miércoles, marzo 10, 2010

La comedia salvaje, José Ovejero

Alfaguara, Madrid, 2009. 400 pp. 19,50 €

Pedro M. Domene

La narrativa de José Ovejero (Madrid, 1958) se caracteriza por una amplísima variedad temática y por convertir nuestra cotidianidad en el exponente de las relaciones humanas y con una rabiosa actualidad de fondo; en realidad, historias que muestran lo íntimo de esas correspondencias y sus consecuencias finales. Los mejores ejemplos de sus entregas recientes son, Las vidas ajenas (2005) o Nunca pasa nada (2007), cuya perspectiva narrativa recaía fundamentalmente en la fuerza de sus personajes, valorando sus secretos y sus miedos, claros exponentes de una sociedad hipócrita donde las haya, víctimas de un orden establecido. Quizá por eso en, La comedia salvaje (2009), Ovejero orquesta una sátira descoyuntada, se mire por donde se mire, ambientada en nuestra guerra civil, pero donde lo dramático de las escenas, la sátira de las situaciones, lo jocoso del relato, se ofrecen en una visión esperpéntica de nuestro glorioso pasado literario. Las referencias valleinclanescas nos llevarían a pensar, incluso, en el título elegido, en ningún caso deudor, aunque sí referente inequívoco del gallego.
Ovejero cuenta la historia de Benjamín, un seminarista, que en plena guerra civil recibe el encargo, nada más y menos, del propio Azaña de localizar al filósofo Ortega y Gasset para ofrecerle, en su nombre, la presidencia de la República. La misión es desproporcionada y no habrá que señalarle a Ovejero verosimilitudes tanto en el planteamiento como en las posibilidades del momento histórico, sino que el escritor va mucho más allá porque, a lo largo de las aventuras por las que pasará el joven, irá demostrando la sinrazón a que llevan las guerras con situaciones jocosas y en ocasiones de una crueldad gratuita y denigrante. El viaje se inicia en Irún para llegar a Madrid y, desde la capital sitiada, a Barcelona, hecho que convierte al relato en continuo road movie sin las peculiaridades del género, aunque en realidad se trate de una auténtica bajada a los infiernos del poder de destrucción del ser humano. Pronto, para paliar su soledad, el joven se verá acompañado de una misteriosa joven llamada Julia que ya no se separará de él en todo el relato. Ambos conocerán a toda una troupe de personajes tan grotescos como repulsivos y otros tantos tan desgraciados como ellos, que entretienen sus horas contando historias que recuerdan la tradición española con abundantes episodios de la curiosidad mundana. Sobresale, por consiguiente, el alud de historias que complementan el relato y demuestran que el escritor posee una imaginación desbordante. Al hilo de todo, las escenas bélicas sobresalen por su crueldad y verismo así que en ningún momento el lector olvida el sentido último de la narración: el horror de la guerra. La finísima ironía de Ovejero, como en ocasiones anteriores, sobresale: la visión caricaturesca con que resuelve algunas de sus situaciones provocan la risa en un lector que no deja de percibir que tiene entre sus manos una entretenida «comedia», eso sí, «salvaje» pero de una finísima sabiduría histriónica.