lunes, agosto 31, 2009

Temporada de caza para el león negro, Tryno Maldonado

Anagrama, Barcelona, 2009. 125 pp. 14 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Tengo cierta tendencia a personalizar demasiado las críticas que me permiten colgar en este permisivo blog, soy consciente de ello, pero ¿qué quieren? A veces da información relevante, o si acaso curiosa, al lector. Pueden lapidarme cuando quieran, sin embargo.
A Tryno le conozco desde hace unos cuantos años, cuando andaba investigando por puro ocio la joven narrativa latinoamericana, no la que estaba llegando a España sino la que aún no lo había hecho pero sospechaba que tendría que hacerlo más tarde o más temprano. Le descubrí en una página web en la que había colgado algunos relatos, donde conseguí su e-mail y trabamos un contacto intermitente. En esos momentos yo colaboraba como lector en una editorial de Madrid y propuse que leyesen un libro de relatos que había armado recientemente. El libro no fue aceptado, pero apareció poco después en su país, México, y tuvo un notable éxito entre los escritores de allí. A esa su primera publicación le siguió una novela, Viena roja, publicada ya con mayor respaldo en Joaquín Mortiz, que parece tuvo aún más fortuna (y de la que sólo he leído un fragmento que me pasó su autor poco antes de que nuestra comunicación, por cosas de la vida, se interrumpiera bruscamente; el libro no encontré ni encuentro manera de hacerme con él desde España). Después de eso, he aquí que al cabo de los años me lo encuentro como mención de honor en el premio Herralde 2008. Eso y mucho más se merece, sin duda.
Antes que nada, al adentrarme en su nueva novela me percato de que el estilo de Tryno ha dado un giro de 180 grados. Me explico: aquel primer libro suyo, titulado Temas y variaciones, contenía los textos más borgeanos y barrocos que me he echado a la cara, hasta tal punto que entendí que la editorial a la que lo presenté no lo aceptase (no era precisamente digerible para el gran público, que es la bestia a la que se supone un escritor novel debe alimentar con su primera entrega). Sin embargo, cuando salió en México fue arropado por la intelectualidad creadora, y es que era allí donde debía encontrar su lugar, lo que permitió que sus horizontes se ampliasen y madurase más convenientemente, perdiendo esas huellas demasiado claras de los autores y temas que adoraba y adora (el mencionado Borges, Haruki Murakami, la música clásica del siglo XX, el heavy metal…). Sin duda, en este tiempo ha absorbido mil y una tendencias y se ha convertido en un auténtico camaleón, porque Temporada de caza para el león negro no tiene nada que ver con aquellos textos, lo que lo convierte en un ejercicio de versatilidad narrativa notable.
Entrando en materia, en Temporada… somos testigos mudos de la confesión de un amante innominado, entrecortada en noventa y nueve capítulos cortos (algunos de dos o tres frases, otros repetidos de improviso), en los que nos pinta a Golo, la fallecida joven promesa del arte mexicano, mediante recuentos de gustos frívolos y anécdotas la mayor parte de las veces oscuras o banales, desvelándonos cómo un completo desconocido, niño bien con una pátina de suciedad, pintor por casualidad en los brevísimos periodos en los que se permite dejar a un lado su ansía de droga y sexo, rodeado de hijos de familias adineradas haciéndose los desastrados para jugar mejor al negocio del arte, pasa a convertirse en una de las estrellas más cotizadas del mundillo a nivel internacional. Todo esto lo hace el narrador-amante con concisión, cierta frialdad, cierta sequedad, pero permitiendo adivinar un deje de ironía en ocasiones, como si lo que contase no fuese con él (deja caer incluso que su homosexualidad pueda ser sólo una pose más).
La novela se convierte así en un cambio de perspectiva sobre el genio maldito, el enfant terrible, en este caso creado en vida precisamente por haber sido comprendido (suponiendo que haya algo que entender en su obra), es decir, se trata de un producto, un genio artificial, pura imagen que nada llegar a ofrecer. Esta biografía sui generis deja en carne viva el imperio de la apariencia y la estupidez y vanidad tanto de artistas como de críticos, pero también el consumismo feroz que nos atenaza, personificado en un Golo obsesionado no sólo por el sexo sino también por las películas, la comida basura y las revistas del corazón, y que, como muestra de que esta nueva religión puede crear nuevos dioses al antojo del creyente gracias a la mitificación de objetos, viste siempre, hasta dormido, sus inseparables zapatillas Converse. Como resultado nos damos cuenta de que su vida de artista no fue para él más que otra atracción de feria, otra montaña rusa en la que montarse por la eternidad. Un espectáculo al que admiradores, amantes y lectores asistimos con una mezcla de culpabilidad y deleite mientras el verdadero Golo permanece invisible, ignorado por propia voluntad, riendo o llorando en cualquier otro lugar que no sean estas páginas.