viernes, septiembre 11, 2015
¡La Tormenta vuelve!
La tormenta vuelve el próximo dos de octubre.
¡Nos vemos pronto!
miércoles, junio 10, 2015
El misterio del carruaje, Fergus Hume
Trad. Rosa Sahuquillo y Eva María González. Editorial dÉpoca, 2015. 352 pp. 23,50 €
Victoria R. Gil
Victoria R. Gil
Especializada en literatura decimonónica, la editorial dÉpoca se dedica a recuperar a escritores desconocidos u olvidados en nuestro país, centrándose sobre todo en la novela victoriana. A esta categoría pertenece Fergus Hume, precursor de Conan Doyle y del detective más célebre de la ficción, Sherlock Holmes, y dueño de un saludable sentido del humor, a juzgar por el epílogo que acompaña a esta obra, un auténtico bestseller del siglo XIX cuya publicación fue costeada por el propio Hume ante la falta de interés de los editores. En él, describe Hume del siguiente modo el inesperado éxito de su primera novela «Contrariamente a las expectativas de los editores, y debo añadir que a las mías propias, toda la edición quedó agotada en tres semanas y los lectores demandaron una segunda». Y la fama que alcanzó en Inglaterra fue tal que «muchas personas han asumido la autoría de mi libro; un caballero llegó tan lejos como para amenazarme con pegarme un tiro si yo afirmaba ser su verdadero autor. Me complace decir que hasta el momento sus intenciones no han sido llevadas a cabo».
Aunque nacido en Inglaterra, Fergus Hume creció en Nueva Zelanda y se instaló después como abogado en Australia, donde se empeñó sin éxito en convertirse en dramaturgo hasta que descubrió que se le daba mejor escribir (y se vendían más) novelas de misterio. Todos los ingredientes del género que empezaba entonces a definirse, muchos de los cuales aún le son propios, están presentes en El misterio del carruaje: el melodrama, los amores trágicos, el abismo social que separa la mejor sociedad de los barrios más marginales, los personajes de pasado misterioso, la incansable investigación, las cartas secretas, el inocente falsamente culpado, la sorprendente revelación final… Reúnan todo ello en una novela coral, con sus toques de ironía y crítica social, y entenderán por qué a la muerte de Hume en 1932 las ventas de esta obra en todo el mundo superaban los 750.000 ejemplares.
Todo comienza cuando Oliver Whyte es asesinado en el interior de un carruaje de alquiler mientras éste recorre, con su cochero en el pescante, las calles nocturnas de Melbourne. La noticia primero de la aparición del cadáver, el relato después de las extrañas circunstancias que rodearon el crimen y la posterior detención de un sospechoso, el hasta entonces intachable caballero Brian Fitzgerald, mantienen en vilo a la ciudad, espantada por el suceso, pero ansiosa por conocer todos los detalles hasta el punto de agotar una tras otra las sucesivas ediciones de los periódicos.
No falta tampoco la heroína, en este caso, la joven heredera Madge Frettlby, que entre desmayo y desmayo encuentra tiempo suficiente para buscar las pistas que han de salvar a su enamorado de la horca. Porque en El misterio del carruaje no hay un único y sagaz policía que lleve el peso de la investigación. Al contrario, al menos tres personajes (además de la hermosa Madge) se reparten ese papel: el detective Gorby, el investigador Kilsip y el propio abogado del protagonista, convencido de su inocencia y de que sólo descubrir al verdadero culpable le hará recobrar la libertad. Seguramente por eso he disfrutado tanto de esta novela de misterio, ya que, quizás por alguna tendencia latente hacia la delincuencia, mis pasiones literarias siempre se han decantado más por Arsenio Lupin, Raffles y Rocambole que por Sherlock Holmes o Hércules Poirot.
Las investigaciones que siguen los diversos personajes conducen al lector desde la alta sociedad acomodada en su hipocresía y sus secretos a la delincuencia y la prostitución de los arrabales, donde lo que cuenta es sobrevivir al precio que sea. Hume describe no sólo el ambiente degradado en que se mueven personajes como La Reina o la Abuela Raterilla, sino que traslada a la novela los diferentes modos en que se expresan, en contraste con la cuidada dicción de las mejores familias de la ciudad.
Este entorno geográfico e histórico que resulta ajeno al lector actual se vuelve más cercano gracias a las notas a pie de página que facilitan el contexto necesario para comprender citas y alusiones propias de la época y el lugar en que fue escrita la novela. Y no es éste el único elemento a destacar del trabajo editorial realizado por dÉpoca. Por lo que se refiere al aspecto material, el libro al completo está lleno de detalles para disfrutar: tapa dura con una sobrecubierta ilustrada, al igual que los dibujos interiores, por C. Sedano; una cinta de raso como punto de lectura, un marcapáginas y una lámina que reproduce la ilustración de cubierta.
En cuanto al contenido, además de las notas aclaratorias, el prefacio de la editora Susana González nos da las claves necesarias para conocer a Fergus Hume, que a su vez nos contará las particularidades de su trabajo en un epílogo que fue escrito como prólogo por el propio autor para la reedición de la novela en 1896.
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martes, junio 09, 2015
Diarios de la Revolución de 1917, Marina Tsvietáieva
Trad. Selma Ancira. Acantilado, Barcelona, 2015, 224 pp. 14 €
José Miguel López-Astilleros
José Miguel López-Astilleros
Marina Tsvietáieva (1892-1941), junto con Anna Ajmátova y Nina Berbérova, es una de las escritoras rusas fundamentales del siglo XX. Las tres pertenecieron a una burguesía ilustrada y sufrieron los rigores del poder bolchevique, cada una de una de una manera diferente. En ella literatura y vida se confunden, y son fuente recíproca que desemboca en un mismo surtidor, el de toda su obra. Su poesía, sus ensayos, sus obras dramáticas, sus cartas y sus escritos autobiográficos nacen tanto de su experiencia vital como literaria, en un momento en el que la historia de Rusia se escoraría hacia una brutal dictadura, contra la que se rebeló de una manera incuestionable, produciéndole un sufrimiento del que nos dejó amplio testimonio, pues el ansia por escribir no la abandonó jamás, incluso en los momentos más duros de su vida, hasta que no pudo más y terminó quitándose la vida un 31 de agosto de 1941. Hoy, que tanto abunda el falso género autobiográfico de historias insulsas, disfrazadas de géneros literarios más o menos novedosos, se agradece su «temeraria sinceridad», rasgo que más admiraba de su amado Alexander Blok, como señala Irma Kúdrova en el prólogo a Un espíritu prisionero. Adentrarse, pues, en su vida a través de sus diarios y textos autobiográficos, como este, es doloroso por la angustia que rezuman, y apasionante por el amor a la vida y la literatura que destilan, tanto desde el punto de vista literario como histórico y testimonial.
Desde 1990 se ha venido publicando en España una buena parte de su obra. Entre los libros autobiográficos más importantes están Un espíritu prisionero y Confesiones (ambos en Galaxia Gutenberg), además de Indicios terrestres (Cátedra/Versal), que contiene el diario entre 1917 y 1919. La edición de Acantilado viene a completar y complementar los dos primeros libros citados, que venía echándose de menos a disposición del lector español, tras haber sido descatalogado Indicios terrestres.
Estos Diarios de la Revolución de 1917 están compuestos por textos redactados entre 1917 y 1919, aparte del capítulo titulado “Mi buhardilla. Notas moscovitas de 1919-1920”. Coincide este período con el comienzo de la madurez literaria de Marina Tsvietáieva, con obras como el ciclo Poemas a mi hija o Historia de Sónietshka. El libro arranca con un apartado titulado “Octubre en un vagón. (Notas de aquellos días)”, Marina tiene veinticuatro años y se dirige en un tren hacia Moscú, al encuentro con su esposo y sus dos hijas, mientras acontece la Revolución de Octubre. A partir de este momento narrará todas las vicisitudes por las que pasó en aquellos tiempos, sus vivencias, pero lo más sobresaliente es que no sólo aludirá a los grandes acontecimientos, sino a la historia cotidiana de la población, su historia íntima: el caos reinante en las calles, el frío, la corrupción de los capitostes bolcheviques, los saqueos, la escasez y el hambre, con detalles tan conmovedores como cuando cuenta que ella y sus hijas se alimentaban de patatas congeladas, podridas (Irina, su hija menor, murió de hambre en un orfanato en 1920). En una ocasión el penoso transporte de las patatas putrefactas hasta su casa se erige en una trágica metáfora existencial. Incluso tuvo que sobrevivir con los alimentos que algunos buenos amigos le cedían. Frente a estas penurias su calidad humana se eleva hasta límites épicos, así declara que no roba para comer, en cambio sí lo hace para escribir, tal es la pasión por la palabra, que la lleva a sustraer papel y tinta. Y no solo eso, sino que su exquisita educación está por encima de la propia subsistencia y la de sus hijas: «Es indecente estar hambriento cuando el otro está ahíto. La buena educación es en mí más fuerte que el hambre,-incluso que el hambre de mis hijas.» (pág171). Se pone de manifiesto una cierta incapacidad para adaptarse a una sociedad degradada, según ella, con unos valores tan distantes de los suyos, que los critica con ahínco, así llega a decir de los comunistas «...no los odio a ellos, sino al comunismo». No es de extrañar, puesto que ella vivía en un mundo de hipercultura que choca con la realidad más descarnada, y la lleva a sentirse muy sola, desfallecida, desesperanzada.
Otra faceta brillante de estos textos se refiere al arte y al pensamiento. Abundan las disquisiciones sobre el teatro, la poesía, el amor, la muerte o su pensamiento social de raigambre cristiana e influenciado por las Sagradas Escrituras. Se nos rebela en estas páginas también como una pensadora sensible, incisiva y profunda. Queden como prueba estas citas sobre tres temas fundamentales en su obra y en su vida, el amor, la muerte y la literatura respectivamente: «Hay dos maneras de relacionarse con el mundo: la amorosa y la maternal.»; «Saber morir-es saber superar la agonía es decir, de nuevo: saber vivir»; «Hay que escribir sólo aquellos libros por cuya ausencia se sufre.» No está demás advertir al lector primerizo de Marina Tsvietáieva sobre la presencia de los guiones, que representan, según señala Elizabeth Burgos en el prólogo de la Antología poética de la editorial Hiperión, «Un entramado de ritmo y de aliento entrecortados, a la vez juego de acentos entre letras y sílabas…»
Son innumerables los maravillosos descubrimientos que les esperan a quienes se adentren en la vida y en la obra de esta grandísima escritora, sea a través de su poesía, sus deliciosas cartas a Rilke y Pasternak, sus ensayos o cualquiera de sus obras. Y cómo no a través de estos diarios, escritos de una manera vibrante, ígnea podría decirse, fuente inagotable de emociones y conocimiento.
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lunes, junio 08, 2015
Riplay. Historias para no creer, VV.AA.
Adriana Hidalgo Editora, Alcalá de Henares (distrib.), 2014. 208 pp. 16,50 €
Pedro Pujante
Pedro Pujante
Una de las tareas más raras y fascinantes que el hombre ha acometido es la creación de libros. Y el adjetivo ‘rara’ no es casual. Porque el libro, esa prolongación de la imaginación, que diría Borges, es un artilugio interminable, interactivo y abierto que comunica al menos a dos seres a través del tiempo y el espacio. Dos seres: el lector y el escritor.
No obstante, en esta antología la experiencia es multitudinaria, porque acuden a estas páginas bizarras una suerte de escritores contemporáneos que han decidido contarnos algo. Un cuento, quizá un verso, un fragmento de noticia. Una ilustración, una fotografía. Y a pesar de las diferencias de sus autores todos los textos tienen un denominador común: Robert Ripley, un conocido caricaturista que recogía en su columna ‘Believe it or not’, extraños sucesos, casos y lugares exóticos en todo el mundo. De esos casos que hoy día nadie creería. O quizá sí.
En forma de homenaje, este libro que han editado Jorge Carrión (Tarragona, 1976) y Reinaldo Laddaga (Rosario, 1963), es un compendio de textos, con imágenes, que recoge una actualización en clave literaria de aquel mundo extraño y sensacionalista que debió de ser la sección periodística de Ripley.
Ripley llegó incluso a construir un museo. Este libro, a su modo, es un museo también. En sus estantes y vitrinas podremos observar las breves criaturas que han pergeñado autores como Mario Bellatin, Juan Carlos Márquez, Javier Moreno o Edgardo Cozarinsky. Laura Fernández, Manuel Vilas, Jon Bilbao, Sergio Chejfec o Rodrigo Fresán. Una lista de grandes escritores contemporáneos en lengua castellana. Y muchos más. No los vamos a detallar aquí a todos porque esta reseña se haría interminable.
La idea consistía en que cada autor recrease a su manera, y teniendo en cuenta el espíritu de los textos y viñetas de Ripley (bizarros, increíbles, raros, breves, fugaces), su variación escrita o dibujada. Se ha pretendido salvaguardar el espíritu original, incluso se mantienen los títulos ripleyanos. Y creo que el efecto final es logrado. Porque, a pesar de la diferencia de las plumas y argumentos, el libro es en cierto modo homogéneo. Y quizá ese sea uno de los aciertos de esta antología. Además de haber logrado traducir un universo de origen pulp a una coordenadas literarias de gran calidad. Aunque realmente, leyendo este libro híbrido y trasgresor, uno no tiene muy claro dónde están las diferencias, dónde colgar las etiquetas.
En él se cuentan o reseñan las vidas de hombres ciegos que pueden ver en la noche, mujeres sin miembros, niños con dos penes o de piel transparente, pájaros que ladran, una madre progresiva (léanlo y lo entenderán) y demás extrañezas genéticas, a mitad de camino de lo macabro y lo sobrenatural.
También hay otras situaciones esperpénticas: compra y venta de parcelas en la Luna, influencia de los alienígenas en los movimientos bursátiles, magias extrañas, costumbres de tribus oscuras de remotos países.
Textos breves, microrrelatos, algún poema, ilustraciones y fotos. Este libro se puede entender como una antología genial, macabra, divertida y poliédrica. Imaginativa y repleta de anécdotas inverosímiles. Yo lo imagino como una habitación escondida en un museo de los horrores, con fetos en tarros de cristal y monstruos disecados que te miran estupefactos.
El lector ha de adentrarse por sus laberintos, para disfrutar y revivir aquel mundo que inventó Ripley. Lo de creer o no creer, ya dependerá de cada cual.
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viernes, junio 05, 2015
Breviario negro, Ángel Olgoso
Menoscuarto, Palencia, 2015. 160 pp. 16 €
Ángeles Prieto Barba
Ángeles Prieto Barba
Viene siendo tradicional iniciar las reseñas de libros de microrrelatos explicando a los lectores qué son y a qué género pertenecen. Mas como esto interesa a los teóricos de la literatura, vamos a saltarnos por completo este capítulo obligado, ya que podemos encontrar suficientes muestras en el mercado para formarnos una idea propia. Que puede estar equivocada. Por eso sí creo preciso advertir, a todo aquel interesado en este sucinto volumen buscando historietas breves, ligeras y ocurrentes, ideales para salir en Twitter y convertirse en trending topic, que haga el favor de no acercarse a este Breviario. Ni mirarlo, vamos.
Pues salvo el relato pretendidamente divertido titulado “El encuentro“, claramente descolgado del resto, apenas vamos a encontrar chispas de humor en todo este libro grave, denso como ninguno, lleno de cargas de profundidad sobre nuestra forma de vida. Tampoco hay crítica social en el mismo, pueden estar tranquilos quienes acaban de salir de una campaña electoral martirizante. No es eso. Lo que refleja este libro con insistencia son los horrores de la propia existencia, y sobre todo aquellos que nos sobrevienen al pensar en nuestro seguro final. Ya que tal y como indica José María Merino en el prólogo, la Muerte es clara protagonista de los relatos centrales y cruciales del libro. No de todos, ya que los encontramos bien acompañados por otros con periplos exóticos, presentes en libros anteriores (Japón, Escocia, Argentina) y también homenajes literarios a figuras señeras (Kafka, Cunqueiro, Chateaubriand), asimismo habituales.
En esta séptima entrega de cuentos observamos a un Olgoso suelto y seguro, ya que se trata de un autor que tiene muy bien tomada la medida a la historia que nos quiere transmitir con un estilo único y característico, donde no escasean los cultismos, adjetivaciones muy prolijas buscando siempre la exactitud y un gusto irreductible y confesado por las enumeraciones. Lo que dará lugar a relatos muy cargados y densos, historias que en modo alguno se pueden consultar de manera rápida y continuada como los capítulos de una novela sino que, dependiendo de la pericia del lector, se deben leer sólo unos cuantos al día, digiriéndolos. Advertencia importante, so pena de que no nos enteremos, disfrutemos, ni asimilemos en absoluto el contenido de las mismos.
Además nos llama la atención que, siendo este el libro de relatos de Olgoso que más se parece a “Los demonios del lugar”, ya lejano en el tiempo, no rompe lazo con su precedente “Las frutas de la luna”, sino que continúa algunos caminos nuevos iniciados en este, como esos relatos epistolares de ambos volúmenes donde el autor sin timidez nos habla directamente de sí mismo. También de sus dudas sobre la escritura, que compartimos. Toda vez que este esquema exigente y rígido en lo formal puede provocar distanciamiento de ese lector que aprecia estos fogonazos o impresiones lúcidas tan cercanas a la poesía en prosa, pero que sin duda necesita extensión mayor, más descripciones, acciones y reflexiones para poder abarcar, entender y asumir la enorme complejidad de los grandes temas de la existencia: el amor, la vida o la muerte. Para llegar a conclusiones propias sobre estos. La propia existencia, de hecho, exige cambios, nada dura. ¿Estaremos acaso ante un libro de transición hacia un discurso más prolijo, de mayor desarrollo, más extenso? Esa impresión tengo. Mientras tanto, bienvenido sea este Breviario con toda su sapiencia y hondura.
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jueves, junio 04, 2015
Pessoa, el señor de la nada, Francisco Legaz
III Premio Oscar Wilde de Novela. Ediciones Irreverentes, Madrid, 2014. 167 pp. 15 €
Pedro Pujante
Pedro Pujante
A la manera de Sterne, Francisco Legaz, o mejor dicho el narrador, emprende en esta novela su viaje sentimental, esta vez por Lisboa, tras las huellas del escritor Fernando Pessoa. En realidad, la búsqueda del poeta portugués no es sino una excusa para poder vagabundear por las calles de Lisboa, por los rincones de una geografía inventada, de su propia memoria, por la vida, por la literatura.
Porque este viaje no es un viaje físico, ni siquiera emotivo. Más bien es una singladura existencial y literaria, en la que su narrador (con)funde vida con obra, recuerdos con lecturas, experiencias propias con ajenas (sobre todo pessoanas). El protagonista es un flâneur borracho y triste que se mimetiza con la sombra imborrable que en Lisboa sigue proyectando el atemporal Fernando Pessoa.
El narrador, siguiendo las indicaciones de un Atlas que describe una geografía confusa sobre Pessoa, se decide a viajar a la capital de Portugal, tratando de reconstruir el trayecto imaginario que este libro propone. Así, mediante el periplo literario, también seremos testigos de la recomposición de su fragmentaria existencia. El viajero, como veremos, es una víctima de sus propias circunstancias. Una vida deshecha que cobrará cierta viveza al encomendarse al azar, a la magia de Lisboa, al hechizo de la literatura.
Reflexiones sobre la vida, sobre la muerte. Encuentros con el doble, con los heterónimos que a lo largo de su obra fue diseminando Pessoa. Un autor que sigue vivo en Lisboa, que casi es el fundador de una urbe fraguada en el imaginario de tantos lectores, de tantos viajeros. Porque, ¿no será, como se plantea en este libro, Pessoa una invención, un fantasma?
La literatura es capaz de todo, entendemos en este viaje por la memoria, por el olvido, por Lisboa. La literatura es una niebla espesa que se diluye solo al final del viaje, es también el mismo viaje y el viajero. La literatura es ese único amor que hace sentirse culpable a su amante por dejar a las mujeres en un segundo plano.
No sé si he escrito una reseña de este libro. Solo añadiré que el que se adentre en estas melancólicas páginas acompañará a su narrador por un viaje de autodescubrimiento, de toma de conciencia de esa realidad oblicua que en tantas ocasiones arrinconamos con algo que falsamente llamamos vida. En este recorrido por una Lisboa onírica, agoninante, espectral y neblinosa, tras las huellas indelebles de Pessoa, quizá descubramos que al final del camino solo nos aguarda la bruma, y que el viaje es el único premio, el único consuelo con el que liquidar las deudas de un trayecto repleto de enigmas y penurias. El peaje que el lector ha de pagar cuando la literatura se confunde con la vida.
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miércoles, junio 03, 2015
La señorita Pym dispone, Josephine Tey
Trad. Pablo González-Nuevo. Hoja de Lata, Gijón, 2015. 319 pp. 21,90 €
Victoria R. Gil
Victoria R. Gil
Quienes descubrimos a Josephine Tey con la magnífica novela La hija del tiempo estábamos deseando conocer otras obras de la misma autora para prolongar el disfrute de aquella lectura, pero su investigación policial sobre Ricardo III y el supuesto asesinato de sus sobrinos en la Torre de Londres era el único de sus libros traducido en España. Esto ha cambiado gracias a la editorial Hoja de Lata, que acaba de publicar La señorita Pym dispone para alegría de los seguidores de esta escritora escocesa a la que esperamos continuar leyendo en el futuro.
Nada tiene que ver esta obra con La hija del tiempo, por si hay quien se acerca a ella buscando nuevos casos del inspector de Scotland Yard Alan Grant, pero no por ello resulta menos recomendable. La protagonista de esta narración es la señorita Pym del título, una profesora de francés, soltera y de mediana edad, más resuelta de lo que una descripción así podría hacer sospechar y a quien la publicación de un manual de psicología, original y revisionista, convierte en autora de éxito y conferenciante de moda.
Con este peculiar personaje y un delicioso sentido del humor, Josephine Tey construye una novela de intriga a la que no le faltan sus toques de costumbrismo y de crítica social, además de un análisis de las relaciones humanas siempre complejas, pero más aún en un ambiente de emociones tan volátiles como es un internado de señoritas.
A la Escuela de Educación Física Leys, situada en plena campiña inglesa en la década de los años cuarenta del siglo pasado, llega la señorita Pym para ofrecer a sus alumnas una charla sobre psicología, invitada por una antigua compañera de estudios, directora en la actualidad del centro. Pese a que la señorita Pym está deseando volver a la comodidad de su hogar para huir del bullicio de la escuela, decide quedarse más días de los previstos, seducida por lo agradable del lugar y por «las buenas, honestas y sanas muchachas» que le demuestran su admiración incondicional y un afecto sincero.
El contacto diario con estudiantes y maestras, que Tey describe con el acierto de quien ha sido ella misma alumna primero y profesora después de educación física, hace aflorar sentimientos ocultos y le permite describir ajustados perfiles psicológicos. En este acercamiento al cerrado universo que representa el internado femenino, pronto nos daremos cuenta de que no todo es tan simple como parece y que «estas chicas no llevan una vida normal, no puede usted esperar que sean normales», como alguien se ocupa de advertirle.
La señorita Pym dispone se disfruta por sí mismo, por el retrato certero de sus personajes y por el deseo que despierta en el lector, incluso más allá de la mera intriga policial, de averiguar los secretos que se esconden bajo la amistad que todas parecen compartir. Sacar a la luz las corrientes ocultas que fluyen entre Bollito de Nuez, Beau Nash, «la corpulenta señorita Hodge, la inteligente señorita Lux, la simplona señorita Wragg, la elegante madame Lefevre» es una necesidad a la que no podemos sustraernos.
Recomienda la editorial esta obra para amantes de las clásicas novelas de intriga y nostálgicos de Enid Blyton y tiene mucha razón. Para quienes crecimos leyendo las series de esta famosa autora de novelas juveniles sobre los internados Torres de Malory o Santa Clara, la Escuela de Educación Física Leys es un paisaje conocido: las meriendas campestres, los partidos de críquet, los verbos irregulares franceses… Inmersos en esa rutina diaria que imponen las clases y los deportes, nos dejamos cegar por una falsa apariencia de normalidad hasta que la sorpresa llega con un suceso trágico e inesperado que nos hace replantearnos todo lo que creíamos saber. Desde ese momento y hasta el final de la novela, el plácido discurrir de la lectura, tan grato y cordial hasta entonces como el té de las cinco, se convierte en una duda que nos angustia del mismo modo que a la señorita Pym, atrapada en un conflicto ético en el que debe decidir si «siempre hemos de hacer lo correcto sin preocuparnos por las consecuencias».
El principal acierto de Josephine Tey es el de jugar al despiste con este libro que se viste de encantador divertimento hasta que deja caer la bomba que sacude tanto el colegio como la novela y noquea al lector desprevenido con la evidencia de que hasta el mismo paraíso puede albergar una serpiente. Quién iba a decirle a la señorita Wragg que su deseo sería satisfecho con tal diligencia por la fatalidad: «Algún pequeño escándalo no estaría mal de vez en cuando para olvidarnos de tanto hacer el pino y dar volteretas». Con razón aseguraba Oscar Wilde en Un marido ideal que «cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias».
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martes, junio 02, 2015
La vida equivocada, Luisgé Martín
Anagrama, Barcelona, 2015. 288 pp. 18,90 €
Pedro M. Domene
Pedro M. Domene
Preguntarse sobre la vida, la identidad o sobre la muerte son temas que habitualmente Luisgé Martín (Madrid, 1962) domina, y bastante bien. En esta ocasión, el madrileño repite esquemas y vuelve a plantear cuestiones que nos incomodan y perturban algo más nuestra existencia. En La vida equivocada (2015), una colección de cuadernos y numerosos álbumes de fotografías, muestran un secreto que dos miembros de una misma familia han ido acumulando a lo largo de unas vidas desafortunadas, primero el padre en un intento desmesurado por sobresalir a lo largo de su existencia, y un hijo que repetirá el mismo esquema sin apenas darse cuenta; en medio la mirada del narrador, un testigo convertido en el auténtico artífice que desvela la vida de Elías padre, y de Max hijo, en realidad, dos historias sobre el fracaso de una ambición.
Un bellísimo y desconocido joven Max Leopardi conoce en un taller de escritura al narrador de esta historia, pronto convive con él una tórrida relación durante un breve tiempo para después abandonarlo y reencontrase veinte años después; todo esto se cuenta en un extenso “Principio” que aporta el plan narrativo previo a una seductora historia, y un “Final” que la cerrará como muestra de esa desgarradora existencia vivida por padre e hijo, visto en la distancia del narrador que asiste al declive de ambos, una muestra más de esa identidad imprecisa que novela el madrileño dueño de esa capacidad de producir luces y sombras en los abismos que provoca el deseo en sus personajes. El resto, se convierte en el hilo central de La vida equivocada; es decir, el secreto de Max y de Elías por separado, aunque con la perspectiva de un mismo fracaso porque los intentos desmesurados se repiten en uno y en otro, solo el narrador con su afilada técnica narrativa, con su estilo contundente y la precisión que caracteriza a su prosa, logra que el hilo narrativo no llegue a romperse, sino que se complemente y a las preguntas que asaltan a uno y otro, esa rotunda visión sobre la vida, la identidad y la muerte, todo se convierta en una historia común, y más que de una vida equivocada, descifremos la existencia de los otros.
Una vez más, el narrador madrileño insiste en un procedimiento ensayado, que identifica autor y narrador, añade solvencia y credibilidad al relato, y deriva además en un auténtico testimonio. Con esta estructura, con su estrategia narrativa parece no recurrir a personajes inventados, sino a gente conocida, no en vano se nombra a sí mismo, y con su relato justifica y saca del anonimato a quienes en otro tiempo fueron importantes en su vida. Aunque, en esta ocasión, el narrador aparece como simple testigo, se convierte en una impostada omnisciencia, delega en la voz de Max y de Elías que dejan constancia de toda una biografía que el maduro y conocido escritor Luisgé Martín ignora, y descubrirá cuando empiece a leer los cuadernos, y sabrá de los oscuros reveses y esfuerzos de padre e hijo, aunque es Max quien capitaliza todo el dolor y su historia como la del padre queden ensambladas como una sola narración, y sus vidas se conviertan en algo que afirma él al comienzo, «esa cosa insustancial y extraña que no lleva a ninguna parte».
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lunes, junio 01, 2015
Miradas, Guido Finzi
ACVF Editorial, Madrid, 2015. 164 pp. 11,86 €
Miguel Baquero
Miguel Baquero
Siempre se ha dado por supuesto que entre los escritores hay mucha «pose», dicho siempre también con ánimo peyorativo. Lo cual no pienso, en realidad, que esté tan mal, si lo tomamos como esfuerzo para mantener una actitud, sostener una propuesta estética que en ocasiones debe trasladarse también a la indumentaria, al comportamiento, a la manera de hablar del autor. En realidad, y pensándolo mejor, la tan denostada «pose» (crearla y sostenerla) sería más bien un merito… a condición de que parta de la honradez y de la verdad. Porque cuando parte de una campaña de marketing en que se han establecido las últimas tendencias a seguir por quien quiera vender libros, o de unos asesores que obligan a un determinado autor a ser juvenil y desenfadado, o de una reflexión casera y anticuada que identifica el «escriturismo» con ser un estrafalario o un «snob», entonces es cuando el concepto «pose» referido a un escritor (más bien a uno que dice que escribe) resulta de lo más grotesco.
No es este el caso de Guido Finzi, me apresuro a afirmar, un escritor hispanoargentino a quien muchos conocimos por su primera colección de relatos: Rumbo sur, editada por primera vez en digital, y que, dada su buena acogida, pronto conocerá la edición impresa. Entretanto este acontecimiento (pequeño pero «acontecimiento» para quienes desde el primer momento conectamos con su estilo) se produce, se publica en estos días Miradas, su segunda colección de relatos.
Sería larga y un poco absurda tarea desmenuzar aquí críticamente los casi treinta cuentos que componen este volumen. Baste decir que se podrían agrupar en tres temáticas: las historias de amor, surgidas o recordadas a partir de encuentros casuales en cafés de Madrid o de Buenos Aires; las historias que tienen como protagonistas a antiguos nazis huidos o a viejas víctimas del Holocausto; y los que sirven como pretexto para verter una mirada crítica sobre el clima actual que nos rodea cuando se supone hablamos de cultura, un ambiente bastante estúpido en general.
Y es en este punto cuando vuelvo a lo de la «pose». Guido Finzi (se aprecia enseguida en cada uno de los renglones tanto de este libro de relatos como del anterior) ha querido en todo momento «actuar de escritor» y escribir buenos cuentos, hacer un libro serio (no confundir ni mucho menos son solemne), donde la literatura tal como la solemos entender tenga la importancia debida. Nadie entienda con esto que su estilo sea florido, rimbombante (como ay, muchos enseguida se figuran hoy en día cuando se dice de una obra que es «literaria»); muy al contrario es una prosa fluida, trabajada para que suene con naturalidad (que no, como también se confunde, dejada caer desde lo alto), que acompaña a unas historias que buscan incluir a personajes verdaderos.
En todos sus relatos, Finzi busca, en último caso, la elegancia, la clase. No busca reconstruir esa vida común y ordinaria de la que, al final, con la excusa de reivindicarla, están llenos libros, y películas, y series de televisión; ni emplea lo soez al expresarse, con la coartada de que «es lo que hay». Finzi quiere, desde el primer momento, asentarse lejos del mundo cotidiano (para acceder al cual, quizás, no necesitamos libros, sino simplemente bajar a la calle) e invitar a sus lectores a ingresar en un mundo diferente donde la gente habla con «propiedad» (esa extraña facultad que los personajes literarios han perdido), cuentan historias interesantes, aspiran a enriquecerse intelectualmente, huyen del lugar común, abominan la obviedad, son de trato educado y correcto. No se ríen a carcajadas, según las acotaciones de los malos libros, ni fuman un cigarrillo detrás de otro (de nuevo las acotaciones) sin pedir permiso a quienes tienen alrededor, ni salen a la calle «a la carrera» sin antes prestar siquiera un segundo de atención a su aspecto.
Son, en suma, personajes con clase e historias con elegancia, que son lo que Guido Finzi está convencido que un escritor debe proponer a sus lectores. El resultado es un libro exquisito, para leer con calma, con sosiego (qué pintan esas prisas y esos «tirones» con los que ahora, al parecer, tienen que leerse todos los libros), quizás junto a una taza de buen café y pasando las páginas sin atropellarse.
viernes, mayo 29, 2015
Saltaré sobre el fuego, Wislawa Szymborska
Trad. Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Nórdica, Madrid, 2015. 142 pp. 17,10 €
Care Santos
Care Santos
Una vez me pasé una tarde entera en el café Nowa Prowincja de Cracovia, sólo por ver llegar a Wislawa Szymborska. La poeta y premio Nobel polaca solía reunirse allí con sus amigos para leer sus poemas. Sus amigos eran lo más selecto de la poesía contemporánea polaca, de Czeslaw Milosz a Ewa Lipska. No apareció. Me pregunto qué habría ocurrido si lo hubiera hecho. ¿Me habría atrevido a abordarla o sólo pretendía observarla de cerca, cerciorarme de que era real, de que existía? Porque con los grandes poetas ocurre que a veces dudamos de su corporeidad. Verla llegar habría sido la pequeña constatación del milagro.
La poesía de Wislawa Szymborska tiene algo de milagro. Una voz nada pretenciosa, absolutamente falta de rimbombancia, que habla al lector cara a cara, mirándole a los ojos. Szymborska se reía de sí misma casi siempre y de vez en cuando también del mundo. Sus poemas utilizan el sentido del humor, la ironía, para distanciarse de aquello de lo que hablan, pero también para señalar las paradojas y sin sentidos del mundo repleto de asuntos falsamente importantes que nos ha tocado sufrir. Entre esos asuntos, por cierto, contaba la autora el Premio Nobel, que ganó en 1996, y al que denominaba "la catástrofe". Sus allegados cuentan que se defendió contra los efectos de esa popularidad mundial con todas sus fuerzas, comenzando por una medida sabia y drástica: a partir de un determinado año, decidió no sumar nadie más a sus amigos. Se quedó con los de siempre, los que ya estaban antes de la catástrofe. ¿Tal vez los auténticos? Siempre me ha parecido que Wislawa Szymborska vivía como escribía, y eso incluye ciertas excentricidades, como preparar cenas en su casa en las que obsequiaba a sus amigos con límericks inéditos y personalizados. Debía de ser divertido ser amigo suyo, sin duda.
Destaca Juan Marqués en el prólogo de esta edición que el talento superior de un poeta consiste en saber detectar en el trasiego del mundo aquello realmente importante y saber ponerlo en relación con otras revelaciones. Eso es lo que, según él (y yo) logra tantas veces la poeta polaca, cuya poesía ha sido también etiquetada de "filosófica" o de "cotidiana". Otra prueba de la complejidad de su clasificación.
Cuatro mil millones de seres en la tierra
y mi imaginación sigue siendo la misma.
No se le dan bien los grandes números.
Le sigue conmoviendo lo individual.
Estos cuatro versos con que da inicio el poema "El gran número", incluido en el libro homónimo (publicado en nuestro país en 1976) resumen bien de qué habla la poesía de Wislawa Szymborska: su constante interés por lo pequeño, lo cotidiano, lo no-épico, lo paradójico, por el otro lado de las cosas, el instante, el grano de arena del paisaje. Siempre desde la mirada humilde, serena, risueña, que la caracteriza. Siempre desde la lucidez de un enorme bagaje cultural, que no esgrime en ningún momento. Los fans de la poeta polaca recordamos momentos memorables de su producción bibliográfica, impensables en otros escritores más engolados. Por ejemplo, la reseña que en una de sus Lecturas no obligatorias (sus tres libros de crítica literaria, felizmente publicados por Alfabia), dedica tres páginas a glosar un libro que no comprendió, y lo dice así, llanamente: no he entendido nada. O bien dedica una reseña a un calendario agrícola, argumentando que todo best-seller merece una reseña culta. Dice mucho el interés bibliográfico de Szymborska de su interés por el mundo, por eso la lectura de sus fantásticas (y nada ortodoxas) reseñas ayuda a completar su perfil como una de las más interesantes plumas de la literatura europea última.
Por fortuna, en español ha tenido y tiene buenos abanderados la autora polaca. Esta edición que ahora presenta Nórdica, y que se suma a la cuantiosa obra ya disponible en nuestro idioma, es una perla. Uno de esos regalos que de vez en cuando recibimos los lectores. Tanto puede servir de cata para no iniciados como de fetiche para adictos. La traducción es de los traductores "oficiales" de Szymborska al castellano: Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Las ilustraciones, de Kike de la Rubia. Desconocemos quién ha corrido a cargo de la selección de los poemas, pero se aprecia una clara voluntad de recopilar lo más destacado de los poemarios más conocidos de la autora, abarcando un lapso largo de tiempo, desde su primer trabajo, Llamando al Yeti (1957) hasta Fin y principio (1993). Si a alguien se le abre el apetito -una de las funciones que debe cumplir toda antología que se precie- puede seguir leyendo la obra posterior: Dos puntos (Igitur, 2007); Aquí (Bartleby, 2009) y Hasta aquí (Bartleby, 2014). Y también la anterior, por supuesto, disponible en tres antologías notables: Paisaje con grano de arena (Lumen, 1993), El gran número / Fin y principio y otros poemas (Hiperión, 1997) y Poesía no completa (Fondo de Cultura Económica, 2002).
Si forman parte de este último grupo, el de los que aún no tienen la suerte de haber leído a Szymborska, enhorabuena: les aguarda la felicidad de los descubrimientos fascinantes.
jueves, mayo 28, 2015
Facsímil, Alejandro Zambra
Sexto Piso, Barcelona, 2015. 96 pp. 14 €
Pedro Pujante
Pedro Pujante
Libro inusual y experimental este que firma el escritor chileno Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975). Su formato adopta la estructura de una Prueba de Actitud Verbal, que se aplicó en Chile desde 1967 hasta 2002 a los postulantes a las universidades, según nos explica la contraportada de Facsímil.
A partir de esta premisa formal, Zambra construye un texto irregular pero muy original, irónico y desnudo. Está dividido en cinco secciones. La primera es "Término excluido" y en ella encontraremos las típicas preguntas con respuesta múltiple tan conocidas por los que hemos realizado el examen de conducir en España. En este capítulo-prueba se busca que el lector asocie palabras en un variado campo léxico en el que hallamos alusiones a la familia, la educación o el silencio.
En "Plan de redacción", aun sin adentrarnos en un sólido texto narrativo, seguimos ateniéndonos a una serie de cuestiones en las que se presentan definiciones con varias respuestas a elegir. Estas suelen estar vinculadas al tema de la memoria personal, de nuevo la familia y a imágenes que parecen aludir a la vida interior y recordada del narrador. Por ejemplo, una de las respuestas para ‘Nadar’ es «Cuando un niño estaba enamorado del silencio. Luego quisiste que las palabras te inundaran y te hundieran. (…)»
El tercer capítulo de este texto-narración mantiene el formato de preguntas tipo test, cuyas respuestas posibles son palabras que sirven para completar el enunciado, cambiando su significado según qué respuesta se elija. Juegos de palabras, en definitiva, que pretenden no solo plantear un entretenimiento de carácter lúdico, sino también azuzar nuestras conciencias, hacernos reflexionar, meditar sobre la ambigüedad del lenguaje y de los tópicos.
Este fragmentarismo comienza a menguar en las dos y más interesante partes del volumen. En ellas nos encontramos con textos más extensos, sobre todo en "Comprensión de lectura", el final y quinto apartado.
Este capítulo final lo componen tres textos en las que se nos cuentan anécdotas, como las de los gemelos Covarrubias, tan iguales que pudieron suplantarse incluso para la realización de un examen. Hermanos que triunfaron en la vida, según le cuenta al narrador un antiguo maestro de religión que abandonó la docencia para trabajar como conductor de Metro, ganando el doble. Creo que la ironía está clara. La sátira a Pinochet, a la educación y a la moral de Chile son más que evidentes a lo largo de este facsímil.
En el siguiente texto, el narrador nos habla de su boda, y al hilo de la misma, y de sus anécdotas de borrachera y conversaciones banales entre amigos, se nos desvelan algunos detalles sobre las leyes que prohibieron el divorcio durante décadas en el pacato Chile católico.
El texto final consiste en una carta abierta al hijo, fruto de aquel matrimonio malogrado, abocado desde un comienzo al fracaso. Una carta desesperanzada y dura, en la que el narrador constata que la vida «consiste en conocer personas a las que primero amas y luego borras.»
Este libro es un testimonio inusual por su frescura pero que aborda con ironía y sinceridad grandes problemas que atañen al chileno contemporáneo y a cualquier lector actual. Un libro que nos muestra ese abismo generacional –qué generación no supone un abismo respecto a las colindantes- y que de un modo lúdico y directo nos apela a nuestra conciencia, nos hace ampliar nuestro campo de visión y reconocer que quizá no vivimos en el mundo que creemos habitar. Uno se cuestiona sobre el valor de la familia, sobre el peso que el individuo ha de soportar en la sociedad, sobre la infancia, el tiempo.
En estas aparentemente livianas páginas, en este juego de factura experimental, hay cierto desasosiego e inquietud rezumando.
El autor no ha conseguido sustraerse de todos los problemas que constituyen nuestra sociedad. La sociedad chilena en este caso, una sociedad que el lector español también reconocerá como suya: dictaduras, leyes opresivas y estúpidas y un abismo entre clases sociales que se vuelve insoslayable para el intelectual.
Quizá lo más aparatoso del volumen, sean las primeras partes, que si bien son de gran audacia experimental, pueden carecer de interés para un lector que busque una narración, un argumento, una novela al uso. Y lo más acertado de este Facsímil es esa mirada a la sociedad que se realiza desde el seno de la institución familiar, una institución que, según parecemos entender, es defectuosa porque quizá está regida por las mismas leyes que operan en el mundo hostil en el que prospera.
En "Plan de redacción", aun sin adentrarnos en un sólido texto narrativo, seguimos ateniéndonos a una serie de cuestiones en las que se presentan definiciones con varias respuestas a elegir. Estas suelen estar vinculadas al tema de la memoria personal, de nuevo la familia y a imágenes que parecen aludir a la vida interior y recordada del narrador. Por ejemplo, una de las respuestas para ‘Nadar’ es «Cuando un niño estaba enamorado del silencio. Luego quisiste que las palabras te inundaran y te hundieran. (…)»
El tercer capítulo de este texto-narración mantiene el formato de preguntas tipo test, cuyas respuestas posibles son palabras que sirven para completar el enunciado, cambiando su significado según qué respuesta se elija. Juegos de palabras, en definitiva, que pretenden no solo plantear un entretenimiento de carácter lúdico, sino también azuzar nuestras conciencias, hacernos reflexionar, meditar sobre la ambigüedad del lenguaje y de los tópicos.
Este fragmentarismo comienza a menguar en las dos y más interesante partes del volumen. En ellas nos encontramos con textos más extensos, sobre todo en "Comprensión de lectura", el final y quinto apartado.
Este capítulo final lo componen tres textos en las que se nos cuentan anécdotas, como las de los gemelos Covarrubias, tan iguales que pudieron suplantarse incluso para la realización de un examen. Hermanos que triunfaron en la vida, según le cuenta al narrador un antiguo maestro de religión que abandonó la docencia para trabajar como conductor de Metro, ganando el doble. Creo que la ironía está clara. La sátira a Pinochet, a la educación y a la moral de Chile son más que evidentes a lo largo de este facsímil.
En el siguiente texto, el narrador nos habla de su boda, y al hilo de la misma, y de sus anécdotas de borrachera y conversaciones banales entre amigos, se nos desvelan algunos detalles sobre las leyes que prohibieron el divorcio durante décadas en el pacato Chile católico.
El texto final consiste en una carta abierta al hijo, fruto de aquel matrimonio malogrado, abocado desde un comienzo al fracaso. Una carta desesperanzada y dura, en la que el narrador constata que la vida «consiste en conocer personas a las que primero amas y luego borras.»
Este libro es un testimonio inusual por su frescura pero que aborda con ironía y sinceridad grandes problemas que atañen al chileno contemporáneo y a cualquier lector actual. Un libro que nos muestra ese abismo generacional –qué generación no supone un abismo respecto a las colindantes- y que de un modo lúdico y directo nos apela a nuestra conciencia, nos hace ampliar nuestro campo de visión y reconocer que quizá no vivimos en el mundo que creemos habitar. Uno se cuestiona sobre el valor de la familia, sobre el peso que el individuo ha de soportar en la sociedad, sobre la infancia, el tiempo.
En estas aparentemente livianas páginas, en este juego de factura experimental, hay cierto desasosiego e inquietud rezumando.
El autor no ha conseguido sustraerse de todos los problemas que constituyen nuestra sociedad. La sociedad chilena en este caso, una sociedad que el lector español también reconocerá como suya: dictaduras, leyes opresivas y estúpidas y un abismo entre clases sociales que se vuelve insoslayable para el intelectual.
Quizá lo más aparatoso del volumen, sean las primeras partes, que si bien son de gran audacia experimental, pueden carecer de interés para un lector que busque una narración, un argumento, una novela al uso. Y lo más acertado de este Facsímil es esa mirada a la sociedad que se realiza desde el seno de la institución familiar, una institución que, según parecemos entender, es defectuosa porque quizá está regida por las mismas leyes que operan en el mundo hostil en el que prospera.
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miércoles, mayo 27, 2015
La caída de la Casa Usher, Edgar Allan Poe
Trad. Francisco Torres Oliver. Nórdica, Madrid, 2015. 88 pp. 16,50 €
Victoria R. Gil
Victoria R. Gil
Hay libros que da gusto leer en papel y los pertenecientes a la colección ilustrada de Nórdica son de los que nunca defraudan. Las obras de esta editorial consiguen siempre esa conjunción perfecta entre dibujo y texto que demuestra su buen gusto y, sobre todo, la pasión que impulsa su trabajo y que se aprecia en cada nueva publicación. La caída de la Casa Usher no es una excepción y con este libro logra además que miremos con nuevos ojos uno de los cuentos más famosos de Edgar Allan Poe, analizado, desmenuzado y hasta psicoanalizado desde que viera la luz por primera vez en el número de septiembre de 1839 del Burton's Gentleman's Magazine.
La historia que narra es más que conocida para el aficionado a este autor norteamericano de vida azarosa: Un hombre del que ignoramos su origen, su ocupación y hasta su nombre responde a la llamada de socorro de un viejo amigo al que hace tiempo que no ve, Roderick Usher, quien, aquejado de «una postración física aguda, de un desarreglo mental que le agobiaba», reclama su presencia como el único alivio posible para su mal. Un mal, por cierto, cuya naturaleza ni el protagonista ni el lector llegarán a descubrir.
Narrado en primera persona por el amigo que responde a esa petición de ayuda, el relato comienza con su llegada a la residencia familiar de los Usher, una decrépita mansión que se alza sobre un lago en el que se reflejan sus «troncos desmembrados y ventanas de mirada vacía» como un personaje más con vida propia en un lugar donde queda ya muy poca vida.
El deterioro físico y mental del amigo sorprende al recién llegado, que durante días tratará de animarlo a salir del estupor en el que parece inmerso, provocado tanto por ese desconocido mal que lo aqueja como por la angustia que le causa la salud de su hermana gemela, Lady Madeline, cuyo estado físico es aún peor que el suyo.
En este universo aislado y sin contacto con el exterior, Poe describe la mansión con igual minuciosidad que dedica a presentarnos al último de los Usher. Es fácil creer que acaso los siglos de historia familiar, cargados de insania y oscuras pulsiones se han quedado prendidos de sus muros y supuran de tal modo que su influencia sobre cada nueva generación es inevitable. Porque «la estirpe de los Usher (…) no había dado nunca ramas duraderas; en otras palabras, la familia entera se prolongaba por línea directa de descendencia y, salvo breves e insignificantes variaciones, había sido siempre así».
El relato entero se nutre de la misma ambigüedad con la que Poe describe esta particularidad familiar, origen quizás de la tara que afecta a todos los descendientes sin que nunca se conozca cuál es, pero que apunta directamente a la endogamia e incluso al incesto entre los propios hermanos. Pero nunca lo sabremos con certeza.
Su inconcreción es uno de los principales aciertos de este relato angustioso, donde el lector irá de la curiosidad a la inquietud para llegar al sobresalto y el terror. Un camino que recorrerá también el protagonista antes de aceptar que el destino de la familia Usher estaba escrito desde hacía generaciones sin que nadie ajeno a ella pudiera evitarlo. Nada sabremos de las conclusiones a las que él llegará tras abandonar la mansión condenada. Poe prefiere dejar en nuestras manos la tarea de buscar más allá de la lánguida apariencia de los hermanos Usher, de su sensibilidad extrema y de los casos de catalepsia que padecen, las razones que oculta la familia, generación tras generación. Tal vez un incesto repetido, sí, pero quizás no sólo eso. ¿Existen los no muertos? ¿Se hereda el vampirismo como el color del cabello? ¿Provoca la enajenación mental un mal físico o, más bien al contrario, es la enfermedad del cuerpo la que termina por destruir el espíritu?
Las turbadoras ilustraciones de Agustín Comotto que dan vida a La caída de la Casa Usher ganan fuerza cuando representan la mansión familiar y el desolador paisaje que la circunda; pero es con los dibujos de Roderick y Lady Madeline, con su apariencia espectral y acompañados en el caso de ella con ese puñado de ramas secas de un árbol genealógico que se ha quedado sin frutos, donde el artista logra su mayor escalofrío.
Afirma el editor en la contraportada del libro que ésta es una de las obras de Edgar Allan Poe más alabada por la crítica, considerada incluso por el propio autor como la más lograda entre todas las suyas. Esto, como todo, es cuestión de gustos. Entre la variada y magnífica colección de cuentos fantásticos que Poe nos ha dejado habrá quien prefiera El corazón delator, El gato negro o a la hermosa y fantasmal Ligeia. En mi caso, el mejor Poe siempre será el que alumbró a Auguste Dupin, pero sean cuales sean nuestras preferencias, esta nueva publicación de Nórdica es de las que merece la pena no perderse para seguir disfrutando del estremecimiento que siempre nos causa uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos.
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martes, mayo 26, 2015
La noche del ilusionista, Daniel Kehlmann
Trad. Helena Casano. Nocturna, Madrid, 2015. 190 pp. 14,50 €
Santiago Pajares
Santiago Pajares
La noche del ilusionista es la primera novela de Daniel Kehlmann, escrita en 1997. 18 años después de su publicación nos llega de la mano de Nocturna Ediciones. El autor tuvo que esperar hasta su sexta novela en Alemania en 2005 para alcanzar un exito fulgurante con La medición del mundo, el libro más vendido en el país bávaro desde el célebre El perfume de Patrick Suskind. Gracias a este éxito podemos disfrutar ahora de esta primera novela escrita cuando contaba veintidós años de edad y era todavía estudiante.
Este es un libro curioso, vivo, que fluctua de lo que parece una novela juvenil a un realismo mágico y acaba en un relato introspectivo del protagonista, casi un tratado psicológico de la magia a través de los ojos de Artur Beerholm, quien ocupa las páginas de este libro.
Artur no ha tenido una vida sencilla. Adoptado por un buen matrimonio, es mimado por una madre amorosa hasta que ella fallece a temprana edad y su padre, un tanto frío y distante, decide que es más cómodo mandarle a un internado en Suiza para poder comenzar una nueva familia. Allí, sólo, Artur tendrá a través de los libros sus primeros contactos con los trucos de cartas y el ilusionismo. Desesperanzado por una primera y fallida actuación, trata de encauzar su rumbo a través de la teología y comienza a dar los primeros pasos para convertirse en sacerdote. Un chico que ha pasado toda su vida meditando, no encuentra mejor vía que la comunicón espiritual con su creador a través de la oración y una vida sencilla y contemplativa. Pero cuando todo parecía decidido y el camino de su vida ya iluminado, la magia vuelve a cruzarse en su camino. De una forma casi casual asiste al espectáculo de unos de los mejores ilusionistas de su tiempo, Jan Van Rode. Lo que verá en ese espectáculo cambiará su vida para siempre.
¿Que es el ilusionismo? ¿Qué es un truco, en realidad? ¿Somos capaces de traspasar esa frontera para elevarlo a la categoría de arte? ¿Existe de verdad la magia?
Artur Beerholm comenzará a estudiar ilusionismo con voracidad, practicando una y mil veces hasta que sus propias manos son capaces de hacer los trucos sin necesidad de pensar. Porque si de verdad quiere engañar a los demás, primero se verá obligado a engañarse a sí mismo. Cuando todos los espectáculos de la ciudad le han hecho un hueco a sus actuaciones, él lo dejará todo para buscar al que él considera su maestro, Jan Van Rode, y le pedirá que le enseñe todo lo que sabe.
A partir de ese momento, Artur Beerholm descubrirá el precio que hay que pagar para convertir el ilusionismo y los trucos en auténtica magia.
Hermosa y cuidada edición de Nocturna Ediciones.
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lunes, mayo 25, 2015
Terrestre océano, Tere Susmozas
Torremozas, Madrid, 2015. 124 pp. 12 €
Miguel Baquero
Miguel Baquero
Existen, en mi opinión, dos conceptos antitéticos, como son la poesía y el cuento —o mejor, el relato, luego explico el porqué de esta puntualización—. Ambos conceptos pueden tocarse, por supuesto: existen relatos llenos de pinceladas poéticos y existen libros de poemas que siguen una ligera línea argumental. Pero distinta cosa, me parece, es integrar por completo ambas modalidades, que yo siempre había pensado refractarias, en un mismo texto.
Esto es lo que considero pretende la madrileña Tere Susmozas en este Terrestre océano, título tomado de un verso de Neruda. Hacer del cuento no una forma, más o menos poetizada, del relato sino una forma renovada e integradora de ambas voces. Con independencia de su extensión: todos ellos en general breves, hay cuentos de una sola página, otros que ocupan casi una decena divididos en semi-capítulos…. Con independencia también del tema que traten, sea el amor, la soledad, el dolor… El factor unificador de este volumen de cuentos —y aventuro ya que de toda la carrera de la escritora que aquí comienza— es esa voz, ese estilo o ese género en que se funden relato y poesía.
Por el nutritivo y esclarecedor prólogo de Ángel Zapata me informo de que esta manera de narrar/poetizar se quiere llamar “neosimbolismo” y ya la practican otros cuentistas de prestigio en nuestro país y asimismo es el factor diferenciador en muchos concursos de cierta categoría. En resumen, se trata de una forma nueva, o renovada, en que el cuento crece en torno a un motivo —un grito en la noche, un sonido lejano, una caja abierta, un trino de pájaros y por supuesto la salida o la puesta de sol— y no crece desde el primer al último renglón, como venía siendo la costumbre, de forma lineal, alrededor de un eje argumental, sino que se esponja, toma volumen, se envuelve en torno al motivo.
“Crepúsculo casi helado sobre un puente”, “Sonido cíclico que arrasa”, “Percepciones de lo ausente”, “Pájaros a la deriva entre constelaciones”…son algunos de los títulos que componen este volumen. Nadie busque en ellos relatos claros, diáfanos, de los de planteamiento, nudo y desenlace —que no porque sean los que más tiempo llevan practicándose van a ser los mejores, por cierto, en eso estoy de acuerdo— pero a cambio es verdad que se encontrará “imágenes en movimiento” —valga llamarlo así, pues no acierto a decirlo de otra manera; en fin, a lo propio de la narrativa me refiero— teñidas de un gran tono poético, de ese sobrecogimiento repentino y esa claridad que de pronto nos asalta cuando leemos un gran poema.
Cierto es que el objetivo de un buen relato es provocar esa misma sensación como conclusión de un texto, y el de una novela como final de sus páginas: conseguir que el lector ande durante un tiempo como aturdido por lo que acaba de leer, pero Susmozas —y es respetabilísimo—, ha optado por hacer de sus cuentos no un bloque de texto que nos vaya a fascinar como remate, sino una sucesión de pequeños golpes poéticos, de pinceladas líricas, de frases, eso es indudable, de primera categoría que nos va sugestionando poco a poco a lo largo de las páginas. Dudo si emplear aquí la metáfora del cuadro que para apreciarlo debidamente hay que alejarse varios pasos en contraposición a la miniatura o a la orfebrería que hace necesario arrimarse todo lo posible y hasta ajustarse en el ojo un cuentahílos para apreciar la innegable calidad.
En todo caso, de arte estamos tratando en ambos casos, y yo invito muy sinceramente a quien pueda leer esta reseña a que se acerque al libro de Tere Susmozas y entre en contacto —si, como fue mi caso, no lo conocía, o no lo conocía así denominado— con el “neosimbolismo”, y con su apuesta por conjugar poesía y relato y formar un nuevo tipo de cuento. Tendrá mejores o peores resultados —este libro está entre los primeros, creo—, pero siempre conforta ver que bajo la rígida mole de los best-sellers y los escritores anquilosados hay unas corrientes subterráneas de agua en movimiento.
viernes, mayo 22, 2015
Música para feos, Lorenzo Silva
Destino, Barcelona, 2015. 218 pp. 18 €
Pedro M. Domene
Pedro M. Domene
Algunas historias se convierten en todo un reto y pese a los tópicos literarios, como escribir sobre la vida y la muerte, el amor y el desamor, la paz o la guerra, auténticas ficciones que se han venido contando a lo largo de la Historia de la Literatura, ciertas novelas, como las de amor, vuelven una y otra vez, y bucean en otras aguas para no caer en los tópicos y surgen, de alguna manera, de la mano y voluntad de su autor como una propuesta diferente, con la suficiente imaginación y capacidad creativa como para interesar a un lector poco acostumbrado a dejarse llevar por un sensiblero romanticismo, o una melodramática visión de la vida en común, pero eso sí una acertada prosa acompañada de reflexiones que complementan esa atracción mutua que experimentan, en este caso, los dos protagonistas de la nueva novela de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), Música para feos (2015), la joven periodista, Mónica y el enigmático hombre maduro, Ramón. Y para ellos, como tal vez otros muchos, nunca podían imaginar donde empezaría su propia historia de amor: se conocen en un sórdido local de la eterna noche madrileña, donde tanto ella como él parecen estar fuera de lugar, ninguno pasa por el mejor momento de su vida, ni en lo personal ni en lo laboral, y en el caso de Mónica tampoco ve visos de superación; Ramón es hombre de pocas palabras, metido en los cuarenta, solo observa y durante esa noche, y aun en los siguientes encuentros, se obstina en parecer un misterio para ella, y no le revela a que dedica su tiempo. Tras esa extraña noche y torpe de alcohol, tras una mínima comunicación, contra todo pronóstico, cuando se despiden, ella nota que algo extraño, algo que se le queda revoloteando en el estómago, dirá textualmente, algo que no había conocido antes, y cuando Ramón la despide, y ella percibe que la ha dejado plantada, y posiblemente tomado el pelo, se dice que todo está bien y, pese a todo, la vida sigue siendo bella y no puede considerarse infeliz del todo. Así que quedan en volver a verse una semana después, un encuentro pendiente del mensaje de confirmación que tendría que enviar ella, en su mano queda no volverlo a ver; sin embargo, siete días después se reencuentran y la química, a veces tan esquiva y caprichosa, parece que empieza a manifestarse plenamente.
El resto de la historia viene contada de primera mano por la voz de Mónica desgranando su relación con Ramón desde su segundo encuentro, y el escritor, con una sutil visión y conocimiento, poniéndose en la piel de la mujer, desarrolla el proceso de enamoramiento de dos personas que saben que incluso a contracorriente han tenido la suerte de encontrarse para ser felices. Y mientras avanza el testimonio de Mónica, el autor irá dejando algunas pistas para que el lector vaya aventurando el posible desarrollo de la historia y su destino final; eso sí, aderezado a lo largo del texto de buena música, bandas sonoras que cada uno intercambia en los momentos de ausencia, mientras Mónica espera y solo vive su definitivo enamoramiento a través de Skype o los whatsapp con la acertada propuesta de la música para cada momento.
Lorenzo Silva lejos de hacer del libro algo previsible, hará que su relato se convierta en algo hermoso, porque no quiere esconderse detrás de embustes literarios ni malabarismos innecesarios sino que imprime toda la luz posible a su historia, la dota de la música necesaria, sus protagonistas se alejan de esa mentira tan extendida en la sociedad actual y sostiene que la relación amorosa que nos está contando se nos antoja más cercana, sin duda más próxima, pero sobre todo auténtica. Al hilo de todo lo dicho, la imagen de dos personas solitarias y desencantadas, dos perdedores resignados, que hasta su encuentro han vivido en dos mundos dispares y muy diferentes, y según Silva solo el amor parece que los une. La música en estas páginas nos acompaña, poco importa como acaba todo, sus protagonistas sabrán que toda historia de amor hay que vivirla hasta sus últimas consecuencias.
Música para feos, se convierte en un relato honrado y noble; no hay impostura alguna, ni siquiera un excesivo sentimentalismo, resulta que la historia de Mónica y Ramón podría ser la de cualquiera, aunque eso sí en cuestiones de amor, no cabe la cursilería ni el ridículo más absoluto, nadie se muestra indiferente porque como dejó escrito y cantaba Amy Winehouse, Nuestro día vendrá/ y lo tendremos todo,/ compartiremos la alegría/ que solo puede traer el amor.
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jueves, mayo 21, 2015
La buena vida, Sara Fratini
Lumen, Barcelona, 2015. 120 pp. 14,90 €
María Dolores García Pastor
María Dolores García Pastor
Mujeres sensuales de contundentes anatomías pueblan las páginas de La buena vida, el libro ilustrado de Sara Fratini. Chicas curvilíneas, sensuales y felices, sobre todo felices, pese a sus inseguridades y sus miedos. Porque los miedos pueden, si no vencerse, al menos aceptarse para vivir con ellos en armonía, ese es el mensaje que encontramos en este libro. Eso es lo que nos muestran las féminas que pueblan las páginas de Fratini. Son desinhibidas, imperfectas y naturales como la vida misma, y eso es, probablemente, lo que hace que resulten tan atractivas y hará que muchas lectoras se identifiquen con ellas.
Sara Fratini, es una artista plástica e ilustradora nacida en Venezuela que se formó en Bellas Artes en España y siguió su formación en Francia. En su país de origen existe una desmesurada obsesión por la estética y se ejerce una enorme presión social sobre la mujer para que sea perfecta. Los dibujos de esta artista nacen como una reacción frente a este tipo de imposiciones para convertirse en un canto de libertad y naturalidad frente a esas mujeres escuálidas y perfectas que promueven actualmente los medios en casi todo el mundo. Otros rasgo característico de las mujeres que pueblan La buena vida son sus abundantes y enmarañadas cabelleras dentro de las cuales se puede encontrar de todo y que, según la autora, simbolizan las cosas buenas y malas que vamos arrastrando.
Todo comenzó durante su Erasmus en Italia cuando abrió una página en Facebook para obligarse a dibujar cada día. Al igual que ocurriera antes con Agustina Guerrero y La Volátil, el éxito que tuvieron sus ilustraciones en la red llamó la atención de la editorial Lumen que también apostó por ella. Sus viñetas ironizan sobre temas tabús como la regla, la depilación…y las redes sociales han contribuido a que este tipo de ilustraciones se conviertan en algo cotidiano. Sus dibujos en blanco y negro con un toque de rosa van acompañados de textos muy breves en clave de aforismo, consejo o proverbio. Optimismo en estado puro para el día a día.
miércoles, mayo 20, 2015
Domingos de agosto, Patrick Modiano
Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2015. 162 pp. 14,90 €
Ignacio Sanz
Ignacio Sanz
Otra novela de Modiano, es decir, otra novela enigmática, opresiva. En este caso publicada originalmente hace treinta años, en 1986 y que ahora, al rebufo del premio Nobel que le acaban de conceder, sale en España en uno de los sellos que con más constancia se ha ocupado de difundir su obra. Por cierto, la traducción magnífica, ya que consigue mantener el halo de misterio y neutralidad que uno supone en la obra original.
Como en otras novelas de Modiano lo que predomina aquí es la atmósfera de misterio envolviendo a unos personajes desconfiados, espantadizos, temerosos, unos personajes de los que sólo a cuentagotas vamos sabiendo de su verdadero pelaje. Parece que en cada página puede ocurrir algo trágico, algo sorprendente en medio de un laconismo invernal. El lenguaje tiene la virtud de descubrir pero también de ocultar, de presentar los hechos envueltos por una veladura.
Modiano es un maestro de la novela policíaca. Aunque nada más escribir la palabra uno se pregunta: ¿es verdaderamente policíaca Domingos de agosto? Y es que también en los géneros Modiano se mueve en terrenos resbaladizos por más que en la contraportada se aluda a Simenon. Podría ser considerada una extraña novela de amor escrita bajo la influencia del cine negro americano. Aparecen referencias a un actor muerto por una bala perdida, pero en realidad se tratan de referencias lejanas al cogollo argumental, aunque alguna pista nos dan sobre la procedencia de un diamante conocido como la Cruz del Sur, cuya posesión codician todos los personajes. Lo que no cabe duda es que estamos ante una novela redonda o si se quiere circular que nos va arrastrando en medio de una atmósfera desangelada y fría.
El narrador, un fotógrafo enamorado de Sylvia, se ve envuelto en una espiral de acontecimientos que lo van arrastrando, como a nosotros, los lectores, por callejones oscuros en medio de la grisura invernal por más que la historia cronológicamente comience en pleno agosto como refleja el título. Pero no, lo característico, lo que deja una huella profunda en el lector es el invierno, la habitación desabrida en una pensión en Niza que obliga a la pareja a buscar refugios habitables en cafés heladores, en cines sórdidos, mientras esperan el acontecimiento definitivo que les libere y les lleve lejos, por ejemplo a Roma, una ciudad hospitalaria donde la pareja sueña una vida ajena a las preocupaciones mundanas. Pero, ah, las trampas, los engaños, las sutilezas de los hampones… No, creo que no puedo seguir, que aquí, que aquí debo poner punto final a la reseña de esta novela que describe con tanta maestría la sordidez y la codicia del género humano. Por algo, digo yo, los sabios de Estocolmo, le han tocado con su varita mágica a este escritor francés tan sobrio y penetrante.
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martes, mayo 19, 2015
Diario del búnker, Kevin Brooks
Trad. Joan Josep Mussarra. Destino, Barcelona, 2015. 304 pp. 15,95 €
Victoria R. Gil
Victoria R. Gil
«Esto es todo lo que sé. Que estoy en una vivienda de techo bajo, rectangular, toda ella de hormigón encalado. Debe de medir unos doce metros de ancho y dieciocho de largo (…) No hay ventanas. Ni puertas. Solo se puede entrar y salir en ascensor».
Así da comienzo el diario que Linus, un chico de dieciséis años, decide escribir cuando descubre que se encuentra solo y encerrado en un búnker del que no hay forma alguna de escapar. Ignora quién y por qué lo ha secuestrado, pero servirse de la libreta que encuentra, uno de los pocos objetos a su alcance, quizás sea el único modo de conservar la cordura.
Tras anotar las primeras sensaciones, describir el lugar y recordar el modo en que fue capturado, la soledad de Linus llega a su fin con la llegada de Jenny, una niña de nueve años, secuestrada al igual que él y con la que compartirá encierro hasta que las seis habitaciones dispuestas en el búnker se van llenando una tras otra con otras tantas víctimas del desconocido demiurgo que a partir de entonces decidirá quién vive y quién muere en su reducido universo.
Esta historia bien podría ser el argumento de cualquier moderna película de psicópatas o de alguno de los capítulos de Mentes criminales, esa serie de televisión que reúne el mayor catálogo de los horrores que la mente humana sea capaz de imaginar. Pero no, se trata de una novela juvenil con un tema tan duro e impactante como el cine dirigido a los adolescentes hace tiempo ya que viene ofreciendo, pero al que la literatura se resiste, quizás porque los jóvenes van solos al cine, pero muchas de sus lecturas las eligen sus padres o sus colegios.
A Kevin Brooks le costó varios años publicar Diario del búnker porque a los editores ingleses les costaba aceptar que una novela como ésta fuese adecuada para un público adolescente. Finalmente, no sólo consiguió que la obra viera la luz, sino que el año pasado obtuvo el prestigioso Carnegie Medal, premio británico de literatura juvenil, un reconocimiento que difícilmente recibiría en España, donde la narrativa para estas edades está constreñida por el corsé de los valores.
Personalmente, cuando un libro juvenil se vende con la recomendación de poseer grandes valores, siempre me echo a temblar. Los valores son como Clint Eastwood aseguraba en La lista negra que son las opiniones: «como los culos, todo el mundo tiene alguna». Y no sólo es posible que mis valores no coincidan con los del editor, sino que cuanto más dirigidas sean las intenciones de una novela juvenil, menos le apetece al joven leerla.
Recuerda este libro, en cierto modo, a Nada, de Jane Teller, no sólo por su historia tan alejada de los temas clásicos del género y por haberse visto envuelto en la misma polémica sobre las lecturas inadecuadas para nuestros hijos, sino por el éxito que está obteniendo, lo que quizás debería hacernos reflexionar sobre qué asuntos les interesan realmente a los más jóvenes.
En Diario del búnker vamos a observar, al igual que lo hace el propio secuestrador a través de las cámaras que vigilan cada rincón de esa cárcel, cómo seis personas sin nada en común deben compartir un espacio cerrado y pelear por sobrevivir en él un día más. Es en las situaciones extremas cuando sale lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, aunque en el apartado de lo peor, la historia nos demuestra que aún no hemos tocado techo. En este caso, lo mejor lo encarnan precisamente los personajes más jóvenes, quienes se muestran siempre solidarios y colaboradores, y nunca renuncian a sus intentos de fuga. Entre Linus y Jenny surge, incluso, un afecto sincero, capaz de unirlos sin importar las circunstancias que los rodean. De los adultos, tan sólo Russell, que sobrepasa los setenta años, se encuentra a su altura. El resto sucumbe a las peores debilidades, al egoísmo y la autodestrucción hasta cumplir la máxima sartriana de que «el infierno son los otros». El interior del búnker se vuelve entonces tan peligroso como el exterior desde donde el desconocido les vigila.
Es una novela dura, ya lo hemos dicho, pero tal vez lo que más nos cueste aceptar sea su falta de respuestas. Los adultos aspiramos a encajarlo todo en un puzle perfecto que ofrecerle a nuestros hijos como la fórmula exacta de la felicidad: Pórtate bien y todos te querrán. Estudia y tendrás un buen trabajo. Esfuérzate y serás recompensado. Pero cuando la fórmula no da los resultados esperados nos quedamos sin repuestas. Y si algo nos recuerda este libro es que las reglas de tres no se aplican a la vida. Y que ésta no suele molestarse en darnos explicaciones por más que nos empeñemos en pedirlas.
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lunes, mayo 18, 2015
Paisajes en la memoria, Carlos Manzano
La Fragua del Trovador, Zaragoza, 2015. 226 pp. 15 €
Pedro M. Domene
Pedro M. Domene
El hombre no es más que historia, y existe en cuanto es capaz de recordar a través de su pasado, y consecuencia obvia de su propia memoria, tras una existencia que oscila entre un presente que se convierte en pasado, y ese incierto futuro como proyección de ese límite mismo que nos impone la vida, y aunque no trascribamos textualmente uno de los pensamientos del celebrado Pierre Chaunu, nos sirve para situar, inicialmente, la última propuesta narrativa de Carlos Manzano (Zaragoza, 1965), Paisajes en la memoria (2015), o mejor el relato de ese cruce de caminos que se nos antoja la juventud, y que solo vislumbramos cuando en la madurez sopesamos el tiempo que hemos perdido. Y algo de esto le ocurre a Ricardo, un adolescente de diecisiete años que, inesperadamente, se verá envuelto en una relación con una mujer que le dobla la edad y lo lleva al paroxismo de una intensa iniciación sexual de la que peor parte se llevará el joven que no comprende aun los mecanismos que rigen el amor, un sentimiento que, con su madurez, Sara le explica, «enamorarse no resulta lo mismo que sentir amor». La extensa primera parte, “Paisajes del Sur”, se desarrolla en Zaragoza, bastante explicita, contiene imágenes y situaciones de extremado erotismo y suponen para su protagonista masculino, despertar a una realidad insospechada y, fundamentalmente, un primer y brutal aprendizaje.
Carlos Manzano es sociólogo de profesión y bastante/ mucho se deja notar en su texto porque ha escrito una novela de perspectivas humanas y sociológicas muy ambiciosas; de un lado la visión adolescente y casi erótica del amor desde la visión de un inexperto, y de otro, la de una mujer casada y adulta cuya contemplación no pasa de una vulgar promiscuidad sin importarle mucho el trasfondo, o su vida privada; pero que, sin embargo, servirá al joven protagonista para vivir en un intenso enamoramiento sus continuas relaciones sexuales a que se ve abocado desde la iniciativa de esta extraña y asombrosa mujer que provoca la situación inicial en su propia casa, y no parece esconder nada. La perspectiva que ofrece Manzano de la adolescencia es esa etapa de conocimiento y reconocimiento, como le ocurre al joven, de aspiraciones, de secretos y, por qué no, de insospechados flechazos, adornado todo con algo de romanticismo. Ricardo pasará pronto de la atracción al enamoramiento, aunque a lo largo de sus relaciones, eminentemente sexuales, Sara le recuerda que el amor está un poco más allá y no debe confundir su atracción con el amor de toda una vida, que es como lo siente el joven. Fría y calculadora, Sara no esconde que puede tener otras relaciones, con un indeseable como Sabater, y después, con Abdul, el moro que su amigo Damián y él mismo habían socorrido en alguna ocasión anterior. Imprudente e impulsivo frente a la visión que esta mujer tiene de su vida amorosa, un joven celoso rompe esa tensión sexual que mantiene y quiebra la fidelidad que había mantenido con ella dentro de su extraña relación; es entonces cuando decide dar un asombroso paso, entrevistarse con el marido; un hecho que romperá la armonía orquestada por esa mujer madurada, la linealidad del relato y dará pie a esa segunda parte de la novela, y que Manzano titula, “Paisajes del Norte”.
Diecisiete años después, la acción se sitúa ahora en la ciudad alemana de Fráncfort, donde ya un maduro Ricardo tiene un trabajo, bien retribuido y no demasiado exigente como banquero, y finalmente ha roto con su pasado, vive en un modesto apartamento, y su vida sexual queda relegada a esporádicos encuentros con alguna compañera de trabajo; un día sorprende a dos adolescentes erasmus hablando español y parece que una de ellas le recuerda la voz de Sara, aunque no existe posibilidad alguna de una confusión, su antigua amante rondaría la cincuentena entonces. Lucía, una de ellas, se identifica y convierte en foco de atención porque el destino ha querido que esta jovencísima a quien un día conoció de niña, le justifique los años previos perdidos, y además lo ponga al día de la familia Contreras: sabrá que Sara ha muerto, y el marido vive al frente de una sus empresa, a la joven le quedan unas semanas de estancia en Alemania y tras unos esporádico encuentros que justifican la indiscutible introspección con que le narrador dota a su protagonista, acaba todo como ese proceso vivido a base de recuerdos y en los que la memoria se convierten en una episodio más de su propia historia personal, sobre todo cuando el pasado queda relegado finalmente. Y la realidad misma se convierte para él en un problema; o tal vez, son esas ideas acerca de la realidad las que le crean el problema, y solo cuando la afronta, de vuelta a Zaragoza, y dispuesto a coger un autobús a Guadalajara, entonces logrará comprender que puede empezar a vivir el momento.
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viernes, mayo 15, 2015
Una última cuestión, Carmen Moreno
Cazador de Ratas, El Puerto de Santamaría, 2015. 331 pp. 15 €
Salvador Gutiérrez Solís
Salvador Gutiérrez Solís
Prosigue la jovencísima editorial gaditana Cazador de Ratas ofreciendo nuevos y sugerentes títulos, con un denominador común: la calidad. Una última cuestión, de Carmen Moreno, es el mejor ejemplo para ilustrar la afirmación. Una autora que conocimos gracias a su vertiente poética, donde no tardó en mostrarse como una personalísima y sugestiva voz a tener muy en cuenta. También la hemos conocido en su faceta de dinamizadora y comunicadora cultural, merced a su colaboración con multitud de eventos e instituciones, en muy diferentes actividades, todas ellas llevadas a cabo con gran eficacia y pasión. Y desde hace pocos meses, Carmen Moreno nos muestra una nueva faceta: narradora.
Su debut se produjo en 2014 con Principito debe morir, una relectura futurista del clásico de Saint-Exupéry, en el que esta autora gaditana demuestra no temer los riesgos y, sobre todo, no estar encasillada en un género en concreto, como tampoco en las técnicas y lenguajes a emplear. Y así, en Una última cuestión, el título que nos ocupa, se adentra en la novela negra. Pero, tal y como exhibió en su primera obra narrativa, Carmen Moreno asume riesgos y se aleja de la “novela negra al uso”, esa a la que nos estamos acostumbrando con tanta frecuencia, en los últimos tiempos, desgraciadamente, donde se repiten tramas y personajes.
En Una última cuestión, Carmen Moreno se abraza al género, demuestra en cada línea que no le es un lugar extraño, no transita de puntillas, temerosa de caer en cualquiera de sus trampas, todo lo contrario. Cumple con lo que podríamos definir como ‘decálogo’ del género, es respetuosa, pero esto no impide que aborde un sinfín de temas, como son la actualidad de nuestros días, las nefastas consecuencias de esta interminable crisis, la obsesión por la fama y el dinero fáciles y, sobre todo, la desigualdad de género.
Carmen Moreno visibiliza esas mujeres coraje, que no se amedrentan ante las adversidades, y que suelen ser invisibles en nuestras vidas y, por tanto, también en la Literatura. Verónica Lago, la indiscutible protagonista de la novela, y que tanto nos recuerda a una célebre actriz de los años dorados, representa en gran medida a ese prototipo de mujer invisible que Carmen Moreno coloca sin pudor bajo los focos. Igualmente, Una última cuestión rezuma cotidianidad. Y es que lejos de esa novela negra que nos muestra secuencias y personajes que escapan del decorado de nuestros días, Moreno no duda en incorporarnos a su trama, consiguiendo que desde el principio, sin artificios, de manera natural, nos sintamos identificados con lo que leemos.
En Una última cuestión hay multitud de referencias cinematográficas, esencialmente, musicales y literarias, que la autora emplea, más allá del homenaje, como comodines sobre los que asentar la trama. Un ejemplo muy concreto es el de la protagonista, Verónica Lago. Y también hay grandes dosis de humor, que nace de esas escenas que nos son tan familiares, que tan bien nos definen, y que son habituales en nuestras vidas. Humor, en muchos casos, que también funciona como denuncia, ya que nos muestra ese lado grotesco que cada uno de nosotros poseemos y que descubriremos si le dedicamos unos minutos a contemplarnos en nuestro espejo interior.
El que Una última cuestión se trate de una historia coral no se traduce en la indefinición de los personajes. Definidos perfectamente, todos juegan un papel esencial en el conjunto de la historia, como precisas teselas en el mosaico humano que Carmen Moreno consigue componer. En definitiva, una novela repleta de matices, sustentada sobre una trama muy sólida e inteligente, que consigue captar nuestra complicidad desde el primer instante y que nos muestra que la novela negra puede transitar, sin resentirse, por espacios muy diferentes a los que nos tienen acostumbrados.
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