lunes, junio 18, 2007

Cartas desde Selva, Avelino Hernández

Ed. Teresa Ordinas. Segovia, Tertulia de los martes, 2007. 238 pp. 11 €

José Manuel de la Huerga

Una extraña mezcla de plenitud y ruptura se decanta ya en el origen de esta apasionante “recolección” (como los frutos de su huerto) de las cartas que Teresa Ordinas hace de su compañero Avelino Hernández, muerto en el mejor momento de su vida y de su carrera literaria. Serán el gozo y el llanto, como le gusta recordar al autor en muchas de ellas, los sentimientos que prevalecerán en la retina del recuerdo del lector. Es ese sabor agridulce que rara vez encuentra el punto de sazón en el arte de la palabra, sólo cuando la literatura se imbrica con la vida y ambas se dan sentido y se perpetúan más allá de cualquier fecha luctuosa. Es emocionante, sin embargo, leer estas cartas en la perspectiva de la muerte, del tiempo clausurado, cuando desde las primeras fechadas en marzo de 1996 el autor habla a sus destinatarios de gozo de haber encontrado la Ítaca deseada (la isla de Mallorca), tras abandonar Madrid, opción arriesgada para una pareja entregada a la cultura y a la literatura que, en su madurez creativa, decide romper con los vínculos de lo fácil y arrojarse de cabeza, y sin red, por el acantilado azul del Mediterráneo.
Claro que cualquier obra de arte (incluido el género epistolar y todo lo que rodea desde bambalinas a cualquier proceso creativo) adquiere dimensiones digamos que trascendentes cuando es publicada de forma póstuma. Claro que corre el peligro de deformarse porque todo lo que la muerte toca se trastoca para ser magnificado, en un momento, y olvidado al siguiente. Por eso estoy seguro de que Avelino pondría en tela de juicio esta recopilación, o si no en tela de juicio, al menos la sometería a la conveniente cuarentena del tiempo, de más tiempo. Pero los textos en sí mismos, y la inteligente recopilación (son sólo unas pocas de más de seisicientas cartas que Avelino escribió en los siete años que duró su aventura mediterránea), apuntan directamente al gozo de vivir. O sea, para los que tuvimos la suerte de conocerlo, Avelino en estado puro. Así queda convenientemente vacunado el peligro del espejismo de santificar todo lo que tocó aquel que ahora recordamos.
Nada más lejos que esa actitud acomodaticia y autocomplaciente en un luchador nato, siempre ilusionado, siempre en vigilancia contra las maneras de bombo y platillo de las que huye en el Madrid invadido por las huestes de Aznar recientemente ascendido al poder omnímodo. No se cansa de repetirlo en sus cartas a amigos escritores, a compañeros en programas donde intentó (y consiguió) acercar la cultura al mundo rural y rescatar de ese mundo en vías de extinción todo aquello que nos mantiene vivos, nos dignifica y nos recuerda de dónde venimos: cómo vivir es el argumento de la obra, hay que aplicar la inteligencia a la vida, y si sobra algo, al arte. Dos lemas (tomados de Gil de Biedma y de Oscar Wilde, respectivamente) que ocupaban el escudo de armas de su casa en Selva, junto a las hélices del lläut que Teresa fotografió y se veían en los remites de sus sobres azules. Porque azul es el Mediterráneo, y la isla de Mallorca entera, y todo lo que ella contenía (incluida Teresa). (Que nadie pase por alto ese hermosa carta de amor).
Las descripciones de la isla vista desde su terraza, la buganvilla, su huerto y los bancales de la montaña cayendo hacia el mar son el decorado donde Avelino redacta sus cartas de ánimo, de ilusión a compañeros escritores, a sobrinos que empiezan a escribir, a algún estudioso de su obra, a su agente literaria, y todas ellas le sirven, lo explicita él mismo, para colocar sus ideas, para pensarse como escritor que quiere iniciar un nuevo ciclo narrativo, muy cerca de la poesía, con las tres obras de mayor calado de su producción: Los hijos de Jonás, una obra bidireccional, donde se entremezclan placer y dolor, una tragedia griega con la clave de las historias sagradas del Antiguo Testamento; La señora Lubomirska regresa a Polonia, la vecina de su pueblo, Selva, ejemplo de mujer decidida que atraviesa Europa, y de la que nos da cuenta en alguna carta muy interesante (en ella comprobamos cómo en Avelino la literatura oral tiene tanto calado como el mejor texto clásico); y Mientras cenan con nosotros los amigos, un título que define maravillosamente al mejor Avelino, hospitalario, hombre de mundo, incansable contador de cuentos y de historias, siempre en torno a los frutos de la tierra que tanto amó y de la que supo extraer su mejor zumo.
La recopilación de cartas es un regalo. Regalo para los que estuvieron cerca de él, que lo vuelven a recibir en forma de palabra pronunciada y paladeada, como a él tanto le gustaba; regalo para quienes no le conocieron pero desean leer las cartas de un hombre que no se casó con el poder, que fue libre, que dijo todo lo que pensó, que hizo lo que le gustó y que lo hizo bien. En un mundo de apariencias, de éxito rápido y fácil, aquí encontrará el lector atento el ejemplo infatigable de un escritor que puso por encima de otros intereses vivir, y vivir dignamente consigo mismo, mirando al mar, a su luz, recordando su tierra, teniendo presentes a un sinnúmero de amigos que le tendremos como “modelo” (perdón por la expresión que no le gustaría, pero es la que es) de excelente escritor que tuvo bien presente que no todo valía para llegar a la meta.