lunes, junio 23, 2008

Nunca llueve sobre el Sáhara, Pedro Martínez Corada

Mandala & Lápiz Cero, Madrid, 2008. 144 pp. 12 €

Miguel Baquero

Ya en el primer cuento de esta colección, “Tarde de sábado”, el autor nos habla de la fascinación que, retornando a los tiempos de chaval, sentía por aquel tío suyo que se sentaba entre los sobrinos y, después de acariciarles el pelo, les decía: «Bueno, ¿qué historia queréis que os cuente hoy?». Son tiempos de posguerra y entre los mayores no se ve con muy buenos ojos a aquel pariente con fama de vago y un pelín borrachín que consigue mantener a los chavales boquiabiertos con sus viejas historias, tantas veces repetidas, sobre la guerra. En especial la de aquella vez cuando, en la Cuesta de las Perdices, empezaron a caerle bombas y él se refugió en un pinar y entonces llegó un batallón enemigo y tuvieron que luchar prácticamente a bayoneta calada y...
—¡Luis! —solían reñirle los mayores presentes, que hacían como si no prestaran atención a lo que contaba pero que, sin embargo, allí estaban, prestos a chistar cuando el relato se internaba por senderos cruentos o vericuetos no muy afectos al régimen.
Y Luis se callaba y ahí quedaba interrumpida la historia.
No es en vano que Nunca llueve sobre el Sáhara, el último libro de cuentos de Pedro Martínez Corada (Madrid, 1951) empieza con esa profesión de admiración hacia los cuentistas sencillos y humildes, hacia esos raros tipos que disfrutan viendo, y sobre todo mostrando, el mundo mediante pequeños ejemplos. Del mismo modo que ellos, Martínez Corada pretende en esta colección de relatos mostrarnos su pequeño universo narrativo de la manera más cálida y familiar posible (que es también la forma más humana).
El mundo literario de Martínez Corada se compone de tres caras. Por un lado, hay una serie de relatos enclavados en aquella triste España de la posguerra. Es la España del hambre física y moral, del sexo anatemizado, de la esperanza puesta no más allá de burlar primero al hambre y luego al aburrimiento. Es la historia del niño al que toman como mano inocente para sacar las bolas de un bingo clandestino y que tiene una temblorosa relación sexual con una de las jugadoras. Todo pacato, todo, en verdad, inocente... todo destinado a acabar en la Brigada Político-Social. Es la historia de la familia del pueblo que espera una carta de París, con sellos de la “Republique Française”; o la del maquis que tuvo finalmente que pasar los Pirineos y que vuelve años más tarde con una cajita de “after eight”, que ni siquiera le respetan en la frontera. Y es la historia también, años más tarde, del viejo carterista, príncipe del guante blanco en el Rastro y los tranvías, que contempla cómo se le ha pasado su época.
En la segunda cara del prisma, los relatos nos hablan de aquellos años, cada vez más lejanos (y perdón por la perogrullada) en que los jóvenes eran capaces de subirse en un R-12 y marchar hasta Hamburgo o Copenhague, hasta los pies del Telón de Acero (estamos en 1975), con Hilario Camacho o Triana en el radiocasete del coche, fumando Ducados y hablando de Chomsky. Y el tercer frente, por último, de este pequeño poliedro lo forman relatos de tipo fantástico, centrados en la humilde mitología asturiana de cuélebres y hadas de las fuentes, contra el fondo de las grandes casonas, de los montes próximos cuya cima se pierde en la neblina, del orballo tras las ventanas.
Tres épocas, tres mundos, que confluyen en este magnífico libro de cuentos donde no se busca el impacto ni la sorpresa sino que, desde la primera línea, se invoca al viejo narrador que se sentaba entre los chavales para contarles de la forma más sencilla y cálida esas viejas historias, quizás un poco tergiversadas, que él había oído o que, directamente, le habían sucedido.