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miércoles, junio 21, 2017

El arte de la guerra, Sun Tzu


Trad. Enrique Toomey. Ilust. Damián Ortega.
Sexto piso ilustrado, Madrid, 2016, 248 pp. 24,90 €

Eduardo Fariña

En el capítulo "Blanco y azul", el séptimo de la segunda temporada de la serie Breaking Bad, tenemos una escena de antología. El policía de la DEA y cuñado de Walter White, Hank Schrader, se traslada desde Albuquerque hasta Texas, para dar lucha en la primera línea de batalla contra los carteles del narcotráfico. Schrader, racista y prepotente, observa atónito que uno de sus compañeros tiene en su mesa un enorme busto del célebre Santo de los narcos, Jesús Malverde. Schrader pregunta de forma poco cortés el motivo de tener semejante figura del bandido cerca. El compañero le cita el apartado XXXI del tercer capítulo de El arte de la guerra: «Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo: en cien batallas nunca estarás en peligro» (p. 60). De forma simultánea, le regala otra figura de Malverde, mucho más pequeña.
Es solo uno de los innumerables ejemplos de la influencia del clásico libro de Sun Tzu en la cultura contemporánea. Hablar de esta obra, escrita en el siglo IV antes de Cristo, es hablar de un libro con un enorme impacto, que trasciende el contexto histórico en el cuál fue escrito. En la actualidad, este célebre tratado se lee de forma obsesiva en el mundo empresarial y emprendedor, pero lo cierto es que El arte de la guerra es una obra filosófica que trasciende esos horizontes, ya que alberga múltiples enseñanzas a quienes deseen sobreponerse a momentos de adversidad. O sencillamente aprender de las situaciones más dispares y antagónicas. En un mercado editorial plagado de libros de autoayuda y de superación, leer una obra de tan hondo calado conceptual y didáctico como El arte de la guerra es una elección bastante más acertada.
En esta edición, encontramos ilustraciones del artista mexicano Damián Ortega (México, 1967) quien proviene de la rica tradición de los muralistas y de la caricatura política mexicana. Ganador de importantes premios como el Hamburguer Banhof (Alemania, 2006) y el Smithsonian Artist Research Fellowship. (Estados Unidos, 2007). En el prólogo, Ortega admite lo que significó en su ars poética la lectura del libro «me permitió entender el espacio físico no como un simple terreno, sino como un espacio marcado por la circulación, los flujos de energía, los intercambios civiles en materia e información» (p. 12). Elementos como el ladrillo y la arcilla están presentes en las maquetas que aparecen en las fotografías. Sin duda es una propuesta de lectura que interesará al lector por las sugerencias que se hacen de los constantes cambios de la materia y de las estrategias que describe Sun Tzu. El artista declara que no ha hecho un libro ilustrado ya que lo que hizo finalmente fue «trabajar en una lectura subjetiva paralela al texto, generando vínculos entre los trastornos naturales y geológicos, y las ideas y los tipos de batalla que el autor describe y que el mismo relaciona en un ejercicio de contemplación de la naturaleza» (p. 12).
El arte de la guerra fue un libro leído con mucho interés por los estrategas de diferentes civilizaciones en épocas distintas. Al plantear la guerra como algo relacionado a las interacciones entre seres humanos, la lectura no literal del tratado nos hace entender que tiene un valor añadido. Se adelanta a la idea de Julio César de divide et vinces en el apartado XXV del primer capítulo: «cuando esté unido, divídelo» (p.29) y brinda las cinco cualidades que debe tener un general en los últimos apartados del capítulo VIII (pp. 136-138) cualidades que debería tener todo ser humano si se encuentra en un contexto social complejo. Si en muchas ocasiones, la misma vida es una especie de guerra que se libra día a día, pues es indudable saber encontrar el mejor momento para evitar o librar una discusión, tomar decisiones económicas o incluso exponer de forma clara tesis políticas de manera empática. En sus páginas, tenemos consejos de saber tener paciencia para decidir, o encontrar el momento exacto de actuación.
El arte de la guerra de Sun Tzu es un clásico de la literatura universal y leerlo en una edición tan cuidada, junto con el trabajo de uno de los artistas latinoamericanos más destacados de la actualidad, es un doble privilegio. Por supuesto, todo buen lector de esta obra comprenderá que la mejor manera de “ganar una guerra” es simplemente no causarla. Y saber ver bien la oportunidad en la desventaja.

miércoles, marzo 08, 2017

Ciclonopedia, Reza Negarestani


Trad. Hugo Castignani
Materia Oscura, Madrid, 2016. 448 pp. 21 €

Pedro Pujante

La editorial Materia Oscura ya nos sorprendió con el lanzamiento de su primer título: En el polvo de este planeta, de Eugene Tacker. Ahora sube la apuesta con Ciclonopedia, uno de los títulos más sugerentes de un género más bien inexistente: el ensayo especulativo de ficción bizarra.
Su autor, el filósofo iraní Reza Negarestani, la publicó en 2008 en Australia y ahora llega a España.
Valiéndose del mecanismo del manuscrito encontrado, (una joven encuentra un texto llamado Ciclonopedia, de un tal Reza Negarestani) se inicia la lectura del mismo en un juego de mise en abyme que ocupa casi la totalidad del volumen. Ciclonopedia es un tratado filosófico, un ensayo delirante sobre el petróleo –‘cadáver negro del Sol’- como fuerza viva que emana de la Tierra, siendo esta una máquina.
Las teorías para explicar el proceso que implica el fluir del petróleo en el mundo se sustenta tanto en Deleuze, la película de El exorcista o en los textos de Lovecraft. Este ensayo, algo retorcido y bastante oscuro, pero a la vez deliciosamente desquiciante y en ocasiones intrigante, entremezcla filosofía, economía, seudogeología, teoría socio-política, ocultismo, religión, literatura marginal y conceptos y neologismos que configuran un sistema teórico de lo más delirante.
Lo llamativo, además de la capacidad para desarrollar una teoría consistente y fantástica al mismo tiempo, es la trasposición de los elementos. El petróleo y la Tierra se entienden como entidades pensantes, el desierto, un organismo autónomo, el viento como unidad de información, los agujeros que recorren el subsuelo son explicados por la ‘poromecánica lovecraftiana’ como máquinas dispuestas para facilitar el despertar y retorno de los Antiguos.
De este modo, con gran lucidez pero también con mucho hermetismo, Negarestani elabora una teoría-ficción, con elementos de la ciencia-ficción, los mitos preislámicos, y la filosofía a un mismo nivel referencial, y así explicarnos los mecanismos que mueven el mundo, el petróleo, las guerras en Oriente Medio, el terrorismo. Máquinas de guerra, el polvo del desierto, agujeros terrestres que funcionan como vacíos narrativos.
En algún momento se habla de ‘Escritura Oculta’, de un grimorio sin trama superficial coherente que parece haber «sido infectado por una plaga de agujeros negros» (página 147). Esta definición parece asimilar la naturaleza de Ciclonopedia, este tratado sobre magia negra y fuerzas extrañas que se ocultan en el petróleo, de agujeros que convocan un vacío milenario y que destruyen la trama secreta que la Tierra ha ido escribiendo durante milenios.
Ciclonopedia es un vademécum demoníaco y lúcido sobre potencias que dominan y configuran el planeta Tierra, máquinas de guerra, agujeros que escriben una trama perversa y milenaria, dioses y maquinarias atroces que conectan distintas culturas.
En definitiva, una Odisea oriental y lovecraftiana del Nuevo Mundo escrita por un Homero paranoico.

miércoles, noviembre 23, 2016

La invención de la libertad, Juan Arnau


Atalanta, Girona, 2016. 288 pp. 23 €

Fermín Herrero

Juan Arnau es un pensador heterodoxo y singular, no en vano estudió astrofísica antes de doctorarse en filosofía sánscrita y ha ejercido la docencia en las universidades de Michigan, Benarés y Barcelona. Conocía de su obra algún estudio sobre el budismo, además de narraciones en Pre-textos y su exitoso Manual de filosofía portátil, publicado, como el título del que nos ocupamos, La invención de la libertad, por la exquisita editorial Atalanta. En todos ellos muestra una calidad de escritura notable, al conjugar, tarea harto difícil, lo ameno y lo profundo.
De la pluralidad de sus intereses da buena cuenta este volumen, que agavilla acercamientos a la aventura en pos del espíritu, entre la intuición y la inteligencia, la percepción y el recuerdo, la memoria y la materia, de Henri Bergson, al que tanto admiraba Machado, del que tanto aprendió su poesía como palabra en el tiempo, deudora del crucial concepto de Durée («la sensación misma del transcurso, la experiencia consciente, íntima, del tiempo»); a la exploración hacia la mística del edificante William James y hacia la perspectiva radical del matemático que terminó como metafísico jubilado en Harvard Alfred North Whitehead, para quien, en virtud de su “filosofía del organismo”, estamos «en todo lo que percibimos». Los tres, intelectuales de formación ampliamente humanista, compartieron curiosamente estrado a lo largo del tiempo en las Gifford Lectures de Edimburgo. Arnau, exegeta de lujo, dialoga con ellos, le sirven como palanca. Su pensamiento, en la línea de los filósofos a los que se aproxima, tiende a lo sentencioso –alguno de los apotegmas que vertebran el texto es incluso muy arriesgado, caso de «el universo no tiene leyes sino hábitos, como todo lo vivo»- en detrimento de la hipotaxis. Renuncia a los tecnicismos abstractos y a la jerga académica en beneficio de un razonar libre, activo, especulativo, basado primordialmente en la percepción, en una atención de reminiscencias budistas y en la sensibilidad de las experiencias emocionales y estéticas
¿Por qué Arnau ha elegido precisamente a estos tres autores? Según el filósofo valenciano, porque cada uno a su manera mantuvieron, frente al helador ventarrón de la preponderante ciencia contemporánea, el que soplaba, y sopla, hacia el materialismo mecanicista, el positivismo, el determinismo y el absolutismo tecnológico, que «el mundo es una invención de la libertad», de ahí el título. Por eso, en todo momento, siguiendo su estela, el estudio se ajusta a la premisa de dotar al razonamiento filosófico de un componente de imaginación («empatía, creatividad y atención: éstos son los tres ejes de la propuesta que plantea este libro») al que han dado la espalda tanto las orientaciones centradas en la lógica lingüística como las derivadas del existencialismo dominante en la modernidad.
Aparte del seductor enfoque hermenéutico, el ensayo cuenta con semblanzas deliciosas, como la del padre de W.James y del novelista Henry, que «prefería la chimenea al foro», elección que todos deberíamos tener muy en cuenta; o evocaciones como la del París coetáneo de Bergson: el de Proust, Manet o Debussy. Y desarrolla un pensar, un discurrir cuyo norte es siempre la convicción de que la filosofía «determina nuestro modo de estar en el mundo».
En suma, una invitación de primer orden a meditar activamente sobre la condición humana, a practicar la expresión liberadora desde la emoción genuina y desde la experiencia interior del hombre. Otro acierto de la editorial gerundense Atalanta, que con este libro pasa de los cien números en una colección que aúna la factura formal impecable con lo provechoso y variopinto de los contenidos, en cualquier título, tanto en las reediciones necesarias de clásicos olvidados como en descubrimientos deslumbrantes como el pensamiento filosófico de Jean Gebser, los inigualables escolios de Nicolás Gómez Dávila o la narrativa breve del iconoclasta Yasutaka Tsutsui, por poner algún ejemplo.

lunes, febrero 29, 2016

En el polvo de este planeta, Eugene Thacker


Materia Oscura, Madrid, 2015. 192 pp. 17 €

Pedro Pujante

De vez en cuando tenemos la suerte de hallar un libro curioso, perspicaz que consigue apasionarnos. A priori, el tema no podía ser más sugerente: un ensayo que analiza, desde distintas perspectivas, el horror de la filosofía. Y realmente su deliciosa lectura convoca una serie de reflexiones sobre la literatura, el terror y la filosofía de gran interés.
El autor, Eugene Thacker, es profesor universitario y sus estudios están centrados en la filosofía nihilista y pesimista. Cuando se preguntó a los creadores de la serie televisa True Detective, confesaron que esta obra que aquí comentamos fue una de sus influencias. Está el volumen armado mediante distintos ensayos, que van de la demonología al horror en la teología, pasando por la filosofía oculta. Estos apartados, a su vez contienen distintos capítulos. Comentaré algunos de ellos.
La música black metal y su posible relación con lo demoníaco, la imagen de lo satánico a través de la cultura, sobre todo a partir del siglo XIX, cuando se vuelve un concepto antirreligioso. La música black, elemento cultural que actúa como revulsivo en las conciencias aunque formulado de un modo más poético, estético en nuestro tiempo.
Satán y la filosofía oculta en nuestros días. Es curioso atender al desarrollo que la figura del demonio ha mostrado a lo largo de las épocas, desde su manifestación como un artefacto meramente religioso hasta erigirse como un fenómeno más del imaginario cultural de nuestra sociedad. A este respecto, señala Thacker el Infierno de Dante, y comenta su interés, no solo por la «amplia colección de demonios que habitan sus páginas, sino por la forma en la que cuidadosamente estratifica distintos tipos de ser y no-ser demoníaco.»
El autor, para analizar los aspectos antropológicos y culturales de la filosofía subyacente en el satanismo no dudará en convocar a filósofos como Schopenhauer, abanderado del ‘pesimismo cósmico’. El filósofo alemán llegó a escribir: «…lo que queda tras la total supresión de la voluntad es, para todos aquellos que están aún llenos de ella, nada.» Thacker, además, lo emparenta ideológicamente con Lovecraft, escritor oscuro que configuró su teoría literaria en un mundo que evoca el terror cósmico.
Es interesante este lúcido ensayo por las constantes relaciones que Thacker establece entre arte y filosofía, entre la literatura (de terror, sobre todo), el cine, la televisión y el pensamiento. Una de las cuestiones sobre las que el autor se interroga son los límites de la inteligibilidad. Qué somos capaces de percibir, qué hay más allá de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos. De hecho, al final, analizando una extinción total de la raza humana se cuestiona si no será esta una mera cuestión especulativa, ya que nadie quedaría para dar testimonio de la misma. Kant, nos explica, cree que por este motivo dicha idea es tan solo una presunción moral, basada en nuestra concepción antropomórfica de la realidad.
El capítulo que dedica a analizar la simbología del Círculo es bastante interesante, ya no tanto por el concepto filosófico en sí mismo, sino también por la utilización de obras literarias en las que se apoya para defender su tesis. Desde el Fausto de Marlowe, pasando por obras menos conocidas de Wheatley o Blish. Y otras más célebres de autores del terror y lo fantástico como Shield, Ballard o el ya mencionado Lovecraft.
El círculo mágico en la literatura es, para Thacker, una puerta, una «delimitación entre lo natural y lo sobrenatural.»
Analiza este concepto y su evolución, dejando de presentarse como tal para llegar a perder su fisionomía y disolverse, convertirse en una niebla o excreción, es decir, algo menos tangible y, quizá, más horrendo.
Los últimos capítulos son ensayos sobre la ecología –el Apocalipsis y los zombis de Romero ya muestran una visión del fin de la naturaleza- y la muerte, y el autor se pregunta si no será la vida la que nos provoca terror. De nuevo, trae a colación la figura de Lovecraft y de Dante, para hablarnos de los infiernos que ambos artistas proyectaron en sus obras.
En este ensayo, el amante de la especulación, del terror como una manifestación del pensamiento, encontrará un lugar de regocijo y descubrirá a un filósofo que conecta con nuestro imaginario cultural para arrojar luz sobre esos espacios de sombra en los que la literatura y el cine nos obliga a sumergirnos para horrorizarnos, es decir, comprendernos a nosotros mismos.

miércoles, marzo 04, 2015

De lo sublime, Longino

Trad. Eduardo Gil Bera. Acantilado, Barcelona, 2014. 96 pp. 10 €

José Miguel López-Astilleros

Entre los libros que Roberto Bolaño recomienda leer en sus doce consejos para escribir cuentos está De lo sublime de Longino, y no es de extrañar, puesto que no sólo es un tratado teórico de poética y crítica literaria, sino que en él encontramos consejos prácticos para el escritor, amparados en textos de autores clásicos de incuestionable altura. Sobre la identidad del autor poco se sabe con seguridad, aunque se da por hecho que vivió en el siglo I y que escribió el texto durante la Segunda Sofística. Junto con la Poética de Aristóteles y el Arte Poética de Horacio formó parte de la preceptiva literaria hasta el siglo X. Longino no se quedó en el estudio de la retórica y la estilística, como Cecilio de Caleacte en su obra también titulada Sobre lo sublime, a la que el escritor anónimo replica en la suya, yendo más allá de una descripción técnica, según apunta Albin Lesky en su Historia de la literatura griega, dado que lo sublime no se alcanza sólo con reglas. Claro que si para Longino lo sublime es «una elevación y culmen del lenguaje», no se puede decir a todas luces que se desprenda en su totalidad de la retórica, de ahí que no pueda considerarse como una obra que rompe con la poética anterior, aunque sí ofrece un punto de partida interesante en la evolución hacia el espíritu moderno, valorada especialmente a partir del Romanticismo. Por otra parte, el pensamiento elevado y la pasión pertenecen al dominio de la naturaleza, mientras que las figuras del pensamiento y la expresión, y el estilo, pertenecen al ámbito del estudio de la retórica, de modo que lo sublime, el lenguaje sublime, proviene de ambas partes, de la unión entre fondo y forma. Con todo, lo más importante es que, como dice José Alsina, «…nuestro autor resalta constantemente la superioridad absoluta de la sinceridad, de la autenticidad, frente a las recetas aprendidas en la escuela…»
La obra está dedicada a un personaje desconocido, Postumio Terenciano, con quien se supone que ha leído el tratado de Cecilio, al cual ofrece el libro para aclarar unos cuantos puntos sobre aquel. A continuación examina lo que él llama defectos «en materia de pasión», opuestos a la sublimidad: la hinchazón del contenido, la puerilidad (pensamiento ocioso e insustancial) y el entusiasmo amanerado (la vacuidad), cuyas causas son el afán desmesurado de originalidad. Le sigue la enumeración y análisis de las cinco fuentes de lo sublime o sublimidad expresiva: concepción elevada de pensamientos, una fuerte emoción, figuras del pensamiento y la expresión, nobleza en la dicción (selección de palabras, metáforas y pulimiento del lenguaje), dignidad y elevación de estilo en la composición (orden de las palabras); las dos primeras son innatas y las tres siguientes producto del arte. Pero no queremos dejar pasar una breve alusión a la grandeza sublime de los silencios, tan importante en la literatura moderna, así dice Vila-Matas de los cuentos de Hemingway «…lo más importante nunca se cuenta y la historia secreta se construye con lo no dicho.» Después trata sobre la selección de las materias, la acumulación de las mismas, la amplificación (retórica de los tópicos, exageración de los temas, intensificación de detalles, el reparto de las acciones y de las pasiones, y las diferencias entre lo sublime y la amplificación), la adaptación al oyente (referido fundamentalmente a la oratoria). Más adelante conmina al escritor a pensar en la posteridad y en la reacción de Homero y Demóstenes ante nuestras creaciones. Después reflexiona sobre las imágenes, así dice que «Imagen es cualquier clase de pensamiento que produzca expresión…». En numerosas páginas estudia unas cuantas figuras literarias, sobre las cuales dice «…la mejor figura es aquella que pasa inadvertida como tal figura.», entre ellas están el asíndeton, polisíndeton, hipérbaton, la perífrasis, metáfora, etc. No son baladíes sus palabras sobre la perfección y la asunción del riesgo en la creación literaria, «Quizá sea natural que las naturalezas bajas y mediocres estén normalmente libres de fallos y caídas, porque nunca corren riesgos y aspiran a lo más excelso, mientras que las grandes dotes tropiezan a causa de su propia naturaleza.», si tenemos en cuenta esto, ¿cuántas obras publicitadas hoy a bombo y platillo por muchas editoriales habríamos de arrojar al fuego de la inanidad? A continuación trata sobre lo necesario y lo útil, sobre la estructura del fraseo o la excesiva concisión. Concluye la obra exponiendo las causas de la falta de talento en aquella época, cuando dice «…la perdición de los talentos actuales se debe a la superficialidad en que pasamos la vida, pues sólo trabajamos y estudiamos por la alabanza y el placer, no por un motivo digno de emulación y respeto.», un diagnóstico que bien pudiera valer para hoy, o ¿no escriben muchos en nuestra época atenazados por intereses puramente comerciales, o buscando una fama rápida al margen de la calidad de sus textos?
De lo sublime es un ejemplo modélico de crítica textual, puesto que la referencia y cita de textos pertenecientes al canon clásico es constante (Homero, Demóstenes, Safo, Eurípdes, Esquilo, etc., y entre los romanos Cicerón). Es un libro ameno y hasta práctico tanto para escritores, críticos o lectores perspicaces, siempre que se adecúe, cómo no, el concepto de lo sublime a estos tiempos. Y por último, es de agradecer que una editorial mantenga vivas obras como esta, vaya esto en recuerdo del recientemente desaparecido Jaume Vallcorba, editor de Acantilado.

jueves, julio 17, 2014

Leyendo a Agustín, Miklós Szentkuthy

Trad. Adan Kovacsis. Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2014. 193 pp. 18 €

Ricardo Martínez

En su día, el título A propósito de Casanova (editado por Siruela) firmado por este autor fue una verdadera revolución literaria en el panorama de la narrativa. Una expresión ésta que pudiera resultar exagerada pero que, a tenor de la riqueza del vocabulario (exquisito como pocos por su elegancia y efectividad), de su capacidad analítica (siempre el hombre y su complejo interior, ya sea en su relación con Dios, o la mujer, o ese Otro que somos, también, nosotros); por su sentido del humor a la hora de plantear, incluso, las situaciones más críticas —propias de un perspicaz observador— constituían, en verdad, una novedad jubilosa, un bien inesperado para el lector.
Ahora, en este título que nos presenta el sello editorial Subsuelo —destaca, sobre todo, por su exigencia en la calidad literaria de los textos— el autor, haciendo uso de las mismas armas de inteligencia y sensibilidad (acaso, tal vez, más afinadas por razón de haber tomado como "interlocutor" reverenciado por su valentía y osadía intelectual a San Agustín) nos expone un conjunto perfectamente encadenado de reflexiones en torno a Dios y el pecado, al hombre y la muerte, al destino como identidad y los intereses personales como justificación... Constituye pues una invitación a pensar, con argumentos nuevos y audaces, la relación del hombre con su entorno real-material y, al tiempo, con su significado espiritual o trascendente: «Si Dios consideraba un episodio tan de pacotilla los instintos del hombre, su individualidad, la carne y el lirio, hasta el punto de que es preciso librarse de ellos continuamente, ¿por qué no creó exclusivamente ángeles y almas? La Creación es creación de la materia, no el principio espiritualista de una élite espiritual.»
Podríamos decir que estamos, a la par, delante de un libro de sociología y de religión, de política y de amor; de humanismo entendido como una de las bellas artes de la vida, ello adobado con la ironía de que, tantas veces, se sirve la inteligencia para manifestarse. Suscribo, desde luego, las palabras que Mária Tompa utiliza en el prólogo: «reflexiones de impresión existencialista»: para hablar de sus lecturas (donde las referencias a idiomas como el inglés, latín, francés o aleman son oportunas y atinadas), de su idea del amor, de los acontecimientos políticos…
Hay un pasaje que, particularmente, me parece tan expresivo como lúcido. Es más, transitado por un contenido poético que para sí quisiera algún habitante del Parnaso. Dice así: «No se puede moralizar la muerte. No se puede considerar un castigo. Recuerdo una rosa en mi jardín de Sussex así como un nardo, un arbusto de gooseberry, que nunca hicieron daño a nadie, que me perfumaron, dieron poesía a mis rezos, alimentaron a las abejas, proporcionaron sombra a los pulgones errantes, hicieron, en general, patente que quizá sí merezca la pena vivir, ¿y qué les pasó? Se marchitaron, murieron sucios, nunca más volverán a aparecer… ¿Eran quizá pecadores?»
A este autor yo le asemejaría más a una inteligencia "activa" como Musil que no tanto a la "estática" de Borges. Cuestiones de apreciación, desde luego. Ah, y no se dejen llevar por la alusión a Agustín en la portada: es solo un pretexto para acceder, a modo de una razón dialéctica, a un mundo deslumbrante de observación humana, de capacidad de vivir, de pensamiento libre. Tal es la definición, el paradigma de este autor húngaro fallecido no hace muchos años y cuya lectura siempre será recomendable como ejercicio de salud espiritual (y, por añadidura, de invitación a la sonrisa, que es una de las mejores formas de vivir).

jueves, junio 19, 2014

Michel Foucault y el poder. Viajes iniciáticos 1, Gilles Deleuze

Trad. Javier Palacio Tauste. Errata Naturae, Madrid, 2014. 168 pp. 18 €

Fernando Ángel Moreno

En este mes en el que se cumplen treinta años de la muerte Michel Foucault, acaecida un 25 de junio de 1984, aumentan las publicaciones sobre su obra. Entre todas ellas, una de las más interesantes es sin duda la que edita las transcripciones de las clases que el filósofo Gilles Deleuze impartió sobre el pensamiento del «historiador del poder» al poco tiempo de su muerte.
Cabe por tanto hablar aquí del autor de quien Foucault dijo: «Algún día el siglo será deleuziano». Deleuze es uno de los filósofos más influyentes de la segunda mitad del siglo pasado. Entre otras líneas de pensamiento, defendió una visión rizomática de la búsqueda del conocimiento, es decir, mediante asociaciones no jerárquicas, sino horizontales. Esta visión era complementaria en cierta medida a la manera en que Foucault pretendía que se estudiara la historia. No es, por tanto, casualidad la influencia de ambos en movimientos políticos y sociales, muy activos en nuestros días, que defienden la horizontalidad como base de su funcionamiento.
Por otra parte, se ha llegado a afirmar que Deleuze fue tan buen intérprete como teorizador. Desde luego, aquí se comprueba esa cualidad, pues sus explicaciones sobre la teoría del poder de Foucault no dejan de ser una muestra de lucidez o, al menos, de fructífero diálogo con el pensamiento de su compañero.
En este primer volumen se recogen tres clases. Se puede hacer un poco árida la primera, en cuanto a las referencias a diagramas que no vemos y al conocimiento matemático que se nos exige a los iletrados de letras. Recordemos que son meras transcripciones de un discurso en un aula. Pero si se hace el esfuerzo o, sencillamente, se pasa a las dos siguientes, habrá recompensa. Deleuze desgrana la manera en que el saber (y todo cuanto lo rodea) mantiene problemáticas e inevitables relaciones con el poder: «No existe saber sin poder y no existe poder sin saber». Para ello, explica ambas categorías desde un punto de vista abstracto. Ahondar en estas relaciones implica entender todo un microcosmos de las relaciones humanas, imprescindible para comprender las grandes tendencias sociales. Todo empieza en los individuos y termina en los individuos, aunque nos hayamos acostumbrado perniciosamente a pensar en términos generales.
En este sentido, se describen con dureza algunas de las bases y de las consecuencias de «Mayo del 68», muy interesantes para leer nuestra propia situación política actual. Así, ahonda en los tipos sociales de lucha y los juegos de poder que estos originan, a partir de «una triple cuestión: las nuevas formas de lucha, el nuevo papel del intelectual y la nueva subjetividad». Deleuze defiende con ello el papel de la singularidad sobre el de la universalidad, de la acción sobre el concepto: «Un campo social no se define por una estructura. Se define por el conjunto de sus estrategias».
Por otra parte, incide en la necesidad social de las leyes. En este sentido, realiza una interesante contraposición entre legislación y normativación. Esta división lleva a una crítica clave en el libro de Foucault Vigilar y castigar: el problema más complejo es el de la normativización de individuos, de separarles entre lo «normal» y lo «anormal» sin verdaderos sustentos reales.
Como aglutinante de todo ello, encontramos la idea de que nadie tiene el poder, sino que se ejerce y se deja o no que ejerza. Son los principios básicos de la teoría del poder de Foucault, aquí explicitados, desglosados, aplicados a una realidad social que nos toca directamente.
Al fin y al cabo, Deleuze y Foucault no se limitaron a explicar el mundo, sino que intentaron transformarlo a partir de estos principios con su París VIII, la Universidad de Vincennes, que fundaron en 1968 y que prescindía de exámenes y de todo tipo de control académico o reconocimiento oficial de títulos. Por desgracia, ciertas diferencias enturbiaron su amistad, aunque no la mutua admiración.
Para quien disfrute del pensamiento abstracto y de las relaciones entre el poder, la sociedad y el individuo, resulta imprescindible profundizar en las palabras de ambos pensadores.

viernes, junio 06, 2014

Lectura de Foucault y Escritos sobre Foucault, Miguel Morey

Sexto Piso, Madrid, 2014. 431 y 381 pp., 24 € (cada uno)

 




















Fernando Ángel Moreno

Todos deberíamos haber leído a Foucault.
Escribo la frase en pretérito perfecto: tras haberme acercado a él, siento cierta necesidad de repasar las lecturas ya pasadas desde su perspectiva. También leo de manera algo diferente.
No obstante, ¿por dónde empezar? Su bibliografía tiene un volumen considerable. Por otro lado, cada libro suyo contiene solo una faceta de un complejo sistema de miradas que no se cierra en un solo texto.
¿Por dónde empezar?
En este tipo de casos, vale la pena acercarse a manuales, resúmenes divulgativos, pequeñas lecciones, aunque sea de manera muy provisional. Sin embargo, en el caso de la obra de Foucault, disponemos por suerte de algo que va más allá de un manual y que no entra en la paráfrasis subjetiva y deformadora. Puede entenderse antes como una aproximación o, mejor, como un estudio descriptivo de la obra del autor francés.
Miguel Morey, catedrático emérito de Filosofía en la Universidad de Barcelona y autor de numerosos e importantes trabajos de filosofía, escribió hace ya más de tres décadas un libro, Lectura de Foucault, a partir de su tesis doctoral sobre la obra del francés hasta finales de los años setenta. Este célebre texto ha sido recuperado ahora, en el trigésimo aniversario de la muerte del filósofo, por la editorial Sexto Piso. Esta misma editorial publica también, en otro volumen complementario, Escritos sobre Foucault, los artículos posteriores del propio Morey sobre el tema.
En el primer libro, nos encontramos, como decía, con un resumen de los textos más destacados anteriores a los ochenta, principalmente Historia de la locura, El nacimiento de la clínica, La arqueología del saber y Vigilar y castigar, con otros acercamientos a diverso material como entrevistas, libros menos significados y algunas fuentes secundarias.
Se trata de un trabajo meticuloso que no solo pondrá al profano sobre la pista de la importancia del pensamiento de Foucault, sino que además penetrará con detalle en las sutilezas de los textos y en sus implicaciones socio-culturales. Evidentemente, no sustituye la lectura de los originales, a los que debe acudirse obligatoriamente si se quiere conocer de verdad dicho pensamiento. Sin embargo, aporta una visión suficientemente completa como para que el profano conozca y el experto ordene y clarifique, gracias a la meticulosidad y la lucidez del texto.
Durante la etapa arqueológica (Historia de la locura, El nacimiento de la clínica), Foucault mostró de qué manera ciertas instituciones y ciertas visiones del enfermo y del loco se correspondían con derivas intelectuales tan relativas como significativas. Las páginas dedicadas a esta línea exponen con claridad la manera en que el filósofo desarrolla sus planteamientos y pueden justificar por sí mismas el acercamiento.
Como el profano será el más beneficiado de esta Lectura, debo advertir sobre la dificultad de algunos pasajes. Dudo de que un buen lector de ensayo cultural y, desde luego, cualquier aficionado a la filosofía tengan serios problemas para seguirlo. No obstante, las páginas dedicadas a la etapa genealógica (Las palabras y las cosas, La arqueología del saber, Vigilar y castigar) sí exigirán quizás un cierto esfuerzo. Ni el léxico es demasiado complicado ni las ideas demasiado ajenas, pero por experiencia propia con mis estudiantes entiendo que puede resultar árido en ciertos pasajes. Aún así, ese pequeño esfuerzo vale muchísimo la pena si hay interés por la filosofía.
Al fin y al cabo, Foucault supo poner en duda no ya los sistemas de creencias occidentales, sino los apriorismos de construcción de los mismos a nivel histórico, la manera en que los seres humanos construimos nuestro conocimiento social.
Los planteamientos de la etapa arqueológica requieren, por tanto, una lectura más pausada. Son bastante más complejos para el profano y ahondan en conceptos revisados por el filósofo, como «enunciado», «sistema», «episteme», «lenguaje»..., que quizás requieran cierta reflexión previa. No obstante, la inmersión en los capítulos del orden de las cosas y del discurso del método debería ser obligatoria para cualquier investigador cultural, si no se quiere acudir a la fuente original o si se desea ordenarla o clarificarla.
Con todo, no me parece complicado que al terminar la lectura la satisfacción por el mapa construido valga la pena. Al fin y al cabo, recoge con detalle los sistemas propuestos para la indagación de las bases de los sistemas socio-culturales que resultarían decisivos para la pasión anglosajona por los estudios culturales.
La lectura de este primer libro vuelve casi obligatoria la del siguiente, que contiene las reflexiones sobre otros aspectos. Se recoge además la Historia de la sexualidad, aún no aparecida durante la escritura del primero. Al tratarse de una recopilación de artículos, la estructura es diferente. En cierto sentido, es más accesible que el anterior, en cuanto a que penetra menos en una pormenorizada estructuración del pensamiento del filósofo. No obstante, algunas páginas requieren conocer antes dicho pensamiento. Además, el no iniciado en filosofía puede perderse en algún momento puntual, como fue mi caso respecto al pensamiento de Bataille.
Para estos no iniciados, encuentro especialmente interesantes e iluminadores: «Michel Foucault: Una política de la experiencia» y «Sobre el lugar de la teoría en M. Foucault: Materiales para una reflexión». Me han parecido buenos acercamientos a algunas ideas fundamentales.
Por otra parte, el propio Morey advierte sobre el peligro de una colección de artículos: cierta repetición, especialmente si se conoce el primer libro. Además, quizá, podría habérsele añadido algo de crítica, desde otras perspectivas. No obstante, el objetivo principal parece ser la exposición, con lo que conlleva de repetición, y en ese sentido no defraudará en absoluto.
Debe alabarse también la valentía y el trabajo del editor, por el cuidado y la interesante presentación de ambos volúmenes. Aporta un buen regalo a quien desee ampliar sus conocimientos de filosofía y de estudios culturales e iniciarse en la mirada de un representante fundamental del siglo XX, justo en una España que vive uno de sus momentos más necesitados de revisión socio-cultural.

lunes, marzo 03, 2014

Las cien vidas del filósofo Sócrates, Yan Marchand

Trad. Sara Álvarez Pérez. Errata Naturae, Madrid, 2013. 64 pp. 15,50 €

Ángeles Escudero

Arriesgada me parece la colección en general y este título en particular. Hace falta mucho atrevimiento para  continuar con un proyecto editorial cuya finalidad es empujarnos a pensar desde nuestra más tierna infancia. Aunque, ironías aparte, calificaré la iniciativa de valiente.
Que es un libro especial se intuye desde el primer momento. Errata Naturae intenta este camino de iniciación a la filosofía a través de un texto interesante, bien sostenido por una ilustraciones sugerentes de gran fuerza evocadora, aunque contundentes. Tampoco olvidaría mencionar la traducción, a cargo de Sara Álvarez porque comunicar ideas poco comunes y con un vocabulario tan específico no ha debido ser fácil y se aprecia el trabajo serio de la traductora.
La edad recomendada (de 9 a 99 años) creo que nos muestra que el libro puede ser leído, y disfrutado, a distintos niveles de comprensión o desde perspectivas vitales diferentes. Porque, eso sí, la profundidad de las ideas que se exponen nos obligan a una lectura atenta que, en cierta medida, escaparía a la capacidad de abstracción en la infancia. Pero los niños y las niñas, de mentes abiertas e inquietas, encontrarán en la lectura de esta historia, la fuerza que le piden a todo cuanto leen y a todo cuanto ven. Yo no subestimaría su capacidad para comprender.
La máxima de Kant de animarnos a pensar por nosotros mismos, cristalizan en este título dedicado al filósofo Sócrates. El gran desconocido si su discípulo Platón no se hubiese atrevido a parafrasear y explicar sus ideas antes de aventurarse a postular sus propias tesis.
La historia, además de narrar el periplo de reencarnaciones, o transmigración del alma, del propio Sócrates (se convierte en tábano o en perro de Homero), es un viaje iniciático hacia los especiales confines de la filosofía. Reflexiona sobre diversos temas, entre los que destacaría el asumir la pregunta sobre cuál es la función o tarea de la clase política. Sócrates, ya polemizó sobre esto en el Ágora, dando vida al corazón mismo de la polis griega con sus apasionados diálogos en los que utilizando la Mayéutica y la Dialéctica (el arte de razonar que permite mirar la realidad de frente), intentaba desvelar una verdad que sigue resistiéndosenos. Porque hoy en día seguimos debatiendo los mismos temas: Estado justo o injusto, interés de quién realiza la actividad política, o la eterna dicotomía individuo-ciudadano. Las cien vidas de Sócrates aborda, incluso, el espinoso tema de cómo si quienes formen parte de la clase política no tiene posesiones propias, se evitarían los males mencionados como la corrupción. La propiedad privada sería exclusivamente de la clase trabajadora.
Otra interesante cuestión que aborda es cómo nuestras acciones retratan lo que realmente somos que, por cierto y aunque nos pese, no siempre coincide con lo que decimos que somos o con lo que creemos ser. Algo tendría que decir Stanley Milgran sobre este particular, tras realizar interesantísimos estudios sobre la obediencia, en los que comprobó cómo debidamente alentados por una autoridad somos capaces de hacer cosas que hasta ese momento afirmábamos con pasión que jamás haríamos. O sea que, en situaciones en las que la persuasión nos afecta de forma especial, podemos dejar de lado los preceptos morales que creíamos respetar. O el caso de Kitty Genovese (citado por Lauren Slater en el libro Cuerdos entre locos. Grandes experimentos psicológicos del siglo XX, publicado por Alba), que abrió el debate sobre la moral nacional al preguntarse por la compasión, o la ausencia de ella. ¿En qué nos hemos convertido? Se preguntaron entonces los ciudadanos e investigadores como John Darley y Bib Latané. Éstos últimos, idearon entonces una serie de experimentos para estudiar las condiciones en las que el ser humano pasa por alto la demanda de auxilio, así como las condiciones en que se impone la compasión. Intentaron buscar alguna explicación lógica a porqué ninguno de los casi cuarenta testigo hizo nada por socorrer Catherine a la que en tres ataques consecutivos, fue asesinada. La omisión del deber de socorro sentó, además, jurisprudencia.
Volviendo a nuestro texto, como no podía ser de otro modo, hay también una reflexión sobre la Justicia como principio moral, comenzando por cuestionar la llamada Ley del más fuerte y profundizando en matices como la equidad. Otra cuestión que en la actualidad nos obliga a replantearnos el modelo de convivencia y de sociedad en la que vivimos y nos relacionamos. Como, por ejemplo, sólo nos hacemos conscientes de las injusticias cuando éstas nos afectan.
En uno de los pasajes con más enjundia filosófica, se nos explica la creencia en el alma y en su tripartición, abogando por la idea de que el ser humano es su alma, «yo soy el hombre que habita en ti». También hoy seguimos preguntándonos, como entonces, qué nos gobierna y cómo son las pasiones, y no la razón, quién dirige nuestra acción. En este sentido cobra especial relevancia la cuestión de la educación. Dentro de los parámetros socráticos y platónicos, conocer el bien, es hacer el bien. Pero el intelectualismo moral parece hoy poco menos que una utopía. Aunque Platón, saliéndose ya de las enseñanzas de su maestro, concibe la educación más que como un instrumento de igualdad, como una herramienta de rentabilización o eficacia conforme a la cual se establecería la división del trabajo en su Principio de especialización funcional. Que cada uno realice la tarea para la que tiene más aptitud. Lo malo será, una vez más, quién determina las virtudes que tenemos y la catadura moral de quién reparte.
Y, no podemos terminar sin hacer alusión al celebérrimo Mito de la caverna, donde Platón realizó una sublime metáfora para explicar los grados de la realidad y del conocimiento tal y como él los concebía. Esta alegoría es una profunda reflexión sobre cómo lo que creemos realidad es sólo apariencia. También Saramago, en su Caverna, afrontó esta reflexión, desde otro punto de vista. Es difícil enseñar la verdad porque estamos cómodos en nuestra ignorancia y, como todo cambio supone conflicto, no queremos ser liberados de nuestras cadenas. Una vez más, y como diría Sastre, la condición humana arrastra “la condena” de la libertad.


martes, noviembre 19, 2013

Figuras de la historia, Jacques Rancière

Trad. Cecilia González. Eterna Cadencia, Madrid, 2013. 88 pp. 19,30 €

José Luis Gómez Toré

Ninguna aproximación al pensamiento estético contemporáneo estaría completo sin mencionar a Jacques Rancière, cuyas reflexiones políticas resultan asimismo difícilmente prescindibles. Es más, es en la confluencia de ambas preocupaciones donde tal vez pueda encontrarse su aportación más decisiva, especialmente para quienes no quieren renunciar al potencial crítico del arte y al mismo tiempo desean rehuir posiciones simplistas o falsamente reconciliadoras. El pensador francés se muestra así heredero, aunque un heredero ciertamente díscolo y bastante heterodoxo, de una larga tradición que arranca al menos del Romanticismo y de la reflexión kantiana (prolongada por Schiller) y que encontró una brillante prolongación en el siglo XX en filósofos como Adorno, Benjamin o Marcuse.
El presente volumen recoge dos breves ensayos, en los que Rancière explora, a través del cine y de las artes plásticas, los vínculos entre imagen, palabra e historia, lo que no es sino otro modo de seguir indagando entre la relación ya mencionada entre la mirada artística y el espacio de lo político. En este sentido Rancière se revela una vez más como un pensador incómodo (y por ello mismo necesario). Replantear el concepto de representación (de larga tradición en el pensamiento estético, ya desde la mimesis aristotélica) acaba llevando también a cambiar el ángulo de visión sobre lo histórico, lejos de las tesis posmodernas del fin de la historia pero también de la escatología secularizada al modo hegeliano.
El cine, documental y de ficción, así como la práctica y la poética de autores como Flaubert llevan a Rancière a preguntarse por el llamativo nexo que surge entre el arte y lo insignificante, lo que supone poner en primer plano el papel del arte como dador de sentido (al tiempo que como elemento perturbador, que pone en tela de juicio los significados heredados). De ahí que lo insignificante se plantee, en un brillante juego dialéctico, como una categoría central tanto estética como política. Lo irrelevante para los grandes relatos reclama su centralidad, cuestionando así el reparto tanto de lo material como de lo simbólico, la separación entre quienes tienen derecho a preguntar y quienes solo pueden responder, porque se les niega la voz en el ágora y la existencia como sujetos de la historia. El arte es también, pese a los reiterados intentos de levantar su acta de defunción, un ámbito privilegiado para releer las imágenes, para invertir las relaciones entre fondo y figura. De ahí que, dando la vuelta a la célebre y tan mal comprendida afirmación de Adorno, afirme: «después de Auschwitz, para mostrar Auschwitz solo el arte es posible, porque siempre es lo presente de una ausencia, porque su trabajo mismo es el dar a ver algo invisible […], porque es, entonces, lo único capaz de volver sensible lo inhumano».

miércoles, octubre 13, 2010

Correspondencia. Vol III (Enero 1875- diciembre 1879), Friedrich Nietzsche

Trad. Andrés Rubio. Trotta, Madrid, 2010. 483 pp. 35 €

Ángeles Escudero

En la idea que titula esta reseña sobre el volumen de correspondencia que nos ocupa, reside quizás la máxima originalidad y al mismo tiempo la tesis más revolucionaria de Friedrich Nietzsche. El azar como parte indisoluble de la vida, la casualidad frente a la causalidad, demasiado atrevimiento para las mentes acostumbradas a la seguridad del orden y a la certeza de una finalidad que rige, y decide en ocasiones, sobre nuestro destino.
Al asumir el eterno retorno tocaba los cimientos mismos de una cultura, la occidental, que necesita tener un horizonte al que tender, un fin que dé sentido a la existencia de un ser, el humano que, a fuerza de complicarlo todo, ha olvidado que quizás la explicación de la vida sea más sencilla de lo que nos empeñamos en suponer, aunque no por ello más fácil de asimilar. No sólo niega que la historia sea lineal, considerándola cíclica, sino que lo más valiente es cómo nos despoja de subterfugios de redención, cómo deshace ante nuestra perpleja mirada los espejismos que nos parecen reales, y nos deja a solas con lo que somos, seres humanos, sea eso mucho o poco. Como diría Sartre, «No somos libres de dejar de ser libres. No todo el mundo puede comprender y aceptar esta certeza existencial de un carácter tan radical».
Si hacemos una analogía con Darwin, caeremos en la cuenta de que lo que más irritó a la comunidad científica de la época que le tocó vivir a este naturalista inglés, no fue que determinase que tenemos un origen común con otros seres vivos, sino que eliminase de la creación la idea de un finalismo teleológico al postular su teoría de la selección natural.
Es en este sentido de no seguir esta línea en la que todo tiene un objetivo preestablecido, una explicación que adquiere su auténtico significado dentro de un orden superior o global, en el que se puede señalar que más que su crítica furibunda a la sociedad cristiano burguesa, más que la crítica a una moral que él bautizó como moral de siervos, más que sus ataques a la metafísica inmovilista, más que su transmutación de los valores; lo que realmente provocó la repulsa de su pensamiento, fue esta consideración del destino, de lo inesperado e impredecible como parte de la vida. En definitiva, una negación de la necesidad, o más exactamente, como una falta de orden, de estructura, de forma, e incluso de razón. En palabras de Zaratrusta, profeta del eterno retorno, «un poco de sabiduría es posible; pero yo he encontrado en las cosas esta certeza feliz: prefieren bailar sobre los pies del azar».
La cuidada edición que nos ocupa, está traducida por Andrés Rubio, autor también de las notas y de la introducción, nos acercará a las ideas y a la figura de Nietszche de una forma muy particular. Estas cartas captan en forma de daguerrotipo, en blanco y negro o en sepia, el interior de nuestro filósofo, sus sentimientos y aflicciones, sus deseos más íntimos, su alegría efímera y su pesar constante, fruto de sus circunstancias particulares de falta de salud.
Las cartas que componen este tercer volumen pertenecen al período que va desde enero de 1875, a diciembre de 1879. Para él es una época marcada por cambios de todo tipo: estado de salud, amistades, costumbres, estatus y lugar de residencia. Se convierte en una especie de nómada, porque si bien el período en el que se enmarca este volumen se concentra en Basilea, lugar donde residió la mayor parte del tiempo ejerciendo como profesor de filología clásica en su universidad. Con motivo de las vacaciones o de las frecuentes bajas por enfermedad, o a causa de los tratamientos que recibió en diferentes lugares, aparecen en las cartas referencias a localidades de Suiza, Alemania e Italia. Como por ejemplo: Baden-Baden, Basilea, Berna, Génova, Ginebra, Leipzig, Lucerna, Lugano, Sorrento, Zúrich, etc. Estas circunstancias terminarán por influir en su pensamiento que evolucionará hacia otros territorios inexplorados hasta ese momento.
Lo más significativo va a ser la constatación de la muerte del filólogo (acudiendo a la misma terminología que él utiliza al anunciar “la muerte de dios”) y el nacimiento del Nietzsche filósofo. Pasará, entonces, del concepto a la metáfora y al aforismo, dejando un tanto al margen el estudio del origen de las palabras, la genealogía de los términos, y asumiendo problemas de tipo más universal. Aún así, su amplia formación lingüística y filológica influye, en general, en su forma de abordar las cuestiones, y es poco probable que se abstrajese de sus orígenes de forma absoluta.
Entre la nutrida correspondencia podemos encontrar las cartas a Paul Ree, al que se puede considerar, en palabras del prologuista, como su primera amistad filosófica. Los Wagner, Richard y su mujer Cosima, con los que también establece relación epistolar, no ocultaron su aversión, teñida de racismo para muchos, por la amistad nacida entre Nietzsche y este filósofo de origen judío. Las cartas manifiestan una admiración recíproca que se romperá de forma abrupta por una cuestión personal que no fue otra que la pugna entre ambos por el amor de Lou Andreas Salomé (¿humano, demasiado humano?).
Este volumen de correspondencia parece venir a echar por tierra uno de los prejuicios más extendidos sobre Friedrich. Me refiero a las acusaciones de misoginia de que es objeto. Aunque, en este sentido, he de decir que, para algunos esto viene determinado por la influencia perniciosa de la figura de su hermana Elisabeth (según muchos culpable del mayor embuste político del que fue objeto), así como el desengaño, antes referido, por Lou Von Salomé, mujer inteligente y autosuficiente, de la que permaneció enamorado a pesar de su posterior (este episodio vital es posterior a la época que nos ocupa en este volumen, ya que la conocerá en Roma). Pero, en muchas de las cartas encontramos atisbos de cariño y consideración hacia el género femenino en general y hacia su hermana, madre y amigas, en particular. Por ejemplo, comenta a su amigo Erwin Rohde que su hermana le lee libros cuando él, por sus frecuentes problemas de salud no puede aplicar la vista.
«En las horas de descanso para los ojos, mi hermana me lee casi siempre a Walter Scott, al que gustosamente llamamos, junto con Schopenhauer, “el inmortal»
La explicación a esa aparente contradicción puede residir, quizás, en que algunos de los conflictos a los que se aluden frecuentemente viesen la luz con posterioridad porque parece evidente que hay bastantes sombras en esta relación familiar. De hecho, Simon Critcheley señala en su obra El libro de los filósofos muertos, que gran culpa de las tergiversaciones sobre la figura de Nietzsche, haciéndolo parecer como paradigma y baluarte de un pensamiento totalitarista, así como de las especulaciones sobre la locura el filósofo, serían alimentados por su hermana Elisabeth. Critcheley señala como relevante su papel en la manipulación y distorsión de la obra de Nietzsche y en la ocultación de su historial médico.
Sobre su estado de salud, así como de las causas que lo provocaron, habría mucho que decir. En este orden de cosas, cabe mencionar que su situación anímica queda patente en las cartas que componen este volumen. De hecho, el propio Nietzsche hace muchas alusiones a su enfermedad: «Ayer me quedé postrado en cama con fuertes dolores de cabeza y tarde y noche atormentado por fuertes vómitos» (A Erwin Rohde en Bayreuth). La causa de todos estos males parece que fueron debidos a una enfermedad degenerativa en el cerebro. Aunque los médicos a los que frecuentemente acudía, determinaron en ocasiones otro origen. Él mismo en una carta a su madre y hermana les habla de cómo el doctor Wiel le diagnostica un catarro estomacal crónico con dilatación de estómago. Pero hay muchas más versiones. Su hermana Elisabeth insistió en que la locura en la que terminará por caer Nietzsche, era debido al agotamiento mental derivado de un exceso de trabajo intelectual. Nunca aceptó que el hundimiento de su hermano fuese consecuencia de la infección sifilítica que había contraído, cuando era estudiante, en un burdel de Colonia en 1865 y por la que recibió tratamiento en Leipzig en 1867. Por cierto que Critcheley en el libro antes citado, cuenta la peculiar versión de el en un tiempo amigo y admirado compositor, Wagner. Mantenía la peculiar tesis de que la enfermedad del filósofo tenía como causa un exceso de masturbación, y no conforme con esto comunicó al medico de Nietzsche su diagnóstico.
Con posterioridad a los médicos referidos en este volumen, el filósofo es entregado a los cuidados de Otto Biswansger. Extraordinariamente diligente, este médico estudiará la obra de Nietzsche para poder entender mejor a su paciente. Con una dosis de diplomacia importante, le diagnosticará una parálisis progresiva, según, Critcheley ocultando aspectos bastante más escabrosos. Explica este autor la posibilidad de que Friedrich fuese coprófago, esto es, propenso a comerse sus propias heces y a beberse su orina. Quizás por todo esto, su hermana Elisabeth encargase robar el historial médico de su hermano. El contenido del mismo sólo llegó a conocerse tras la muerte de ésta en 1935. La circunstancia de que el propio Hitler acudiese a su funeral, puede servirnos como dato biográfico para comprender sus ideas y obsesiones antisemitas. En este sentido recordar que ella y su marido intentaron fundar una colonia de arios en Paraguay llamada Nueva Germania. El marido de Elisabeth se suicidó y la colonia se hundió económicamente.
Un aspecto peculiar que llama la atención en estas cartas, es la narración de algunos episodios muy cotidianos e, incluso en ocasiones, escatológicos. Por ejemplo: «¿Cómo van las cosas del amor?» Le pregunta a su amigo Carl von Gersdorff. Estando en un balneario escribe a su familia narrando de esta forma su rutina diaria: «Cada mañana una lavativa autoadministrada (perdón por empezar con ello, ¡pero con este placer comienza ahora el día! Contenido agua fría)» además de intimidad, se deja entrever un sutil sentido del humor.
Otro aspecto muy importante de su trayectoria filosófica y vital que queda reflejado en su correspondencia, serían las decepciones sufridas con Wagner y Schopenhauer, y esto tanto en el plano intelectual como en el personal. Con el primero compartirá la admiración por el segundo (aunque Nietzsche sufriese una fuerte desilusión con él que le llevó a repudiarlo, pese a las coincidencias filosóficas como que ambos reconocieran el carácter trágico y cruel de la vida) y, por supuesto el amor por la música. De Wagner, compositor y escritor sobre temas musicales, admiraba la revolución musical y cultural que representó su obra, según Andrés Rubio como el soporte erudito-filológico que le faltaba. No sólo fueron amigos, sino que la influencia que ejercieron el uno sobre el otro fue muy importante. Después se producirá el alejamiento por el nuevo desengaño que sufre tras el estreno de Parsifal. Tanto Schopenhauer como Wagner fueron desmitificados por él que, tal y como cuestionó las verdades que hasta entonces tenía por auténticos axiomas en El ocaso de los ídolos, los hizo caer de su pedestal como estatuas de piedra. Pero algún rescoldo debió quedar, en lo emocional al menos, con los consideró sus educadores, ya que al anuncio de la muerte del compositor, reaccionó con una fuerte recaída de su enfermedad. Andrés Rubio señala que escribió una carta de condolencia para Cosima Wagner, a la que nunca dejó de adorar, que no se conserva.
Igual que la fotografía es capaz de captar un instante inmortalizando el tiempo, de otra forma imposible de aprehender, estas cartas nos ayudarán a entender un poco esta personalidad imposible, como algunos le definieron, nos acercarán a este filósofo incomprendido y adelantado a su época, como él mismo, con una intuición prodigiosa supo ver.

lunes, septiembre 20, 2010

El enigma cuántico, Bruce Rosenblum y Fred Kuttner

Trad. Ambrosio García Leal. Tusquets, Barcelona, 2010. 257 pp. 19 €

Juan Pablo Heras

Como la ignorancia nos desprotege, uno teme estar ante un fraude de los buenos cuando se enfrenta a una cubierta que promete desvelar “el secreto mejor guardado de la física contemporánea”. Pero el prestigio aquilatado por los años de la colección “Metatemas” en el género de la divulgación científica y el interés de los propios autores por distinguirse desde las primeras páginas de las muchas chácharas pseudomísticas que mariposean alrededor de la física cuántica, infunden una cierta confianza que invita a adentrarse en un territorio tan extraño como fascinante.
El enigma cuántico es la plasmación libresca de un popular curso de física para estudiantes de humanidades que desde hace tiempo imparten sus autores en la Universidad de California. Durante el último siglo, la extrema complejidad de los postulados de la física cuántica no ha impedido que muchos filósofos y literatos comiencen a empaparse de una nueva visión del mundo. Como insisten Rosenblum y Kuttner, los descubrimientos de la física cuántica han sido demostrados experimentalmente en innumerables ocasiones y han resistido cualquier intento de refutación. Y sin embargo, las conclusiones a las que nos abocan violan flagrantemente nuestro sentido común. La idea de que un mismo átomo pueda estar al mismo tiempo concentrado en un punto y repartido en una superficie extensa repugna a nuestra inteligencia pero hace posible que funcionen los aparatos de resonancia magnética que se usan a diario en cualquier hospital. La noción de que esos átomos situados en “superposición cuántica” se “colapsan” o bien en partículas o bien en ondas como consecuencia directa de nuestra propia percepción, es decir, de su encuentro con la conciencia, cuestiona gravemente nuestros conceptos de realidad objetiva o de libre albedrío. El “secreto” al que aluden los autores del libro es en realidad el límite mismo del desconcierto provocado entre los especialistas por los descubrimientos de la física cuántica, que se muestra infalible tanto en su abstracción matemática como en sus aplicaciones prácticas pero impenetrable en aspectos que pertenecen ya al terreno de la pura especulación filosófica.
Dado que el libro está destinado a estudiantes de humanidades, los autores han tenido el acierto de explicar el complejo desarrollo de la física cuántica entendida como el último peldaño de un proceso histórico de horizonte aún indefinido, que transcurre por lo menos desde Aristóteles a John Bell, pasando por Newton, Einstein, Planck, Bohr, etc. El relato se anima con pequeños datos biográficos que ilustran la difícil inserción de los nuevos descubrimientos científicos en las concepciones del mundo predominantes en cada época. Y leyéndolo da la sensación de que nuestra visión del universo está todavía por detrás de lo que entrevé la ciencia, como si no quisiéramos creer todavía a los nuevos Galileos que insisten en que, sin embargo, la Tierra se mueve.
El libro menciona y amplía algunos de los modelos y principios más populares de la divulgación tradicional de la física cuántica, como la metáfora del gato de Schrödinger (ese que está totalmente vivo y totalmente muerto al mismo tiempo) y el principio de incertidumbre de Heisenberg, mucho más complejo de la versión que suele vulgarizarse en artículos de periódico. Y aunque, confieso, ciertos conceptos no son fáciles de comprender para alguien de letras puras, uno puede obviar determinados elementos y seguir con interés creciente las vectores fundamentales de un camino de descubrimientos que ha llevado siglos y que se acota ahora a unos pocos cientos de páginas, como si nuestro pequeño y discreto aprendizaje acompañara la evolución de todo el conocimiento humano.
En los últimos capítulos, nos topamos con el límite de los conocimientos científicamente verificados y se abre ante nuestros ojos un surtido de elucubraciones que diversos especialistas han postulado para alumbrar los misterios de la física cuántica. Y he aquí donde aparece la literatura con patente de corso. Por ejemplo, la célebre hipótesis de los mundos múltiples (o universos paralelos), de Hugh Everett, que tanto ha alimentado a la ciencia-ficción desde sus obras más prístinas hasta la más anodina space-opera. O, mejor todavía, formulaciones con pretensiones absolutamente científicas que por su osadía alcanzan resonancias refinadamente poéticas, como esta afirmación de John Cramer, que merece una cita completa:
«Cuando nos paramos en la oscuridad y miramos una estrella a cien años luz de nosotros, no sólo las ondas de luz retardadas procedentes de la estrella han estado viajando durante cien años hasta llegar a nuestros ojos, sino que las ondas adelantadas generadas por procesos de absorción dentro de nuestros ojos han llegado cien años atrás en el pasado, completando la transacción que permitió a la estrella brillar en nuestra dirección».
¿Qué les parece?
En otras palabras, un buen puñado de certezas irrefutables para disparar nuestra imaginación en infinitas direcciones imprevisibles.

jueves, octubre 08, 2009

Parerga y Paralipómena, Arthur Schopenhauer

Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo. Madrid, Valdemar, 2009. 1.120 pp. 40 €

Luis Manuel Ruiz

A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.
Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.
Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.
Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.
En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».

viernes, agosto 21, 2009

La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche, Franz Overbeck

Trad. Iván de los Ríos. Errata Naturae, Madrid, 2009. 128 pp. 10.90 €

Rubén Castillo Gallego

Franz Overbeck (1837-1905), que fue amigo íntimo de Friedrich Nietzsche y docente en una universidad suiza, tuvo la inestimable idea de anotar algunas de sus reflexiones, remembranzas y anécdotas sobre el filósofo alemán. Y ahora el sello Errata Naturae, con la valiosa colaboración traductora del profesor Iván de los Ríos, nos ofrece a los lectores españoles un buen número de esas páginas (incluidas algunas que el pudoroso Carl Albrecht Bernoulli, discípulo de Overbeck, consideró prescindibles cuando editó el volumen en 1906). Con buen juicio dice el profesor De los Ríos que «Franz Overbeck escribe al margen de todo interés encomiástico, sin ínfulas filosóficas, y escribe para demostrarse a sí mismo que nunca comprendió plenamente a un hombre al que amó y veneró por encima de todas las cosas; escribe para comprender y para expiar la culpa de no haber comprendido; escribe para quedarse a solas con su amigo Friedrich Nietzsche, cuyas carencias nadie supo advertir con igual cautela» (p.14). De ahí que la obra alcance cotas de gran intensidad intelectual y emocional. Tras declarar su sumisión ante lo ciclópeo de la figura de FriedrichNietzsche fue un portento ante el que me incliné una y otra vez, y aun hoy no me arrepiento de haberlo hecho», p.25), el analista Overbeck se aproxima con lucidez y elegancia crítica a «un Nietzsche cuyo pensamiento no se ramifica, creciente, superando obstáculos, sino que avanza como una [...] corriente de lava» (p.39). Lentamente, respetuosamente, Franz Overbeck comenta diferentes aspectos sobre el antisemitismo de Nietzsche, sobre sus posturas ante la religión cristiana, sobre su aparente soledad («Nunca fue un auténtico solitario», p.43), sobre el controvertido tema de la muerte de Dios («Partiendo de mi relación habitual con Nietzsche sólo puedo decir lo siguiente: nunca tuve la impresión de que contara con una respuesta sobre la existencia o la inexistencia de Dios, pero ignoro si alguna vez pretendió decir algo al respecto», p.54) y sobre varios temas de indudable interés erudito, como las relaciones que la obra de Friedrich Nietzsche guarda con Proudhon, Rousseau, Pascal, Herder, Stirner o Erwin Rohde. Y llega a proporcionar datos muy minuciosos, como la anécdota de que fue el historiador y pensador Jakob Burkhardt (autor de la monumental Historia de la cultura griega) el primero en tener noticia clara de la locura de Nietzsche, a través de una carta de enero de 1889, donde el filósofo evidenciaba su desvarío... Este hombre, que fue un fiel amigo del filósofo de Basilea «hasta que todos perdimos a Nietzsche por culpa de la locura» (p.90), explica con viril emoción que no ha querido mercadear con su amistad, ni someterla a manipulaciones de ningún tipo, cuando tan fácil le hubiera resultado hacerlo («Su amistad ha sido demasiado importante para mí como para sentir el deseo de contaminarla con exaltaciones póstumas», p.102). En suma, Errata Naturae nos acaba de regalar un delicioso tomo con el que, sin la menor duda, mejoramos nuestro conocimiento del padre de Zaratustra. Y eso siempre hay que agradecerlo.