viernes, junio 27, 2008

Diario de Greg, Jeff Kinney

Trad. Esteban Morán Ortiz. Molino, Barcelona, 2008. 218 pp. 15 €

Francesc Miralles

La primera vez que oí hablar de esta novela ilustrada —en principio orientada a lectores de 10 a 12 años— fue a su editora en castellano, Joana Costa. Me dijo que estaba a punto de publicar un “libro gamberro” que casi gustaría más a los adultos que a los niños. Cuando lo tuve ya en las manos, dossier de prensa incluído, le hinqué el diente con cierta prevención, más que nada porque el subtítulo «un pringao total» me producía desconfianza. Veinte páginas después ya estaba enganchado y riéndome de lo lindo.
Su autor, Jeff Kinney, es un estadounidense que diseña juegos por ordenador y, a juzgar por esta obra, tiene su pasado escolar muy fresco. Diario de Greg narra las desventuras de un preadolescente de perfil bajo que languidece en una escuela donde lo más emocionante es la maldición de la cancha de baloncesto, provocada por una loncha de queso pegada al suelo desde tiempos inmemoriales. Nadie se acerca a este lugar monstruoso, donde una vez un alumno osó tocar el queso convirtiéndose en apestado. Repudiado por todos, se acabó mudando a California, pero se llevó con él «la maldición del queso».
El micromundo de Greg está formado por Rowley, su único amigo y a la postre el tonto de la escuela, y su diminuto hermano Manny. Entre las pequeñas desventuras que ocurren en este primer volumen está la idea de Greg de convertir su habitación en La Casa Embrujada, una especie de túnel del terror cutre —a 50 centavos la entrada— donde la atracción principal es la cama de Greg, rebautizada como «el vestíbulo de los aullidos».
Tras ser seleccionados como árboles en una horrenda obra de teatro musical, la siguiente misión de Greg es idear una tira cómica que siempre termina con la exclamación: «¡Gajes del oficio!» para un concurso de la escuela. Contra ellos compite la tira cómica de Creighton el Necio, cuyo protagonista suelta en la consulta del médico esta perla: «Doctor, necesito un culo nuevo. El mío tiene una raja.»
Como colofón de esta historia, Rowley es obligado por unos rufianes a tragarse el queso putrefacto de la pista de balonceso, pero su amigo Greg asume el papel de apestado haciéndose depositario de la maldición.
En suma, un libro divertido para los jóvenes lectores, que arrancará en los adultos una sonrisa agridulce. Todos nos hemos sentido alguna vez como Greg, perdidos en el desierto escolar, cuando el domingo por la tarde uno deseaba literalmente que se lo tragara la tierra.
Esperemos que las correrías de Greg no terminen aquí y podamos disfrutar en nuevas entregas de este «pringao» existencialista a su pesar.
Felicidades también a Patrizia Campana, su editora en catalán (Empúries), por la excelente adaptación.

jueves, junio 26, 2008

El hombre del salto, Don DeLillo

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2007. 297 pp. 19 €.

María Ruisánchez

Seguramente recordarán esta imagen del 11-S: una persona concreta a la que fotografiaron cayendo de la Torre Norte del World Trade Center, en vertical, con la cabeza por delante, ambos brazos pegados al cuerpo, una rodilla doblada, un hombre puesto para siempre en caída libre contra el fondo amenazador del panel de columnas de la torre. Metáfora que define a la perfección el tiempo, paralizado en esta novela mediante unos personajes que han perdido el rumbo de sus vidas, o que se limitan a esperar sus destinos de idéntico final al de ese salto. Algo ha cambiado. Todo se mide en antes o después de la caída de las torres. Antes, la vida quizá tuviese sentido, trivial, pero sentido. Después, nuestros personajes no encuentran a qué asirse y van por sus rutinas, limitándose a observarlas.
Al comenzar a leer este libro, uno se encuentra irremediablemente suspendido entre una nebulosa de cemento, cascotes, sangre, sirenas y gritos amortizados por un cerebro colapsado que se dirige hacia una salida. Así vamos con Keith, superviviente de la Torre Norte, cubiertos de polvo, con traje y maletín. Alguien le ofrece su vehículo y lo lleva hasta la casa de su ex mujer, en la que se queda sin decir nada, al resguardo de los días. Ésta, Lianne interioriza el sufrimiento del que fuera su marido y lo convierte en suyo. Necesita comprender por qué, siempre por qué. El hijo de ambos otea el firmamento desde un rascacielos en busca de aviones, convencido de que las torres no cayeron. Mientras en una cuenta atrás hacia la muerte, la caída o el salto, los terroristas se preparan para el atentado.
El lector viaja de mente en mente en un revoltijo de reflexiones en primera persona. Es también la de Don DeLillo una escritura a saltos que combina pensamientos profundos con conversaciones cortas. Si estuviésemos ante una película, el autor se estaría constantemente saltando el eje, porque vamos y venimos de unos a otros sin ubicarlos en el espacio, sin poder identificarlos hasta dos líneas más abajo de que hayan comenzado a hablar o pensar. Si acotamos el espacio, parece que se haya volatilizado como los edificios, pero en lugar de vapor, ahora simplemente el aire, sólo la ausencia transparente, el hueco, la nada. Hay pocas descripciones del entorno, y cuando topamos con una, el autor es tan capaz de narrar la circunstancia del personaje directamente interrelacionada con lo que le rodea, que francamente consigue meternos dentro del libro.
Así enreda más y más, el escritor su maraña, de tal manera que al final comprendemos todo lo ocurrido sin que nadie nos lo haya contado. Es como escuchar directamente sus conciencias, como ir tirando del hilo. Lo importante aquí no es lo que pasa, sino, cómo pasa. Ya se sabe de antemano cuál será el final de la novela, el lector no disfruta con las sorpresas sino con el desafío que supone enfrentarse a una forma de narrar que está constantemente reinventándose a sí misma. Si en Cosmópolis teníamos una vida en un día con flash back con omisión de evocación sensorial, es decir sin magdalena de Proust, aquí encontramos un estilo más depurado de la misma técnica, que aunque descoloca al lector, resulta más fácil de seguir que en la novela anterior.
Pero el autor no se conforma con esto, es capaz de saltar de esa primera persona a una segunda y una tercera, mientras la trama que es el ir o venir a las torres en ese día aciago, el pasado o el futuro se va componiendo. Tiene una facultad pasmosa para unir un acontecer a otro sin explicar la transición. Buen ejemplo de ello ocurre en el último capítulo, donde vamos todo el tiempo con uno de los terroristas suicidas, sentados con él en la cabina, sudando, nerviosos, con las manos a los mandos, con la torre cada vez más cerca, hasta que la tenemos encima, y nos incrustamos en ella, para acto y seguido ladear la cabeza con Keith, oler el combustible derramado, levantarnos del suelo y echar a andar escalera abajo, en una nube de humo, escombros, y gente en peregrinaje hacia una salida, que es el principio de la novela.
¿Circular? Sí, o quizás un instante, un incidente, el desplome de ambos edificios como detonante de las vidas de cada una de esas personas. Hacia el futuro Keith y Lianne rehacen su matrimonio mientras pasan los años. Hacia el pasado los terroristas conspiran para llegar al presente, en el que un niño otea el cielo con unos prismáticos, en el que nadie comprende por qué y todo el mundo siente miedo.

miércoles, junio 25, 2008

Ciencias morales, Martín Kohan

XXVI Premio Herralde de Novela. Anagrama, Barcelona, 2007. 218 pp. 16 €

Elvira Navarro

En Vigilar y castigar, Michel Foucault nos ofrece una sabia arqueología de nosotros mismos al analizar las herramientas que despliega el poder para convertirnos en buenos ciudadanos. Utilizo la expresión “buenos” para que se fijen a qué apela: nada menos que a nuestra voluntad. Así, al llegar a la edad adulta, solemos declararnos responsables de las decisiones que tomamos, las cuales se rigen por cierta idea del bien (se entienda lo que se entienda por tal). Dichas decisiones presuponen una libertad de la que seríamos poseedores, y que continuamente ejercemos. Somos libres cuando votamos, o cuando nos expresamos, o cuando creamos, y esta fe la tenemos tan arraigada que nos parece una locura ponerla en duda. Sin embargo, Foucault nos muestra que todo eso es fruto de un brutal adiestramiento del alma. Se nos enseña a querer lo que queremos y, sobre todo, se nos hace creer que somos libres de querer lo que nos han enseñado: la libertad es el velo que nos impide ver el engranaje de la siniestra maquinaria. Según el filósofo francés, estamos sometidos desde nuestro nacimiento a «un verdadero conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos a la vez dóciles y útiles. Vigilancia, ejercicios, maniobras, calificaciones, rangos y lugares, clasificaciones, exámenes, registros, una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas se ha desarrollado en el curso de los siglos clásicos, en los hospitales, en el ejército, las escuelas, los colegios o los talleres».
Perdonen el largo preámbulo; les aseguro que viene a cuento para hablar de Ciencias morales, novela con la que el escritor argentino Martín Kohan obtuvo el premio Herralde en 2007, y que encarna, y al mismo tiempo sortea, las tesis de Foucault a través de una historia que tiene como marco el Colegio Nacional de Buenos Aires. Toda una institución por estar ligado al nacimiento de la patria argentina, en este colegio de rancio abolengo se educa a los alumnos con disciplina militar. Para ello, cuentan no sólo con profesores, sino también con preceptores como María Teresa, que acaba de empezar a trabajar bajo las órdenes del señor Biasutto, jefe cuya ejemplaridad se cifra en que fue uno de los que elaboró las listas de los que desaparecieron durante la dictadura de Videla. Estamos en 1982, a falta de un año para que el régimen caiga y en plena guerra de las Malvinas: el ambiente es gris y mortuorio, y los enemigos acechan.
Puesto que la historia de Argentina y la del colegio «son una y la misma cosa», los alumnos han de asumir un compromiso con su país mayor que cualquier otra persona. La desobediencia es un atentado contra la patria, o lo que es lo mismo, contra el futuro, ese concepto que es mentira, y que en Ciencias morales y en todas las escuelas, partidos políticos de cualquier signo, bancos, aseguradoras, libros de autoayuda para ejecutivos y religiones del mundo sirve para educar-alienar, hacer negocio y tomar el poder a través de la esperanza y el miedo.
Para que la maquinaria funcione, hay que vigilar continuamente y castigar con severidad; ésa es la tarea de los preceptores, y lo es de manera exclusiva: se trata de su única acción permitida, por lo que su modo de ejercerla habrá de ser forzosamente una sublimación enfermiza de infinitas necesidades. Además, el control de una persona sobre el medio lo es en primer lugar sobre sí misma, de ahí el carácter paranoico que se desarrolla, el perpetuo síndrome de señorita Rottenmeier.
Sólo los gestos que aún no se han esbozado, lo que se sabe sin palabras, las miradas ambiguas y lo que se emprende en secreto escapa, por su indefinición, a la disciplina, a la categorización. La joven María Teresa, en un intento de ser más brillante en su trabajo —es una preceptora muy eficiente según el señor Biasutto—, comienza a encerrarse en un cubículo de los baños de varones para descubrir a un alumno del que, sospecha, fuma por esos lares, y que le gusta sin saberlo. Procedente de una familia que la ha enseñado a vivir en la sumisión más extrema y en la ramplonería, María Teresa cree que el mero hecho de ampararse en su labor de vigilante la salva de la locura de pasar horas y horas escuchando en silencio cómo el orín de los alumnos rebota contra la loza de los mingitorios, y cómo se descargan las tripas en los cubículos vecinos. No obstante, es debido a esa absoluta idiotez, a esa incapacidad de ver-definir, arma de dos filos en esta novela, que ella misma se sustrae a su papel y comienza a conocer, sin ponerle nombre jamás, ciertas cosas que nosotros, lectores adiestrados, tampoco tenemos derecho a bautizar: lo que descubre lo falsearíamos con el lenguaje.
Encerrarse en los baños para espiar a los alumnos constituye, en un sentido que no es moral, el primer acto libre de María Teresa, pues es gracias a las horas que pasa allí que despierta a su potencialidad. Lo hace, por supuesto, a través del cuerpo. No entramos aquí en un plano sexual: la preceptora no tiene ni idea de sexualidad. Tampoco el sexo en sí mismo es relevante a los efectos de la novela. Si parte de la trama gira en torno a él, es porque se trata de un territorio que en María Teresa está descodificado; que ha escapado de la catexis, y al que por ello se asoma con una libertad ilimitada, lo cual no deja de ser una virtud. La preceptora, que tiene algo de la reprimida y salvaje Erika Kohut de La pianista (novela de Elfriede Jelinek), y de la vaciada Lol V. Stein de Marguerite Duras (El arrebato de Lol V. Stein), se entrega gozosa a su reclusión en los baños, pues se siente vivir.
Como apuntábamos antes, su ignorancia es un arma de doble filo. Si por un lado la conduce al descubrimiento y a la trasgresión, por otro la torna incapaz de decir aquello que desconoce, lo que es grave cuando se trata del mal. No es que el mal no esté ya presente; sin embargo, y por el momento, el daño inflingido forma parte de ella, y eso la ha salvado de conocerlo. El mal que sí va a conocer viene de la mano de aquel a quien admira. Biasutto abusa de ella tras descubrirla escondida en los baños, y ¿cómo nombrar algo que no se sabe qué es? María Teresa sólo experimenta horror, pero es incapaz de señalar el delito. Lo que el señor Biasutto le hace no forma parte de su realidad. Con todo, ella sabe a su manera, pues el sufrimiento es inalienable.
En fin, lean Ciencias morales. Para la que esto escribe, es una de las mejores novelas publicadas en 2007 en el ámbito hispanohablante. Y no digo la mejor porque no las he leído todas.

martes, junio 24, 2008

Niños de tiza, David Torres

Premio Tigre Juan 2008. Algaida, Sevilla, 2008. 411 pp. 20 €

Doménico Chiappe

Un boxeador, apabullado por el recuerdo de su último combate —acaecido tiempo atrás— y por los derroteros de su vida —se ha convertido en un matón de poca monta—, regresa a su antiguo barrio, el madrileño San Blas de la transición, tan alejado de la imagen bucólica del Madrid bohemio de las calles adoquinadas del centro como lo está Roberto Esteban, el púgil, de su propia niñez. Una niñez que el narrador, al tiempo que protagonista, reconstruye, o lo intenta, con cada movimiento por su antiguo barrio que se transforma como un experimento de lo que podría ser la urbe: ajena. La denuncia de David Torres, autor de Niños de tiza, se puede resumir en esta frase, que bien puede ser final o inicial, como en toda historia circular:

«Comprendí algo que me había estado rondando por la cabeza desde que había vuelto a cuidar a mi madre, una oquedad que ocupaba el corazón del barrio con tanta fuerza que era casi imposible percibirla. La ausencia. La ausencia de niños. Los columpios vacíos. El silencio.
No había críos jugando por las calles. Ya no había carreras ni peleas ni lloriqueos ni chillidos. A diario el parque estaba muerto, petrificado, custodiado por ancianos meditabundos, por señoras que regresaban a casa tirando del carrito de la compra, pr jóvenes que hacían footing, por viejos prematuros como yo.»

Una historia, la del barrio como símbolo de una ciudad desahuciada, que se persigue la cola como un gato alucinado, cuyos habitantes abandonan las calles y las dejan al arbitrio del más fuerte, libre ya de la protesta cívica de quienes han decidido que las calles no son para vivirlas sino para transitarlas, de quienes sólo las atraviesan con prisa, y prefieren desconocer al vecino.
Símbolos: hay varios en esta obra, que se erige sobre una trama de novela negra: Roberto recuerda una muerte, la de una niña minusválida a la que apodaban “sirena” con la que amistó a espaldas de sus amigos y del padre de ella. La “sirena” murió ahogada en la piscina municipal, a pesar de ser excelente nadadora. Primera intriga: ¿accidente, homicidio? Roberto cree que en la segunda hipótesis que abre otra ronda de preguntas: ¿quién, por qué? Las líneas de tensión se refuerzan con más elementos: un viejo rival pirómano, Romero; el gran amigo de la infancia convertido en policía cocainómano; la tía escurridiza y avara que vive en la única casa que impide el desarrollo de un gran complejo comercial; la mujer deseada largo tiempo, Lola, esposa de Romero, que se entrega al fin a Roberto. Todos estos ingredientes generan un cruce de afrentas y situaciones que Roberto quisiera resolver a puñetazos, como si estuviera en el ring, pero cuando suena el campanazo, no logra visualizar a su enemigo con nitidez.
El bucle narrativo conduce a la continuación de los enfrentamientos de antaño, en un final apoteósico, más cinematográfico que narrativo, donde los hechos se apresuran y se resuelven con la confesión de alguno de los sospechosos habituales —que aquí no se revelará.
En paralelo a la trama policial, se desarrolla una hermosa historia de iniciación que Roberto retoma una y otra vez al explorar sus recuerdos. De todos rescato el de la presencia de Bruma, la niña araña del circo, que Roberto no pudo ver pero que imaginó para describírsela a la “sirena”. Esta nostalgia que le impregna —y que impregna el texto— le lleva a creer que las antiguas alianzas y los antiguos rencores permanecen incólumes. «(...) El sida aún no estaba de moda, las flecha no llevaban veneno, los condones eran sólo un sueño para los polvos que no echábamos. Creíamos que la amistad duraba para siempre». Una frase que luego enfatiza, cuando de los hilos dramáticos se han enhebrado, cuando se retira indemne pero derrotado.
Para retratar al autor, se encuentran dos claves en esta novela: la primera, que Torres no abandona al silencio a sus creaciones: Roberto es un personaje rescatado de un libro anterior y este juego se repite también en un guiño interesante que ocurre con otro personaje rescatado de un cuento, el del Puñales, que toreó en la glorieta de Atocha. Lo otro es que Roberto siente compasión, o ternura, según se vea, por dos de los individuos más frágiles que crea Torres y que son, curiosamente, lo más complejos como personajes. Uno, en el tiempo de su infancia, el de la “sirena”. El otro, en el tiempo de la narración, el de Raschid, hermano de un niño iraní que sobrevivió al campo de minas iraquí, a donde los ayatolás lo enviaban con una llave de plástico colgando de su cuello y que prometía abrir las puertas del paraíso. Raschid seguramente, al igual que Roberto o Puñales, transite otra de las imaginaciones de su autor.

lunes, junio 23, 2008

Nunca llueve sobre el Sáhara, Pedro Martínez Corada

Mandala & Lápiz Cero, Madrid, 2008. 144 pp. 12 €

Miguel Baquero

Ya en el primer cuento de esta colección, “Tarde de sábado”, el autor nos habla de la fascinación que, retornando a los tiempos de chaval, sentía por aquel tío suyo que se sentaba entre los sobrinos y, después de acariciarles el pelo, les decía: «Bueno, ¿qué historia queréis que os cuente hoy?». Son tiempos de posguerra y entre los mayores no se ve con muy buenos ojos a aquel pariente con fama de vago y un pelín borrachín que consigue mantener a los chavales boquiabiertos con sus viejas historias, tantas veces repetidas, sobre la guerra. En especial la de aquella vez cuando, en la Cuesta de las Perdices, empezaron a caerle bombas y él se refugió en un pinar y entonces llegó un batallón enemigo y tuvieron que luchar prácticamente a bayoneta calada y...
—¡Luis! —solían reñirle los mayores presentes, que hacían como si no prestaran atención a lo que contaba pero que, sin embargo, allí estaban, prestos a chistar cuando el relato se internaba por senderos cruentos o vericuetos no muy afectos al régimen.
Y Luis se callaba y ahí quedaba interrumpida la historia.
No es en vano que Nunca llueve sobre el Sáhara, el último libro de cuentos de Pedro Martínez Corada (Madrid, 1951) empieza con esa profesión de admiración hacia los cuentistas sencillos y humildes, hacia esos raros tipos que disfrutan viendo, y sobre todo mostrando, el mundo mediante pequeños ejemplos. Del mismo modo que ellos, Martínez Corada pretende en esta colección de relatos mostrarnos su pequeño universo narrativo de la manera más cálida y familiar posible (que es también la forma más humana).
El mundo literario de Martínez Corada se compone de tres caras. Por un lado, hay una serie de relatos enclavados en aquella triste España de la posguerra. Es la España del hambre física y moral, del sexo anatemizado, de la esperanza puesta no más allá de burlar primero al hambre y luego al aburrimiento. Es la historia del niño al que toman como mano inocente para sacar las bolas de un bingo clandestino y que tiene una temblorosa relación sexual con una de las jugadoras. Todo pacato, todo, en verdad, inocente... todo destinado a acabar en la Brigada Político-Social. Es la historia de la familia del pueblo que espera una carta de París, con sellos de la “Republique Française”; o la del maquis que tuvo finalmente que pasar los Pirineos y que vuelve años más tarde con una cajita de “after eight”, que ni siquiera le respetan en la frontera. Y es la historia también, años más tarde, del viejo carterista, príncipe del guante blanco en el Rastro y los tranvías, que contempla cómo se le ha pasado su época.
En la segunda cara del prisma, los relatos nos hablan de aquellos años, cada vez más lejanos (y perdón por la perogrullada) en que los jóvenes eran capaces de subirse en un R-12 y marchar hasta Hamburgo o Copenhague, hasta los pies del Telón de Acero (estamos en 1975), con Hilario Camacho o Triana en el radiocasete del coche, fumando Ducados y hablando de Chomsky. Y el tercer frente, por último, de este pequeño poliedro lo forman relatos de tipo fantástico, centrados en la humilde mitología asturiana de cuélebres y hadas de las fuentes, contra el fondo de las grandes casonas, de los montes próximos cuya cima se pierde en la neblina, del orballo tras las ventanas.
Tres épocas, tres mundos, que confluyen en este magnífico libro de cuentos donde no se busca el impacto ni la sorpresa sino que, desde la primera línea, se invoca al viejo narrador que se sentaba entre los chavales para contarles de la forma más sencilla y cálida esas viejas historias, quizás un poco tergiversadas, que él había oído o que, directamente, le habían sucedido.