lunes, junio 15, 2009

La casa muerta, Yannis Ritsos

Trad. Selma Ancira. Acantilado, Barcelona, 2009. 80 pp. 11 €

José Luis Gómez Toré

Dos de los caminos que la lírica del siglo XX persiguió para evitar el solipsismo de una voz demasiado centrada en el yo consistieron en sendas aproximaciones a lo narrativo y lo dramático (si bien la contaminación fue mutua, pues buena parte de la narrativa y el teatro del XX se han contagiado de la subjetividad y la fragmentariedad que suele atribuirse a lo lírico). El presente texto de Ritsos (1909-1990), uno de los nombres fundamentales de la poesía griega contemporánea, se sitúa en esa línea de acercamiento entre el yo lírico y el yo dramático, en una tensión en la que el monólogo aspira en vano a convertirse en diálogo al no comparecer el interlocutor que haría posible la plena realidad de la palabra. Ritsos sin duda tiene muy presentes a las heroínas dolientes de las tragedia clásica cuando escribe este soliloquio alucinado, que pone en boca de una mujer que convive en la casa familiar únicamente con su hermana, una presencia extrañamente silenciosa durante todo el poema. La confusión temporal, el tono de tragedia y las referencias casi épicas en algunos momentos, señalan el interés de Ritsos (como otras figuras centrales de la poesía neohelénica como Elytis o Seferis) por hacer suya la tradición. Sin embargo, Ritsos evita el riesgo más evidente que encierra semejante apuesta: en ningún momento, su escritura se convierte en un ejercicio de arqueología. Su escritura, atravesada por las grandes preguntas de la contemporaneidad, revela, sin embargo, un espesor de siglos, una tradición que no es peso sino iluminación sobre el presente. La confusión de tiempos, que el poeta atribuye a la locura de la mujer, nos sitúa más bien ante una temporalidad circular, un eterno retorno en el que los dioses, las guerras, los monstruos de la Antigüedad retornan transfigurados con nuevos ropajes.
La casa alcanza en el largo poema que constituye el libro un protagonismo indudable ya desde su mismo título. La vivencia de dicho espacio se desarrolla en una llamativa ambigüedad, pues la casa parece en ocasiones un espacio protector frente al mundo hostil y otras, en cambio, un espacio en el que la violencia y el tiempo destructor son desde hace años los pretendientes que han ocupado sus estancias vacías sin miedo a que venga a expulsarles ningún Ulises: «Ahora ya nos quedamos aquí, como en las manos quedan manchas amarillas de polen/ cuando se cortan flores en el jardín al atardecer, muchas flores,/ para los jarrones del comedor y los dormitorios de los muertos». Una casa tomada, diríamos con Cortázar, en la que la muerte y la decrepitud se convierten en temas obsesivos (un tono obsesivo plenamente logrado por el poeta, que recurre al parelelismo y otras figuras de repetición para hacernos partícipes del laberinto de espejos, de esa otra casa muerta que es la memoria de la mujer que habla). Al final, sólo queda la muerte: «Sólo que más allá no hay nada- que lo sepa». Y sin embargo, la otra mujer calla, quién sabe si para desmentir a su hermana o para confirmar su veredicto.