viernes, noviembre 18, 2011

Los pies del horizonte, José Gutiérrez Román

Premio Adonáis 2010. Ediciones Rialp. Madrid, 2011. 72 pp. 9,50 €

Ignacio Sanz

La poesía es un género escurridizo que a veces se escapa entre las manos cuando tratamos de analizarlo. Eso me ocurre al menos a mí. Lo digo porque entro con miedo en esta crítica, precisamente, por esa condición resbaladiza del género.
Con Los pies del horizonte, su autor, José Gutiérrez Román, (Burgos, 1977) ganó el prestigioso premio Adonáis. Cuando yo era joven y vivía en Madrid, el Adonáis gozaba de un halo que deslumbraba al resto de los premios. Por su pureza, su trayectoria y porque su dotación era muy escasa. En esa escasez y en los ganadores de ediciones precedentes, estribaba su prestigio. Luego llegaron premios de poesía millonarios que han ocupado un espacio mayor, algunos con cierto aparato propagandístico, pero el resplandor puro del Adonáis no se ha apagado. Hierro, Claudio Rodríguez o Blanca Andreu fueron algunos de los autores que lo ganaron.
José Gutiérrez Román participa de algunas de la características de estos grandes poetas que acabo de nombrar. Para empezar, vive en el anonimato que el que estaban instalados aquellos, en este caso en un anonimato que hunde sus raíces en su propia provincia. Pero, como aquellos, Gutiérrez Román tiene vocación viajera y cosmopolita y ha corrido mundo, y ha leído mucho, incorporando a su zurrón sobre todo a los grandes poetas portugueses, país en el que vivió algún tiempo. De ahí que el espíritu de Pessoa o de Andrade revolotee entre los poemas de “Planes de fuga”, el primero de los tres apartados que conforman el libro. Uno de estos poemas se titula “Fernando Pessoa, en la víspera de no partir nunca”. Todo un guiño. El poema acaba con estos dos versos preciosos: «Soy un sediento de horizontes lejanos./ Más sé que mi destino es ahogarme de sed aquí, en Lisboa.»
El segundo apartado lo titula “El oro del naufragio” y los poemas que lo nutren guardan una estrecha relación con la memoria, si bien una memoria tamizada por la ironía, los juegos de palabras y las paradojas. Esa es una constante del libro que se manifiesta también en el último apartado, el más extenso, dedicado al amor y que titula “Cuando el amor fue un pasajero”. Definitivamente aquí el poeta se desmelena y juega libremente y la poesía alcanza cotas de libertad, incluso de cierta frivolidad bien entendida, es decir, de levedad, que a menudo desemboca directamente en la sonrisa.
Y como para muestra, bien vale un botón, me voy a permitir transcribir un poema precioso titulado "Algo más que palabras".
«Tú y yo/ tuvimos algo más que palabras./ Alguna vez llegamos a las manos,/ e incluso a los besos./ Más la vida cogió oficio de comediante/ entre nosotros/ y amablemente siguió con sus títeres/ hacia otra parte./ Lejos de cualquier tristeza,/ contemplo con ternura/ esta lección que hoy me brinda el tiempo:/ la desposesión en sentido absoluto./ Porque sé que ya no son mías las noches que pasé en tus manos/ ni las manos en que ahora pasas tus noches.»
A veces toma apuntes de natural con cierta rapidez, al modo de Catulo. Y con parecida agudeza. En definitiva, estamos ante un poeta que afila nuestra mirada y cuya lectura despierta leves sonrisas y nos hace un poco más inteligentes. José Gutierrez Roman, este es su nombre. No lo pierdan de vista.

jueves, noviembre 17, 2011

Yo confieso, Jaume Cabré

Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. Destino, Barcelona, 2011. 859 pp. 26,90 €

Care Santos

El enamoramiento siempre es algo maravilloso. El que los lectores experimentamos de pronto hacia un autor, también. Reconozco que esta no será una reseña literaria al uso si comienzo proclamando mi enamoramiento rotundo y repentino hacia la obra de Jaume Cabré, a quien debo admitir que nunca había leído antes de atreverme con las más de 800 páginas de esta última obra suya. En cambio, creo que digo mucho más de la novela de lo que pueda explicar después al afirmar que tras terminarla tuve que correr a buscar obras anteriores del autor. Así, fueron cayendo Galceran, l'heroi de la guerra negra, La teranyina (La telaraña), Senyoria (Señoría), Les veus del Pamano (Las voces del Pamano), la obra teatral Pluja seca (Lluvia seca) y los dos libros ensayísticos sobre lectura y escritura titulados El sentit de la ficció. Itinerari privat y La matèria de l'esperit, estos tres últimos sólo disponibles en catalán. De modo que en menos de un mes  he pasado de feliz ignorante a embelesada experta en la obra de este barcelonés nacido en 1947 cuyo universo literario me ha emocionado como pocas cosas de las que he leído. He sido tardía y algo miope, lo reconozco, porque Cabré es un autor muy valorado y con muchos lectores en Catalunya , además de aclamado en algunos de los países más lectores de Europa, como Alemania. Yo confieso: es la primera vez que me arrepiento de no atender a los gustos mayoritarios y los éxitos de venta.
De modo que, al hilo del itinerario narrado, me hallo en condiciones de afirmar que el poder, uno de los asuntos de esta novela, es también el tema que más interesa -o por lo menos aquel sobre el que más ha escrito- su autor. A pesar de que Cabré no se considera a sí mismo un escritor de tesis, y dice no comenzar jamás una novela a partir de una idea abstracta o una intención, aquí toda la trama se sustenta sobre una idea: la búsqueda de la naturaleza del mal. Una trama compleja, que recorre toda la historia europea del siglo XX, cargada de personajes, situaciones, emociones, coincidencias y hallazgos felices, que tiene dos puntos fuertes: la habilidad del autor para crear personajes y su facilidad para transmitir emociones a sus lectores.
Así, Yo confieso narra una doble trayectoria vital: la de Adrià, escritor, apasionado de las lenguas y la música, humanista un poco demodeé, quien en los últimos retazos de su vida decide ponerse en paz con su conciencia escribiendo una larga carta que es la novela; y la de un violín especial, nacido en el siglo XVII de una madera con su propia historia y heredado por varias manos que no lo poseyeron sino a las que poseyó, hasta llegar al padre del narrador y protagonista. En cada una de esas dos peripecias aparecerán personajes inolvidables, teatrales, histriónicos, profundamente emocionantes, hasta que todos converjan en el final de un modo magistral.
Quienes ya hayan leído al autor sabrán que la música es una de sus pasiones confesas y otro de sus temas literarios. Para quienes no lo hayan hecho aún y gusten de esta ambientación, he aquí una buena noticia: la música es parte importante del argumento de varias de sus obras, como los cuentos de Viatge d'hivern (Viaje de invierno) o la novela L'ombra de l'eunuc (La sombra del eunuco). Y ocurre lo mismo con las reflexiones sobre la creación, su sentido y su sinsentido, que también son parte importante tanto de la última novela como de las anteriores. Es posible, pues, continuar viviendo en estas páginas más allá de ellas.
Alguien ha comparado esta novela a una catedral. Me parece una comparación acertada. Por un lado, tenemos aquí la gradilocuencia de la arquitectura, la ambición de las proporciones y el carácter casi épico de su realización. Por otra, también está el gusto por el detalle, la artesanía, la miniatura. La cuidadosa caracterización del habla de los diferentes actores, las coincidencias, el lenguaje, la recreación histórica, el humor fino, la documentación -se adivina- maniática... De modo que aquí no falta de nada: ni historia, ni estilo, ni verosimilitud, ni suspense, ni inteligencia, ni pasión. Esta novela es un goce en todos los sentidos.
En fin. A diferencia de otros afectados por el mal del amor, quien ama los libros puede compartir su pasión sin ser tildado de perverso. Eso es lo que hago, ni más ni menos: dejen de leer estas líneas y corran a la librería más próxima a buscar algo de Jaume Cabré. Mejor si pueden leerlo en catalán, aunque las traducciones al castellano son buenas y abundantes.
Y disculpen el tono imperioso y ligeramente febril. El amor, ya se sabe, es lo que tiene.

miércoles, noviembre 16, 2011

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, Maximiliano Barrientos

Periférica, Cáceres, 2011. 127 pp. 16,50 euros

Cecilia Frías

¿Quién no ha hecho el ejercicio de revisar viejas fotos en las que apenas reconoces a ese sujeto que fuiste? ¿Qué fue de aquel momentoapresado en un papel?
Parece que en manos de Maximiliano Barrientos la realidad se tornara en una especie de cuerpo resbaladizo que se nos escapa cuando intentamos desentrañar sus claves. Fragmentos de un puzle, que al igual que la prosa de las ficciones que componen Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer se esparcen sobre la hoja en blanco para que nosotros, lectores, reconstruyamos trozo a trozo, escena a escena, esa ilusión de vida.
Para los personajes que deambulan por estos relatos compuestos a retazos la edad de las certezas se ha evaporado. Jóvenes parejas que recién se asoman al mundo adulto con todas las incertidumbres que ello conlleva, mientras que otras permanecen a la deriva a pesar del paso de los años, o sencillamente se ponen la máscara y actúan como si la existencia no fuera algo maravilloso y cruel a la par.
«Se llama Saúl Hernández. Véanlo a los dieciocho… Se llama Claudia Arrázola. Véanla…», nos introduce el narrador con verbo escueto y deliberadamente aséptico. Con la pretendida objetividad de una cámara, presenciamos situaciones aisladas de la vida de estos chicos con las que podremos ir trazando sus identidades fragmentadas. Y como si se nos fueran dejando breves pistas sobre lo que está por suceder para alentar nuestra lectura, conocemos que en algún momento los destinos de estos jóvenes solitarios se cruzarán.
Puede que sea el desapego emocional por ellos mismos, el no entender qué pasó para que las historias en común no funcionaran, el “sentirse turistas” en sus propios pellejos o en ese escenario urbano, el Santa Cruz natal de Barrientos, que tantas veces les es hostil… el denominador común acada uno de los protagonistas. Individuos que viven ensimismados, que están en plena búsqueda y no se sienten capaces de comunicar al otro sus miedos, aunque éstos los paralicen.
Ingrid está rota por dentro. Vemos instantáneas de algunos momentos felices del pasado. Pisa a fondo el acelerador para tener la seguridad de que cualquier minucia puede terminar con el desasosiego del presente. Y en un intento por fabricarse una nueva e impoluta personalidad en la que las huellas del dolor se hayan limpiado, se hace llamar Dianacon los compañeros de trabajo. Sebastián tiene tanta rabia contenida que golpea las paredes hasta que le sangran los nudillos. Raquel necesita ser infiel a su marido, ese extraño con el que duerme cada noche, para sentirse viva.
Pero amén del sabor agridulce que nos queda tras merodear por el acontecer de estos seres humanos desubicados, parece que existe otroasunto latente en la trama de todos los relatos: la escurridiza realidad y los fallidos intentos del artista por atrapar esos momentos que se desvanecen con el pasar del tiempo. Ni el lenguaje cinematográfico de una cámara de video, ni las fotografías que intentan congelar el instante consiguen detener el reloj. Solo a la escritura se le concede un voto más de confianza, como nos transmite el narrador en una suerte de juego metaliterario que se planteaa través de las notas al pie de página en las que reflexiona sobre él mismo y sus criaturas de ficción.

martes, noviembre 15, 2011

Vivir y morir en Lavapiés, José Ángel Barrueco

Ediciones Escalera, Madrid, 2011. 224 pp. 16 €

Miguel Baquero

"Creo en la fragmentación, tío. Proporciona una cierta perspectiva que no poseen las narraciones lineales. Sé que es manido, pero es como cuando se fractura un espejo y tú tratas de recomponerlo. Luego te miras en él y, sí, te devuelve una imagen rota, distorsionada, pero al mismo tiempo aporta muchos puntos de vista, muchas caras, muchas raciones y pequeños trozos. Y es tu cabeza la que deberá hacer el trabajo. El esfuerzo de recomponerlo todo en tu mete. De juntar los pedazos."
Esta es, en esencia, la técnica con que está narrada esta novela, Vivir y morir en Lavapiés, séptima obra del escritor José Ángel Barrueco (Zamora, 1972). Con el objetivo de describir la vida en el famoso barrio madrileño, el autor se sirve de pequeños fragmentos, de ocho, nuevo, diez líneas a lo sumo, que en principio parecen no guardar relación alguna entre sí, pero que al fin, con el paso de las páginas, van entre todas componiendo un enorme, y lo que es más importante (y literario), un vivido fresco de esa célebre rincón de Madrid. Un cuadro que, gracias a esta técnica dijéramos de patchwork, de trabajo por retales, se nos muestra con mayor realismo y mucha más profundidad vital que lo que pudiera hacer una descripción exhaustiva o un tratado sociológico.
Algunas historias se escapan de esa brevedad y, poco a poco, van conformando un relato que avanza, salteadamente, a lo largo de las páginas hasta adquirir cierto protagonismo: es la historia, por ejemplo, de una banda de matones que buscan a un tipo, seguramente un pequeño delincuente que al parecer les ha hecho una pirula, para ajustarle las cuentas. Otras historias, sin embargo, no menos trágicas, como el emigrante que acaba de acuchillar a su esposa, tras ser mostradas en un par de brevísimos capítulos luego se diluyen y acaban por desaparecer. En parte esto también es un reflejo de cómo las historias vecinales nos eligen a nosotros, y de algunas nos convertimos en cómplices o conocedores, y otras, sencillamente, se desarrollan en la calle de al lado y acabamos ignorándolas. Así es, en resumidas cuentas, la vida de barrio.
Estamos en un Lavapiés plagado de referencias literarias, musicales, cinematográficas. Incluso los más fieros matones no son desconocedores de tal o cual autor, esta o aquella serie televisiva, determinadas canciones… No se trata de personajes objetos, que aparecen sólo en la novela para creer esa paisaje humano, sino que en los breves fragmentos en los que intervienen nos muestran un pedazo minúsculo de su sensibilidad, de sus ambiciones, de sus sueños. También de sus groserías y sus prejuicios y sus bajezas, porque Barrueco en su novela, y por fortuna, no ha buscado en ningún momento idealizar el barrio, algo que, a quien reseña al menos, siempre le ha resultado algo cargante: eso de que se presente a Lavapiés como meca ideal de la multiculturalidad. En Vivir y morir en Lavapiés se nos cuenta que —como será en verdad— no todo es tan beatifico en el barrio, desde luego, ni la integración es modélica.
Sea como fuere, el autor no está ahí para juzgar, hacia una postura u otra, tampoco para caricaturizar ni para torcer la mueca en un gesto de suficiencia e ironía. En uno de estos breves capitulillos él mismo se hace aparecer como un personaje fugaz más, muestra del papel neutral, casi de magnetófono, como en aquel famoso consejo de Ferlosio, que ha adoptado para escribir su novela. Un texto de gran agilidad, de muy cuidada factura, y en el que el autor demuestra, al mismo tiempo, un gran amor por las letras y un gran amor por el barrio recreado.

lunes, noviembre 14, 2011

Rupturas y ambiciones, Miguel Ángel Cáliz

E.D.A. Libros, Benalmádena, 2011. 103 pp. 12€

Pedro M. Domene

Una acertada atmósfera, un cuidado ritmo, fondo y cierta profundidad en la trama, además de una elaborada precisión son algunas de las características que pueden pedirse en un buen cuento, o por extensión en una colección de relatos que tenga la fuerza suficiente para envolvernos con sus historias, sea capaz de rebasar ese margen que ficción y realidad nos permiten e, incluso, para que una vez instalados en esa dicotomía literaria consigamos ir más allá, vislumbremos los vacíos escondidos bajo el secreto de una buena historia y, apelando a nuestro talento como lectores, nos dejemos atrapar en su magia.
Buena parte de algunas de estas reflexiones pueden apreciarse en Rupturas y ambiciones (2011), de Miguel Ángel Cáliz, granadino inquieto, autor de algunos libros anteriores, Inventario (2002), cuentos, y la novela, Horas para Wallada (2009), también ha formado parte de las antologías, Relatos para leer en el autobús (2006) y Ficción Sur (2008). En esta ocasión, el narrador recoge una colección de doce relatos, más un decálogo al final, es un libro estructurado en dos parte, la primera con los primeros ocho cuentos, muchos de ellos con ese aire de desenfado literario que conlleva una mirada aguda de la cotidianidad, con bastante humor y cierta ironía que se concretan en la vida misma: un manager emprendedor dispuesto a todo, un usuario de transporte público, un novio que ve cómo se disipa su felicidad de tantos años, un guardia nocturno sin aparentes ambiciones, aunque sobresale en el conjunto «Bestiario» un pequeño muestrario de personajes singulares que, por su breve aparición y la extensión del texto, se convierten en fogonazos con que hilvanar un excelente relato, son seres encadenados por sus fobias, aunque la magia de la literatura nos ofrece conocer sus insignificantes vidas. La condensación de la propia historia lleva a multiplicar el significado de esta construcción minimalista, sin duda de mayores posibilidades. Igualmente notable, «En pantalla», un cuento ambientado en un bar donde se reúnen políticos, deportistas, actores, presentadores y las amiguitas de todos ellos, según relata Cáliz, así el local se convierte en ese lugar para las confesiones, para los encuentros amorosos, para hacer recuento de derrotas y, en última instancia, quizá para muchos de ellos sobrevivir y reorganizar sus vidas. Tres grandes temas quedan esbozados y se sintetizan en estos cuentos: la ternura, la mirada gris de la sordidez de la vida y, por último, la esperanza de un proyecto vital mejor.
Poder, dinero y éxito para homenajear al género negro, el cine de peligrosos ambientes para contar una misma historia con variantes, aunque desde perspectivas diferentes con personajes arquetípicos: Gina, la chica, El Conde, el malo o Marcos, el chico bueno que cuentan sus historia en cuatro relatos encadenados, pero cuya vida se entrecruza para lograr un relato común o único. Domina un cierto equilibrio sobre el relato que casi se convierte en una novela corta con pretensiones mayores, que deja buen sabor de boca en el lector pero se aleja de la ambiciosa proyección de la primera parte con esas abundantes rupturas que superan la trama y se acercan así a la perfección, sin duda el mejor cóctel para saborear el mejor ejemplo de buena literatura de la mano del granadino, Miguel Ángel Cáliz.

viernes, noviembre 11, 2011

Carmela y su duende, Gustavo Martín Garzo

Oxford University Press, Madrid, 2011. 54 pp. 7,90 €

José Manuel de la Huerga

Cuando un cuento publicado en una colección de literatura infantil toca, aunque sea levemente, el corazón de un lector de cualquier edad, quizás nos encontremos ante un milagro literario. Todos sabemos que no es habitual que un buen escritor de adultos sea capaz de adentrarse en el imaginario infantil y salga no sólo sin rasguños de la aventura, sino con los bolsillos cargados de esencias para próximos recorridos. Aún diría más, probablemente Garzo sea uno de los pocos escritores de adultos, en el panorama actual de la literatura española, que disfrute con estas incursiones en ese terreno de arenas movedizas. Una de las razones del secreto de este éxito es la coherencia: Gustavo Martín Garzo escribe exactamente igual para adultos que para niños. Sabe que su literatura mana de la fuente de nuestras hermosas contradicciones, del amor escurridizo, de ese algo maravilloso e intangible que intenta hacerse un hueco en la cotidianeidad ramplona de los seres humanos. Y está empeñado en difundir ese núcleo de calor que nos redime de nuestra condición egoísta y oscura: lo único que Garzo necesita es un lector que se deje engatusar, no importa su edad.
Carmela y su duende está escrito desde el centro de esa poética de Martín Garzo: Carmela es una niña que tiene un duende en su vida. Se hace mayor y olvida a ese duende de la imaginación, pero sin quererlo encuentra un sustituto, la lectura: «Cuando leemos volvemos a tener el mismo corazón que tuvimos de niños.»
Lo que me ha resultado más sorprendente es que el autor arriesga en un cuento para niños mensajes verdaderamente duros de la experiencia humana. Resulta especialmente emocionante el tratamiento que se hace de la muerte, asunto auténticamente singular y novedoso en un libro para pequeños lectores: la protagonista muere y el narrador no nos viene con milongas religiosas o afines: «Y cuando se murió todos se pusieron muy tristes… Nadie sabe a dónde se van las personas que se mueren… Pero tampoco se sabe lo que es el amor y no por eso dejamos de buscarlo.» La verdad que emana de estas palabras es consuelo que parece dicho a cada lector al oído.
La levedad de la narrativa de Gustavo M. Garzo se ve acompañada por un excelente trabajo de Beatriz Martín Vidal. Cumplen las ilustraciones con ese tópico que tantas veces se escribe pero que muy pocas veces se ve: los dibujos aportan información (son necesarios) y dialogan con el texto escrito. Un ejemplo: es singularmente hermoso el dibujo relacionado con la muerte de la protagonista, de cuya cabeza que parece dormida se levanta una bandada de pájaros…
El libro es una pequeña obra de arte que no debería pasar desapercibida como obra menor de Garzo, cajón donde la crítica descuidada suele meter lo que la incomoda. Carmela y su duende sin duda emocionará al adulto que acompañe al niño en la lectura. Porque «un cuento es una casita de palabras que nos ofrece cobijo cuando estamos solos».

jueves, noviembre 10, 2011

Rusia imaginada. Diez viajes por el paisaje ruso, VV.AA.

Ed. Care Santos. Nevsky Prospects, Madrid, 2011. 314 pp. 22 €

Ignacio Sanz

Rusia no se acaba nunca. La estela que dejan sus poetas y novelistas se prolonga en la cabeza del lector y le crean un universo de estepas y tundras, de sufrimientos y humillaciones, de revoluciones y zares. Excesos. Cuanto frío y cuantas calamidades hemos sufrido al lado de los grandes narradores rusos que han fecundado la literatura universal.
Care Santos dejó hace años constancia de la fascinación que le despierta la literatura rusa a través de su magnífica novela El anillo de Irina, homenaje cabal a los escritores de aquel vasto territorio sobre el que se han escrito historias que alcanzan la categoría de epopeyas. Care Santos ha sido la responsable de llevar adelante esta propuesta original que consiste en encargar a diez escritores con ciertas afinidades generacionales un relato que se desarrolla en una Rusia imaginada. Los escritores son Óscar Esquivias, Marta Sanz, Jon Bilbao, Verta Vias Mahou, Víctor Andresco, Esther García Llovet, Espido Freire, Daniel Sánchez Pardos, Pilar Adón, Marian Womack y, como propina, un cuento de la propia antóloga en el que toma como punto de partida el relato de los escritores invitados a este hermoso festín de la imaginación. Porque de eso se trata, de imaginar una historia en aquellos vastos escenarios.
Por supuesto, abunda la metaliteratura; era inevitable. Cuando estás enfermo de literatura, como es el caso de algunos de los escritores concurrentes, es fácil dejarse llevar por la admiración que despiertan los escritores y homenajearles directamente. Pero no siempre es así.
Aunque no sea más que superficialmente, me voy a permitir, dar unas pinceladas sobre cada uno de los relatos.
“El príncipe Hamlet de Mtsensk”, de Óscar Esquivias, el cuento que abre el libro está escrito como homenaje a la novela  Lady Macbeth en Mtsensk de Leskov, autor por el que Esquivias ha dejado constancia de su admiración. Se trata de un cuento costumbrista (costumbrista a la manera de Chéjov) de ambiente musical y tensión contenida, magníficamente resuelto.
En “Valentina Shulgin en el arroyo de Vyra” de Marta Sanz, el escritor convocado al homenaje es Nabókov, en concreto se centra en su libro Habla memoria, aunque, por extensión se alude a otros personajes creados por el autor. Destaca el estilo de Marta Sanz, un estilo elegante como un baile de sociedad, yo diría incluso que atirantado y, cómo no, aparecen algunas de las obsesiones y perversiones del gran Nabókov.
“Horror a bordo del Boris Butona” de Jon Bilbao es un cuento horroroso, sí, un cuento horroroso porque habla con maestría y contención del horror, de la miseria, de los celos, de la angustia. Ambientado en Murmansk, ciudad naval en la que se desguazan los grandes barcos del imperio, se convocan aquí a unos seres humanos humillados por una naturaleza despiadada, sometidos a situaciones extremas. Magnífico.
“El soldado ruso”, de Berta Vias Mahou es un hermoso cuento alegórico en el que se retrata la capacidad de sufrimiento del pueblo ruso y de cómo ése sufrimiento se sublima hacia el arte.
“Primavera en Vitebsk” de Víctor Andresco recrea la historia de dos amores o de cómo se camufla una personalidad a consecuencia de los conflictos que sacuden el mundo. Un hermoso homenaje a tantas personas arrancadas de su tierra.
“El hijo secreto de Yuri Gagarin” de Esther García Llovet se trata de un viaje alucinado por una Rusia de ensueño escrito con un ritmo vertiginoso.
“Camarada” de Espido Freire, cuenta a ráfagas, a través de una criada, los últimos días de la familia del zar. Un relato melancólico en el que se pone de manifiesto la grandeza y la paciencia del sufriente pueblo ruso.
“Los siluros de Prípiat”, de Daniel Sánchez Pardos es un cuento de imaginación desbordada, protagonizado por dos hermanos españoles a los que el destino une con un personaje extravagante de origen ruso. Vemos a los tres personajes haciendo una excursión a la ciudad fantasmal de Prípiat, muy cercana a Chernóbil, con el propósito de pescar siluros, el pez que sobrevive y engorda en medio de la contaminación general.
“Un mundo muy pequeño” de Pilar Adón, es un homenaje velado a Tolstoi. Refleja la vida de un falansterio, una vuelta a los orígenes donde se plasma la dificultad de convivir con una naturaleza salvaje que impone sus reglas a menudo crueles.
En “Matrioska” de Marian Womack, la narradora se mete en la piel de una de esas muchachas chechenias, una adolescente que, sometida a una presión brutal, es capaz de inmolarse en el metro de Moscú para causar daño al enemigo.
“9.288 (Epílogo)” de Care Santos. El título alude a los kilómetros que recorre El Transiberiano, el tren más literario del mundo. La antóloga lo escribe tras recibir los cuentos precedentes a los que alude, de tal manera que de nuevo la metaliteratura campa a sus anchas. «Rusia, todos los lectores lo sabemos, es el lugar donde las cosas más extrañas ocurren sin cesar», escribe Care Santos. Y sí, el viaje de Care Santos hasta Vladivostok es una de esas ensoñaciones por la estepa que tantas veces hemos interiorizado como lectores, por lo tanto un viaje a un lejano país que, sin embargo, nos resulta familiar.
La literatura alimenta las pasiones literarias. He aquí a once autores, once miradas, once homenajes a una tierra pródiga que ha dado algunas de las obras más conmovedoras y que ahora ve como le retoñan hijatos nuevos crecidos bajo el auspicio fecundo de su sombra. Los rusófilos no deberían perdérsela y los que todavía no lo son, ¿a qué esperan?

miércoles, noviembre 09, 2011

Mooch, Dan Fante

Trad. Claudio Molinari Dassatti. Sajalín Editores, Barcelona, 2011. 217 pp. 17 €

Santiago Pajares

La segunda acepción de Mooch es andar despacio, aparentemente sin rumbo. Es lo que hacen lo que no tienen nada que hacer o aquellos que no tienen demasiado en qué pensar. Dan Fante es hijo de un escritor que me encanta, John Fante, cuya primera novela, Pregúntale al polvo me marcó mucho. Debe ser duro vivir (y escribir) a la sombra de algo así, pero parece ser que el hijo nunca lo ha rehuido, nunca ha querido despegarse de esas sombra que a tantos escritores hijos de escritores les produce tanto frío. Y es que a Dan Fante se le nota orgulloso de quién fue su padre, y lo demuestra en este libro.
Existe algo que me gusta llamar “Literatura del perdedor” (La corriente oficial se llama realismo sucio), y es una literatura que siempre me ha encantado. La tenía Bukowski, la tenía Borroughs, la tenía John Fante y ahora la tiene su hijo, Dan. En estos libros, generalmente de tintes autobiográficos, el protagonista es un perdedor nato que recorre (o Moochea) las calles de alguna ciudad americana borracho y preguntándose qué va a ser de su vida, cómo va a conseguir dinero para beber y pagar el alquiler. Aunque pueda parecer un poco deprimente no es así, porque cuando en tu propia vida las llamadas no llegan, los mails no entran y tu futuro parece incierto, reconforta leer a alguien que está en una situación mucho peor que la tuya y sobrevive. Lo malo de este tipo de literatura es que no es muy abundante, así que tenía que guardarme esos libros de Bukowski para momentos especiales. Me alegra mucho saber que ahora hay alguien escribiendo material nuevo para salvarnos de nuestros malos momentos. En cierto modo, ya es una tradición familiar.
Y es que no podemos hablar de Dan Fante sin hablar de su padre, y no podemos hablar de su padre sin hablar de Bukowski, porque todos están íntimamente ligados. Como cuenta el propio Bukowski en el prólogo de Pregúntale al polvo, había pocos libros que tuvieran que ver con él, con las calles y las personas que le rodeaban. Pocos podían hablar de la desesperación con conciencia de ello, con una experiencia propia y brutal. Cuando, tras abandonar cientos de libros en la biblioteca, Charles Bukowski comenzó a leer Pregúntale al polvo, supo que estaba ante uno de esos libros que, de una forma mágica, se saltan los años para que el lector y el escritor hablen de tú a tú. Una charla privada con las hojas como escenario. Fue el propio Bukowski quien convenció años después a su editor, John Martin, para que relanzaran los libros de Fante, libros que habían sustentado su propia literatura. Y es que cuando has leído muchos libros de Bukowski y de pronto lees uno de John Fante, lo entiendes, y reconoces en esos dos escritores de Los Ángeles, unidos por la miseria y el alcohol, a dos hermanos. Y el hijo de John Fante, Dan Fante, bebe de esas mismas fuentes, de esas mismas calles y de esos mismos personajes para escribir sus libros. Mooch es una versión actualizada de todo ello, una revisión de la desesperación cotidiana que nunca pasa de moda.
Mooch es un libro corto (217 páginas) y muy agradecido. Una de esas historias de pocos personajes que consiguen mantener el interés durante toda su extensión. En una época de larguísimos dramas históricos y thrillers con sectas que recorren milenios, es algo muy de agradecer. El protagonista y alter ego del autor, Bruno Dante (como Arturo Bandini fue alter ego de su padre John), recorre las calles de Los Ángeles buscando estabilizar su futuro. Residente en una casa de acogida para ex alcohólicos y recién despedido de su trabajo de vendedor de aspiradoras puerta a puerta, encuentra una nueva oportunidad como vendedor telefónico de repuestos de oficina en una gran empresa liderada por un hombre, también ex alcohólico, dispuesto a salvar a todos de sí mismos y darles una nueva oportunidad. Allí conoce a Jimmi, una ex adicta al crack de la que se enamora perdidamente de una forma como sólo un borracho se puede enamorar, con verdadera adicción.
Mooch es un gran libro, una revisión de ese realismo sucio (o literatura del perdedor) que tanto hemos leído. Pero es algo más, es un poco de esperanza para todos. Porque si Bruno Dante puede cargar todo eso sobre sus hombros y sobrevivir, quizá nosotros también podamos. En resumen, Mooch, de Dan Fante es un libro de quién John Fante y Charles Bukowski se hubieran sentido orgullosos.

martes, noviembre 08, 2011

La senda trazada, Pedro de Paz

XX Premio de Novela Luis Berenguer. Algaida, Sevilla, 2011. 358 pp. 20 €

Pedro M. Domene

La novela o el relato de intriga, caracterizada por la intensidad o el suspense, está de moda, y si además se ejecuta con una trepidante trama capaz de envolver al lector, se adereza con tintes de esoterismo y oscurantismo o se remata con ciertos aires de utópica fantasía para cubrir nuestra tediosa vida cosmopolita, la meta habrá sido alcanzada por su autor. Solo entonces tendremos asegurado: mucha intriga, enigmas sin resolver, destinos inciertos y, sobre todo, la fuerza de un auténtico personaje que, a medida que avanza el relato, se autodestruye en mitad de un mundo que se derrumba a su alrededor por momentos. Pero, como en este caso, se trata de un antihéroe que callejea, sobrepasa las normas de la ética profesional, persigue a sus presas, hurga en el subsuelo, lleva una vida disipada y, en ocasiones para olvidar, se emborracha. Mucho de esto, y algo más, contiene la nueva novela de Pedro de Paz (Madrid, 1969), notario atento a la actualidad desde sus comienzos literarios, que combina en sus temas dos de sus grandes pasiones, el mundo de la informática en sus más variadas acepciones, y una visión crítica, tan ácida como aguda, de una cotidianidad urbana en la que sobrevive y que, de su mano, se convierte en material de buena ficción, como ya ocurriera en dos de sus anteriores entregas, Muñecas tras el cristal (2004), cuando un informático rastrea la red en busca de una mujer que conoció años atrás y vive en la actualidad inmersa en el mundo de la pornografía, y El documento Saldaña (2009), relato de un buscavidas que se sumerge en el pasado para vivir auténticas aventuras que incluyen asesinatos, mafias y extraños códigos, ambas novelas con una asombrosa capacidad para arrastrar al lector a una lectura continuada, habilidad que ahora redondea con La senda trazada (2011), una historia frenética, contada con esa eficacia que se traduce en una vertiginosa sucesión de imágenes casi cinematográficas. Sobre todo cuando su protagonista, Alfonso Heredia, se sumerge, sin apenas darse cuenta, en el laberíntico mundo de lo oculto, de lo enigmático tras comprar un misterioso volumen, casi de bibliófilo, en una no menos extraña librería de viejo por la ridícula cantidad de diez euros, último recurso sacado de su bolsillo, y sin saber que tal vez las páginas manuscritas de aquel libro modificarían el futuro del resto de su vida.
La novela de Pedro de Paz es algo más que una trepidante historia porque al hilo de su desbordada intensidad por desenredar el misterio que atormenta al fotógrafo free-lance cuya vida personal y profesional ha dado un giro de 360 grados, se enfrenta en su incertidumbre a una investigación de sorprendente final. La senda trazada es una novela de perdedores, de ambiciosos, con una atmósfera opresiva, y en ocasiones de desamor porque al protagonista su chica lo ha abandonado, no consigue vender ninguna foto decente, debe varios meses del alquiler, subsiste económicamente acosta de usureros que reclaman sus préstamos, incluso su mejor amigo lo ha traicionado. Su situación es tan desesperada que alimenta su espíritu con un sentimiento de derrota continuo hasta que el misterioso libro, un enigma por resolver, le ofrece las innumerables posibilidades personales y profesionales que antes no tenía. La suya entonces será una constante búsqueda de los mensajes crípticos que encierra el volumen, en realidad, una sucesión de sentencias, que corresponden al fatídico futuro de conocidos personajes de actualidad, pero que Alfonso no logra descifrar, sin embargo ocurren, y derivan en una catastrófica realidad que a todas luces parece escrita. Hechos que, además, arrastran al protagonista a justificar la naturaleza humana en algunas de sus más mediocres actuaciones, incluida una ruinosa actitud, la suya propia, ante semejante pesadilla de la que no consigue despertar.

lunes, noviembre 07, 2011

Luz de noviembre, por la tarde, Eduardo Laporte

Demipage, Madrid, 2011. 183 pp. 15 €

Elvira Navarro

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en 2008 Postales del náufrago digital (ed. Prames), libro que reunía algunos de los post que el autor sacaba en su ya exblog El náufrago digital, y que mostraban unas buenas dotes para componer postales en su mayor parte urbanas. No en vano, Laporte se presentaba como flâneur, y su escritura era, en el tono y en el ritmo, coherente con la actitud y las vueltas del que pasea, un poco perdido (náufrago), por la ciudad y por la vida con una voluntad nada sentenciosa de esclarecer y esclarecerse. Exhibían también las postales un afán de compartir, lo que se traducía en una voz empática y en un afán de entretener en el buen sentido, que no es el del mero pasar el rato, sino el de pararse y examinar las cosas desde la curiosidad y el juego.
Luz de noviembre, por la tarde, libro que publica Demipage, supone el estreno de Eduardo Laporte como escritor que escribe para el papel. Aunque sea su segunda obra, en sendos prólogos se nos dice que los textos comienzan a escribirse en 2005, lo que tal vez explique ciertos paralelismos. Así, si las postales lo son de un náufrago, a lo que arribamos con Luz de noviembre, por la tarde es a un naufragio en toda regla, pues el libro cuenta la muerte de los padres del autor (ambos enfermaron de cáncer) en un intervalo de pocos meses. Más centrado en el padre que en la madre, no es éste un libro de ajustar cuentas, ni tampoco de hacer balance de lo acontecido, sino de acudir a ese momento a partir del cual todo se desintegra para, tal vez, encontrar algún tipo de sentido en dicha recreación. La narración se estructura en torno a ese acontecimiento sin atisbo de fiesta que es la enfermedad mortal, al que se vuelve sin cesar, y donde lo más poderoso es un sentimiento de pasmo, de extrañeza, de incomprensión no porque el narrador rechace lo ocurrido, sino porque sus leyes resultan ininteligibles.
Que en literatura el tema también importa se nota siempre en libros como éste, donde la sola descripción del padre enflaquecido y sin fuerzas para mantenerse en pie capta la atención del lector. Sin embargo, aunque el tema y sus motivos subyuguen, Laporte no se olvida de practicar una escritura que se quiere consciente de su manufactura, lo que se traduce en un gusto por el casticismo que hace pensar en influencias ibéricas (Miguel Sánchez-Ostiz es reivindicado como maestro y padrino). El libro comienza con vacilación, y es ahí donde la palabra se pretende más literaria y el escritor quiere demostrarnos que lo es. Luego, olvidado de sí mismo y centrado en lo que, al menos a mí como lectora, me interesa (a saber: la indagación en la catástrofe familiar), el narrador se hace fuerte y nos gana, y asistimos sobrecogidos al cataclismo. Aunque de timbre íntimo, sobre todo hacia el final, y con una cadencia que recuerda al declive de esa lenta luz de noviembre vespertina a la que se apela en el título, el libro tiene en todo momento en cuenta al lector, lo que significa que no se ensimisma (no menciono esto como elemento valorativo, sino descriptivo). Se pasa sobre las escenas con ligereza, sabiendo que alguien puede cansarse de observar una misma estancia, lo que tal vez se explica porque, aunque apoyada en la memoria, Luz de noviembre, por la tarde no acaba de abandonar un código que parece bascular entre la crónica, el artículo periodístico de autor o esos diarios en los que se reproducen, modifican e incluso se imaginan conversaciones con interlocutores “reales” (es decir, reales en lo que pueda tener de real fabular con alguien de carne y hueso).
Luz de noviembre, por la tarde es, a mi juicio, un buen debut, o un buen segundo libro (no sé si Laporte considerará esta obra como su estreno), que toca con honestidad y saber hacer el que seguramente sea el tema más universal, y que logra producir una emoción contenida.

viernes, noviembre 04, 2011

Donde viven los libros, Jesús Marchamalo

Siruela-Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Madrid, 2011. 222 pp. 18,95 €

Care Santos

Los lectores estamos condenados a ser bibliotecarios de nuestros propios libros, a tomar decisiones enojosas (cómo ordenar, qué descartar, qué tener cerca y qué lejos) o a sufrir el mal del espacio (por culpa de la biblioteca, que lo va invadiendo todo, como una planta trepadora, hasta que termina por ahogarte). Algunos lectores, además, cometen el pecado de la bibliofilia. Los hay desenfrenados. Otros, más prudentes, casi tímidos. Hay bibliotecas heredadas y bibliotecas perseguidas, bibliotecas que crecen junto a otras que se aligeran y también hay bibliotecas perdidas —aunque éstas fueron objeto de un libro anterior: Las bibliotecas perdidas, Renacimiento, 2008— y lo mejor es que todas ellas, así como todos sus tenedores están, a su vez, en  lo último de Jesús Marchamalo.
De dice Luis Mateo Díez —en el prólogo de Tocar los libros (Fórcola, 2010)— que su apariencia sosegada y bondadosa esconde una obsesión. Y dice también que jamás le ha visto sin uno o varios libros encima, ni falto de entusiasmo hacia ellos. El poeta Antonio Gamoneda le llamó  "inspector de bibliotecas". No andaba errado. El germen —periodístico— de este nuevo libro existió primero en una serie de reportajes que Marchamalo publicó en el diario ABC. En ellos se propuso hurgar en las bibliotecas de un puñado de conocidos escritores para, con esa excusa, terminar revelando algunos de los secretos de sus propietarios. Ya lo dijo Marguerite Yourcenar: el mejor modo de conocer a alguien es ver sus libros.
Así que Marchamalo se dedicó durante unos cuantos meses a ver los libros de Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte, Enrique Vila-Matas, Luis Alberto de Cuenca, Luis Landero, Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Carmen Posadas o Luis Mateo Díez, entre otros. De todos ellos ha dado buena cuenta en los distintos textos que componen este volumen, que repasa, sobre todo, el modo de amar los libros de cada uno de sus protagonistas. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, se compra una primera edición jugosa con cada anticipo que recibe por alguna de sus novelas. Historia de Mayta le dejó una primera edición de Madame Bovary (1857) y El Paraíso en la otra esquina, una de Los Miserables de Victor Hugo. Su biblioteca de 25.000 libros está repartida en tres casas de tres ciudades y dos continentes: Lima, Londres y Madrid.
Pero para bibliófilo irredento Luis Alberto de Cuenca, quien ha acabado por huir del piso que habita —ya en soledad— su extensísima biblioteca. Luis Alberto, junto con Andrés Trapiello, acaso sean los mayores perseguidores de libros de todos los autores entrevistados y, por tanto, también los tenedores de bibliotecas más apetecibles. Todo lo contratio le ocurre a Juan Manuel de Prada quien sólo parece perseguir libros por necesidad y que confiesa, sin ningún embarazo su aprensión hacia el papel viejo de los libros antiguos. 
En cuestiones de orden no hay criterio que valga: cada uno sigue su capricho. Por orden alfabético, por editoriales, por tamaños, por querencia o incluso por orden de nacimiento de los autores, como Javier Marías, cuya biblioteca, al parecer, presenta un aspecto pulcro, admirable. También hay muchos limbos librescos: hay desvanes embarazados de cajas de libros que ya no gustan, estanterías junto a la entrada donde las visitas pueden llevarse lo que gusten o incluso sótanos que recuerdan al purgatorio, y de los que casi ningún ejemplar consigue volver a salir. También hay mucho desorden, mucho caos, grandes pilas de libros que aún no encuentran su sitio y personas felices en compañía de todo ello.
Es un libro magnífico, cargado de anécdotas, de pequeñas excentricidades y de amor a la letra impresa,  que se lee con la amenidad de anteriores trabajos del autor y que destila pasión, lo mismo que aquéllos. Pasión, hay que decirlo, en el sentido etimológico, pariente de la enfermedad. Y en ese sentido cabe advertir que la lectura de este Donde viven los libros puede producir efectos secundarios: desde ganas de ordenar la biblioteca o de desordenarla a la compra compulsiva de cualquier tipo de libros, incluidos los de anticuario más caros o —aún peor— ganas de entrar a hurtadillas en casa de algunos escritores, en busca del tesoro libresco. Un deseo que los bibliófilos seguro que comprenderán.


Jesús Marchamalo: «Las bibliotecas ordenadas son la excepción"
 
Cuando le pregunto a Jesús Marchamalo si encontró reticencias en alguno de los veinte autores cuyas bibliotecas inspeccionó para su Donde se guardan los libros, es tajante: «No más de la que estás encontrando tú». Recuerdo que cuando, un par de días antes, hablé con él para fijar la hora de la entrevista, dijo, risueño: «Tengo dos bibliotecas, pero prometo no ordenar ninguna de las dos».
Comenzamos por la de su casa. En el salón, todo tiene un aire libresco, incluso lo que en apariencia no guarda relación con los libros. Los cuadros de las paredes son originales de viejas cubiertas —incluso de novelas rosa— y hay retratos de escritores acechando en todas partes. Kafka y Pessoa, omnipresentes. También hay varias colecciones: de cajitas de hojalata, de sombreros, de gorras militares, de soldaditos de plomo. Le pregunto cómo pueden vivir cuatro personas (sus dos hijos tienen 17 y 9 años), tantos libros y todos esos objetos en una casa de poco más de cien metros cuadrados y Jesús Marchamalo afirma, con aplastante naturalidad:  «Siendo tranquilos con las convivencias».


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jueves, noviembre 03, 2011

El tigre. Una historia real de venganza y supervivencia, John Vaillant

Trad. Jordi Beltrán Ferrer. Debate, Barcelona, 2011. 400 pp. 22,90 €

Julián Díez

A falta de grandes historias en los medios de comunicación, el noble arte del reporterismo clásico se refugia en lo que antes era su destino secundario y final, el libro. La aportación de Vaillant, experto en temas medioambientales, evoca de inmediato desde su punto de partida a referentes que creo que agradan a casi cualquier lector, mezclando precisamente narración y testimonio: desde las descripciones desgarradas de la profunda Rusia de un Kapuscinski hasta las obras clásicas de la literatura estadounidense que enfrentan al hombre con bestias incognoscibles —Melville, London—, pasando por las aventuras polares cercanas al horror de Poe o Verne, y unos retratos de personajes entroncados con el entorno que remiten inevitablemente a Arseniev, por razones geográficas, pero también a viajeros clásicos como Chatwin.
Vaillant se las apaña para sacar todo eso de una anécdota de modesta envergadura; un par de muertes a manos de un tigre en el Primorje siberiano, la esquina situada exactamente en el final de Eurasia, sobre Corea del Norte y China. El suceso, que se produjo varios años antes de que Vaillant se ponga a investigarlo, es pronto reducido a excusa para los propósitos del autor. En primer lugar, y de manera destacada, dar cuenta de la compleja relación del hombre con los predadores felinos, devenidos en figuras arquetípicas bien presentes en el inconsciente colectivo humano desde tiempos prehistóricos. Los tigres siberianos que protagonizan la historia son caracterizados de forma brillante como una máquina de matar casi definitiva por su tamaño y agilidad. Además, Vaillant usa la estrategia clásica del género de terror de apenas mostrarlos de manera concreta, mientras no deja de referirse a ellos; cabe esperar que si llega a producirse una anunciada adaptación cinematográfica del libro —Darren Aranofsky tras la cámara, Brad Pitt ante ella—, se tenga la sensibilidad para reproducir ese mecanismo y esas sensaciones.
Por otra parte, esta es una historia sobre un rincón del mundo muy concreto, y sobre las muy especiales circunstancias en que la sociedad se ha adaptado a él. El relato tiene más que presente un entorno compuesto por una naturaleza aún totalmente fuera del control humano, temperaturas extremas más allá de lo imaginable, ciudades semiabandonadas tras la perestroika, alcoholismo y miseria. Un lugar en el que, simplemente, lo normal sería que no hubiera occidentales, y los pocos que quedan a estas alturas tras la colonización del lugar, a costa de la siempre floreciente megalomanía rusa, subsisten en su mayoría aislados, dedicados a cazar con munición hecha en casa para sobrevivir y buscando la asistencia de los nativos más adaptados, más resistentes, a los que en el siglo pasado se quiso exterminar.
Por supuesto, esos personajes —maravillosa la idea de incluir el retrato de muchos de ellos en unas ilustraciones a color: sus rostros son como cartografías de la supervivencia— son el eje fundamental. Tanto los perdedores terminales -porque realmente es difícil imaginar una situación peor- como los héroes anónimos que intentan mantener el tipo en esta situación extrema son retratados por Vaillant con pinceladas impresionistas en las que no puede evitar una ternura implícita. El denominador común a todos ellos es su aceptación de algo que para cuantos me lean es apenas una sensación remota: la de que su destino no está en sus propias manos o las de otros hombres —sean familiares, jefes, gobernantes o especuladores financieros—, sino en las de una naturaleza impredecible e insensible. Como los personajes más perturbadores del terror moderno, el entorno siberiano no odia al hombre, sino que es por completo indiferente a sus necesidades o inquietudes. El tigre protagonista, que enloquece para escapar a la supuesta lógica en el comportamiento de su especie, no es sino la plasmación definitiva de esa realidad.
En una acción elemental, pero hoy extraordinaria, Vaillant recoge el reto de Kapuscinski, va hasta allí donde se produjeron los hechos y los cuenta. Pese a su conocimiento previo de otros lugares e historias no menos complicados, la impresión es que para Vaillant ese fue uno de los viajes que cambian por dentro, y consigue transmitir no poco de esa experiencia en este libro más que recomendable.

miércoles, noviembre 02, 2011

Claroscuro, Nella Larsen

Trad. Pepa Linares. Prol. Maribel Cruzado. Contraseña, Zaragoza, 2011. 200 pp. 16 €

Cecilia Frías

Hace solo unos días Obama inauguraba en Washington un monumento en memoria de Martin Luther King. Destacaba el presidente que a pesar de haber transcurrido casi medio siglo desde el famoso “I have a dream” todavía queda mucho por hacer en el camino hacia la libertad y la igualdad racial. Esta feliz coincidencia supone que la lectura de Claroscuro, de Nella Larsen (Chicago, 1891), traducida por primera vez al castellano en esta cuidada edición de Contraseña,vaya más allá del drama psicológico que retrata los conflictos interraciales de dos mujeres en la sociedad norteamericana de comienzos del XX, y alcance ahora una fuerza de inusitada actualidad ante nuestros ojos.
Poco se sabe acerca de la biografía de esta autora del “Renacimiento de Harlem” que triunfó como novelista en los años 20, introdujo a Lorca en los círculos neoyorkinos de los artistas negros, viajó por Europa y que sin embargo, tuvo que digerir el rechazo de su propia familia, o aceptar el ostracismo al que se vio relegada tras el divorcio de su marido y una acusación de plagio.
Aunque tiendo a desconfiar del biografismo a la hora de acercarme a una obra, parece innegable la huella que dejaron enla literatura de Larsen sus raíces de color, y esa pertenencia a un territorio de nadie que oscila entre el origen antillano del padre y el rechazo de la madre blanca. No en vano comienza Claroscuro con una cita de un poeta de Harlem en la se cuestiona qué significa África para todo este colectivo de creadores después de trescientos años de profundo desarraigo.
El fortuito encuentro entre dos amigas de la infancia tras más de doce años sin verse nos enfrenta a dos personalidades bien diferentes: la de Irene Redfield, protagonistabienpensante bajo cuyo punto de vista se construye el relato, y la de la felina Clare. Si Irene representa la fidelidad a la raza y la búsqueda de la estabilidad con su familia de color y su hogar en Harlem, Clare Kendry se erigirá en contrapunto perfecto a la existencia políticamente correcta de su antigua amiga. De piel casi marfileña y un descaro refinado que la hace poderosamente atractiva, Clare no duda en huir de casa de sus tías y hacerse pasar por blanca ante un marido que, por encima de todo, “odia a los negratas”. Esta actitud supone un auténtico revulsivo para la mentalidad de la protagonista, que si bien desprecia la humillación a la que se somete Clare con semejante pareja, no puede dejar de sentirse seducida por su valentía y su desprecio a la seguridad establecida.
De esta manera se va conformando un peligroso triángulo en cuanto entra en escena el hastiado marido de Irene que, insatisfecho por la vida que su esposa le ha proyectado y por la escapista educación que pretende dar a sus hijos, encuentra en su amiga un apoyo con el que aliviar su soledad. Con gran habilidad la autora introduce un inocente gesto como punto de inflexión que dará un viraje de 180 grados en el personaje de Irene, precipitando entonces que la moderada madre de familia entre en un círculo de paranoicas conjeturas que tiñen de oscuridad cada uno de sus pensamientos.
El conflicto de identidad al debatirse entre la fidelidad a la raza o a los deseos individuales, la reflexión sobre lo que significa ser madre, o sobre las máscaras que nos construimos para cumplir con el rol que los demás esperan de nosotros. La libertad, en fin, son asuntos universales que Larsen nos deja sobre el papel. Todo ello aderezado por una trama que te atrapa desde la primera página, y que seguro cautivará a multitud de lectores como ya sucedió en 1929 cuando Claroscuro fue publicada por primera vez.

martes, noviembre 01, 2011

Un paquete para el mánager, Arturo Seeber

Editorial El Garaje, Madrid, 2011. 208 pp. 14 €

Miguel Baquero

El mundo del boxeo siempre ha sido muy atractivo para narrar grandes historias, sobre todo por ese trasfondo canalla que parece serle consustancial, ese ambiente de antiguos púgiles, hoy guardaespaldas de algún tipo de extraño vivir, de peleas amañadas, de apuestas fraudulentas, de combates clandestinos sin protección, de todo, en fin, un submundo lindante con lo delictivo en cuya estrecha frontera tantos buenos libros y aún mejores películas se han convertido en clásicos.
Este ambiente tan sugestivo, pero a la vez tan peligroso para un narrador por la cercanía del tópico, es el elegido por el argentino Arturo Seeber para su primer libro, una colección de diez relatos que, bajo el título Un paquete para el mánager, narra otras tantas historias protagonizadas por púgiles o aspirantes a serlo. Se trata de diez cuentos ambientados en Argentina, en los alrededores literarios del estadio Luna Park (el Madison Square Garden de Buenos Aires, donde, como en el cuadrilátero de Nueva York, tantas leyendas y tantos sonoros fracasos se fraguaron), y narrados con un agilísimo estilo donde todo el sabor y el tipismo del porteño-lunfardo, que el autor domina a la perfección, no dificulta sin embargo la lectura ni entorpece la naturalidad con que fluyen los relatos.
Por encima de dichas historias, sin embargo, este libro de relatos es el testimonio de la admiración del autor por el deporte de las doce cuerdas y la épica, la tragedia, la mitología que le acompaña. Apasionado del boxeo, como nos cuenta en la introducción al libro, desde los tiempos de su más temprana juventud, cuando asistió a algunos de los más célebres combates de la época y soñó con poder subirse al ring algún día, Arturo Seeber nos muestra cómo, durante mucho tiempo, el enfundarse en un albornoz y el calzarse unos guantes fue la única salida posible para quienes buscaban escapar de las villas miseria y, a fuerza de puñetazos, encontrarse con una vida mejor, con una vida al menos digna. Los diez cuentos de Un paquete para el mánager son sendas crónicas de huidas, sendos retratos de esperanzas que se van construyendo entrenamiento a entrenamiento pero que, finalmente, acaban truncadas, a veces de forma dramática, otras veces incluso ridícula, cuando llega el combate de verdad contra la vida y ésta acorrala inmisericorde al protagonista contra las cuerdas y se prepara para asestarle el uppercut definitivo. Un golpe que, en la espléndida prosa de Seeber, llega con la mayor contundencia (una frase corta, un adjetivo demoledor, a veces inserto de pronto en la acotación de un diálogo) y tira al protagonista contra la lona.
Aunque políticamente incorrecto en nuestros días, el boxeo siempre ha dado grandes páginas a la literatura, y las de estos cuentos de Arturo Seeber no desmerecen, desde luego, de ninguna de las mejores que se hayan podido escribir. Por eso, prejuicios deportivos aparte y ateniéndonos sólo a lo novelístico, Un paquete para un mánager no podrá dejar de agradar al lector gustoso de relatos clásicos resueltos con una rotunda pegada.

lunes, octubre 31, 2011

Solo con invitación: Escritores, Salvador Gutiérrez Solís

El Olivo Azul, Córdoba, 2011. 160 pp. 16 €

Nacho Montoto

Hay nombres —de poetas, seudocríticos, novelistas existenciales, conferenciantes todoterrenos, estudiosos del romanticismo más barroco, charlatanes varios y literatos multidisciplinares— que suelen ser frecuentes en los jurados de los premios literarios de cierto nivel —jurados remunerados con más de trescientos euros, seiscientos en algunos casos, muy contados los casos estos. Así comienza el cuento titulado "El poeta en excedencia", incluido en Escritores, el nuevo libro de cuentos de Gutiérrez Solís. Mucho se ha escrito sobre metaliteratura. Muchos son los autores que han iniciado ese camino, sí, pero tras la lectura de Escritores, podemos asegurar que ninguno como Gutiérrez Solís. Escritores aborda con gran lucidez e ironía el oficio del escritor, del letraherido, del cuentista de turno, de los escritores malditos.
Quien haya seguido la trayectoria de Gutiérrez Solís, encontrará —en esta ocasión— un libro de cuentos donde el autor va desgranando los entresijos del mundo literario mezclado con el sarcasmo que —en otro tiempo— nos trajo el novelista Malaleche. 17 historias 17, que nos llevan desde la increíble trama del novelista caníbal a la curiosa—y terrible— historia del detective poeta, pasando por el relato desternillante de "El poeta maldito" o "El torero escritor". Una trama de personajes que se mueven entre el mundo de la realidad y la ficción, siempre, en torno al hecho literario. Apreciables son los microrrelatos "El ensayista en alquiler" o "El difunto poeta", en los que el autor da muestras de su capacidad para condensar en apenas unas líneas esa mezcla de ironía y realidad.
Un libro de cuentos en el que también podemos apreciar la concatenación de personajes, pues en muchos casos, los principales aparecen como secundarios en otros relatos dotando de cierta fragmentariedad a alguno de los cuentos. Pero Escritores no es un libro en el que sólo se abarque la metaliteratura, no. Como es habitual en Gutiérrez Solís, el mundo de la Fiesta Nacional, el fútbol, y multitud de referencias literarias no son ajenas a su pluma, por lo que todas ellas salpican de gestos y anécdotas cada una de las historias que se desarrollan en esta nueva incursión del autor en la narrativa breve. ¿Quién sería capaz de meter en un mismo libro a García Lorca, Jorge Javier Vázquez, Baltasar Garzón, Joselito “El Gallo”, Miguel Hernández, Javier Marías o Alberti? No se asusten, no, son meros invitados al gran convite literario que Gutiérrez Solís ha sabido organizar con maestría dentro de este libro de cuentos donde el lector permanecerá, de principio al fin, agarrado a las solapas del libro.
Si desean conocer los entresijos del proceso literario y todo lo que rodea al mundo de la literatura, en clave de humor, no duden en ponerse manos a la obra y comenzar con la lectura de Escritores, no les dejará indiferentes.


Salvador Gutiérrez Solís: "La Literatura española rebosa mediocridad y medievalismo"

¿Por qué hemos tenido que esperar tanto para leer un nuevo libro de cuentos suyo?

—Casi ocho años… Debería tener una respuesta preparada para esta pregunta y no la tengo. Supongo que se debe a la relación tan particular que mantengo con el relato. Salvo en alguna extraña excepción, nunca me planteo escribir un relato premeditadamente. Por explicarlo de alguna manera, los relatos son los campos de entrenamiento de mis novelas y de los personajes que las habitan. Antes de comenzar a escribir una novela, necesito contar con las suficientes garantías de que las tramas y los personajes van a resistir el tránsito. Esto no quiere decir que Escritores se trate de un ejercicio de reciclaje literario. De hecho, esa excepcionalidad que antes señalaba la representa Escritores a la perfección, algunos de los relatos nacieron y morirán siendo relatos, no son embriones.


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viernes, octubre 28, 2011

A la vista, Daniel Sada

Anagrama, Barcelona, 2011. 237 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

Bolaño, aquel monje borracho de literatura, dio un listado con siete u ocho nombres de los escritores más relevantes de la América Latina emergente y ahí estaba Daniel Sada. Cuando dejamos de creer en los dioses que nos dieron nuestros padres necesitamos dioses nuevos o, al menos, pequeños ídolos que los sustituyan. Bolaño lo fue. Tantas mortificaciones. Así fue como yo me acerqué a Daniel Sada.
La literatura es un entramado de vasos comunicantes, una urdimbre unida por afectos y estéticas que tratan de ser únicas pero que necesariamente beben en fuentes parecidas. Porque la tradición que el escritor pretende violentar acaba emergiendo siempre por muy original que se pretenda.
Por lo demás, Sada, tampoco es un recién llegado, que anda, como yo, caramba, somos quintos, así se consigna en la solapa, acariciando los sesenta, una edad muy respetable que antiguamente era, virgen santa, el preludio de la ancianidad. Claro que aquel listado de Bolaño seguro que tiene ya sus diez o doce años y entonces Sada andaría colgado de los cuarenta, una edad tan prometedora.
Pero ya está bien de divagaciones. Digo yo que habrá que entrar a matar.
El desierto es el escenario de esta novela que cuenta con varios protagonistas, todos desvalidos, colgados de una existencia precaria, pobres guiñapos, especialmente los dos protagonistas de la historia, es decir, los dos traileros, conductores de trailers, que deciden matar al patrón allá, en una autopista o semidesierta para lanzar luego al trailer por una barranca y que se pudra el jefe que lleva tantos años humillándolos con esos sueldos de miseria que ni sé. Pero el desierto sigue abrazando sus vidas, lo ocupa todo y ellos desguarecidos, cada cual en su casa espartana, casi desértica dentro de una población carente de gollerías, tampoco se encuentran y se desasosiegan y se buscan en ese paisaje irreal y alucinado donde aparecen otros personajes extremos y alucinados también, y la tensión crece, pero no es una tensión policíaca, a ver si los pillan y los enchironan, es una tensión interior, almas vagantes llevadas al límite de la rutina, sin horizontes ni grandes esperanzas como no sea la de la lotería, tan incierta, almas de carne y hueso, pero semejantes a las que aparecen en Pedro Páramo, supongo que ustedes se acuerdan de Pedro Páramo, esa sensación de irrealidad. Claro que Sada goza con el lenguaje, no es tan contenido, tan austero como Rulfo, todo lo contrario, entraría en la estela florida y desparramada de Faulkner y pone el oído al pueblo facundioso que habla y al hablar retuerce el idioma, juega con las palabras, “chillen, putas”, y nos hace disfrutar con esos guiños que sabemos que vienen del lenguaje coloquial mexicano, un río que se desborda en frecuentes anacolutos. Qué exhuberancia.
Y esta es, a la postre, me parece, la gran contribución de Sada a la literatura en castellano, ese homenaje a una manera de contar tan ligada a la manera de hablar del pueblo. Pero también, claro, la atmósfera que crea. Hay que leer esta novela con un vaso de agua al lado porque se pasa mucha sed. Y con gafas de sol porque deslumbra la luz de ese desierto por el que se mueven y de esas ciudades, que no acaban de serlo, más bien poblachones sin orillas, ya se llamen Sombrerete o se llamen Toreeón.
Pero qué digo agua. Si están un poco hartos de refrescos edulcorados y quieren probar el sabor del tequila seco, aquí tienen ocasión de echarse al coleto un destilado puro del desierto.

jueves, octubre 27, 2011

Diario anónimo (1959-2000), José Ángel Valente

Ed. Andrés Sánchez Robayna. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2011. 368 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

Una de las más fecundas contradicciones que animan la tradición lírica occidental es la que surge entre el yo que dice y el yo que se dice, entre la primera persona que privilegia la lírica y el impulso de despersonalización que anida en el propio lenguaje. Ya en los trovadores provenzales, como recuerda el filósofo Giorgio Agamben en un memorable artículo sobre Valente, las vidas y razós intentan dar cuenta de la figura del creador y de la gestación del poema, y sin embargo los datos biográficos a menudo parecen surgir del propio texto, antes que de un conocimiento exterior al mismo. No en vano nos advierte Gadamer de que la cuestión de quién habla en el poema está lejos de tener una respuesta obvia. En este sentido, llama, sin duda, la atención que Valente, uno de los poetas que más ha repudiado el confesionalismo en la lírica, llevara a lo largo de muchos años un diario. No obstante, quien se acerque a estas páginas con el objetivo de conocer la vida oculta del poeta quedará defraudado. Por el contrario, los lectores que quieran profundizar en el itinerario intelectual de alguien que supo que la poesía no estaba reñida con el pensamiento se encontrarán ante un documento de primer orden. Gracias a la labor de Sánchez Robayna (a quien debemos asimismo la cuidada edición de las obras completas del escritor), contamos con una vía de acercamiento más a una de las figuras intelectuales más ricas y complejas de nuestra literatura contemporánea.
La vida íntima del escritor apenas llega a asomar en algunos pasajes, si bien dichos momentos están cargados de una especial intensidad (como la relación amorosa con Coral o el dolor por la muerte de su hijo Antonio, víctima de una sobredosis). Las más de las veces asistimos a una colección de citas, reflexiones o apuntes, algunos de los cuales servirán de germen para poemas y ensayos posteriores. Buena parte de los materiales aquí recogidos confirman la visión que el propio Valente tenía de sus anotaciones: “Diario anónimo: papeles inéditos de personajes que probablemente no existen, pero que de algún modo deberían haber existido”. Esa obsesión por la impersonalidad de la escritura, o por la pluralidad casi pessoana del que escribe, asoma aquí y allá, mostrándonos la convicción de un escritor para el que la poesía es ante todo escucha, más que habla. No obstante, no todo en este diario mira hacia el espacio acotado del arte. A pesar de que Valente consideraba que la voz del poeta es una voz de extramuros, que no permanece a la ciudad, lo cierto es que como ciudadano no deja de lado la reflexión política, si bien se trata de una mirada que desdeña todo dogmatismo. Esta constatación hace pensar que determinados tramos de su obra poética (pienso, por ejemplo, en El inocente o Presentación y memorial para un monumento) no son episodios más o menos anecdóticos en su trayectoria, sino una línea más o menos subterránea que aflora en poemas muy posteriores como “Hibakusha” de Al dios del lugar (dedicado a la barbarie de Hiroshima) o el poema dedicado a los indios kaiowá de su libro póstumo.
Hay en toda la obra valentiana una búsqueda constante de la libertad, libertad incluso de las ataduras del yo, de una identidad fija que cristaliza en personaje (y que borra al otro, olvidando que “el otro es mi yo disidente”). Por ello, solo un conocimiento superficial del poeta puede encontrar chocante que su interés por la mística no desemboque en un acercamiento a la religión tradicional. Más bien hallamos la actitud contraria: hasta el punto de que en estas páginas, con ocasión de la persecución que sufre Salman Rushdie, el escritor corrobora la validez del aserto marxiano acerca de la religión como opio del pueblo. Y es que para Valente es aberrante todo intento de conciliar el lenguaje del poder con el lenguaje del espíritu (un espíritu que se entiende, no en oposición a la materia, sino como expresión de ésta).
No deja de sorprender la capacidad de Valente para darnos en unos pocos fragmentos, en una pincelada, lo que tantos otros son incapaces de decirnos en largos artículos o interminables libros. Ello no solo da fe de la pobreza intelectual de buena parte de nuestra crítica literaria, sino también de la necesidad de releer al poeta, para, más allá de lecturas simplificadoras, seguir dialogando con una obra que cada vez se revela más necesaria.

miércoles, octubre 26, 2011

Hoteles, Maximiliano Barrientos

Periférica, Cáceres, 2011. 128 pp. 16,5 €

Fernando Sánchez Calvo

Tero, Abigail y Andrea son dos adultos y una niña que huyen a través de un viaje. Un viaje sin límites temporales y espaciales. La última huye porque es menor y acompaña a su madre, pero de tener unos años más también hubiera huido por su propia cuenta. Los dos primeros, por su parte, no huyen porque sean actores de películas porno y se arrepientan de sus vidas laborales: huyen porque buscan “fabricar un pasado en común”, porque con el viaje pretenden construir un “paisaje privado”, íntimo, que no se parezca en nada a su manido paisaje habitual de incomunicación, infidelidades y hastíos varios. Son palabras concretas de los protagonistas, quienes se desnudan con sus declaraciones en un tiempo presente delante de un director de cine, interesado en construir de manera fragmentada un documental sobre el momento concreto en el que los protagonistas escaparon para explicar, de esa manera, su propia vida sentimental, igual de fragmentada que la de Tero, Abigail y Andrea.
De esta sinopsis deduzco que, aunque en esta poderosa y dislocada novela no dejan de aparecer hoteles, carreteras, coches, apartamentos o habitaciones, en realidad más que de paisajes, se está hablando de paisanajes, esto es: del alma de las personas a través del espacio, de la cantidad necesaria de hoteles destartalados, carreteras polvorientas, habitaciones solitarias o coches desvencijados para poder, en el fondo, hablar de tres, cuatro o cinco personas que en un momento de sus vidas se cruzan, comparten soledad, miedo, esperanza y una “aliviadora sensación de no saber a dónde estás yendo” para poco después, al cabo de un día o de unos meses, volver a separarse o a juntarse, pero ya sin el vértigo o ilusión de poder empezar algo nuevo. «Hay orden en el fracaso. Algo sucede, algo intercede y desde entonces caemos», comenta el director del documental concluyendo todavía en el ecuador de la novela. Esto último, por su parte, no sólo sucede en la vida, sino en cualquier proceso vital y con un mínimo de estructura como también lo puede ser el arte de novelar.
Por ello, de esta última deducción intuyo que Maximiliano Barrientos ha trabajado muchísimo en los años previos a éste los textos que componen esta novela, Hoteles, y el libro de relatos con el que la editorial Periférica lo dio a conocer al lector español: Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer. Dos piezas fundamentales de la nueva narrativa boliviana, no sólo porque el autor apenas supere los treinta años, sino porque en ellos recoge todo lo que es Hispanoamérica desde ya varias décadas. En Hoteles, y por extensión en Fotos tuyas, está la soledad de Sábato, la enferma perversidad de Onetti, la irónica metaliteratura de Borges y Roa Bastos, la concisión y el desaliento de Rulfo, amén de todos los prodigios estructurales que vieron su culmen en Vargas Llosa o García Márquez. Pero, frente a éstos, y como ya hicieron algunos autores que se dieron a conocer masivamente a finales del XX (léase a Jorge Volpi), Maximiliano Barrientos ha superado el espacio de lo sudamericano. Ya no hace falta mencionar, reivindicar el espacio sudamericano en la narrativa. Tanto es así que en las dos obras que Periférica ha publicado el espacio más importante es el indeterminado, los cruces de carretera, los impersonales hoteles a lo yanqui que han ocupado y vestido prácticamente todos los lugares del mundo. El paisaje sudamericano ahora está en el alma de los protagonistas, los únicos portadores de esa esencia, quienes siguen llevando el desarraigo, la exuberancia, el realismo mágico (disfrútese en Hoteles el episodio del accidente con el caballo para comprobarlo) y la eterna desventura de la incomunicación entre unos personajes que intentan ser felices de la peor forma posible (parafraseo un relato del boliviano) y de los cuales, en realidad, sólo deberíamos filmar los grandes momentos. Ésa es la película propuesta por Barrientos en Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y, por supuesto, en Hoteles: “Editar una vida”, coger sólo lo mejor de cada ser vivo, sólo lo que verdaderamente merezca la pena. La duda: “¿Cuánto quedaría de una vida editada?” Las conclusiones que sacamos tras las dos lecturas mencionadas no son muy esperanzadoras.

martes, octubre 25, 2011

Juntos, Ally Condie

Trad. Rosa Pérez. Montena, Barcelona, 2011. 352 pp. 14,95 €

Victoria R. Gil

Después de vampiros, zombis y demás no-muertos, la literatura juvenil se adentra en la ciencia ficción agitando, que no batiendo, una mezcla de romanticismo y sociedades supuestamente ideales que da como resultado un curioso cóctel de amor y distopías. Con menos violencia que la saga de Los Juegos del Hambre, de Suzzane Collins, que abrió el camino hacia ese pluscuamperfecto futuro con protagonista adolescente, Ally Condie toma el relevo y compone una novela más intimista, en la que el impulso de rebelarse que late en este tipo de historias se cocina a fuego lento.
Los aficionados a la ciencia ficción encontrarán —y disfrutarán descubriéndolas— referencias a los grandes maestros del género. Aquí están las drogas para el inevitable control de la población de Un mundo feliz; la muerte por decreto a la edad más conveniente de La fuga de Logan; el odio por la palabra escrita de Farenheit 451, y una omnipresente y todopoderosa Sociedad tan orwelliana que decide desde qué comen y cómo se visten sus ciudadanos hasta con quién deben casarse.
Ally Condie inicia en Juntos la historia de Cassia Reyes, una joven que empieza a preguntarse si el mundo que conoce es realmente el mejor de los mundos posibles, como siempre ha creído y todos le han asegurado. Y digo inicia porque no sabremos en esta novela a qué respuestas llegará la protagonista, ya que éste es el primer libro de una trilogía, Matches, cuya segunda parte se publicará en Estados Unidos el próximo mes de noviembre con el título de Crossed. Habrá que esperar hasta entonces para desvelar algunas de las múltiples incógnitas que la autora deja sin resolver, ya que es previsible que todas no se despejen hasta finalizada la serie. ¿Elegirá Cassia la ternura o la pasión? ¿El riesgo o la seguridad? ¿La libertad o la obediencia? ¿Sabremos por qué la perfecta Sociedad se equivocó precisamente al seleccionar a su pareja ideal? ¿O acaso no se trata de un error y sí de un experimento, una prueba, un sabotaje…?
Lo ignoramos. Como lo ignora la propia Cassia, con quien asistimos, en el día de su 17 cumpleaños, a la que será la ceremonia más importante de su vida, el momento en que conocerá el nombre y el rostro de su príncipe azul, con el que habrá de compartir un futuro con fecha de caducidad. Contra todo pronóstico, el procedimiento que nunca falla esta vez lo hace y la equivocación —¿Involuntaria? ¿Intencionada? ¿Manipuladora?—  es la espoleta que inicia una reacción en cadena en la conciencia de Cassia.
Con una reflexiva morosidad que sorprende en este tipo de narraciones, más hechas a la premura y la ligereza, la autora muestra la evolución que conduce a la protagonista a replantearse todo lo que hasta entonces había tenido por una verdad incuestionable. Un poema, tan clandestino como evocador, será el primer paso hacia la rebeldía que está por llegar. Pero no será hasta las próximas entregas cuando los millones de lectores que ha cosechado esta saga en todo el mundo descubran el camino que finalmente tomará la joven.
Ally Condie, una ex profesora estadounidense de educación secundaria, ha conseguido un éxito inmediato con esta trilogía por cuyos derechos de edición pujaron siete grandes editoriales norteamericanas, que se ha publicado hasta ahora en más de treinta países y cuyo guión ya se está escribiendo para que Disney lo lleve a la gran pantalla.

lunes, octubre 24, 2011

El violento oficio de escribir, Rodolfo Walsh

451 Editores, Madrid, 2011. 556 pp. 21,50 €

Pedro M. Domene

La vida de Rodolfo Walsh (1927-1977) transcurrió entre grandes momentos de tensión por su activa militancia política, por su vocación literaria, y sobre todo por su curiosidad periodística. En la década de los cuarenta, tras pasar por varios domicilios familiares y colegios, se trasladó a Buenos Aires para completar su educación secundaria. Mediada la década, su vida adquiere una actividad casi febril: un frustrado intento de ingresar en el Liceo Naval, colabora con la editorial Hachette, participa en la Alianza Libertadora Argentina, cursa algunas asignaturas en la Facultad de Humanidades, y ya en 1950 obtiene una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que organiza la revista Vea y Lea. A partir de este momento se dedica al periodismo y trabaja para Vea y Lea y Leoplán, donde publicará cuentos, artículos de crítica literaria y divulgación cultural. Sus abundantes colaboraciones en la prensa lo señalan como la cumbre del periodismo argentino y, en ocasiones, acompaña sus textos con fotografías que convierten sus reportajes en auténtico periodismo gráfico, y sobre los temas más diversos. A partir de 1956 sus continuas denuncias contra la represión y los fusilamientos de José León Suárez desembocarán en los libros, Operación masacre (1957), hito del género testimonial en la literatura argentina y al que seguirán ¿Quién mató a Rosendo? (1969), y su famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1977). Ernesto Ekaizer relata en el prólogo a El violento oficio de escribir (2011), como, desde varios meses, el periodista y su esposa Lilia Ferreyra viven en una casa modesta, sin luz eléctrica, agua corriente o gas, que han comprado a unos 52 km del centro de Buenos Aires, de donde Walsh viajaría el 25 de marzo de 1977 a la capital para acudir a varias citas y echar en diferentes buzones varios sobres que contienen su famosa Carta abierta..., que condensa toda la labor informativa del año, basada en la fuente documental que forman los cables de noticias difundidas, denuncia el asesinato, la desaparición y tortura de miles de ciudadanos en virtuales campos de concentración que ha creado la dictadura del general Jorge Rafael Videla en las guarniciones militares. Walsh va armado con una pistola Walter PPK calibre 22 que no le salvará la vida, pero será más difícil que lo cojan vivo. Un llamado «grupo de tareas» de la Escuela Mecánica de la Armada y un pelotón de policías le han preparado una encerrona. El militante con quien Walsh debía encontrarse ha desvelado el lugar de la cita, aun le da tiempo a sacar su pistola pero varios disparos le cruzan el pecho en diagonal y apenas llega vivo al campo de concentración de la ESMA. Esa misma noche los militares que se han hecho con la escritura de compra venta que portaba el periodista, organizan el saqueo y bombardeo de su casa, a donde a la mañana siguiente llega su esposa sin conocer la tragedia y advierte que la han volado llevándose su carpeta de documentos y escritos personales.
La edición que 451 Editores presenta con el título de El violento oficio de escribir (2011, aunque la original es de 2007), con prólogo de Ernesto Ekaizer y nota preliminar de Daniel Link, recoge, según este último, la totalidad de los artículos publicados con la firma de Rodolfo Walsh o sus iniciales R.W., o R. J. W.) o el seudónimo, Daniel Hernández. De sus libros o grandes investigaciones, se incluyen ejemplos aislados necesarios para dar una visión fiel del progreso de la obra periodístico; tampoco se recogen sus artículos y prólogos que se considerarían de crítica literaria, tampoco los escritos íntimos y del resto de la obra conocida quedan muchas notas sin publicar y se ofrece una edición incompleta por definición. Según su editor, este libro se titulada así porque el propio Walsh, escribió en un texto autobiográfico que decía los siguiente: «En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía». Cuando leemos los abundantes textos de la presente edición, se percibe el espíritu de Walsh cuando afirmaba que pretendía devolverle al periodismo la voz y la identidad de las noticias, los acontecimientos o la dignidad a los personajes que habían sido protagonistas y que de alguna manera dejaban testimonio con sus actuaciones o con su propia vida. El «caso Padilla», su estancia en Cuba y la creación de la agencia de noticias Prensa Latina, los diversos artículos sobre la baja condición social de los trabajadores de la Argentina, son algunos de los textos más sugerentes; en ocasiones, se funde literatura y periodismo, y este último aspectos tanto literario como político, testimonio de una objetividad que, de alguna manera, en la totalidad de la obra de Walsh se completó con los informes de Cadena informativa que ampliaba así su compleja visión del periodismo. La lectura de «La Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar» vislumbra ese «acto de libertad» con que invitaba a sus últimos lectores y aun hoy a quienes confiamos en ese voluntarioso periodismo caracterizado por la honradez y la exactitud verificada.