miércoles, octubre 17, 2012

Te elige, Miranda July

Trad. Mercedes Cebrián. Seix Barral, 2012. Barcelona. 224 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Mientras escribe el guión de su película El futuro, Miranda July sufre un bloqueo intermitente que le impide terminarlo y le hace dispersarse en búsquedas ridículas en Google. Cercada por una insana curiosidad por cualquier video estúpido de YouTube e intentando escapar de esa persistente pereza que le sabotea a la hora de fijar la dirección de la película, hojea por casualidad Pennysavers, una revista gratuita de anuncios por palabras, y se pregunta qué personas e historias habrá tras esos ofrecimientos de una chaqueta de cuero a diez dólares o unos renacuajos a dos con cincuenta. Así que imponiéndose una vez más a su timidez y rindiéndose a las ganas de experimentar que la han convertido en el mejor ejemplo actual de artista polifacético e interdisciplinar (guionista, actriz, directora de cine, escultora, escritora, cantante…) emprende una pequeña aventura que dará lugar a este libro, Te elige: decide entrevistar a esos personajes misteriosos de Los Ángeles que se asoman en las páginas del boletín, para lo que se acompaña de una colega fotógrafa, Brigitte, que dejará testimonio gráfico de cada visita, y de su asistente Alfred, que hará de guardaespaldas. Ni más ni menos que algo que todos hemos pensado hacer en alguna ocasión, que hemos visto en multitud de películas y leído en no menos novelas, y que habitualmente no nos hemos atrevido a hacer, como es trabar contacto con un absoluto desconocido y dejar que nos cuente con total libertad aquello que quiera contarnos.
Dicho así pensaríamos en un remedo literario de Callejeros. Pudiera ser, dado que en la incursión de Miranda desfilan desde un anciano en proceso de reasignación de sexo a una maruja que acumula álbumes de fotos de desconocidos, de un estafador en arresto domiciliario a una inmigrante hindú, y entramos en sus viviendas, examinamos los objetos de que se rodean, los animales que les acompañan.... Pero el verdadero valor de estos encuentros es que se hilan mediante la experiencia de la autora, ya que suponen una excusa para volver a tomar contacto con el mundo tras haber estado recluida tanto tiempo en su propia casa. También podríamos pensar en una performance, al estilo de las de Sophie Calle, o sería más correcto decir en el relato y el análisis de cómo se genera una performance. De hecho, se podría concebir este libro como un objeto meta-artístico en el que se imbrican fotografía, narración autobiográfica y guión cinematográfico. Lo atractivo para el lector es que este ‘objeto’ tan ambicioso se expresa con la sencillez de quien va contando con despreocupación sus inquietudes, con un descuido encantador y una fina ironía en sus observaciones sobre la vida, la suya y las que se le muestran ante sus ojos, centrando su atención particularmente en el proceso, el camino, cada encuentro por el simple hecho de haber tenido lugar y no por el poso que pudieran dejar las personas con las que dialoga, porque nada está previsto ni debe ser de una determinada manera ya que, como dijo en una reciente entrevista, «en el arte tienes que quedarte colgado, y de repente llega el significado y la conexión, tienes que hacer el trabajo con una devoción que roza el rito».
Atisbará este significado más trascendente en el encuentro con Domingo, un retrasado cuarentón que vive ficciones de vidas a través de las fotos que colecciona. Será entonces cuando Miranda se percate de que su personal ejercicio es una manera de ir al rescate de esas historias del mundo real a las que no se tiene acceso desde ese nuevo mundo irreal cibernético, advirtiendo que «las cosas que no estaban en la Red se iban alejando de mí, y todo lo que estaba dentro de ella parecía profundamente significativo», porque «la Red parecía tan inherentemente infinita que lo que no estaba allí para mí no existía». Como para cualquiera de nosotros. Y, como si esta enseñanza fuese la llave para poder comprender de verdad, como si fuese una demostración palmaria de que la vida no es más que una colección de momentos sin conexión entre sí que cobran importancia sólo individualmente, será en su último entrevistado, el anciano Joe, que escribe postales picantes en fechas especiales del año a la mujer con la que lleva casado desde hace más de setenta años, que se encuentra rodeado de muerte tras haber perdido a tantas y tantas mascotas y es sin embargo tan vitalista como para dudar que sus quehaceres diarios sean suficientes, donde halle la puerta para salir definitivamente de ese bache creativo, que no podía sino terminar en convertirle en personaje ahora sí real en esa película en la que se interpretará a sí mismo, a la vez que sus dos protagonistas representarán las dos facetas de Miranda, la que se deja caer en el tedio y la que investiga posibles horizontes, en la que por fin cristaliza una visión clara del mundo y de la vida, del presente y el futuro que podemos esperar. Y en la que tomamos conciencia, como la tomamos al terminar de leer este libro, de las extrañas coincidencias que, por la sorpresa que nos producen, nos hacen situarnos desde otra perspectiva y ver con otros ojos las cosas, como la que quien me lee en estos momentos podrá revivir si relee el primer párrafo de esta reseña y lee seguidamente el primer párrafo de la contraportada de este libro, que no leí hasta terminar de escribirla.