miércoles, agosto 19, 2009

El vendedor de pasados, José Eduardo Agualusa

Trad. Rosa María Martínez Alfaro. Destino, Barcelona, 2009. 164 pp. 17.50 €

María Ruisánchez

Geco, según la wikipedia, reptil escamoso de la noble familia de los saurópsidos, en la que se incluyen especies de tamaño pequeño a mediano que se encuentran en climas templados y tropicales de todo el mundo, e incluso habitan novelas como esta. Nuestro geco es aquí el narrador, lo cual sorprende, y mucho hacía la página veinte. Además este reptil también sueña, y así está construida la novela desde sus ojos, a través de su cabeza, a imagen y semejanza del cerebro humano. Sueños, hechos, mentiras y verdades, recuerdos e ilusiones de la memoria se amalgaman, componiendo un mapa de materia gris, por el que circulan, al igual que por nuestro cerebro, chispazos de visiones o recuerdos, que componen un pasado, verdadero o falso, pero vivo, no olvidado, que envilece con su sombra el presente y condiciona el futuro.
Pero al contrario de lo que pueda parecer, el argumento de la novela no es enrevesado. Un albino llamado Félix Ventura se dedica a vender pasados falsos con todo lujo de detalle: partidas de nacimiento, fotografías, tumbas donde llorar a unos antepasados recién conocidos... Todo parece ir bien hasta que un extranjero llega demandando un pasado nuevo, pero el viejo es imborrable e irrumpe en el presente arrasando su futuro.
Tenemos ante nosotros una especie de novela negra a ratos onírica y evocadora, a ratos misteriosa, pero sobre todo con cierto regusto a realismo mágico que esta vez se asienta en África, y del que no descartamos que el autor tenga influencias debido a su mezcla de nacionalidades, mitad portugués, mitad brasileño, criado en Luanda. Precisamente esta mezcla de culturas está presente en la novela a través de unos extravagantes personajes que confluyen en un espacio y en diferentes tiempos.
Félix Ventura, un hombre de otro tiempo; Ângela Lúcia una mujer irresistiblemente luminosa y un geco pensante, con cuyos ojos vemos y que pone de manifiesto la personificación de animales y objetos en la novela. Valga esta cita para atestiguarlo: "En el patio, en el lugar donde Félix Ventura enterró el estrecho cuerpo de Edmundo Barata dos Reis, florece ahora la rubra gloria de una buganvilla. Ha crecido deprisa. Ya cubre una buena parte del muro. Se asoma a la acera, afuera, como una exaltación. Hace días me atreví, por primera vez, a salir al patio. Escalé el muro con el corazón en un puño. El sol refulgía en los cascos de vidrio. Me deslicé entre ellos, cautelosamente, y atisbé el mundo. Vi una calle, muy ancha, de barro rojo, y las casa viejas, fatigadas, afeando la otra orilla. La gente pasaba ajena a los gritos de la buganvilla."
Y al final en una acumulo de verdades y mentiras, no sabemos qué es lo cierto, quién es quién. Ni siquiera tenemos la certeza de que lo que aconteció haya realmente sucedido y entonces la duda calderoniana cobra espesura, queda patente, como un eco repetido en sueños, en palabras de Félix Ventura: (...) entre tener un sueño o hacer un sueño hay una diferencia.
Yo he hecho un sueño.