martes, junio 23, 2009

Quédate donde estás, Miguel Ángel Muñoz

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 154 pp, 14 €

Pedro M. Domene

Los cuentos se convierten, en una definición categórica, en el reverso insospechado de nuestra realidad y, en ocasiones, cuando el escritor ensaya el género se ve obligado a la renuncia y a la economía, e invierte el juego de lo visible para que el lector, en última instancia, desarrolle con su intuición esa dosis de invisible realidad que se le supone a un buen relato. Muchos de estos aspectos ya estaban en el arte narrativo de Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970) que, entre una anodina y profunda visión sobre la vida de su primera entrega, El síndrome Chejov (2006), exploraba además dos conceptos esenciales en un buen cuento: el humor y la ironía con que resaltar algunas peculiaridades de la existencia humana. Leídos aquellos relatos, resulta evidente que otra de las características de la narrativa del almeriense reside en la proximidad, en esa calculada cercanía, tanto en la trama como en el tema, porque sus personajes se parecen a nuestros parientes, incluso a algunos de nuestros amigos, o a esos vecinos de toda la vida, porque conviven con nuestra realidad más inmediata. En esta ocasión, para establecer cierta distancia, los trece textos de Quédate donde estás (2009), su segunda entrega, intensifican el matiz de la perturbada identidad de algunos de sus personajes, y ahora propone temas mucho más variados, la familia, como base de esa unidad metaliteraria, la memoria y el paso del tiempo, la identidad y la incomunicación, es decir, el sentido último de las emociones humanas.
Miguel Ángel Muñoz organiza los cuentos de Quédate donde estás como una excelente muestra de esa simbiótica concreción paralela entre el mundo de la escritura y la vida misma, entre la realidad y la fantasía, siempre teniendo presente que nuestra consciencia se nutre de cuantas formas de vida podamos imaginar como individuos para luego así desarrollar una realidad tangible y consciente, o una engañosa actitud hacia los demás de dudosa clasificación. El narrador almeriense consigue, ajustando a lo mínimo el poder de su prosa, levantar acta de lo rutinario y de lo íntimo, y aún añade nociones de buena literatura para dejar constancia de la identidad tanto cotidiana como literaria y, en los trece relatos que componen su libro, va esbozando en sentido último de la vida, e involucra, por añadidura, a sus lectores cuando proclama querer ser como Salinger, convertir como Onetti los sueños en literatura, verse infectado de ácaros como Tolstoi, Dostoievski, Faulkner o Proust, e inmiscuirse en la amistad de Ford y de Carver, hermosos ejemplos todos de microrrelatos ordenados estratégicamente entre esos otros textos de profundo calaje, que responden al mundo particular que Miguel Ángel Muñoz está construyendo con su prosa breve. En realidad, una mitológica visión de notables referencias al mundo de la literatura, del cine, de la sociedad y de la familia y sus conflictos, en esa frágil frontera entre lo apacible de una existencia y el infierno de la incomunicación como queda escrito en los mejores relatos que contiene el libro, «Ropa de verano», «Quédate donde estás», el mejor ejemplo de lealtad y solidaridad; otros, en esa variada temática esgrimida, son la mejor muestra de una innegable factura fantástica, tanto «Vitruvio» como «Los niños dormidos», o para terminar el repaso «El reino químico» uno de esos cuentos de innegable progresión desde lo individual a lo colectivo. Y lo mejor, ahora la frase avanza y se remansa en una calculada medida de precisión sintáctica tan ejemplar como efectiva para el lector.