lunes, mayo 16, 2011

Las palabras perdidas (Poesía 1989 – 2008), Alfredo Buxán

Bartleby Editores, Madrid, 2011. 252 pp. 16 €

Recaredo Veredas

La causa del éxito de los llamados temas universales, de su permanencia desde los lejanísimos tiempos de los presocráticos, no solo es su inevitabilidad. También resulta determinante su continua renovación. La inquietud –o desesperación, depende del grado de neurosis– que los susodichos temas causan en cada uno de nosotros –sobre todo el número uno de todos ellos, más conocido como muerte– precisa una respuesta actualizada, que se ajuste a nuestros tiempos.
Algunos privilegiados saben transcribir a palabras la versión que los eternos problemas eligen para su época. Buxán es uno de los escogidos, uno de los pocos poetas empeñados en seguir dándose golpes contra la eterna e invencible pared. Curioso personaje, extraño en este mundo tan dominado por la imagen. Oculta su nombre bajo un seudónimo y huye de todos los fastos (recitales, antologías, premios, instituciones oficiales, jurados) que rodean al mundo poético. Tal vez desee que solo sus palabras hablen por él. Podría afirmarse su suerte, al conseguir la publicación con tan poco esfuerzo, incluso habiendo trabajado para el silencio pero tengo la seguridad de que las obras maestras desconocidas no abundan. Siempre encuentran a un editor inteligente, que lucha lo que sea necesario para que vean la luz. En este caso la apuesta es especialmente intensa: la edición incluye toda su poesía publicada entre 1989 y 1991 (Legado de ternura, Liturgia de la heredad y Cantar de ciego), junto a un par de plaquettes y dos libros inéditos: Tirar del hilo y La luz entre la niebla.
Es la de Buxán una lírica sobria, pura, que posee un gran dominio del lenguaje, tan amplio que no solicita ser aplaudido pero delimita con suma precisión el sentido de lo que desea afirmar. No es un poeta áspero, permite que las palabras fluyan en dibujos simples pero dotados de gran poder visual. Recuerda al primer Gamoneda, al autor de Blues Castellano, que hablaba de la amistad, del amor y de la muerte, siempre la muerte, y poseía la capacidad de trazar sentimientos complejos y universales con asombrosa simplicidad. De apelar, sin caer en la grandilocuencia, a la trascendencia y la perdurabilidad.