lunes, septiembre 10, 2012

Los ojos de Natalie Wood, Alejandro López Andrada

El Páramo, Córdoba, 2012. 280 pp. 20 €
 
Pedro M. Domene

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) lleva años construyendo un mundo de ficción propio, paralelo al que desde el portal mismo de su casa vislumbra cada día. Así, en su narrativa, Veredas Blancas se torna en un lugar reconocible, un espacio geográfico creado que durante muchos años le ha servido al autor para dejar constancia de una particular cosmogonía. Y es el suyo, un territorio literario donde desarrolla buena parte del sufrimiento, del desarraigo y de la pérdida de identidad de toda una región, fácilmente identificable con el norte cordobés, la comarca de Los Pedroches, cuyos habitantes desde siempre han sobrevivido a ese enfrentamiento silencioso entre las dos Españas: la de los gloriosos vencedores y la de los sufridos vencidos, estos últimos arrastrados a un silencio sólo recuperado por una literatura valiente. La muestra publicada por López Andrada hasta el momento, Los hijos de la mina (2003), El libro de las aguas (2007) y Un dibujo en el viento (2010) se convierte en la crónica de un mundo en permanente lucha frente al olvido por el paso del tiempo, sus novelas subrayan esa convivencia íntima en la vida dura de las gentes del lugar y acentúan el palpitar desgarrado de una tierra olvidada y cubierta por la cal que cubre las piedras de sus cortijos.
Con Los ojos de Natalie Wood (2012) nos envuelve en una atmósfera donde la dualidad ejerce un dominio sobre su personaje principal, una bipolaridad entre el mundo real, concreto y cotidiano, y el mundo ilógico de los sueños, y por extensión entre la fealdad y la belleza, aunque, en igual proporción, entre el amor y el desamor, entre un pasado, un inquieto presente y una proyección de futuro que planea sobre el sinsentido de una existencia, o lo que, en definitiva, se concretaría entre el delgado hilo que cubre la vida y la muerte. El concepto de dualidad que establece López Andrada se ejemplifica en la nueva vida que experimenta Félix, el narrador-protagonista, y el metafórico caos en que se desenvuelve su devenir desde una turbulenta juventud hasta llegar a la madurez, cuando una vez transcurrido el tiempo encuentre la paz y transcriba años después parte de sus obsesiones. En este caso, el narrador cordobés pretende mostrar con su relato una auténtica mezcla de género, lo que empieza como una crónica sentimental de evidentes vivencias de adolescente con ciertos toques de romanticismo, el primer amor y el descubrimiento de la sexualidad, mitificada en los banderines y en las películas de actrices famosas: Natalie Wood o Claudia Cardinale, se transforma con el paso del tiempo en una drama y, casi en un thriller de intriga psicológica con pequeñas dosis de misterio, todo al servicio de un dramatismo que convertirá a su protagonista, Félix, en un personaje retraído y enigmático capaz de hablar con las sombras de quienes ya no existen junto a él. Una estructura dramática que el narrador compensa con escenas cotidianas de cuanto ocurre en torno al mundo imaginado por López Andrada.
Desde el comienzo el lector sabe que ha ocurrido algo en el entorno familiar de Félix y esa es la razón por la que lleva una extraña y compleja existencia. A lo largo de las páginas subyace siempre esa inquietud para solucionar el conflicto que atormenta al joven y, por añadidura, le lleva a una no menos inexplicable relación paterna que gradualmente se intensifica negativamente a lo largo del relato, sobre todo cuando aparece la muerte como importante trasfondo y van desapareciendo algunos de sus seres queridos: su madre, o su tío Bernardino, incluso algunos componentes de la banda musical, Los Ciclones. Así una obsesiva mirada sobre la muerte recorre el relato, y sobre todo una dificultosa búsqueda de la verdad. Narrativamente hablando, el tiempo, los espacios y la diéresis se exponen de una forma lineal, desde una retrospectiva visión de los acontecimientos. También existen paréntesis felices en el mundo de Félix, y de Feliciano, Rafuki, Juampe y Marco, sus amigos, como parte de un mundo de ficción verosímil y solo, cuando los acontecimientos se precipitan, se desdobla en otro modelo de mundo: el protagonista se sumerge en el de los sueños o el delirio, el misterio se confunde con la realidad, porque, en ocasiones, la vida de Félix se ha convertido en una pesadilla desde el momento inflexivo en que salió del pantano y fue todo diferente. Cuando irrumpen los recuerdos en la vida del protagonista, López Andrada propone una superposición de estrategias tanto descriptivas como narrativas, y así ofrece al lector muchas vivencias que provienen del pasado del personaje, sus recuerdos se construyen en imágenes que justifican el presente. En ocasiones, los sueños, las pesadillas, incluso las alucinaciones de Félix calan tanto en la narración que, pese a su halo de misterio o locura, simpatizamos con algunos de sus personajes, sobre todo con el protagonista a quien se considera un prisionero que nunca consigue escapar, nunca logra liberarse de sus recuerdos para instalarse en el mundo real. Y solo al final mismo de Los ojos de Natalie Wood, entenderemos que un pensamiento nietzscheano recorre todo este relato, cuando el filósofo afirma que la realidad es lo que uno se crea, cuando el personaje sea capaz de reestructurar la suya propia, entierre su odio y perdone, y solo así le sea posible recuperar los años difíciles malgastados a lo largo de tantos años. Un propósito que se traduce como una premisa cainita en un país, que se resiste, desde siempre, a olvidar.