viernes, julio 19, 2013

Doble mirada: La invención del amor, José Ovejero

Premio Alfaguara de novela 2013. Alfaguara. Madrid, 2013. 242 pp. 18 €

1. Pedro M. Domene

La historia de Samuel, el protagonista de esta nueva y singular novela de José Ovejero (Madrid, 1958), no deja de resultar curiosa desde el principio porque su existencia forma parte de ese aburrimiento de dudoso origen que afecta a cuarentones que han llegado a esa edad maldita, sin cuestionarse cuánto ocurre en su acontecer diario, e incapaces de mantener una relación estable durante algún tiempo. Pero un día recibe una llamada muy extraña: alguien le comunica la muerte en un accidente de coche de Clara, su amante. Sin duda, un dolorosa noticia si no fuera porque él, nunca ha tenido relación con Clara alguna. Tras permanecer unos instantes pensativo, y consciente de no haber conocido nunca a ninguna Clara, decide acudir al tanatorio, donde pronto se verá envuelto en una truculenta historia de la que no podrá salir con tanta facilidad como ha entrado. Ajeno a cuanto allí sucede, conoce a la hermana de la difunta y urde para ella una ficticia relación con Clara, movido por un dramatismo que irá creciendo a medida que avanzamos en las páginas de La invención del amor (2013), una truculenta ficción a la que se irán sumando una variedad de personajes que configurarán una peculiar y compleja visión de la conflictividad psicológica humana.
Samuel se ve obligado a inventar sus momentos, tanto privados como cotidianos, con su amante, y añadir algunas de las vivencias que nunca se produjeron, toda una sucesión de mentiras que hacen cambiar su percepción de la vida y de quienes estuvieron cerca de ella, al tiempo que el narrador va describiendo los momentos íntimos del protagonista junto a una mujer que nunca conoció. Todo esto obedece a una simple cuestión: satisfacer la curiosidad de Carina, la hermana de la desaparecida Clara, que parecía conocer a Samuel a través de un desdibujado retrato. Ovejero traza un amplio retrato psicológico de la individualidad del triángulo amoroso, además de otros que se van sumando a la escena y proporcionan al lector un auténtico disfrute narrativo porque el madrileño completa sus observaciones existenciales con una variedad de asuntos y perspectivas que conforman la densidad de la novela, la identidad, las relaciones familiares y amistosas, el miedo y la mentira, incluso el hastío en el trabajo que muestran muchos de los planteamientos que inciden en nuestro cotidiano existir y se traducen en un patetismo con ciertos tintes de una irónica visión de las cosas, y de un marcado humorismo que deviene, según se mire, en cierta comicidad para afrontar las anécdotas y situaciones a que se ve sometido Samuel, su protagonista; en realidad, un ser de lo más perplejo, profundamente irresoluto en medio de una sociedad que ha cambiado sus hábitos de conducta, se aleja de una auténtica visión idealista y, sobre todo, de una voluntad creadora que exhibe una nueva estirpe la sociedad contemporánea: el antihéroe.
Ovejero profundiza con su escritura en el alma humana, ofrece una magnífica visión de una realidad, y deja una pequeña puerta abierta al optimismo, porque al final de la novela el autor pretende redimir a su personaje empeñándolo en la esperanza de una entrega, ahora frente a una no menos atribulada Carina.


2. Ignacio Sanz

La invención del amor, último premio Alfaguara de novela es el primer libro que he leído del autor que cuenta con una obra narrativa avalada por premios de alto voltaje crematístico. Sin embargo le tengo muy catado en sus esclarecidos y frecuentes artículos en la sección de opinión de El País.
Pero vayamos a la novela. Mentir es un placer porque altera la realidad y crea mundos nuevos, realidades desconcertantes. Al menos en la ficción. Vila Matas sostiene que cuando el escritor trata al reproducir la realidad, al sumar otra realidad, acaba por empobrecerla. De ahí que circulen varias historias ligadas a escritores que en la corta distancia trataban de distorsionar la realidad. Fernando Quiñones presumía de su condición de torero. Benet de sobornador de un asesino a sueldo al que le encargaba matar ingleses. No revelaré el nombre de un amigo escritor, en este caso vivo que, de cuando en cuando, alardea de atracar bancos. Una vez lanzada la primera piedra se echa a rodar por la cuesta abajo y la bola va engordando por lo que se obliga a mantener el tipo y seguir el relato en la ficción para que los engranajes sigan bien ajustados. Hacerlo bien es un arte y un reto. Lo cierto es que cuando te quieres dar cuenta te ves atrapado por una ficción arrolladora que altera la propia realidad.
Pues bien, eso es lo que le ocurre a Samuel, el narrador y protagonista de esta novela, un hombre escéptico y descomprometido, al tiempo que un impostor. Un día recibe una llamada para informarle que Clara, su supuesta amante, acaba de morir en un accidente de tráfico. Samuel hace un repaso mental y se percata de que no conoce a ninguna Clara, pero asume la noticia como si verdaderamente fuera el destinatario, es decir, como si fuera el amante de esa Clara que acaba de morir. Y así comienza esta historia desconcertante. Lo primero que hace Samuel es acudir a entierro. Y así, como a poco, va conociendo el pasado de Clara, también al Samuel que fue su verdadero amante y que ha dado lugar al equívoco; y a Carina, la hermana de Clara con la que comienza a tejer una relación al sentirse ambos unidos por el recuerdo que ha dejado Clara al morir.
Resulta curioso observar al narrador caminando sobre la capa de hielo quebradizo de un lago que, en cualquier momento puede romperse. Pero no. Samuel mantiene el tipo sobre la cuerda floja a pesar de meter las narices en lugares resbaladizos que lo podrían llevar al fondo de las agua heladas.
En el fondo la novela es un prodigio imaginativo, aunque en algún momento el lector pueda tener la sensación de que la escalera se sube encima de la cabra y que, por tanto, en medio de tanto alarde, pueda rozar la inverosimilitud.
Lo que nadie puede negarle a Ovejero es desparpajo narrativo, capacidad de envolver al lector, de empujarle placenteramente página tras página y de salir al final indemne de esas zonas de riesgo que atraviesa el narrador y protagonista de esta historia ingeniosa y desconcertante.