martes, agosto 25, 2009

Una gota de sangre, Thomas Holland

Trad. Isabel Blanco González. La Factoría de Ideas, Madrid, 2009. 352 pp. 19.18 €

Sofía Rhei

La ciudad «daba la impresión de haberse reunido entorno al Palacio de Justicia de la misma forma en que la tierra y la pelusilla del algodón se acumulan alrededor del tocón de un árbol en medio del campo: más por perezosa conveniencia que por obligación.»
Así es la vida en el lugar en el que empieza la investigación, un pequeño pueblo de la Arkansas rural en el que el Ku Klux Klan es «una reunión de amigos» que no le hace daño a nadie, según opina la mayor parte de sus habitantes. Uno de los puntos fuertes del libro es esa descripción de caracteres y personajes que viven en medio de la nada, contemplando a los que vienen de la ciudad «con el mismo desdén que reservan a los evolucionistas declarados o a las presentadoras deportivas femeninas». En ese lugar detenido en el tiempo también hay un crimen que lleva cuarenta años sin ser resuelto.
La estructura es sencilla pero tiene la eficacia del estándar: alternar pequeño capítulos de tres tramas diferentes que, en un momento dado, tienen algo en común: el joven médico que se nos presenta como un héroe en la primera secuencia (hay escenas que son tan visuales que no hay otro remedio que llamarlas así) resulta estar involucrado en un caso demasiado oscuro y ramificado (hijos bastardos, infidelidades que terminan en asesinato, un racismo capaz de llevarse cualquier otra cosa por delante) como para que a ciertas personas les interese que salga a la luz.
El autor es un prestigioso científico forense, que tiñe su escritura de detalles visuales gráficos y de un pensamiento lógico que impregna cada página con la convicción de que hay una verdad y es posible descubrirla. Esta circunstancia puede generar la siguiente pregunta: ¿Puede este libro interesar a alguien que no sea un seguidor de las producciones televisivas dedicadas a la aplicación de nuevas tecnologías en el esclarecimiento de crímenes? Yo me inclino por responder que sí. Su interesante ritmo y sus cualidades sensoriales, además de la dosis de intriga, lo hacen una lectura adecuada para cualquier televidente no especializado.
La traducción da la impresión de haber sido hecha con rapidez, y los correctores se han dejado alguna errata que otra. A este respecto, me gustaría recordarle a la industria editorial española que la diferencia entre pagar más o menos a un traductor o a un corrector redunda obligatoriamente en el número de horas que estos pueden permitirse pasar revisando el texto.