mismo cuando teme volverse de otro color, o que le salga pelo y tenga que peinarse según un estilo; medita acerca de su mundo cuando imagina a todos los habitantes del huerto fuera del mismo. Se pregunta si todos tienen dudas, y si antes alguien ha tenido estos mismos interrogantes. Incluso llega a querer saber quién decide lo que ocurre en el huerto y en este cuento.
Las preguntas de Pomelo, este encantador inseguro, nos llevan muy lejos: abordan la concepción de uno mismo, la autoestima, la sociabilidad, los rasgos que nos definen e incluso la trascendencia. Y sus firmes posturas defienden la tolerancia, el amor a uno mismo, la diversión y un cierto enigma que la vida conserva porque tal vez deba hacerlo. Nunca se había obtenido tanto de un elefante enano.
Hay en este volumen dos pequeños "capítulos" más: en uno, todos los animalillos del huerto llevan a cabo una suerte de representación primaveral —una verdadera eclosión de color, que entusiasma a los más pequeños— y en el segundo, Pomelo desvela cómo son sus momentos más tristes, en contraposición a lo que dijo en un volumen anterior respecto de "los días divertidos".
Conviene, por último, aconsejar a los padres y madres la lectura en común de cualquiera de las aventuras de Pomelo. Preparaos, eso sí, para la artillería de preguntas que el elefante rosa es capaz de despertar. Y también para las grandes dosis de diversión, que también será compartida. Un consejo universal para este verano que empieza: hay que pomelizarse.

jueves, junio 21, 2007

Bucólica y otras novelas, Emilia Pardo Bazán

Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 287 pp. 20,80 €


Ana Gorría

Bajo el título de Bucólica y otras novelas, Marta López Megía nos presenta en la colección "Rescatados" de Lengua de trapo, seis narraciones breves que vienen a señalar la solidez intelectual de una autora cuya aportación a la literatura tal vez haya sido condicionada tanto por una recepción estrechamente ligada a los límites de su época como por las propias aportaciones de la autora a la historia de las ideas y a la vindicación de los derechos de la mujer.
Tras una somera aproximación biográfica, López Megía apunta algunos de los límites e indeficiones de la novela breve como género, con el fin de señalar la relevancia de los textos de la autora gallega dentro de la historia de la narrativa decimonónica.
Estas seis novelas, cuyo periodo de escritura abarca desde 1885 hasta 1920, constatan la actitud de la autora ante la novela, que ella misma define en las palabras del prólogo a La dama joven, palabras que Marta López Megía ha colocado como materia liminar:

«Reclamo todo para el arte, que no se desmiembre su vasto reino, que no se mutile su cuerpo sagrado, que sea lícito pintar la materia, el aire y e cielo.»

La lógica de esta afirmación estructura estos textos, sometidos también a cierta moral(eja) presente en la mayoría de estas novelas breves y que a lo largo del tiempo va perdiendo fuerza, como vemos en los últimos textos del libro. Desde la literatura epistolar a la novela policíaca, la narrativa de la autora de Los pazos de Ulloa no deja pasar ninguna de las aportaciones literarias de su tiempo, consciente de que, como dice el protagonista de La gota de sangre, «el hombre de naturaleza refleja impresiones directas y el de la civilización refleja lecturas».
Al mismo tiempo, la escritora gallega presta una suma atención a los caracteres locales, reproduciendo el discurso coloquial y los idiolectos característicos de diversas localidades de España, como el andaluz y el gallego. Esta atención a lo particular también se materializa en la estructura espacio temporal de estos textos, situados (a excepción de Cada uno) en espacios rurales (pazos, castros) o en pequeñas ciudades de provincia, Marineda, hecho que le permite profundizar en las distintas estructuras sociales.
Desde un punto de vista formal es reseñable la diversidad de estructuras sobre las que se sostienen estos textos, diversidad que abarca desde la narración en tercera persona como en el caso de la dama joven, el juego de narradores y tiempos de Cada uno hasta la primera persona que articula la políciaca La gota de sangre.
No han de verse estos textos como un elemento aislado dentro de la obra de la autora. Participan de las grandes líneas de su pensamiento narrativo. Cabe señalar las similitudes que existen entre Bucólica y Memorias de un solterón, a pesar de la diferencia de tratamientos entre ambos textos, o la presencia de recursos tan característicos de estilo como la animalización de los personajes, frecuentemente mujeres, consecuencia de la anteriormente citada vindicación de la cuestión femenina, como en el siguiente párrafo de Bucólica.

«Me inclino a pensarlo, porque esta chica me trató con más desahogo durante mi mal, me cuidó con menos escrúpulos que mi hermana o mi propia madre. Y, sin embargo, al través de su tosquedad, parece inocente y mansa como el ternerillo que zagalea.»

Los seis textos que la editora ha seleccionado, suponen la constatación de la curiosidad literaria de una autora (a la que incluso algún crítico contempóraneo tachó de oportunista) que siempre tuvo en cuenta la cambiante sensibilidad que fluctuaba en las lindes del primer tercio del siglo XX.

miércoles, junio 20, 2007

Pasión de papel: cuentos sobre el mundo del libro, Varios Autores

Páginas de Espuma, Madrid, 2007. 283 pp. 15 €

Marta Sanz

Confieso de entrada que no me resultan simpáticos los libros sobre escritores que hablan de otros escritores. No me interesa demasiado la soledad del poeta frente a la página en blanco ni la frustración romántica ni el abandono de las musas ni los últimos coletazos de la deconstrucción aplicados al arte de narrar. La metaliteratura o la introliteratura o la endoliteratura me recuerdan a veces la definición de círculo vicioso que daba Ionesco: aquello de métase usted el dedo en el ombligo, dele vueltas y obtendrá un círculo vicioso. A menudo los libros explícitamente metaliterarios son una herramienta de mitificación de un oficio que, aunque tal vez preñada de honestidad, carece de pudor. Y una redundancia porque todo texto literario, por el mero hecho de serlo, es ya metaliteratura e implica una opción ética y estética que se inserta en el repertorio de posibilidades de eso que llaman el campo literario. Comparto con Jenaro Talens –lo he dicho cientos de veces- la idea de que abordar la literatura como tema de la literatura es una “coartada metapoética” tal vez para no tener que proyectar la vista hacia otros territorios –menos complacientes, menos complacidos- de la realidad. Sin embargo, siento debilidad por La lección del maestro de Henry James porque, al presentar la historia de un par de artistas -el uno consagrado, el otro en ascensión- me está hablando de la diferencia entre lo vivo y lo pintado y de cómo a veces lo pintado es una forma de lo vivo y lo vivo una forma de lo pintado, una impostura, una pose...
Hay libros que hablan de agrimensores, de abogados, de paleontólogos, de profesores universitarios, de mineros y albañiles –cada vez menos-, de cantantes de ópera, de forenses, de ladrones o de curas y, no por ello, son libros “gremiales” y/o endogámicos. Las profesiones son metáforas para expresar ideas generales sobre el miedo, la competitividad, la nostalgia, el cambio de valores... Eso sucede con los escritores, editores, correctores, traductores y lectores de los relatos de Pasión de papel. Son metáforas, a menudo jocosas, a través de las que, hablando del mundo del libro, éste queda trascendido. La atmósfera resultante es muy parecida a la melancolía. En algunos de estos cuentos aparecen trenes, quioscos de estación, librerías al borde de la quiebra, casi fantasmas, muertos vivientes... Imaginamos los cuentos de Javier García Sánchez o de Isidoro Blanstein rodados en blanco y negro; también el de Cristina Fernández Cubas, “En el hemisferio Sur”, donde en clave de literatura fantástica se evoca quizás esa pesadilla en la que el soñador ha de presentarse a un examen de matemáticas para el que no ha estudiado: el miedo a la repetición, la competencia con uno mismo y con los demás, la duplicación, la obsesión por la originalidad, por tener algo que decir, la muerte... son emociones y conceptos construidos en este relato sobre una escritora y su editor.
Las cuatro partes del volumen –los inventan, los fabrican, los difunden y los leen- están encabezadas por reflexiones de un escritor (Volpi), de un editor (Muchnik), de una librera (Lola Larumbe) y de un crítico (García Jambrina.) Es especialmente hermoso y revelador el recorrido que lleva a cabo Mario Muchnik: la figura del “editor ciclista” de unos tiempos no tan lejanos se ha metamofoseado (¿monstruosamente?) en la del contable: “para pasar las horas leyendo, un buen contable sale más barato que un editor (...) ¿Pruebas? Están en todas las librerías.” Hay verdades como puños que no requieren glosa. También Lola Larumbe pone el dedo en una llaga de perogrullo que a menudo olvidamos: no es nada fácil vender un libro.
Muchos de los cuentos asumen un tono de distancia irónica respecto al oficio que viene a atenuar, tal vez, aquello de la falta de pudor: así sucede con la obsesión por las repeticiones, coincidencias y rastreos del intertextual y borgiano cuento de Vila-Matas, con el de Leonardo Valencia, con el de Pere Calders, con el de Neus Aguado – económico y muy divertido-, con el de Volpi, con el de Carme Riera, con la patética tragedia del de Iván Oñate o con los resortes y encrucijadas, la combinatoria, la aleatoriedad o la imprevisibilidad lúdica que Zarraluqui descubre en el proceso de creación de un relato. Monterroso es siempre Monterroso. Monterroso, con sus fábulas, siempre da en el clavo. También Mario Benedetti quien en “Autobiografía” reflexiona cómicamente sobre la importancia de la mítica primera frase en los textos literarios: escribe varias y todas ellas son susceptibles de hurto por alguien que ande en busca de una primera frase capaz de seducir al lector y llevarle a firmar un pacto, un compromiso de fidelidad con quien escribe, que le lleve a leer una página detrás otra.
Me gustaría aludir a tres relatos que me han gustado de forma especial: uno de escritores, uno de traductores y uno de libreros. El primero es “Falta de vocación” de Antonio di Benedetto; las pequeñas piezas literarias de Don Pascual, un escritor principiante en la cincuentena, son un regalo, y la moraleja del cuento -hago notar a los detractores de las moralejas y de la literatura de tesis en general que a lo largo de la Historia de la Literatura los cuentos las han tenido casi siempre- iluminadora y real como la vida misma: el esfuerzo de escribir no es poca cosa y a veces ni siquiera compensa; no es un goce, puede amargar una vida que de pronto se llena de imaginaciones sin que las imaginaciones se nutran de la vida. El segundo cuento es “Nota al pie” del escritor asesinado en la época de la dictadura en Argentina, Rodolfo Walsh; el recurso de la nota a pie de página y el juego de las tipografías nos permiten contrastar dos discursos antagónicos: el del poder o semipoder –semiatento, irresponsable, olvidadizo, compasivo...- y el del asalariado. El asalariado es un traductor que antes era “gomero”: pese a su creencia de cambio de estatus –de la empresa de las ruedas de goma a la empresa cultural-, el asalariado siempre es asalariado y tiene motivos para la frustración y para todas las formas del resentimiento. Por último, en “Calle Maipú” de Angelina Lamelas asistimos, en un tono de casticismo bonaerense, a un homenaje cariñoso a los que no leen: Hernán, el esposo de la librera-narradora que cierra por ella su boyante carnicería para invertir en el ruinoso e incomprensible negocio de los libros. No hay que ser sectarios: no leer no es un estigma. Existe gente cariñosa y buena, incluso gente inteligente, que no lee. Quizás estamos muy enfermos y todo esto debería darnos qué pensar. Al fondo del cuento de Lamelas late la vida: la violencia, la carestía, la solidaridad, el amor... al fondo del relato de una librera hay muchas otras cosas además de libros.

martes, junio 19, 2007

Las voces del diálogo. Poesía y política en el medio siglo, Jordi Amat

Premio de Ensayo Casa de América. Península, Barcelona, 2007. 284 pp. 20 €

Juan Marqués

Jordi Amat ha escrito un libro sobre unas cuantas personas sensatas. Pero es también un libro de suspense, ya que transcurre en España a comienzos de los años 50, y aquellos no eran ni un lugar ni unos tiempos demasiado receptivos a la sensatez. Algo se fue haciendo, sin embargo, algo se intentó, algo se consiguió. «Si las cosas pasan, pasan gracias a personas» dice Amat al arrancar el segundo capítulo, y aquí se cuenta, simplificando mucho, cómo ciertos intelectuales españoles fueron llevando a cabo audaces iniciativas para devolver al idioma y a la cultura catalana la legalidad y la dignidad que naturalmente le correspondieron siempre. Rafael Santos Torroella, Dionisio Ridruejo, Joaquín Pérez Villanueva o Joaquín Ruiz-Giménez «conspiraron» con catalanes como Carles Riba, Marià Manent o J. V. Foix para organizar —casi siempre sin éxito— recitales, premios o revistas en catalán. Pequeños gestos que fueron agrietando desde dentro (a veces desde muy dentro) el grotesco y cruel sistema cultural de la dictadura. En ese sentido, y como hito fundamental y protagonista de este estudio, el congreso de poesía de Segovia en 1952, donde Riba acudió (tras muchos recelos, compromisos y malentendidos) para dar una conferencia sobre la poesía de su tierra y recitar versos en su lengua (algo que, tan dolorosamente, no podía hacer en Barcelona). «La mayoría de congresistas descubrieron en Segovia que la literatura catalana no era una manifestación provinciana ni mero folklore», afirma Amat (p. 165), y seguramente no hay exageración, ya que la parte más fanática y demencial del gobierno impuesto en 1939 (y esa era la parte mayoritaria y preponderante) se había propuesto en serio llevar a las lenguas periféricas a la extinción, y su estrategia era la del acoso, el desprestigio, la ridiculización.
A ese congreso se le presta mucha más atención que al de Salamanca del año siguiente (y muchísima más que al de Santiago de Compostela en 1954), porque fue el verdadero acontecimiento, el inicio de un intento de normalización que, por desgracia, apenas dio resultados, pero que sirvió para revelar definitivamente que las cosas, tarde o temprano, tendrían que cambiar. Tardarían demasiado, pero de aquel diálogo, de aquel sincero respeto mutuo, nació una esperanza y un ejemplo del que todavía tenemos cosas que aprender.
Las voces del diálogo es un libro estupendamente escrito, y en él se conjuga con acierto lo narrativo con lo analítico. Era de esperar, ya que el primer libro de Amat (Luis Cernuda. Fuerza de soledad, Madrid, Espasa, 2002) ha quedado como una de las mejores aportaciones al centenario del poeta sevillano. Se echa en falta, sin embargo, un índice onomástico (simplemente imprescindible en libros como éste) y una bibliografía algo más ordenada. Por desgracia (y tampoco por culpa de su autor) el libro ha salido con demasiadas erratas, pero apenas hay errores, y apenas de importancia (las memorias de César González-Ruano, por ejemplo, se titularon desde su primera edición Mi medio siglo se confiesa a medias, y no Mi medio siglo se cuenta a medias —p. 39—...).
Ahora Jordi Amat ha sido el responsable de la tan necesaria reedición de las Casi unas memorias de Ridruejo, cuya aparición, también en Península, parece inminente. Mientras esperamos, hay mucho que repasar y descubrir en Las voces del diálogo, un libro casi tan admirable como los hechos que en él se relatan.

lunes, junio 18, 2007

Cartas desde Selva, Avelino Hernández

Ed. Teresa Ordinas. Segovia, Tertulia de los martes, 2007. 238 pp. 11 €

José Manuel de la Huerga

Una extraña mezcla de plenitud y ruptura se decanta ya en el origen de esta apasionante “recolección” (como los frutos de su huerto) de las cartas que Teresa Ordinas hace de su compañero Avelino Hernández, muerto en el mejor momento de su vida y de su carrera literaria. Serán el gozo y el llanto, como le gusta recordar al autor en muchas de ellas, los sentimientos que prevalecerán en la retina del recuerdo del lector. Es ese sabor agridulce que rara vez encuentra el punto de sazón en el arte de la palabra, sólo cuando la literatura se imbrica con la vida y ambas se dan sentido y se perpetúan más allá de cualquier fecha luctuosa. Es emocionante, sin embargo, leer estas cartas en la perspectiva de la muerte, del tiempo clausurado, cuando desde las primeras fechadas en marzo de 1996 el autor habla a sus destinatarios de gozo de haber encontrado la Ítaca deseada (la isla de Mallorca), tras abandonar Madrid, opción arriesgada para una pareja entregada a la cultura y a la literatura que, en su madurez creativa, decide romper con los vínculos de lo fácil y arrojarse de cabeza, y sin red, por el acantilado azul del Mediterráneo.
Claro que cualquier obra de arte (incluido el género epistolar y todo lo que rodea desde bambalinas a cualquier proceso creativo) adquiere dimensiones digamos que trascendentes cuando es publicada de forma póstuma. Claro que corre el peligro de deformarse porque todo lo que la muerte toca se trastoca para ser magnificado, en un momento, y olvidado al siguiente. Por eso estoy seguro de que Avelino pondría en tela de juicio esta recopilación, o si no en tela de juicio, al menos la sometería a la conveniente cuarentena del tiempo, de más tiempo. Pero los textos en sí mismos, y la inteligente recopilación (son sólo unas pocas de más de seisicientas cartas que Avelino escribió en los siete años que duró su aventura mediterránea), apuntan directamente al gozo de vivir. O sea, para los que tuvimos la suerte de conocerlo, Avelino en estado puro. Así queda convenientemente vacunado el peligro del espejismo de santificar todo lo que tocó aquel que ahora recordamos.
Nada más lejos que esa actitud acomodaticia y autocomplaciente en un luchador nato, siempre ilusionado, siempre en vigilancia contra las maneras de bombo y platillo de las que huye en el Madrid invadido por las huestes de Aznar recientemente ascendido al poder omnímodo. No se cansa de repetirlo en sus cartas a amigos escritores, a compañeros en programas donde intentó (y consiguió) acercar la cultura al mundo rural y rescatar de ese mundo en vías de extinción todo aquello que nos mantiene vivos, nos dignifica y nos recuerda de dónde venimos: cómo vivir es el argumento de la obra, hay que aplicar la inteligencia a la vida, y si sobra algo, al arte. Dos lemas (tomados de Gil de Biedma y de Oscar Wilde, respectivamente) que ocupaban el escudo de armas de su casa en Selva, junto a las hélices del lläut que Teresa fotografió y se veían en los remites de sus sobres azules. Porque azul es el Mediterráneo, y la isla de Mallorca entera, y todo lo que ella contenía (incluida Teresa). (Que nadie pase por alto ese hermosa carta de amor).
Las descripciones de la isla vista desde su terraza, la buganvilla, su huerto y los bancales de la montaña cayendo hacia el mar son el decorado donde Avelino redacta sus cartas de ánimo, de ilusión a compañeros escritores, a sobrinos que empiezan a escribir, a algún estudioso de su obra, a su agente literaria, y todas ellas le sirven, lo explicita él mismo, para colocar sus ideas, para pensarse como escritor que quiere iniciar un nuevo ciclo narrativo, muy cerca de la poesía, con las tres obras de mayor calado de su producción: Los hijos de Jonás, una obra bidireccional, donde se entremezclan placer y dolor, una tragedia griega con la clave de las historias sagradas del Antiguo Testamento; La señora Lubomirska regresa a Polonia, la vecina de su pueblo, Selva, ejemplo de mujer decidida que atraviesa Europa, y de la que nos da cuenta en alguna carta muy interesante (en ella comprobamos cómo en Avelino la literatura oral tiene tanto calado como el mejor texto clásico); y Mientras cenan con nosotros los amigos, un título que define maravillosamente al mejor Avelino, hospitalario, hombre de mundo, incansable contador de cuentos y de historias, siempre en torno a los frutos de la tierra que tanto amó y de la que supo extraer su mejor zumo.
La recopilación de cartas es un regalo. Regalo para los que estuvieron cerca de él, que lo vuelven a recibir en forma de palabra pronunciada y paladeada, como a él tanto le gustaba; regalo para quienes no le conocieron pero desean leer las cartas de un hombre que no se casó con el poder, que fue libre, que dijo todo lo que pensó, que hizo lo que le gustó y que lo hizo bien. En un mundo de apariencias, de éxito rápido y fácil, aquí encontrará el lector atento el ejemplo infatigable de un escritor que puso por encima de otros intereses vivir, y vivir dignamente consigo mismo, mirando al mar, a su luz, recordando su tierra, teniendo presentes a un sinnúmero de amigos que le tendremos como “modelo” (perdón por la expresión que no le gustaría, pero es la que es) de excelente escritor que tuvo bien presente que no todo valía para llegar a la meta.