lunes, diciembre 19, 2016

La luz impronunciable, Ernesto Kavi


Sexto Piso, Barcelona, 2016. 126 pp. 16 €

Ariadna G. García

Escribía George Bataille: «La angustia, no menos que la inteligencia, es un medio de conocimiento». La luz impronunciable, teñida de dicha emoción, trata de alcanzar la sabiduría y de encontrar las razones que empujan a unos hombres contra otros, pero el intento es en vano: «sólo hallé/ en mis labios desolación». Ernesto Kavi parece dialogar con la aspiración –igualmente frustrada– de Juana Inés de la Cruz por comprenderlo todo (recuérdese el Primero sueño); así como con la agonía de Miguel de Unamuno, para quien el conocimiento suponía una fuente de sufrimiento. «Todo el saber/ es dolor», sentencia el mexicano; mientras que para el rector salmantino, la conciencia es “tormento”. Con estos ecos aúreos y contemporáneos, entre otros que veremos en breve, Ernesto Kavi teje un texto potente, que indaga y ahonda en la luz y en la oscuridad de la vida en la Tierra. La simbología del libro hunde sus raíces es la estética sanjuanista (la llama y la noche), si bien el poemario no es, en absolusto, una obra que podamos tildar de mística; es decir: la voz que enuncia no busca a Dios, ni se transforma en la divinidad, ni apela al recogimiento interior para purificarse, enmendarse y perfeccionarse, ni transita por las tres vías tradicionales de la mística medieval (purgativa, iluminativa y unitiva). Lo que sí encontramos, y se trata de una gran acierto de Ernesto Kavi, es una incorporación de imágenes y citas de cuño clásico –y hasta bíblico– a su propio mundo poético. Así, merodean por los Cantos del libro sintagmas como “ciervo vulnerable” (que juega con el “ciervo vulnerado” de San Juan) o “mi amado”, y oraciones como «Los dormidos de corazón/ ¿hasta cuándo dormirán?» (que remiten a la vez a San Pablo y al coro de escritores ascéticos-místicos del siglo XVI, desde Pedro de MedinaLibro de la vida, 1548– a fray Luis de León: «¡Oh, despertad, mortales!», Noche serena). Ernesto Kavi recurre al sortilegio hipnótico de una imagen que se repite a los largo de los Cantos para envolvernos en una sinfonía (“Bajo el sol”). Con un estilo sobrio, nominal, enumerativo, limado al máximo, simbólico y falto de signos de puntuación, la voz que enuncia nos informa de que ha sido testigo de lo malo y lo bueno de la Humanidad. De la destrucción inicial, la voz se reconcilia con nuestra especie dando gracias al amor y a la naturaleza. No falta en el libro un hermoso carpe diem cercano al Cantar de los Cantares. Decía Clara Janés que la poesía y la mística se parecen en su carácter errático, ambas dan un rodeo a ciegas en torno a un “elemento fugitivo”. La experiencia de vida, en este caso, es lo inefable (de ahí el título de la obra). Precisamente por eso, este libro –que apenas sugiere, connota, aquello que pretende– es tan bello.