lunes, marzo 22, 2010

El expediente Archer, Ross MacDonald

Trad. Ignacio Gómez Calvo. Mondadori, Barcelona, 2010. 593 pp. 16.90 €

Julián Díez

Entre las incontables situaciones anómalas del mercado de la edición en castellano, viene este libro a recordar la de Ross MacDonald. Considerado ya canónicamente como el tercero de los grandes autores clásicos del género negro, el sucesor de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, en el momento en que se publicó El expediente Archer a comienzo de año no había prácticamente ningún otro libro del autor en catálogo en castellano. Cuando escribo estas líneas, RBA, que ya había recuperado alguna de sus otras novelas, ha reeditado la primera, El blanco móvil.
Digo que es curioso porque El expediente Archer es en realidad un libro complementario, un volumen de piezas para completistas. Está la docena de cuentos que MacDonald dedicó a su detective fetiche, Lew Archer, algunos de ellos en realidad protagonizados inicialmente por personajes de otro nombre pero que luego reformó. Y otra decena de piezas sueltas, páginas no incluidas en ninguna obra, que forman una ensalada variopinta, con interés casi únicamente para especialistas, y son lo más flojo del volumen.
En cambio, donde resplandece y se justifica es en las introducciones: tanto la entusiasta de Rodrigo Fresán como la extensa y brillante del recopilador, Tom Nolan, que asume el papel de biógrafo de Lew Archer reconstruyendo la trayectoria del personaje a partir de los textos existentes —tanto las quince novelas como los relatos aquí incluidos— y ofreciendo un retrato verdaderamente atractivo, que pone en valor de manera contundente el culto que genera el personaje, mucho más que los textos incluidos posteriormente.
Casi únicamente los dos últimos relatos, ya de la época de madurez de MacDonald (Perro dormido y Azul medianoche) hacen justicia al talento del autor, , aunque haya también apuntes de su extraordinario manejo de las convenciones del género negro en los demás, en particular en La siniestra costumbre o Extraños en la ciudad. Además, están escritos con las cualidades macdonaldianas de precisión verbal, impresionismo descriptivo, sugerencia, brillo en los diálogos.
En conclusión, el volumen es de los que se guardan, y en su conjunto ofrece un excelente argumentario a los que creemos que MacDonald no sólo es uno de los tres grandes, en efecto, sino también algo más: el eslabón necesario entre esa generación ligada al pulp y la que ya dio madurez a la novela negra a partir de los sesenta con Parker, Westlake, Ellroy o Leonard. Porque Archer ya no habla con el engolamiento duro de Marlowe, es más verosímil, pero a la vez mantiene algunas de sus cualidades, por así decirlo, “tardorrománticas”. Archer, en resumen, ya no podría ser encarnado por Bogart, porque vive en un mundo más parecio al nuestro, pero aún tiene en sí el suficiente idealismo para que le representara en un par de ocasiones Paul Newman, que difícilmente podría ser lo bastante crudo para encarnar a uno de los antihéroes posteriores, pero que sí supone un buen retrato para la obra de MacDonald: pulida, sincera, dinámica, brillante.