miércoles, mayo 18, 2011

El campo del Alfarero, Andrea Camilleri

Trad. María Antonia Menini Pagès. Salamandra, Barcelona, 2011. 224 pp. 14 €

Alejandro Luque

Pues no señor, no todos los best-sellers son iguales. De hecho, la traducción literal del palabro, “los que mejor venden”, no debería tener connotaciones peyorativas después de haber acompañado a fenómenos como Cien años de soledad o El nombre de la rosa. Y sin embargo, ha acabado usándose como sinónimo de literatura basura, facilona, complaciente, de consumo rápido. Todo esto viene a la cabeza al terminar la última novela del best-seller siciliano Andrea Camilleri, un hombre empeñado en seguir dando alegrías a sus seguidores, por longevo –86 abriles ya– y por mantenerse a pleno rendimiento, por encima del título por año.
Se trata, además, de una nueva entrega de la serie protagonizada por el comisario Salvo Montalbano, la misma que le ha dado éxito mundial y ha sido llevada a la televisión. Una vez más, nos reencontramos con todas las conocidas señas de identidad del protagonista, desde su gusto por la buena mesa a su obstinada misantropía, pasando por sus difíciles relaciones con Livia; y volvemos también a disfrutar con esa comisaría que siempre parece una mezcla de Brigada Central y Jaimito: Catarella, Fazio, Mimì Augello, sin olvidar a la insustituible Ingrid...
Esta vez, el caso a resolver es el de un cadáver hallado en una zona rocosa del litoral, despedazado y desfigurado. Poco después, una mujer hispana de las de rompe y rasga denuncia la desaparición de su marido. Tirando de los cabos sueltos, el policía empezará a relacionar ambos hechos y tratará de arrojar luz, esta vez con un problema añadido: los continuos choques con Augello, y sus dolorosas insinuaciones de que es hora de pensar en la jubilación y dejar paso.
Dicho esto, y sin ánimo de revelar más pistas de la trama –que por algo es una novela negrocriminal, en la que todos los detalles cuentan– toca explicar por qué este best-seller no es homologable a la mayoría de subproductos que suelen etiquetarse de tal modo. Empecemos por la ambición de su planteamiento. El autor no se limita a exponer un crimen y a resolverlo mal que bien, encontrando al culpable y poniéndolo entre rejas. De hecho, la investigación es sólo un pretexto para dibujar un más que convincente paisaje moral de corrupción generalizada, donde están en crisis valores como el honor y la amistad, incluso los propios códigos ancestrales del crimen organizado. Y todo eso lo dota Camilleri de un notable fondo simbólico, cita del Evangelio incluida, que sostiene y enriquece el resultado final, salpimentado con buen humor.
Habrá quien proteste, no sin razón, el hecho de que Camilleri no hace gala precisamente de un estilo elevado. Su ritmo de producción en los últimos años no parece favorecer el mimo en el lenguaje (que sí ha desplegado, y de qué manera, en obras anteriores), sino más bien la agilidad y la eficacia. Es cierto: Camilleri no es Bufalino, ni siquiera Sciascia, por citar a dos de sus más ilustres vecinos isleños, ambos de prosa exquisita. Pero el aparente desaliño del autor de Porto Empedocle no debe ocultar el auténtico alarde de recursos de que hace gala en esta novela.
Alumnos de los talleres de escritura creativa del mundo, rescindan sus matrículas –a menos que les sirva para ligar– y tomen nota: en poco más de 200 páginas y por un módico precio, este vejete les enseña cómo se cuenta un sueño (¡nada más empezar!), cómo se construyen diálogos fluidos y verosímiles en persona y por teléfono, el dibujo rápido de personajes, cómo se usa la forma epistolar (incluso se atreve con la epístola enviada a uno mismo), o cómo un autor pone cervantinamente a su personaje a leer un libro suyo.
Quienes carezcan de ínfulas literarias, también pueden entregarse por gusto a esta historia de polis, mafiosos y conexiones con cárteles colombianos, porque también la globalización ha llegado al mundo de Montalbano. Lo que todavía está por llegar allí es internet, dado que los personajes siguen escribiéndose con boli y papel, como en tiempos de Casanova. Lo que nos permite concluir que este Camilleri es, definitivamente, un señor chapado a la antigua.