viernes, febrero 15, 2013

El señor Nakano y las mujeres, Hiromi Kawakami

Trad. Marina Bornas Montaña. Acantilado, Barcelona, 2012. pp. 22 €

Santiago Pajares

Este es un libro sin un objetivo claro. Y como objetivo me refiero a que no hay un enigma que resolver, ni una chica (o chico) a la que enamorar, ni una misión que llevar a cabo. Es, como muchos otros libros de la literatura japonesa, la narración de un tiempo dado a un grupo de personas, contado con la ligereza de las cosas que son realmente importantes. Cuanto más me adentro en la literatura japonesa, más me encuentro este tipo de historias, narraciones del día a día muy bien narradas de una forma un tanto hetérea, como envueltas en una sutil bruma. Quizá al ser historias cotidianas todos nos podamos sentir un poco identificados, o quizá al contar cosas del otro lado del mundo nos pique la curiosidad sobre todos esos pequeños detalles que hacen interesantes el día a día. No sé bien qué es, pero con cada libro que leo, me gusta más.
Su autora, Hiromi Kawakami, se ha convertido en una de las escritoras más conocidas de Japón (y es que hay vida más allá de Murakami). Fue profesora de biología hasta que en 1994 apareció su primera colección de relatos, momento en que abandonó la enseñanza para escribir. Ha recibido muchos de los premios más prestigiosos de Japón por sus novelas y sus libros han comenzado a traducirse a todos los idiomas. De la forma japonesa, con pasitos cortos, sin hacer mucho ruido.
Pese al título, el libro narra la historia de Hitomi, una chica japonesa que trabaja en una tienda de artículos de segunda mano regentada por el señor Nakano, un japonés muy práctico con una cierta tendencia a dejarse enredar por las mujeres. Allí conoce a Takeo, un tímido chico por el que poco a poco comienza a sentirse atraída. ¿Pero cómo demostrar su afecto a alguien que no es capaz de demostrar un sentimiento siquiera de cercanía? Mientras los productos usados entran y salen de la tienda, Hitomi aceptará los consejos de la hermana de su jefe, una mujer liberada que trata de vivir su vida libremente y zafarse de la vigilancia de su hermano, muy crítico con ella pese a que su propia vida está llena de irregularidades. Este contexto nos ofrece una pequeña ventana para asomarnos a la tierna intimidad de estos personajes, todos un poco solitarios, todos un poco confundidos con la vida que les ha tocado vivir.
Los pasajes en los que Hitomi y Takeo tratan de acercarse, de comenzar una relación, de tocarse siquiera, son para mí lo mejor del libro. Expresan unas dudas y unos miedos que todos hemos tenido, describiendo lugares donde todos nosotros hemos luchado, con nuestros éxitos y nuestras derrotas.
Este es un libro para leer tranquilo, sentado en un sofá con una taza de té verde al lado. No pretende ser un bestseller devorador de páginas, sino uno de esos libros cuyas hojas pasas con cuidado para no herir a ningún personaje. Desde luego un libro para leer dos veces. Especial mención merece, como siempre, la cuidada edición de la editorial acantilado, que mima sus impresiones tanto como los textos que envuelven.

jueves, febrero 14, 2013

Un estado del malestar, Joaquín Berges

Tusquets, Barcelona, 2012. 395 pp. 19 €

Salvador Gutiérrez Solís

Siempre he defendido, y defenderé, frente a los guardianes de la caverna y frente a los cortos de entendederas, el humor en la Literatura. Como género, como recurso, como herramienta, como usted prefiera, hasta como un fin, un objetivo, desde la más absoluta normalidad. Normalidad de la que carece la actual narrativa española, que aún sigue contemplando el humor como amenaza, degradación –subgénero- de la Literatura. No nos llevemos las manos a la cabeza, sucede. Como mucho, está permitido, o se admite, algún brochazo de “fina ironía”, podemos leer en la reseña de turno.
No creo que un género u otro condicionen la calidad de una obra literaria, y podemos encontrar centenares de ejemplos. Tampoco creo en lo contrario, obviamente, no todas las profundas reflexiones interiores son maravillosas ni todas las novelas de humor son divertidísimas, estupendas o birriosas. Simple y llanamente, buenas, regulares y malas novelas. Incluso maravillosas, muy de vez en cuando.
Dicho esto, sinceridad, declaración o aclaración, debo de reconocer que aguardaba con cierta impaciencia la nueva entrega del zaragozano Joaquín Berges, un escritor que sorprendió con sus dos primeras novelas, El club de los estrellados y Vive como puedas, y suponía que el crecimiento, fijar la marca, quedaría más latente en esta tercera entrega: Un estado del malestar.
Un maduro ejecutivo al borde la jubilación, instalado en eso que conocimos como estado del bienestar, y hasta del lujo y del privilegio en esta ocasión, cuando contempla que el abismo se acerca y que le queda muy poca carretera que recorrer –o que le ha dejado de gustar la carretera y hasta el vehículo que conduce- decide dar un giro radical a su vida. El amor, las últimas gotas de pasión y juventud, no dejan de ser más que unas excusas recurrentes –a veces ocurrentes- para abordar desde el pleno convencimiento este cambio de vida.
Un estado del malestar cuenta con dos premisas o circunstancias que juegan en su contra. Una primera absolutamente formal, la portada, que en mi caso particular generó más rechazo que atracción y una segunda argumental: que te creas la historia. O sea, que te creas que un tipo con una mujer guapísima, con un lujoso todoterreno con más extras que el reparto de una película oriental, con una situación social acomodadísima, con un trabajo muy bien remunerado, decida renunciar a todo eso para iniciar una nueva vida. Y que, además, esta nueva vida la encuentre en las antípodas de lo que ha sido su vida –perdón por la repetición-, hasta entonces.
Berges, sin embargo, lo consigue: te lo crees, y nos ofrece una novela rítmica y ágil, que aborda cuestiones trascendentales desde el anzuelo del humor. Picamos. Un recurso que no suele estar del alcance de muchos autores, y del que se reniega más por incapacidad para lograrlo que por rechazo real. Un estado del malestar cuenta con pasajes absolutamente brillantes, ingeniosos e inteligentes, a ratos desternillantes, que demuestran las habilidades de un narrador con recorrido.

miércoles, febrero 13, 2013

El canto del cisne, Edmund Crispin

Trad. José C. Valdés. Impedimenta, Madrid, 2012. 280 pp. 19,95 €

Daniel Sánchez Pardos

La recuperación de las novelas de Edmund Crispin que la editorial Impedimenta inició en 2011 con La juguetería errante, y que ahora continúa con El canto del cisne, no sólo nos ha permitido descubrir a un peculiar e interesantísimo autor del que muchos no habíamos tenido noticia hasta ahora: también ha propiciado el regreso a las librerías de un cierto tipo de novela policíaca que en la actualidad se encuentra prácticamente extinguido, pero que en sus encarnaciones más logradas (y estas dos novelas de Crispin sin duda lo son) sigue conservando un encanto y un poder de seducción al que todavía muchos lectores somos incapaces de no sucumbir. En las novelas de Crispin no hay casi ninguno de los rasgos que hoy identificamos con la novela negra, y que vienen aportándole calado, ambición y seriedad al género desde los tiempos de Hammett y del american noir; y no los hay de una forma consciente y orgullosa. Las aventuras del detective aficionado Gervase Fen, profesor en Oxford y excéntrico militante, eluden por igual la psicología, el procedimiento policial, el periodismo, la intención política y el comentario social. Su realismo es satírico y deformante; sus personajes se definen por sus tics, su lenguaje y sus manías, y viven casi siempre instalados en el límite de la caricatura; sus misterios son problemas en el sentido más sherlockiano del término: excusas para el juego, el ejercicio y el disfrute de la mente del lector.
En El canto del cisne Edmund Crispin nos propone un crimen a puerta cerrada (o, más bien, a puerta entreabierta) que goza de todos los ingredientes imprescindibles de tan venerable subgénero: la imposibilidad manifiesta del hecho, los múltiples sospechosos, la profusión de detalles horarios y espaciales, las varias pistas irrelevantes o contradictorias y, quizá, también la solución imaginativa y un tanto improbable (pero razonablemente satisfactoria). La llegada a Oxford de una compañía operística que se dispone a representar por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial Los maestros cantores de Nuremberg, de Wagner, pone en marcha una cadena de rencillas personales y de malos presagios que acabarán derivando en la muerte del tenor principal, Edwin Shorthouse, un tipo combativo y molesto cuyo destino de cadáver prematuro no se nos oculta en ningún momento. El agradable ambiente musical por el que avanza el argumento urdido por Crispin dota a la novela de ciertas recurrencias temáticas y estilísticas que el autor, músico él mismo, dosifica con la misma sabiduría técnica con la que conduce ese espléndido artefacto verbal que es su libro. Y digo «verbal» porque, a diferencia de otras obras clásicas del género detectivesco de su mismo periodo, aquí el argumento, aun siendo en todo momento sólido y atrayente, importa menos que el estilo del autor: un estilo chispeante, socarrón y lleno de golpes de ingenio, sembrado de sorpresas y de buenas caídas puntuales en el absurdo, cien por cien britanico en todos los sentidos posibles. La voz de Edmund Crispin es el reflejo exacto de su personaje estrella: es entrañable, divertida, orgullosa y sumamente personal, y deja en la memoria del lector un agradable regusto que tarda en diluirse.
Un libro (un autor) totalmente recomendable.

martes, febrero 12, 2013

Tan lejos de Krypton, Daniel Ruiz García

Premio Onuba 2012. Editorial Onuba, Huelva, 2012. 313 pp. 20 €

Coradino Vega

Dice Daniel Ruiz García que ha escrito una novela de superhéroes, pero Tan lejos de Krypton es mucho más que eso. Las continuas referencias a los iconos de los cómics no obedecen aquí a ninguna moda dispuesta a dinamitar una forma realista de interpretación de la experiencia, como tampoco parece que sea un modo de evasión que convierta la literatura en un juego de artificios más o menos ingenioso. Ya en La canción donde ella vive, Daniel Ruiz García había explorado la importancia de la cultura popular en la conformación del imaginario de quienes nacieron a partir de los setenta. Y ahora, junto a la nómina de superhéroes y personajes tan familiares para los que fueron niños en este país en la década de los ochenta, aparecen los clics de famóbil, los petazetas, el blandiblú o Vacaciones en el mar. Porque no es que todo eso fuera el telón de fondo, es que ése fue el escenario en el que una generación que nada tuvo que ver con la movida creyó por edad que cualquier cosa podía ser, incluyendo gozar de superpoderes.
De cómo fuimos para saber en qué nos hemos convertido parece ir esta novela que narra una historia terrible, de eco faulkneriano, con un ritmo trepidante, una estructura sólida, trama bien urdida y una prosa madura, envolvente, en la que la característica fuerza expresiva de su autor queda al servicio de la doble voz que la modula. Está la segunda persona que insta al Lucas-adulto a que se sumerja en un apartado de la memoria doloroso. Pero sobre todo está esa primera persona por la que habla la conciencia del Lucas-niño y que es quizás el mayor logro del libro, pues a través de ella el narrador tratará de “desenterrar las palabras primitivas” en lo que parece un alegato semántico o una suerte de exorcismo contra el resabio que acarrea la pérdida de la inocencia. Lucas, un niño normal de once años que pasa el verano en el pueblo con su familia, quiere seguir los pasos de su primo Prudencio, empeñado en convertirse en Alfaman, combatiente de las Fuerzas del Bien, puesto que «debajo de la realidad, pervive la lucha soterrada entre héroes y villanos». Cuando Prudencio le habla a Lucas así, parece Don Quijote dirigiéndose a Sancho. Los villanos están por todos lados y pueden ser cualquiera, desde los poderosos que salen por televisión (el presidente de las patillas y acento andaluz, la primera ministra británica igualita a la vecina del 4ºD, el coronel Tejero o el arrugado Reagan con su Guerra de las Galaxias), hasta los seres más peligrosamente cercanos. Pero la impronta cervantina no acaba sólo con ese alegórico a la vez que cómico cuestionamiento de lo real; también está presente en el trato que Daniel Ruiz García da a sus personajes: en la compasión, en la ternura, en la dignidad, en la desazón y la tristeza que atraviesan el humor, el aparente optimismo y el valor; en su profunda sensibilidad ante la injusticia. Lucas lo mira todo con la perplejidad del niño que observa un universo en el que aparecen los primeros indicios del horror: «Otra vez ganas de llorar, sentimiento de no saber, no entender nada. Pero también rabia, un deseo raro de estrangularlo todo, de marcharte del mundo y estrujarlo como una pelota, explotarlo como un globo».
Hay escritores a los que parece que les gusta más serlo que escribir, ser agudos críticos o concebir la literatura como un instrumento para uno u otro fin en lugar de como un acto de contar, rellenar insuficiencias de la vida y explicarnos a nosotros mismos: les sobra cálculo pero les falta alma, pasión, verdadero entusiasmo por la literatura. Con Tan lejos de Krypton, su sexta y a mi juicio mejor novela, Daniel Ruiz García reivindica volver al origen del que nos fuimos («el niño pequeño que sonríe en las fotos»), recuperar el significado de las palabras, escribir con el corazón lo que tenemos más cerca y no siempre somos capaces de ver. A menudo se le ha calificado de escritor visceral por la crudeza de la temática de sus anteriores novelas y su exuberante estilo. Si por visceral entendemos también escribir con el estómago, llegando hasta el fondo de las emociones y con la valentía de ser uno mismo cueste lo que cueste, Daniel Ruiz García sigue siendo con esta hermosa elegía, que tiene algo de metafísica y mucho de indagación moral ante el desconcierto presente, un escritor visceral. El más visceral. El menos pijo de su generación. Alguien que, por mucho que se lo propusiera, no podría nunca dejar de ser escritor en el sentido más noble del término.

lunes, febrero 11, 2013

Para escribir una novela, Silvia Adela Kohan

Alba, Barcelona, 2012. pp. 328 pp. 18 €

María Dolores García Pastor

Existen muchas guías para escritores. Existen también muchos métodos de escritura tantos, diría yo, como personas que se dedican a escribir ya sea profesionalmente o de manera amateur. “Todos los métodos son buenos si funcionan”, me decía Jordi Sierra i Fabra hace un tiempo al hablar del suyo, La página escrita. De todo lo cual se deduce que no hay fórmulas matemáticas para esto, mapa o brújula, todo es válido si el resultado es bueno, o aquello otro tan sobado de que cada maestrillo tiene su librillo. Tener un buen manual de escritura no nos garantiza nada, aunque es cierto que puede ayudarnos bastante. Libros como este Para escribir una novela pueden ser una buena herramienta. En este encontraremos el proceso completo para escribir una novela. Eso sí, siguiendo las anteriores máximas, su autora no deja de proponernos en todo momento llevar cada una de las cosas que explica a nuestro terreno y nos incita a inventar nuestro propio sistema creativo.
Se trata de una obra muy didáctica, escrita de manera clara y precisa, en la que la autora va al grano de lo que interesa al lector (en este caso, seguramente, también aspirante a escritor). Su experiencia como profesora de técnicas narrativas y autora reconocida de manuales de escritura es un punto a su favor. Silvia Adela Kohan sabe muy bien lo que se trae entre manos y lo plasma en todos y cada uno de sus manuales de escritura, que son muchos, incluido el que nos ocupa. Parte de la idea de que el acto de escribir una novela es algo casi vital para el escritor y a través de ese acto se goza tanto como se sufre. En ese sentido su planteamiento nos recuerda a los de Natalie Goldberg autora de libros como El gozo de escribir o El rayo y el trueno. Pasión y oficio de escribir. Para Kohan la escritura es también “un acto de salud” que nos permite vivir otras vidas, así como una maravillosa herramienta para atreverse a pensar.
El libro está dividido en doce capítulos subdivididos en diferentes apartados en los que se abordan todas las cuestiones referentes al proceso de escritura de una novela. Se inicia la lectura con una especie de pequeño prólogo titulado “Adelante, la puerta está abierta, pasa…” en el que se conmina al lector a aceptar al escritor que lleva dentro y en el que Kohan lanza su diatriba explicando lo que es para ella la escritura. A partir de aquí la autora nos cuenta cómo han de ser los inicios, cómo hemos de organizar los previos a la escritura, nos habla de la búsqueda de la voz, de la caracterización de los personajes, de la trama, de las atmósferas o de todo lo necesario para conseguir un buen final. Pero la cosa no acaba aquí. También nos da unos consejos para escribir todo un best seller en el capítulo que titula “Ingredientes y preparación de la receta del bestseller”, así como unas pautas finales para revisar y reescribir.
El libro contiene ejercicios prácticos al final de cada capítulo y está salpicado de frases de autores célebres sobre las cuestiones que trata. También nos señala algunos ejemplos muy ilustrativos y adecuados pero que, a veces, acaban por desvelarnos información que se convierte en spoilers para futuras lecturas. Cuando la autora habla de que este es un libro sobre el proceso completo para escribir una novela está diciendo la verdad, ya que se ocupa de todo desde los previos hasta la ardua tarea de revisar y reescribir. En el penúltimo capítulo, el once, es donde descubrimos la fórmula mágica de los best seller. Estas recetas siempre resultan, cuanto menos, curiosas. Raramente quienes las ofrecen son escritores de este tipo de libros, debe de ser que quienes sí los escriben no están por la labor de compartir la clave de su éxito. Con todo, siempre se pueden sacar ideas, llevarlas a la práctica en nuestro propio terreno y, quién sabe, a lo mejor suena la flauta.

sábado, febrero 09, 2013

Prisioneros en el paraíso, Aarto Paasilinna

Trad. Dulce Fernández. Anagrama, Barcelona, 2012. 200 pp. 16,90 €

Miguel Baquero

Autor de indiscutible éxito internacional gracias a novelas como Delicioso suicidio en grupo o El bosque de los zorros, que le han destacado por su particular y finísima forma de entender el humor (fresco, ligero, sano, pero con unas gotas necesarias y bien medidas de crítica social), el finlandés Aarto Paasilinna (Kittila, 1942) está conociendo ahora la edición en nuestro país, por parte de Anagrama, de las novelas anteriores a su consagración. Llega el turno ahora, tras El año de la liebre para esta Prisioneros en el paraíso, editada por primera vez en Finlandia en 1974 y donde ya podemos apreciar (y degustar) algunos de los rasgos más sobresalientes del autor.
El argumento de la novela es bien sencillo, e incluso me atrevería a decir habitual: un avión se estrella cerca de una isla desierta (“desierta” es la fórmula común para significar que está alejada de la civilización) y los supervivientes, hombres y mujeres de varias nacionalidades y distinta extracción social, han de organizar su vida diaria en lo que les localizan los equipos de rescate. Hasta aquí, nada nuevo, y estoy completamente de acuerdo con una de las opiniones de los críticos que reseñaron esta novela, en este caso el crítico de “Le Monde”, en el sentido de que, sin el humor, este género de relatos parecería ridículo. Pero, en efecto, interviene el humor; un humor de muchos quilates como es el de Paasilinna; un humor que no se recrea en el chiste ni en el “golpe” y va mucho más allá: pretende trazar la comicidad de la situación en su conjunto, pretende hacer una sátira no de éste ni de aquél individuo, ni de un determinado tipo humano en concreto, sino que es una mirada burlesca sobre la totalidad. Con totalidad me refiero al hombre occidental y su pequeña visión del mundo, llena de miedos y prejuicios.
Los pasajeros del avión que se estrella son, en su mayoría (ya en este primer punto se inicia la particular mordacidad de Paasilinna), integrantes de una misión humanitaria de la ONU que viaja al Tercer Mundo para proteger a los indígenas de uno de tantos peligros como les acechan. Como buenos occidentales, solidarios y políticamente correctos, la primera medida que toman al llegar como náufragos a la isla es elegir una junta directiva. Posteriormente, y en la misma línea, entablarán un debate sobre cuál se va a convertir en la lengua oficial de su pequeño grupo o de qué manera van a organizar los periodos electorales; se lamentan así mismo porque, enfrascados en las tareas de hallar medios de supervivencia, talar árboles y construir cabañas, no les es posible aplicar la normativa europea en materia de jornadas laborales; y desnudos ante la intemperie y el calor sensual del trópico, deciden, como primera medida, crear un consultorio de asesoramiento sexual…
Todo esto antes de que la naturaleza comience a obrar y día a día, con la misma exuberancia de la vegetación que les rodea, vaya rompiendo con sus raíces, tenaz y pacientemente, esa pequeña estructura social y ponga al descubierto lo precario e incluso ridículo de sus cimientos.
Y de nuevo aquí hace gala Paasilinna de esa contención que es la clave de la excelencia de sus novelas y de la calidad de su humor. Porque sin renunciar a la burla, y en general a la ridiculización de la sociedad, no descuida el dibujo compasivo de sus personajes, gracias a lo cual hace entrañables y humanos incluso a la ultrarreligiosa preocupada por los métodos anticonceptivos. Una justa distancia, en suma, la que acierta a tomar el autor y que a ratos se convierte en ejemplo de cómo sostener un pulso literario.

viernes, febrero 08, 2013

El diablo a todas horas, Donald Ray Pollock

Trad. Javier Calvo. Libros del Silencio, Barcelona, 2012. 372 pp. 22 €

Juan Soto Ivars

El autor de este libro dejó los estudios a los diecisiete años y después más de tres décadas de trabajo en un matadero y una fábrica apestosa de papel se graduó en la Universidad de Ohio y publicó la colección de cuentos Knockemstiff, sobre la vida aberrante en una hondonada infectada de personas, pura basura blanca retratada con una crudeza muy impactante. Aquel libro con afán de novela coral dejaba claro que Donald Ray Pollock está muy por encima de otros autodidactas de vida sórdida contemporáneos suyos como Edward Bunker, pero sinceramente no esperaba que en su primera novela, El diablo a todas horas, pudiera encontrarse ya algo parecido a una obra redonda.
«Siempre había alguien muriéndose en alguna parte, y en el verano de 1958, el año en que Arvin Eugene Russell tenía diez años, le llegó el turno a su madre.»
Pollock regresa al agujero de Knockemstiff para arrancar con la historia de un huérfano criado en la misma sopa abominable donde malvivían los personajes de su libro de cuentos. Una tierra en que crece podrido cada vegetal que se planta pero donde, en esta ocasión, el autor ha conseguido separar tejidos sanos de los enfermos ofreciendo entre el horror casi continuo el contrapunto de unos bellísimos diamantes de bondad. La novela cruza con la historia de este huérfano la de otras almas degeneradas y en la forma de unir las tramas está el único problema: tiene cierto aire artificioso como de Auster la soldadura final, pero en mi opinión esto no ofrece ninguna resistencia. La novela está suficientemente llena de sorpresas, imágenes, recursos e historias asombrosas como para tolerar una licencia de estructura.
«Pensó que era la primera noche que ella pasaba bajo tierra; debía de estar muy oscuro allí abajo.»
Se trata de una novela de formación, o más bien una novela de resistencia a la deformación. Decía que está llena de pequeñas historias y esto merece una explicación, porque es uno de los puntos fuertes. Al autor no se le escapa nada: hasta los personajes más modestos tienen su pequeña justificación argumental y vienen precedidos de una narración somera sobre sus vidas y motivaciones. En este sentido, Pollock se comporta como un dios concienzudo que no quiere dejar cabos sueltos ni personajes sin volumen tridimensional. En virtud de esta inventiva fecunda, todo cuanto pasa por sus páginas está cargado de verdadera humanidad.
«—Te portas muy bien conmigo, muchacho —le dijo el viejo. Arvin tuvo que tragar saliva varias veces para no llorar. Pensó en el día siguiente. Iba a ser la última vez que compartirían una botella.»
Pollock aturde continuamente con la sordidez y lo macabro, pero no creo que haya un afán de escandalizar, como he oído decir a algunos lectores que respeto. Los símbolos adoptan un peso específico que recuerda a la literatura de Cormac McCarthy: los insectos y la podredumbre, las cruces, las extensiones americanas y sobre todo las aves (el flamenco, el urogallo, como ocurría en el libro de cuentos) cargan simbólicamente lo que de otra manera podría entenderse como arbitrario. Escrito con una pureza narrativa digna del Truman Capote de A sangre fría, consigue contagiar al lector de las sensaciones de sus protagonistas por encima del distanciamiento que podría provocar la anécdota, siempre macabra. La traducción a cargo de Javier Calvo, que también se encargó de Knockemstiff, parece a la altura del contenido y sin nada que objetar más allá de un par de tópicos “soles de justicia” que posiblemente sean desliz de Pollock.
«Le había metido un miedo de muerte hablándole de bandas de palurdos rabiosos y tribus de vagabundos famélicos, y de las cosas que espantosas que les hacían a los pobres y dulces chicos sin hogar a los que cazaban en la carretera.»
Son cuatrocientas páginas de buceo en un sitio donde nadie querría estar, una galería de espejos deformados en la que rara vez hay espacio para tomar aire. Los lectores que consigan traspasar esta novela sin taparse lo ojos habrán asistido a la explosión de un talento narrativo de primer orden. En conclusión, El diablo a todas horas provoca tantas sensaciones que durante la lectura uno apenas repara en la más importante: la poderosa admiración hacia su autor.

jueves, febrero 07, 2013

La sonrisa robada, José Antonio Abella

Isla del náufrago. Segovia, 2013. 632 pp. 20 €

Ignacio Sanz

¿Con qué ingredientes ha de contar una novela para convertirse en extraordinaria? Yo no lo sé y sospecho que no es fácil dar con la respuesta. No hay recetas ni fórmulas. Además de una trama interesante ha de contar con un estilo arrebatador. Por supuesto. Y estar escrita con el corazón. Pero, repito, no hay recetas. Soy alérgico a las novelas de muchas páginas. Y la que suscita este comentario tiene más de seiscientas. Para mí una barbaridad. La sonrisa robada relata episodios de la Segunda Guerra Mundial. Eso ya lo sabía porque el autor ha pasado tres años de encierro, sin hacer apenas vida social, absorto en la escritura de su novela, medio ausente de una tertulia literaria que luego, curiosamente, se cuela en sus páginas.
Lo cierto es que al día siguiente de comenzar su lectura, cuando la acabé sin hacer casi otra cosa, llamé al autor para decirle que tenía un sentimiento contradictorio, por un lado había cumplido un objetivo pero, al mismo tiempo, me sentía desalojado, huérfano de una historia amarga, devastadora, sí, pero hipnótica. Pocas veces había sentido, como lector, una sensación parecida.
Me pregunto si mi amistad con el autor puede haber condicionado la lectura. Es posible, pero imagino que no hasta ese extremo. Caen con frecuencia obras de amigos en mis manos y, a veces, no consigo pasar de las primeras páginas. Soy conocido por mis juicios descarnados. ¿Por qué me he merendado en dos días las más de seiscientas páginas de este libro? Quiero pensar que es la inercia que genera la propia lectura el que me ha ido arrastrando. Y qué curioso, ya al final, cuando me quedaban apenas cien páginas, tuve la extraña sensación de que estaba a punto de ser desalojado de un reino.
Detrás de La sonrisa robada se esconde un estilo poderoso y arrollador. Lo que cuenta, con pequeñas variantes, lo hemos visto cien, mil veces en documentales y en películas que recrean diferentes episodios de la Segunda Guerra Mundial, aunque casi siempre desde la óptica de las tropas aliadas. También hemos leído diarios, cuentos y novelas que nos han horrorizado por el cúmulo de atrocidades. ¿Qué late, entonces, en La sonrisa robada para que me empujara por ese terraplén al que me vi lanzado? Posiblemente lo que late es una verdad poética y una rabiosa modernidad que hace que el lector se vea arrastrado por una pendiente abajo.
José Fernández-Arroyo es un viejo poeta postista de origen manchego, amigo de Arrabal, que ha quedado en las márgenes de la historia de la Literatura. Desde la adolescencia fue reflejando su vida en un diario. Una parte de ese diario salió publicado con el título de  Edelgard, diario de un sueño que recoge, entre otras cosas, cinco años de una intensa correspondencia con una muchacha alemana. Poco a poco, por correspondencia, se declaran su amor y la temperatura va subiendo de grados en la distancia. Estamos en los primeros años cincuenta, poco después de la guerra y sus devastaciones. Recuerdo que la lectura de aquel diario me tuvo despierto hasta las cuatro de la mañana. El colofón de aquel noviazgo apasionado lo puso un viaje en autostop desde Madrid hasta Flensburg.
Lo que hace ahora Abella, amigo de Fernández-Arroyo, aunque treinta años más joven, es seguir el rastro de aquella muchacha y el de su familia para descubrirnos los entresijos de aquella relación. Y ahí empieza la aventura, en el viaje, en los viaje reales que el propio Abella hace a Flensburg para el acarreo de datos con los que armar el rompecabezas. Por ello se trata de una novela documental, con escasos vuelos imaginarios. No son necesarios cuando la realidad nos estremece. Sus amables informantes le cuentan historias que hielan el corazón. Ahí radica la fuerza, en el viaje, en los viajes, y en las historias que va allegando y que se entretejen con la correspondencia de Fernández-Arroyo. De tal modo que, al final, es el propio novelista, el doctor Abella, médico rural y novelista, residente en Segovia, el protagonista involuntario de esta novela que conforme avanza, a la chita callando, alcanza carácter de alegato contra la guerra, que habla de la estupidez de los idealismos, de sus contradicciones, que pone en solfa tantas barbaridades cometidas precisamente en nombre de la pureza de los fanáticos. Por supuesto, fanáticos de uno y de otro lado. Abella no se queda a estas alturas, en una crítica a los nazis ni a la brutalidad gratuita de la tropas aliadas; ni siquiera hacia los propios judíos que aparecen poco después de la guerra, los escasos que han conseguido salvar el pellejo, aplicando el mandato divino del “ojo por ojo”. No, La sonrisa robada nos lleva más allá de las causas y de los posicionamientos convencionales. De ahí que su lectura resulte conmovedora.
Por supuesto que podemos encontrar antecedentes en su mecanismo constructivo. Soldados de Salamina o La velocidad de la luz, ambas de Javier Cercas, participan del mismo engranaje y de parecido estilo arrollador, ese estilo que empuja al lector por esta larga travesía como si acabara de hacer una placentera excursión de fin de semana, pero cuyo recuerdo va a perdurar en su memoria por mucho tiempo. Porque el horror que se describe no se olvida fácilmente. Y porque Fernández-Arroyo y Edelgard, así como los múltiples personajes que nos salen al paso, aparecen retratados con el magisterio de un escritor que avanza por un túnel, palpando en medio de la oscuridad mientras busca destellos de luz, un escritor conmovido por sus hallazgos que nos hace partícipes de su propia perplejidad.

Nota. Esta novela solo se puede adquirir a través de la página de la editorial que la envía por correo sin gastos añadidos.

miércoles, febrero 06, 2013

Casa de verano con piscina, Herman Koch

Trad. Maria Rosich. Salamandra, Barcelona, 2012. 352 pp. 18 €

Pedro M. Domene

Herman Koch (Arnhem, Holanda, 1953) tiene la asombrosa cualidad o, la capacidad de mostrar en sus novelas el sentido de culpa de la sociedad holandesa, presentar las extrañas relaciones sociales de su país, o celebrar la entrega con que experimentan sus vivencias padres e hijos mutuamente, sin que nada de esto presuponga paliativo alguno. Tanto es así que su primera novela publicada en España, con el sello Salamandra, y titulada La cena (2010), fue una auténtica sorpresa de crítica en su país natal en 2009, elegido como Libro del Año y, además, galardonado con el Premio del Público. Una historia polémica porque tras las primeras páginas uno se pregunta, ¿hasta dónde es capaz de llegar un padre para cubrir a un hijo que comete un delito injustificable? La sociedad, las normas cívicas, la protección paterna o la lealtad presupone que deban encubrirse ciertas actitudes de nuestros jóvenes inconformistas y, como en el caso, a los caprichosos autores de un episodio de violencia extrema. Tal es la tesis que sostiene Koch en su novela para enjuiciar el futuro incierto de los jóvenes Michel y Rick, dos adolescentes de quince años, acusados de un terrible suceso. Los padres debaten su particular postura a los postres de una suculenta cena previa, y en un carísimo restaurante, cuando en la conversación empiezan a ponerse de manifiesto algunas de las revelaciones que originará el trágico final protagonizado por sus vástagos.
Casa de verano con piscina (2012), su nueva novela, es el descarnado relato en primera persona de un médico de cabecera en Ámsterdam, con un amplio historial de buenos pacientes, que confían plenamente en su medicina y en su encantadora oratoria, aunque Marc Schlosser, contempla su alrededor, que incluye su familia y pacientes, con un cinismo que incomoda a cualquiera según se avanza en su lectura. El relato, no obstante experimenta un giro extraordinario cuando Marc y su esposa Caroline se involucran, sin apenas pensarlo, en el círculo de amistades de un famosísimo actor, Ralph Meier, personaje tan vanidoso como ególatra y que intentará socavar esa amistad seduciendo a la pareja con muy distintas artimañas. Carolina, se enamora de esa imagen excéntrica y bohemia, y caerá en su redes, incluso convence a Marc para que cuando vayan de vacaciones pasen unos días junto a Judith, pareja de Ralph, en su casa de verano en España. Aunque la familia Schlosser no sucumbe a la tentación, y se instalan en un camping cercano para no molestar. Pero cuando Lisa y Julia conocen a Alex, el hijo adolescente de Ralph y Judith, sus padres son incapaces de rechazar la invitación de acampar en su jardín y disfrutar de la piscina, además de así estar más cerca y disfrutar de comilonas, largas conversaciones de sobremesa, chapuzones y curiosas visitas de los insólitos chiringuitos del lugar. Al grupo se une un director de cine con una joven novia, veinte años menor, y que pronto despierta la atención de todos. A medida que avanza la novela, y tras soporíferas jornadas de vacaciones, Marc y Carolina observan un extraño comportamiento en su hija Julia de diecisiete años tras un pequeño incidente que interrumpirá las vacaciones de todos y servirá al narrador para mostrar el lado oscuro de su historia porque, unos y otros, tratan de descubrir que ocurrió realmente durante la noche en que los jóvenes desaparecieron durante unas horas sin el control de los adultos.
Salpicado de un humor tan ácido como amargo, Koch sacude las conciencias de una sociedad con un profundo sentimiento de culpabilidad que logra expresarse mediante las relaciones sociales tan hipócritas como inexistentes en una colectividad plagada de convencionalismos y donde la ética o la comunicación fallan en todos los sentidos; además, la libertad sexual o la relación familiar esgrimidas ponen de manifiesto que algo está ocurriendo un mundo deshumanizado que ha perdido el rumbo de cualquier reflejo en otro tiempo pasado, y el holandés constata como sufrimos la inmoralidad más civilizada.

martes, febrero 05, 2013

Catalina La Grande, Robert K. Massie

Trad. Cecilia Belza. Crítica, Barcelona, 2012. 794 pp. 32 €

Ángeles Prieto Barba

De todas las biografías históricas que podemos encontrar en estas fechas sobre la mesa de novedades, la mejor es ésta. Por tres motivos fáciles de definir, sencillos de explicar y que vamos a desarrollar seguidamente: el autor, el personaje y la obra.
Pues Robert Kinloch Massie, que cuenta en la actualidad con ochenta y tres años, es sobradamente conocido en el mundo anglosajón por sus biografías impecables, propias de un historiador bien curtido, forjado en las universidades de Oxford y Yale, pero contando además con una formación periodística de primer orden en el Newsweek y el Saturday Evening Post que lo han convertido en un narrador brillante, impecable y ameno. Y si repasamos su bibliografía, descubriremos además que es experto en cultura, política y sociedad rusa de los siglos modernos y contemporáneos. No es de extrañar que, tras haber publicado con éxito apabullante Pedro el Grande: su vida y su mundo (premio Pulitzer en 1981, serie en la NBC con tres Emmy), decidiera después dedicar ocho años de su vida a la confección de esta biografía que podemos encontrar ahora en nuestras librerías: la de Catalina la Grande, su continuadora. Es casi imposible pues, mejorar esta carta de presentación del autor, un historiador que nos asegura el rigor, la lucidez, la paciencia, la amenidad y el trabajo bien hecho, cualidades necesarias para abordar tan intenso y apasionante personaje.
Porque el siglo de las Luces, ese que vemos plasmado en los libros generales de Historia bajo los signos del progreso, la filosofía y la lucha por la hegemonía europea entre Francia e Inglaterra, guarda asimismo un gran protagonismo político femenino. En este sentido, Catalina la Grande no fue ni mucho menos una figura aislada dentro de ese tablero político dieciochesco en el que jugaron no pocas damas: la princesa de los Ursinos, Isabel de Farnesio o María Teresa de Parma en España, pero también la gran María Teresa de Austria y Catalina de Rusia, sobre la que convergen no pocas mitologías misóginas como la de una voracidad sexual que no fue tal, sino mostrar a las claras sus preferencias por compañeros de cama visiblemente más jóvenes que ella. Aunque también competentes: pues no olvidemos que, algunos de ellos como Orlov o Potemkin, le ayudaron de manera fiel y continuada en sus inmensas labores de gobierno. Un capítulo más de una vida que para el lector muestra otros aspectos mucho más deslumbrantes: cómo enfrentar entonces acuciantes crisis y problemas (peste bubónica de 1771, rebelión de Pugachov, alta mortandad por viruelas, dos guerras contra Turquía, otra frente a Suecia, enfrentamientos con Prusia, particiones de Polonia, Revolución Francesa) y qué hacer, desde la cúspide de un país sumamente atrasado, por mejorar sus condiciones sociales, económicas y culturales, pues no olvidemos tampoco que estamos ante la gran constructora de San Petersburgo y fundadora del Hermitage. Y que no demasiado lejos llegó en ese Estado inmenso, pues habiendo protegido a Voltaire, Grimm y Diderot y siendo firme partidaria de las ideas ilustradas, legisló sin tener para nada en cuenta a la gran mayoría de la población, sometida y analfabeta, en esa esclavitud encubierta denominada “servidumbre”. Gran contradicción de un reinado que al final hubo de vérselas con los ecos de la Marsellesa, ante cuyos clamores revolucionarios terminó imponiendo el cierre de fronteras, la censura de prensa y el inevitable cordón sanitario.
Y todo esto relatado con pulso eficaz, ameno y sumamente ordenado en 794 páginas que se enumeran pronto y se leen con mayor interés y gusto, en una obra confeccionada al objeto de deslumbrar y perdurar mucho tiempo en nuestra memoria. Créanme cuando les digo que de tantas páginas no sobra ni una sola. Que la traducción al castellano está a la altura de esta biografía que no sólo está al alcance comprensivo de cualquier estudiante o aficionado a la Historia, sino también al de esos buenos lectores que quieran informarse, formarse y abstraerse con ella.

lunes, febrero 04, 2013

Norteamérica profunda,Juan Carlos Márquez

Salto de Página, Madrid, 2012. 104 pp. 13 €

Juan Gómez Bárcena

Norteamérica profunda no es una novedad editorial. Hace diez años el libro de Juan Carlos Márquez ya gozaba de buena salud e incluso ganaba varios galardones, como el Premio Unión Latina (2003) y más tarde el Premio Rafael González Castell (2005). Gracias a este último premio se publicó una primera edición del libro, que vio la luz en 2008. Su historia, como la de tantas buenas obras, parecía morir ahí: con una modesta publicación, de esas que raramente trascienden el discreto circuito de ediciones de premios. La primera sorpresa nos la daría la labor callada de cientos de lectores anónimos, que a partir de entonces iban a reconocer Norteamérica profunda como una obra de culto en la sombra. Por no hablar de la editorial Salto de Página, que acaba de atreverse a reeditarla y obrar así uno de los milagros de esta temporada: retroceder hasta 2003 para descubrirnos uno de los mejores libros de 2013.
La colección consta de cinco relatos, desperdigados por la geografía –y la historia- de Estados Unidos. Desde los últimos indios que mueren ante el empuje de los colonos blancos en la Costa Este –“Delaware”- hasta el bateador profesional que acompaña a su esposa enferma al círculo polar ártico para ver la aurora boreal –“Churchill”-, la pluma de Juan Carlos Márquez cubre dos siglos de mitos y tópicos de la cultura norteamericana. Uso esta palabra, “tópico”, como un cumplido, pues lo que se logra en último término es un reto fascinante: examinar los ingredientes del sueño americano, en un viaje que para el lector español tiene mucho de familiar y al mismo tiempo de ajeno. Estamos acostumbrados a narradores que se dejan contagiar por la sensibilidad o la estética norteamericana para ambientar en nuestro país historias que bien podrían suceder en los barrios suburbiales de Nueva York o en las llanuras de Kansas. Más insólitos son los autores como Juan Carlos Márquez, que tienen la audacia de dar un paso más allá: de alumbrar narraciones donde todo –personajes, sensibilidad, escenarios- se mimetiza con la literatura del otro lado del Atlántico.
El lector puede preguntarse tal vez por el sentido de este singular viaje. ¿Qué esperamos encontrar en este exilio de nuestra propia cultura para arribar a otra, la norteamericana, que conocemos a través del turismo, el cine, la literatura? ¿Qué sucede con nuestros referentes como lectores cuando las distancias se miden en yardas y no en metros; cuando en nuestra memoria el horror de la Guerra Civil Española es sustituido por el horror de Vietnam y nuestros hijos crecen jugando al baloncesto en las granjas de Bloomington o diseccionando ranas en las clases de la señorita Brenda? Algunos de los críticos han entendido esta propuesta de Norteamérica profunda recurriendo a palabras como “guiño”, “parodia”, o peor aún, el temido “homenaje”. Son palabras que me incomodan y que me resisto a suscribir, pues parecen querer implicar un cierto carácter menor, secundario, de este viaje al que Juan Carlos nos invita. Y Norteamérica profunda no constituye en mi opinión ninguna clase de homenaje, o si lo hace, no es otro que un homenaje a nuestra propia cultura. Porque tras este experimento de transformación en ciudadanos americanos, rodeados de caravanas coloniales, de pasteles de carne y mecedoras bamboleándose en los porches, lo que descubrimos es que en esencia nada ha cambiado. Que también nosotros formamos parte sin saberlo de esa América profunda. Que la conocemos mejor de lo que suponíamos, y que tal vez haya un conocimiento verdadero en ese acercarse al sueño americano a través de sus signos más superficiales; en ese imaginario que ha sido soldado en nuestras conciencias con las herramientas de la publicidad y el cine, y a día de hoy es tan real como el país que un día lo inspiró.
Márquez nos prepara, por tanto, para el viaje antropológico por antonomasia: aquel que nos lleva al lugar más lejano para acceder al reducto más íntimo y verdadero de nuestra propia cultura. Y lo hace con las armas del que sin duda es uno de los mejores exponentes del cuento español: con un lenguaje sencillo y vívido, sembrado de imágenes poderosas que no lograremos apartar de nuestro recuerdo –una pareja que contempla las luces cambiantes de la aurora boreal para pedir un deseo que no puede realizarse; una adolescente que besa con pasión a todo aquel que prometa llevarla consigo a las Vegas-. Y sobre todo, con personajes llenos de humanidad, a quienes acompañaremos en cinco viajes de cuyo destino sabemos tan poco como ellos mismos.

sábado, febrero 02, 2013

Solo con invitación: El anarquista que se llamaba como yo, Pablo Martín Sánchez

Acantilado, Barcelona, 2012, 613 pp. 26 €

Care Santos

Apuesto a que de pequeño Pablo Martín Sánchez era el empollón de la clase. Uno de esos niños odiosos que valen para todo, no cometen faltas de ortografía, se saben la tabla del ocho, son capaces de saltar el potro sin despeinarse y encima le caen bien hasta a los profesores más antipáticos porque tienen cara de angelitos. Extrapolo, o me invento todo esto, a la vista de lo que este catalán de 35 años hace hoy día: se le da bien el relato, como demostró en su anterior libro, FrIcciones, (EDA, 2011), el microcuento -género en el que aún es inédito pero, o mucho me equivoco, o pronto dejará de serlo, porque se le da realmente bien-, ha escrito una tesis sobre Queneau, Calvino y Perec y, encima, ahora se planta en las mesas de novedades con un novelón de 600 páginas que está levantando, con mucha razón, el entusiasmo de los lectores más exigentes. Y todo como quien no quiere la cosa, como de pequeño debía de saltar el potro y hasta el plinton. Aclaración: el pasado del autor acabo de inventármelo, pero su cara de angelito es cierta.
     El anarquista que se llamaba como yo arranca con una anécdota completamente intrascendente: el autor se entretiene un buen día buscado su nombre en Google y tropieza con alguien que no es él a pesar de llevar su nombre y sus dos apellidos: un anarquista español implicado en una conspiración contra el dictador Primo de Rivera y condenado a morir a garrote vil en 1924. Intrigado, decide investigar quien fue ese otro Pablo Martín Sánchez. La novela narra una exhaustiva investigación tras los pasos de este homónimo escurridizo, del que apenas existen datos o, de exixtir, son erróneos o falsos. El autor recorre el norte de España, viaja a París, conoce los círculos en los que se movía su tocayo, rinde algunos homenajes, encuentra el momento -al cabo, 600 páginas dan para mucho- para recrearse en la época, sus personajes y sus novedades más llamativas. Así, lo que en un principio podría haberse resuelto en un artículo, termina convertido en un mundo. En manos de Martín Sánchez cualquier anécdota se convierte en materia novelesca, cualquier hecho histórico da para una disección pormenorizada, para una búsqueda maniática de los referentes, para una recreación que sumerge al lector en una trama bien urdida y bien resuelta, llena de momentos inolvidables, que la mano del autor cuenta con la seguridad de un escritor que llevara veinte años haciéndolo. En ese sentido, se me ocurre que Martín Sánchez ha empezado su carrera como novelista por el lugar en que muchos la terminan: por ofrecer una gran obra que demuestra su madurez y su modo de ver el mundo. Y también viene a mi cabeza cierta definición de novelista más o menos clásica: el novelista de verdad es aquel capaz de abrir la boca por un  bostezo y a continuación escribir una novela para contarlo. Pues eso, ni más ni menos, hace Pablo Martín Sánchez.
    El libro se cierra con una última sorpresa. Cuando ya todo parece dicho y el libro está en fase de últimas correcciones, el autor nos dice que recibe una carta anónima que desmiente el final que acaba de referirnos. Puede que el anarquista no muriera como se ha dicho, suicidándose justo cuando le conducían al patíbulo, sino mucho después. Es un giro inesperado, dickensiano, que llega en el último estertor. La razón nos dice que debemos creerlo si atendemos a la lógica de la novela y a nuestro papel como lectores. Sin embargo, es inevitable preguntarse de qué credibilidad goza alguien que ha dedicado varios años de su vida a estudiar a los mayores impostores de la literatura europea del siglo XX. Y, yendo aún más lejos, creo que debemos formularnos algunas preguntas más: ¿Funcionaría lo mismo esta historia sin las profusas citas auténticas que acompañan el texto? ¿Nos seduciría igual si las citas fueran falsas? ¿Y si lo fuera ese final? ¿Y si el autor nos hubiera mentido? ¿No es eso, al fin y al cabo, una novela, el permiso que le otorgamos a alguien para que nos mienta? Pues eso.


Pablo Martín Sánchez: "Un rigor mal entendido puede derivar en rigor mortis"



—Usted empieza su novela hablando del poder del azar en nuestras vidas. Pero al azar hay que saber escucharle, ¿no? ¿Cómo escucha usted al azar?

—Con suspicacia. El azar en la vida es estupendo, pero en la escritura es peligroso: puede funcionar muy bien como material literario, pero no como método de trabajo. Ya decía Italo Calvino aquello de que «la poesía es la gran enemiga del azar» y no puedo estar más de acuerdo: si me dan a elegir entre escribir un poema dadá y una sextina, elijo la sextina. En cualquier caso, al azar no hay que escucharlo, pues si te quedas escuchando corres el riesgo de no oír nada: el azar hay que provocarlo.

Foto de Pierluigi Greco


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viernes, febrero 01, 2013

La marca del meridiano, Lorenzo Silva

Planeta, Barcelona, 2012. 400 pp. 21 €

José Vaccaro Ruiz

Silva se mueve con comodidad con los personajes de la saga Bevilacqua. La novela, en primera persona, está dotada de un plus de proximidad e identificación del lector con el brigada de la Guardia Civil. A ello contribuye, tanto las reflexiones y diálogos que Bevilacqua va manteniendo consigo mismo –impensables si no fuera el narrador- como la visión unipersonal de toda la trama a través de sus ojos y sus oídos. En ese itinerario hacia y hasta llegar al desenlace, el autor obra con absoluta transparencia, alejado de las trampas u ocultaciones que con frecuencia llenan las novelas de intriga. Es algo que, no por obvio, debe ser remarcado porque muestra un diálogo limpio –honrado, sería la palabra adecuada- autor/lector, algo que por desgracia no abunda. Y ello sin que el ansia por devorar –literal y literariamente- la novela se resienta, muy al contrario.
Salvando las distancias, y sin que sea una crítica negativa para el escritor norteamericano (cada uno tiene su estilo, y hay gustos para todos), vale la pena contrastar La marca del meridiano con La caja negra de Michael Connelly, el último premio RBA. Lo que me interesa señalar como diferencia entre Bevilacqua y Bosch –los dos policías protagonistas-, extrapolado a la novela negra o policíaca española y a la americana es lo que sigue. En la nuestra, la propia de la Piel de Toro, y Lorenzo Silva es un ejemplo, destaca la humanidad sobre la técnica, la carne sobre la osamenta, la metafísica sobre la física. El acento de Silva está puesto, aparte de en la intriga, en los sentimientos personales de su protagonista principal en forma de digresiones-: Lo que le añade a un edificio el revoco de la fachada puede hacerlo más aparente a la vista, pero en modo alguno más sólido-. Incluso las referencias al sicoanálisis lacaniano-: Nunca nos atrae de alguien lo que ese alguien es, sino el reflejo que en la persona en cuestión atisbamos de una figura preexistente en nuestra psique-. Son guindas que a mi modo de ver enriquecen la novela y la subliman elevando las crestas de su encefalograma literario y ahondando sus simas, dando relieve a lo que de otra forma sería un plano duro y puro. Una planimetría bidimensional que nos conduce, cuando hablamos del libro de Connelly –su parte positiva, si se la quiere considerar así-, por una autopista plácida sin cambios de rasante y sin más accidentes ni mudanza en las marchas que la obligada por las casetas de peaje o las estaciones de servicio, al contrario de una carretera comarcal –La Marca del meridiano-, que nos obliga a tomar contacto con los pueblos que atravesamos y a poner segunda o primera, incluso a pararnos, en determinados sitios.
El título de la novela de Silva contiene una acotación política, no sé si correcta o incorrecta en estos tiempos en que todo se mide con pie de rey, una reflexión contenida en el texto y manifestada por él al recibir el Premio Planeta, que yo comparto plenamente. Por encima de los idiomas –catalán o castellano-, de cuerpos de policía –los Mossos o la Guardia Civil-, o de líneas imaginarias creadas artificialmente por el hombre –el propio meridiano de Greenwich que divide al mundo en dos hemisferios, o las fronteras entre países que lo parcelan como si fuera una urbanización de fin de semana-, el planeta Tierra es uno y continuo, como lo es el delito, la bondad o la maldad del hombre. Es un mensaje de solidaridad y universalidad que el autor nos lanza desde su novela con la palabra “marca” como hito y a la vez como advertencia, y que la RAE define como: señal hecha en una persona, animal o cosa para distinguirla de otra, o denotar calidad o pertenencia. Fijémonos en lo de calidad o pertenencia.
Quizás, quizás, quizás, como canta Nat King Cole –y aprovecho para señalar y levantar acta de las canciones y sus letras que Lorenzo incluye en su novela, otro elemento que la enriquece por lo que contiene de evocación-, hecho en falta en Chamorro, Lucía y el resto de féminas coprotagonistas, un punto de sexualidad debajo de ese uniforme de guardias civiles, un aggiornamiento de la mujer que, en la novela permanece y está anclada –creo- en la lucha por la competencia profesional con el hombre, en demostrar una capacitación que la atenaza, la encarcara -por emplear un término del hemisferio oriental- y la vuelve asexuada. Es ahí donde agradecería, apreciado Lorenzo Silva, un poco más de esa carnalidad con la que invistes a Bevilacqua, Arnau y compañía.

jueves, enero 31, 2013

Zendegi, Greg Egan

Trad. Carlos Pavón. Ed. Bibliópolis, Madrid, 2012. 303 pp. 21,95 €

Julián Díez


Greg Egan es uno de los personajes más curiosos del género de ciencia ficción actual. En la era de la comunicación, un escritor que destaca por sus miradas más osadas hacia el futuro es un anacoreta sin presencia mediática alguna, en un contraste absoluto con buena parte de sus colegas. No hay fotos suyas, no acude a ningún acto, y reside en Perth, una localidad australiana a miles de kilómetros de cualquier otra con aeropuerto internacional: el mejor lugar posible para que nadie le busque jamás. Tal vez ni siquiera exista, y sea una dirección de correo electrónico respondida por algún otro notable. Incluso recuerdo haberle preguntado directamente al respecto a Ted Chiang, otro de los autores del momento: se limitó a decir que ya le gustaría.
No sabemos a ciencia cierta, por tanto, de donde proceden los conocimientos multidisciplinarios que respaldan los argumentos de Egan, plasmados hasta hoy en once novelas y seis colecciones de cuentos publicadas durante los últimos veinte años. Personalmente, admito que prefiero hasta ahora con diferencias sus relatos sobre las novelas. En el formato corto, como le pasa a otros escritores del género, Egan va al grano y no puede acumular sus despliegues de tecnología y especulación científica, con querencia hacia complejos desarrollos de lo que se da en llamar ToE (Theory of Everything, “teorías sobre todo”) que terminan por convertir sus novelas en gigantescos constructos metafísicos. O, por decirlo más directamente, la verdad es que no tengo las herramientas necesarias para seguirle cuando se pone realmente estupendo y se imagina un cosmos entero a su medida.
Zendegi, su novena novela, viene a romper esa línea genérica de trabajo al desarrollarse sobre tecnologías más cercanas y en un escenario más cortoplacista: el Irán de pasado mañana, en su primera parte, y el de dentro de quince años en la segunda. La elección del lugar ya es de por sí curiosa, porque los países islámicos han sido muy raramente objeto de las especulaciones del género. Aunque en los últimos tiempos se acumulen buenas novelas que miran el futuro fuera del marco europeo y estadounidense, caso de La chica mecánica de Paolo Bacigalupi o Brazyl de Ian McDonald
En ese entorno de relativamente baja tecnología, Egan nos viene a mostrar los primeros pasos que podrían dirigir al mundo post o transhumano que retrata en la mayor parte de sus novelas previas. Los protagonistas son por un lado el periodista Martin Seymour, enviado al país para seguir una revolución contra el régimen islamista, y por otro la programadora Nasim Golestani, que trabaja para el entorno virtual Zendegi ("vida", en farsi). Sus historias terminarán por confluir en ruta hacia el primer mapeo cerebral de la historia: la conversión de la inteligencia y la individualidad humana en incontables bits de información que reproducen el pensamiento, con todas las posibilidades que eso supone.
Releyendo lo que llevo escrito hasta el momento, reconozco que la novela puede tener un aspecto bastante temible, pero en esta ocasión no hay para tanto. Egan parece haber hecho el esfuerzo de dirigirse a un público más amplio, y todo coincide para que esta sea no sólo su obra más asequible hasta la fecha, sino una novela francamente recomendable para cualquiera interesado por un futuro “realista” y sin especial preparación científica
A diferencia de lo que ocurre en otros de sus trabajos, el autor australiano introduce aquí personajes capaces de despertar empatía en el lector, en lugar de protagonistas inmersos en futuros complejos que obligan a un esfuerzo de comprensión. El hecho de que el relato se desarrolle en Irán, retratado con una cercanía de detalles que habla seguramente de algún viaje de Egan al país, le permite introducir detalles de ambiente muy interesantes, y mantener sus especulaciones dentro de un territorio más accesible. Incluso es obvio su esfuerzo por incluir explicaciones científicas a través de personajes fuera de su línea de trabajo -muy curioso por ejemplo un futbolista estrella convertido en bits- y algún elemento de humor para desengrasar antes de un final agridulce, algo escéptico, pero perfectamente justificado.
Zendegi es una excelente introducción al trabajo de uno de los escritores que están diseñando el futuro, y que ya había demostrado que podía llevar a cabo especulaciones más cercanas en buena parte de sus cuentos. Es una novela osada en el contexto de la obra de su autor, que deseo fervientemente que encuentre eco para continuar en esta línea.

miércoles, enero 30, 2013

La verdad, Riikka Pulkkinen

Trad. Luisa Gutiérrez Ruiz. Salamandra, Barcelona, 2012. 320 pp. 18 €

Ariadna G. García

En 2008, la escritora finlandesa Sofi Oksanen (1977) publicó una novela soberbia, lírica y violenta a partes iguales, titulada Purga. La estructura narrativa de su libro se divide en tres niveles. El primero tiene lugar en 1992, y relata el tenso encuentro de una joven huida de una mafia rusa dedicada a la prostitución, con una enigmática anciana en su casa de Estonia. El segundo cuenta la dramática historia de la joven, y se remonta a 1991, cuando fue reclutada en Vladivostok y trasladada a Berlín para trabajar en una red clandestina de trata de blancas. El tercero narra el oscuro pasado de la viuda durante la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra; un tiempo de amores imposibles, traiciones políticas, venganzas y supervivencia. Con estas tres madejas, que se unen en un final espléndido, Oksanen teje un libro vigoroso. La traducción del libro al castellano la publicó Salamandra en 2011. Esta misma editorial edita ahora La verdad, a cargo de otra autora finlandesa: Riika Pulkkinen (1980). Dicha novela apareció en su país natal en 2010, y sus deudas (formales) con Purga son evidentes.
La verdad simultanea también dos historias desgarradas. La primera transcurre en el presente y tiene por protagonista a los siete miembros de una familia de la clase alta. La fase terminal en que entra el cáncer de Elsa, la abuela (famosa psicóloga), despierta en todos un sentimiento adelantado de pérdida, la añoranza de la seguridad de la niñez y la incredulidad por el paso del tiempo. Las escenas costumbristas del libro (picnic, sauna, paseos…) nos describen a una familia que se ama, pero que se muestra incapaz de exteriorizarlo. El dolor que produce el crecimiento de los hijos (su progresiva independencia), y la propia transformación del cuerpo (“De repente uno se despierta y repara en que es viejo” p.48), los convierte en extraños. A lo largo de la obra, tratarán de luchar contra sus miedos y limitaciones para acompañarse en los días finales de la abuela.
La segunda historia se localiza en los años 60, con el telón de fondo de la Guerra de Vietnam y el movimiento hippy. Su protagonista es un joven y popular pintor abstracto: Martti (el abuelo). Se trata de la historia de un amor prohibido, sin futuro posible; de un hombre casado y su pasión por la asistenta de la casa; de un padre de familia y su deseo incombustible, culpable, hacia la universitaria en quien encuentra la razón de su vida.
El puente entre ambas tramas es el encuentro fortuito, en el armario de Elsa, de un vestido de Eeva, la antigua amante de su esposo, cuya memoria recupera Ana (la nieta mayor), abriendo así la caja de Pandora.
¿Es posible olvidar al amor de tu vida? ¿Se puede perdonar una traición de años? ¿Alguien tiene la culpa de que su pareja se vuelva a enamorar? ¿Qué es preferible, vivir atormentado por los remordimientos o por la cobardía? ¿Se puede ser feliz en cualquier caso?
La verdad, con su hermoso lirismo, nos enfrenta a un mundo donde nada es lo que parece, a un mundo en permanente tránsito, donde la realidad no está garantizada. O quizás sea ese crisol de sentimientos, mentiras y contradicciones, lo único real.

martes, enero 29, 2013

Nadar en agua helada, Recaredo Veredas

Bartleby Editores, Madrid, 2012. 60 pp. 10 €

Cristina Consuegra

Una de las claves de la experiencia de la vida, de su ejercicio, es la mirada extraña, es decir, esa otra forma de mirar hacia el acontecer, hacia el asombro y el misterio. De esto sabe y conoce la poesía, la gran disciplina de la sugerencia y el silencio. La disciplina del simulacro. Nadar en agua helada (Bartleby editores, 2012), de Recaredo Veredas, reúne buena parte de estas claves necesarias para que la poesía respire y conceda el aliento preciso para que el verso exista, para que la palabra despliegue los silencios medidos y así medir el mundo, ajustarlo a imágenes que sólo el verso hace posible; el mismo aliento necesario para que la palabra quede varada en lugares soñados por el poeta, figura siempre alerta, y los que arrastrará a quien esté dispuesto a ampliar territorios sensoriales y extender la geografía de su conocimiento.
Nadar en agua helada es un poemario contundente y versátil a pesar de su precisión, de cierta obsesión por reducir la expresión, y su significado, al mínimo. Un conjunto de 47 poemas que deja en la boca del lector un extraño sabor a madera, a hogar abstracto, quizá perdido o sólo imaginado, pero un hogar que convierte a este poemario en un título atractivo y singular. Gracias a un argumento que queda suspendido en el hielo, del que el lector debe responsabilizarse, y con un ejercicio de la palabra que destaca por su capacidad evocadora y por la presencia perpetua de lo orgánico, este título puede y debe ser considerado como un gran homenaje a la belleza, a la experiencia de la vida, a la constante ficción/realidad y al cuestionamiento de uno mismo.
Cada uno de los poemas que da vida al esqueleto de Nadar en agua helada son pequeñas escenografías, escuetas instantáneas, que el autor entrega al lector, como postales de cierta lógica cronológica, para que la ficción cobre vida, para que esas 47 imágenes de lenguaje introspectivo, que huye de artificios, edifiquen la vida de su protagonista. Poemas como fracturas, como grietas de una existencia, como cuestiones en torno a lo que se es, o sucede. Una vida ficcionada desde el argumento de la poesía.
No es fácil aproximarse al poema desde el territorio prosaico, desde la ficción experimental. Por ello, sorprende que Recaredo Veredas, de habitual pelaje narrativo, haya facturado un título de tamaña solvencia poética. Un poemario que no sólo asume la condición de tal disciplina, sino que se asoma a otros horizontes, como el fílmico y el pictórico, y que convierte a Veredas en una de las voces más singulares y prometedoras dentro del terreno poético.

lunes, enero 28, 2013

Intachable, Víctor Santos

Panini, Barcelona, 2012. 128 pp. 18 €

Jaime Valero

Una de las cuestiones comunes que solemos encontrar en las obras de género negro (ya hablemos de una novela, una película o, como en este caso, un cómic) es su intento por sacar a relucir aspectos ocultos o desconocidos de la sociedad en la que se ambienta la narración. Por lo general, tendemos a relacionar ese lado oculto con el mundo de los bajos fondos, con los criminales y asesinos que operan al margen de las leyes. Pero en muchas ocasiones la podredumbre más inquietante de un país no se encuentra en los más bajos estratos, como esa suciedad que acumulamos en casa debajo de la alfombra, sino al contrario, en el territorio de las altas esferas. Basta un somero repaso de la actualidad política y social de los últimos años en nuestro país para darnos cuenta de la gran cantidad de estafas, malversaciones y otros actos de corrupción que han tenido lugar dentro de nuestras fronteras. Y si escarbamos un poco más, nos damos cuenta que en muchos casos el epicentro de todas estas actividades ilegales ha sido el sector inmobiliario, lo cual dio lugar a una burbuja cuyos efectos seguimos padeciendo en la actualidad. De ahí parte precisamente la historia que Víctor Santos ha querido contarnos con Intachable, aunque sus ramificaciones llegan mucho más allá.
El protagonista es un joven de buena familia llamado César Gallardo, que ya desde su adolescencia dio muestras de una ambición desmesurada y de una absoluta falta de escrúpulos a la hora de conseguir sus propósitos. Ese cóctel de codicia y ansia de poder que caracteriza a César se completa cuando conoce a Gabriel Solís, joven pandillero que con los años terminará siendo un destacado cabecilla del crimen organizado en la costa mediterránea. Juntos asistirán a la llegada de la democracia, al desarrollo de los partidos políticos y sus ideologías, a la expansión económica del país y sus lucrativas oportunidades de negocio, y en todo momento se sirven de cualquier medio a su alcance para proseguir su ascenso hacia la cúspide, Gabriel como empresario y César como joven promesa de la política. Ninguno de estos personajes es real, pero bien podrían serlo, ya que cada lector podrá ver en ellos reflejos de muchas personas de la vida pública (y de dudosa moral). El autor profundiza en ellos y en sus motivaciones, al tiempo que nos presenta la investigación de los policías que andan tras sus pasos, comandados por un veterano agente que lleva en el rostro la huella de sus años de servicio en el País Vasco. A excepción de Unamuno (el literario apellido de este personaje) y de su compañera, Marisa Fuster, Intachable es un cómic sin héroes, donde todos guardan un lado oscuro o cambian de chaqueta a las primeras de cambio. Un mundo plasmado en viñetas en el que nadie confía en nadie y donde no importa el precio que haya que pagar por conseguir lo que se desea.
Con esta obra, Víctor Santos se vuelve a confirmar como uno de los historietistas de género negro más destacados de nuestro país, después de otros trabajos memorables como el que realizó para DC Comics en Filthy Rich (en España, Asquerosamente rica) con guión de Brian Azzarello. Su narrativa es directa y concisa, afilada, igual que los diálogos que pone en boca de sus personajes. A ello hay que sumar un estilo de dibujo heredero del Frank Miller de Sin City que con los años ha cobrado mayor fuerza y personalidad, especialmente cuando trabaja en blanco y negro, aunque también se desenvuelva bien con el color, como demuestra este Intachable y las atmósferas que transmite. Tal vez no sea necesario que a estas alturas alguien nos conciencie del alto nivel de corrupción que se da entre muchos de nuestros dirigentes, pero siempre es de agradecer que queden autores con la pluma en alto dispuestos a denunciar esta realidad que muchos querrían seguir manteniendo oculta.

sábado, enero 26, 2013

Solo con invitación: Mañana los amores serán rocas, Isabel Cienfuegos

Cuadernos del Vigía, Granada, 2012. 61 pp. 10 €

María Dolores García Pastor

Seis son las historias que conforman este libro. Seis entre relatos y microrelatos. Ficciones breves o muy breves elaboradas como si de pequeñas y exquisitas piezas de orfebrería se tratara. Con ese contenido el primer libro de la escritora Isabel Cienfuegos es una pequeña joya, y lo de “pequeña” se refiere a su extensión, en absoluto a su calidad. Una verdadera lástima que se acabe tan pronto porque apetece dejarse llevar por sus escasas sesenta páginas. Es el efecto que causa leer lo que escribe alguien que, como esta escritora, concibe la literatura y la escritura como un placer.
El libro trata del amor y sus transformaciones a lo largo del tiempo, del amor en sus diferentes formas: maternal, erótico, a la ciencia… También trata de la belleza de ese amor. Se inicia con el relato ‘Ratas’ que, tal y como explica la propia autora, es un pequeño homenaje a Tiempo de silencio de Martín Santos y a El árbol de la ciencia de Baroja, dos obras cuyos autores fueron médicos. A partir de aquí, los cinco textos restantes siguen una secuencia temporal ascendente que nos transporta desde la infancia, con el microrelato ‘Adiós’, hasta la edad adulta cuando ya empezamos a pensar, y en ocasiones a vislumbrar, el final de la vida, con el relato ‘Tan fácil’.
La prosa de Isabel Cienfuegos es certera y elegante, delicada, de una naturalidad apabullante. Ya en el título se vislumbra el bagaje lector de esta autora que sigue presente a lo largo de toda la obra, entre líneas, de manera que sus textos dialogan con otros textos ya clásicos además de hacerlo con el lector. Es algo que se hace palpable en ‘Ceremonial’, un relato claramente inspirado en El libro de la Selva de Rudyard Kiplin. Excepto esta historia con vocación de fábula, las otras cinco son narraciones de hechos cotidianos y sus personajes son gente corriente, pero trascienden a lo aparente y tienen una profundidad que nos invita a pensar, a meditar sobre lo que hay más allá de lo que está en la superficie, de lo que se vé.
Isabel Cienfuegos ejerce la medicina como neumóloga, profesión que compatibiliza con la de escritora. Inevitablemente su formación científica y su trabajo dejan una impronta indeleble y visible en toda su obra. Su vocación literaria la llevó hace tiempo hasta los Talleres de Escritura Creativa de Clara Obligado alrededor de los cuales ha surgido un interesante grupo de escritoras con algunos puntos en común en cuanto a estilo y temáticas, aunque todas ellas originales y genuinas. Los cuentos de esta autora han aparecido en diversas antologías conjuntas como los prestigiosos Por favor, sea breve y Por favor, sea breve 2 de la editorial Páginas de Espuma, así como en revistas.
Y para acabar, anótese el lector este título: ‘Pigmalión’. La brevedad se hace arte en este microrelato y uno no puede dejar de maravillarse ante tamaña minúscula maravilla, ni de preguntarse cómo es posible escribir una historia tan bella con tan pocas palabras. Lo bueno si breve… siempre deja con ganas de más.


Isabel Cienfuegos: "No sé si el ser humano está más conformado por células o por historias"


Isabel Cienfuegos (Madrid, 1954) es neumóloga y escritora, profesiones ambas que en su caso se complementan para aportarle una visión particular de la vida que se plasma en su escritura. Escribe desde los trece años y siempre ha sido una lectora voraz. Alumna desde hace bastante tiempo de los Talleres de Escritura Creativa de Clara Obligado, ha publicado varios cuentos en antologías y revistas. Mañana los amores serán rocas es su primer libro en solitario. En esta entrevista nos habla de sus referentes literarios, de su amor por la literatura y de las emociones que despertó en ella el tener entre las manos su primer libro.

Entrevista de María Dolores García Pastor.

Lleva muchos años escribiendo y ha publicado algunos de sus relatos en revistas y antologías conjuntas, ¿qué se siente al tener en las manos su primer libro en solitario?
—Ver el libro editado me emocionó muchísimo. Conocía la portada en imagen, había visto el texto en PDF, pero el “objeto libro” es algo más: un tacto, un peso, el grosor de las páginas, el tamaño, los colores de la imagen, el tipo de las letras, hasta el olor. Todo me sorprendió agradablemente, a pesar de conocer el cuidado y la calidad con la que edita Cuadernos del Vigía. Por otro lado tuve una sensación de extrañeza, de desconocimiento, como si no fuese mío, como si me regalasen un libro ajeno. Al parecer es algo que sienten muchos autores, y quizá tenga que ver con que los textos publicados, de alguna forma, se independizan del autor. Y también lo he vivido como la confirmación de un compromiso con la escritura, una especie de salvoconducto para dedicarme a ello de una manera más intensa.

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viernes, enero 25, 2013

El insólito peregrinaje de Harold Fry, Rachel Joyce

Trad. Ana Rita da Costa García. Salamandra, Barcelona, 2012. 336 pp. 17 €

José Morella

No creo que haya ninguna manera buena o mala de escribir novelas, pero a mí en particular me gustan (gustar no es la palabra, pero ya me entienden) las que me obligan de repente a dejar de leer. A revisar mi vida entera. Pedrada a la cabeza y ¡bum!, desorientación. Cómo me estoy relacionando con los otros y por qué demonios lo hago así —pedrada política—, o cómo me relaciono conmigo mismo —pedrada existencial o espiritual—, aunque al final las pedradas son pedradas y se parecen mucho entre sí. Ahí se queda uno, quieto en plena calle o en el metro o donde sea, inmóvil, con la mirada en un punto fijo y el libro abierto en la mano. La literatura como lo opuesto a la yuxtaposición de distracciones que a veces se confunde con la cultura. Es curioso que muy a menudo las novelas se glosan diciendo que se han leído de una sentada, sin parar: una lectura "ágil". Pero aquí —en el libro de Rachel Joyce, en la historia del (¿caballero?) andante Harold Fry— se da lo contrario. Paradas obligatorias. Te queda claro, como lector, que te estás leyendo a ti. Todo empieza el día que Harold Fry, un hombre mayor, de vida gris, que vive retirado con su mujer, recibe la carta de una antigua amiga que se está muriendo en la otra punta de Inglaterra. Fry escribe una respuesta y sale al buzón para echarla. Sin saber muy bien cómo ni por qué, no la echa. En lugar de eso, camina 1009 kilómetros para responder en persona. No lleva móvil, ni ropa adecuada, ni unos buenos zapatos para caminar, ni tiene la más ligera idea de lo que significa caminarse Inglaterra a pelo.
La escritura de Joyce tiene un valor radical: es la construcción de un texto a partir de la toma de conciencia por parte de los personajes de las experiencias que se saltaron durante sus vidas; las experiencias que prefirieron no tener para poder apartar la vista, de esa manera, a emociones con las que no se atrevían a lidiar. Se trata de una táctica pésima: hacerle la vista gorda a la propia vida. Vivir menos, desperdiciar el milagro de estar respirando sobre la Tierra. El peregrinaje, el camino mismo, ayuda a Fry a entenderlo. Por ejemplo cuando la dueña de una pensión, viéndole en un estado deplorable, le ofrece comida fuera del horario de desayuno: "si aceptaba su amabilidad, si tan solo cruzaba una mirada con ella, temía romper a llorar". Se queda, pues, sin gozar de esa amabilidad. Conforme camina van llegando a su memoria "todas las cosas a las que había renunciado a lo largo de su vida. Las breves sonrisas. Las invitaciones a tomar una cerveza." A medida que Fry rememora esas ocasiones, ocurre que: 1) suelta pesados fardos emocionales y empieza a relacionarse con la gente de un modo distinto e insospechado; 2) Joyce hace avanzar la acción y revela secretos de la trama con cada pequeña epifanía de Fry, de modo que el lector se vaya enterando de lo que de verdad se cuece ahí adentro. De qué les ha pasado a Fry, a su mujer Maureen y al hijo de ambos; 3) el lector también vuelve la vista atrás para repasar su vida y puede ser que entre, tal vez, digo yo, en algún que otro interesante problema.
En el terreno corto, Joyce también me gusta. Harold sale de su casa sin sospechar que va a pasarse 87 días caminando, y lo hace así: «Cerró la puerta de la calle entre ambos (él y su mujer), tomando la precaución de no dar un portazo.» Así de simple. Así es como se da un portazo en una novela sin tener que darlo. El lector oye el golpe sin oírlo y saca ipso facto su lengua perruna de salivar: qué pasa entre esas dos personas, sobre qué historia generadora de portazos son incapaces de hablar. En dos líneas de texto. Es lo que en fútbol se llama regatear en un palmo de terreno.
Las decisiones que Fry va tomando durante el viaje, o al menos las correctas, las toma siempre desde un lugar no racional. Las decisiones le toman a él. Hay una especie de orden de la vida que él recoge como una señal elécrica, como un telegrama del universo que su cuerpo manda a su sesera en forma de orden irrecusable. Crece en él una confianza en su intuición que le hace aprender infinidad de cosas desde la no-mente, o dicho de un modo más coloquial, sin comerse el coco. Sin darle tantas vueltas a las cosas como antes, vueltas que, al fin y al cabo, son muy a menudo excusas que nos ponemos para no encarar lo que nos pasa. Aprende la paz de no tener nada, de despojarse de lo superfluo. Nada satisface y eso está bien. La alegría lo arrasa de repente, lo deja roto y nuevo a la vez. Joven. Aprende que dar y a recibir, dos cosas que son literalmente lo mismo y no se pueden aprender por separado. Aprende, como Thoreau en el lago Walden, «a comer margaritas, manzanilla, linarias, y los dulces brotes del lúpulo». También aprende a no juzgar a los otros ni a sí mismo. A no forzar la realidad. A no reaccionar desde el dolor. No nos extraña que a su mujer se le aflojen las rodillas y no pueda casi hablar al comprobar su transformación, la intensidad de su presencia y su alegría, su mirada nueva que ya no se aparta de ninguna cosa. ¿Dónde quedó aquel inglés estereotípico, de esos que confunden cortesía y frialdad? ¿Dónde está ese hombre que no respiraba por no molestar, ese neurótico a base de ser normal hasta el extremo? Fry ha soltado amarras. Cuando siente hambre o sed, ya no son el hambre y la sed de antes. Son bíblicas. Se come un sándwich que estalla en sus papilas gustativas "como si fuera la primera vez en la vida que comía". Empieza a vivir de verdad.
Pero este despertar no debe confundirse para nada con un fin del sufrimiento. Es un fin de la capacidad de autoengaño, que es algo muy distinto. Harold sólo está empezando. Aún tiene que llegar al otro lado del país. Tiene que ver a su amiga Queenie Hennessy, que se está muriendo. No sospecha hasta qué profundidades de sí mismo tendrá que descender aún en el camino. Yo no recuerdo una combinación más intensa de angustia, honestidad y hermosura que la que se da en las últimas páginas de esta historia. No estamos en absoluto ante la típica novela de aprendizaje. Lo que se nos presenta es un raro e inverso exorcismo, brutal, conmovedor, que me parece que dejará a más de un lector boquiabierto y alucinado, como me ha dejado a mí.