miércoles, octubre 03, 2012

El callejón de las almas perdidas, William Lindsay Gresham

Trad. Damià Alou. Sajalín Editores, Barcelona, 2011. 444 pp. 23 €

Ariadna G. García

Gresham escribió su obra maestra, oscura y despiadada, en 1946, un año después de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Por aquel tiempo, los estadounidenses confiaban en sus posibilidades de futuro, compartían una inquebrantable fe colectiva en el logro de cualquier meta que la nación fijase. El protagonista de la novela, Stan Carlisle, responde a ese perfil de joven emprendedor, inteligente y entusiasta. Trabajador en el espectáculo de magia de una feria ambulante, allí aprende a sondear el alma humana, a comprender sus mecanismos y a manipular a las gentes con sus habilidades oratorias. La palabra se convierte en salvoconducto de promoción social. Gracias a ella no sólo sobrevive timando a campesinos, sino que corteja a varias mujeres: Zeena, una exitosa mentalista por quien siente una pasión extrema; y Molly, la chica eléctrica, con quien, al fin se casa y abandona la feria para montar un número privado. Bajo la apariencia jovial de todos los feriantes se oculta un mundo de pesadilla, abandono y violencia que los persigue hasta condicionar su vida en el presente. En ese callejón se encuentran solos. Se trata de un lugar inaccesible, del que queda excluidos amigos y parejas. Stan, a lo largo del libro, lucha por abrir un desagüe por el que se deslicen sus demonios, aunque no es sencillo. Sus ambiciones económicas y sociales le llevan a grandes mansiones. Y a su esposa con él. Entre aquellos hombres de smoking y mujeres ensortijadas conoce la discriminación, y lo golpea en su orgullo el clasismo americano. La pertenencia a la farándula impide su ascenso a la incipiente burguesía, clase todavía en proceso de creación y de asentamiento. Pero él no se rinde. Como los pícaros europeos de siglos anteriores (Pablos, Moll Flanders…), trata por todos medios de eludir su expectativa existencial, su destino heredado de corto alcance. Por ello, se convierte en pastor de la Iglesia del Mensaje Celestial. Y de nuevo es el timo, el truco, el pasaporte utilizado para el cambio, para el ascenso. No existe alternativa. Los EEUU carecen de educación pública. Los ciudadanos humildes chocan continuamente contra sus horizontes. Son pájaros en jaulas invisibles, obligados al estancamiento, a la oxidación de sus virtudes, al deterioro de sus capacidades. En su nueva faceta de médium, Stan se alía con una psicóloga que le facilitará clientes adinerados y hundidos por un inconsolable sentimiento de culpa. Ella representa la forma de vida que sueña para sí, independiente y prestigiosa. Su progresiva subordinación a este ideal encarnado encuentra manifestaciones en el sexo y en los roles sociales; él se limita a obedecer a ciegas sus órdenes, demandas y deseos, con la certeza absoluta de la recompensa final (afectiva y monetaria). Stam, pues, siguiendo las pautas de su amante, manejará el dolor de sus clientes en las sesiones de espiritismo con un único fin: extraerles hasta el último dólar. En su porte distinguido el orgullo se mezcla con la envidia, la venganza con el resentimiento. ¿Es posible cambiar de estado sin un título académico? ¿La sociedad constriñe a su clase baja? ¿Son el robo y la estafa la salida natural de los desposeídos? ¿Sin una educación pública de calidad, que garantice la equidad de la ciudadanía, el reparto justo de las oportunidades, podemos hablar de verdadera democracia? Preguntas que Lindsay Gresham arrojó a sus lectores en 1946, quince años antes de quitarse la vida, y sobre las que sigue siendo necesario que reflexionemos. Del esfuerzo de la comunidad depende que las almas de miles de personas se aprieten en un callejón angosto o que encuentren al fondo de la calle un resquicio de luz, una salida.