martes, junio 03, 2008

¡Alucina con la química!, Robert Winston

SM, Madrid, 2007. 93 pp. 16,70 €

Deni Olmedo

¿Quién no se acuerda de lo insípidas, aburridas y áridas que eran las clases de Química en el instituto? ¿Sería por la materia, o sería porque los profesores de turno se empeñaban en que los alumnos la odiásemos? (aunque no en todos los casos lo consiguieron: algunos perseveramos y nos convertimos en bioquímicos). En cualquier caso, pretender hacer de la Química algo que sea ameno y, por qué no, divertido, no es tarea nada fácil. Reconozco que esos prejuicios estaban ahí cuando este título llegó a mis manos: pensé que sería el típico libro que se anuncia de Química, pero que al final no lo es. O no del todo. Y mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que los responsables de este atípico manual han conseguido hacer amena una historia de la Química que abarca, siguiendo una línea temporal, desde la prehistoria hasta la tabla periódica. Y que la han aliñado con apariciones estelares, como Empédocles, o Demócrito, o que se han valido de personajes más que reconocibles para los más pequeños, como el archifamoso Harry Potter, para ofrecer una aproximación al arte de los alquimistas o al nacimiento de la moderna ciencia Química. En estas páginas asistimos al descubrimiento de los gases, al estudio de los átomos, al de los elementos radioactivos o al momento de inspiración en que Mary Shelley tomó los experimentos de los químicos y de los antiguos alquimistas para crear su Frankenstein, o el moderno Prometeo. Así, el manual nos lleva hasta la organización de los distintos elementos que se encuentran en la naturaleza (aunque en este primer contacto se verá sólo de pasada), y que constituye su eje central. Hasta llegar a la inefable tabla periódica, auténtica protagonista de la obra. Y todo ello, acompañado por fotografías, dibujos y cuadros explicativos que lo hacen todo más fácil de comprender.
La segunda parte de ¡Alucina con la Química! está dedicada íntegramente a la tabla periódica, describiendo uno por uno los principales elementos o juntando por familias los menos conocidos. Así, desfilarán por sus páginas el oxígeno, el nitrógeno, la plata, el oro como si fueran personajes de una novela. Proporcionando —además de la típica información que aparece en cualquier tabla, como la masa atómica o el punto de fusión— un poco de su historia, cómo se descubrió, dónde se encuentra en la naturaleza, etcétera. Algunas curiosidades para no iniciados: el silicio es uno de los elementos que más consumimos, pues abunda en los aparatos electrónicos; el polonio debe su nombre a su descubridora, Marie Curie, quien se lo puso en honor de su Polonia natal; también los Curie tienen su elemento, por cierto: el curio, como lo tienen Einstein (el einstenio), Alfred Nobel (el nobelio), Mendeleiev (el mendelevio) o Ernst Rutherford (el extravagante rutherfordio). Tampoco faltan las agrupaciones algo atípicas de elementos: por colores, por ejemplo —se nos muestra cuáles están presentes en las acuarelas, o con qué otros pintaron nuestros antepasados las paredes de las cavernas—, o según tengan propiedades explosivas. O los de luz (una manera muy acertada de nombrar a los elementos que irradian claridad). O los que se usan en ingeniería para el diseño... Siempre pisando de pies en el suelo, hablando de nuestro mundo, de lo más inmediato, sin ponerse nunca excesivamente técnico. Finalmente, el libro se complementa con un glosario en el que se nos explica el origen de los nombres de los elementos químicos: ¿sabían que el nombre del hidrógeno viene de las palabras griegas "hydro" y "genes", que significa “que forma agua”? ¿O que el del mercurio viene del latín "hydrargyrum", que significa “plata líquida”?
En definitiva, Robert Winston, autor de este serio aunque en apariencia disparatado manual para jóvenes químicos logra darle una vuelta de calcetín a una materia con mala fama. Seguro que después de su lectura, los más pequeños ven la Química con otros ojos. Pero no sólo eso, hará que cuando miren una bombilla o una psp sientan que conocen sus secretos mucho mejor que antes. Y es que la Química puede ser muy divertida. ¿Alguien lo duda todavía?