jueves, julio 04, 2013

Escenas de una vida de provincias, J. M. Coetzee

Trad. Juan Bonilla. Mondadori, Barcelona, 2013. 579 pp. 23,90 €

Ignacio Sanz

Qué atractivas estas memorias de Coetzee, supongo que para cualquiera, pero especialmente para un escritor. En realidad el libro Escenas de una vida de provincias, sale ahora agrupado en un solo volumen que integra Infancia, Juventud y Verano. Ya había leído Juventud en su día. No me ha importado leerlo de nuevo. Es tanto lo que se aprende, tal el misterio que atraviesa las páginas, tal el sentimiento de incertidumbre y dolor que planea sobre la memoria, que uno, admirado, se pregunta por el método, por cómo lo consigue. Qué alejada la personalidad que se trasluce de los egos que suelen adornar la vida de tantos escritores marcados por un premio tan determinante.
Estamos ante un escritor, sometido a no pocas adversidades y complejos, crecido en el seno de una familia convencional de afrikáner, es decir, una familia de blancos asentados durante generaciones de África del Sur donde los negros son objeto de segregación. Su familia no participa de ese espíritu. De cuando en cuando aparecen escenas de abusos a negros que le disgustan, aunque tampoco se muestre especialmente combativo. Ese conflicto lo encontramos de manera latente en las tres obras. En Infancia, la familia deja Ciudad de Cabo y se marcha a vivir Worcester, una ciudad pequeña alejada de la metrópoli donde crecen los dos hermanos al lado de unos padres casi convencionales. Vida familiar, colegio, fines de semana, lecturas, juegos, abuelos, tíos y primos que se entrecruzan. Todo normal si no fuera por esa capacidad que tiene Coetzee para crear inquietud en el lector. ¿Qué cómo lo hace? Eso quisiera saber uno. Para empezar usa la tercera persona, es decir se refiere a él mismo como si se estuviera refiriendo a otro. Este estilo indirecto lo utiliza en las dos primeras obras, Infancia y Juventud. La primera abarca, tal como reza el título, en los días infantiles y juveniles de los años cincuenta, mientras que en Juventud se centra en una etapa de tres años, en los sesenta del siglo pasado, recién licenciado en Matemáticas, en la que Coetzee, huyendo del clima irrespirable que ya se advierte en su país, emigra a Londres, donde encuentra trabajo en dos grandes corporaciones. Si resulta interesante Juventud es porque su protagonista, ya da señales claras de que lo suyo no es el progreso dentro de la empresa, lo suyo es ahondar en su condición de poeta. Así lo dice él. Poeta, aunque luego, tras algún escarceo con la poesía, se pase a la prosa. Qué más da. De lo que se trata es de cómo le vuelve la espalda al mundo de la convenciones, de los asaltos al poder, de los logreros, para cultivar su faceta de artista que se va forjando en solitario por encima de todos los impedimentos, que no son pocos. Nos habla con pasión de Pound que ha descubierto a través de Eliot. De ahí sus visitas a los museos, a las librerías, a las bibliotecas, su afán por forjarse una personalidad de poeta por encima de de todo.
En Verano va más lejos y hace un retrato de si mismo a través de los testimonios reales o ficticios que trazan de él varias mujeres y un hombre con quienes se relacionó a lo largo de su vida. El señor Vicent, un investigador universitario, se desplaza hasta sus respectivos países para entrevistar a estos personaje que de pronto adquieren notoriedad porque para entonces, al señor Coetzee ya le han concedido el premio Nobel. En algún caso se trata de mujeres con las que apenas tuvo más que una relación epidérmica y, además, conflictiva. Naturalmente el retrato que trazan de Coetzee no es amable ni acaramelado. Todo lo contrario, a veces resulta descarnado. Pero precisamente esta técnica permite que el autor nos descubra sus facetas más esquinadas, sus zonas de sombra vistas por estas mujeres. Es maravilloso porque el lector no sabe si estamos ante un simple juego de espejos distorsionado o ante la pura ficción. Por supuesto que se cuelan testimonios interesantes sobre los hábitos cotidianos, las lecturas, las relaciones afectivas. Y todo valiéndose de una prosa seca, sobria que fluye con una naturalidad envolvente. Como dice el refrán: algo tendrá el agua cuando la bendicen.