viernes, diciembre 23, 2016

El algoritmo de Ada, James Essinger


Trad. Pablo Sauras
Alba, Barcelona, 2015. 232 pp. 19,50 €

Victoria R. Gil

Augusta Ada Byron nació en Londres en 1815, con el dudoso honor (por el nulo interés mostrado por su padre) de ser la única hija legítima del poeta Lord Byron y de Anna Isabella Milbanke, una joven de buena familia que pondría fin a su matrimonio al poco de nacer la pequeña por las infidelidades de su famoso marido. Tal vez por las desdichas vividas en aquella relación y debido al inestable temperamento emocional de Byron, la joven madre fomentó una educación científica para su hija, que alejara de ella ese indeseable rasgo de carácter. Como resultado de ese empeño y de la pasión por la lógica y las matemáticas que prendió en la niña, Ada Lovelace está considerada hoy como la primera programadora de ordenadores, tras ser la autora del primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina. Podría creerse que Ada Lovelace es un personaje aislado en la historia de la ciencia, las artes o la tecnología, por su aportación al conocimiento de la humanidad, siempre firmado por hombres; una aportación a la que otras pocas habrían contribuido, de forma tan anecdótica como ella: una madame Curie por aquí, una Sofonisba Anguissola por allá…
Pero el tiempo, dicen, pone a cada uno en su sitio y cada vez son más las mujeres que recuperan su lugar en el panteón de los descubrimientos que nos han traído hasta el siglo XIX: Hedy Lamarr, precursora de las conexiones wifi y bluetooth; Evelyn Berezin, creadora del primer procesador de textos y del primer sistema de reservas de billetes de líneas aéreas; Grace Murray Hopper, precursora del lenguaje COBOL; María Gaetana Agnesi, fundamental por sus aportaciones al estudio de las matemáticas; por citar sólo algunas.
El propio Essinger asegura en el prólogo a su biografía, que «el mundo científico ha tendido a discriminar a las mujeres. Así, no se reconoció, en general, el admirable trabajo del personal femenino de Bletchley Park, la instalación militar británica donde se descifraron los códigos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Y todos los homenajes oficiales a los descubridores de la doble hélice del ADN pasaron por alto la decisiva aportación de Rosalind Franklin: una injusticia que abochornó a sus colegas varones, distinguidos con el Premio Nobel».
Resulta imposible no leer El algoritmo de Ada como la historia de una mujer adelantada a su tiempo, que tuvo que luchar contra un siglo inmovilista y una sociedad encorsetada por los prejuicios. Cuando en el verano de 1840, ávida por ampliar sus conocimientos, su madre le encuentra un profesor, el famoso Augustus de Morgan, éste llegó a preocuparse por el ansia de aprender de su alumna, hasta el punto de que, en una ocasión en que la joven enfermó, comunicó su preocupación a lady Byron por el hecho de que su constitución física y su temperamento desaconsejaban que estudiara matemáticas. Curiosamente, a De Morgan le inquietaba la voracidad intelectual de Ada, que «no se contentaba con aprender las lecciones como cualquier dama: sus preguntas iban mucho más allá de lo que se enseñaba». Las mujeres, en su opinión, «no están hechas para estudiar los fundamentos de las matemáticas ni los de ninguna ciencia, una idea (nos recuerda Essinger) que hoy nos parece equivocadamente misógina, pero que entonces no habría discutido casi nadie».
Pero la enorme tarea de documentación que ha llevado a cabo James Essinger trasciende más allá de la historia personal de esta singular mujer, que, de haber sido tenida en cuenta, podría haber adelantado en más de cien años el desarrollo de los ordenadores y el lenguaje de programación. Con este libro nos adentramos en la prehistoria de la informática, en aquellos primeros pasos, titubeantes e indecisos, de la primera calculadora mecánica inventada por Charles Babbage, con quien Ada trabajó y con quien compartía el mismo afán interminable de conocimiento.
Su biógrafo nos describe a una Ada imaginativa, nerviosa y vehemente, que compensaba su mala salud con su pasión por las matemáticas porque la ayudaban a concentrarse. Poseía una sorprendente capacidad de ver más allá de la inmediata aplicación de los inventos de Babbage, para quien sus máquinas no eran más que calculadoras. Ella, por el contrario, «comprendió que podían aplicarse a una pieza musical, por compleja que sea, una idea que hoy, un siglo y medio después, nos parece muy normal, pero que a los científicos de aquella época les resultaba inimaginable».
El mundo informatizado del siglo XXI rinde homenaje a esta singular mujer, transcurridos 150 años de su muerte, con el lenguaje de programación que lleva su nombre, creado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, y con el Día de Ada Lovelace, en que se celebra la presencia de mujeres en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.