martes, diciembre 23, 2008

Soldado de Sidón, Gene Wolfe

Trad. Ana María Nieda Calvo. La Factoría de Ideas, Madrid, 2008. 352 pp. 19.95 €

Luis Manuel Ruiz

Desde su origen, inspirada por las sagas de Tolkien y los excesos vikingos de Robert E. Howard, la fantasía heroica se ha inclinado por los escenarios nórdicos y la mitología heredada de las antiguas fábulas escandinavas: trasgos, elfos, hadas y enanos son figurantes habituales de esa tradición literaria que tiene su puesto entre nieves ásperas y bosques de coníferas. Sólo muy tardíamente se ha aventurado el género a asomarse al filón que ofrecían otro tipo de geografías, como la griega; a pesar de su prodigalidad en materia de monstruos, héroes y lances épicos, los mitos griegos acaban de llegar, como si dijéramos, al predio de las aventuras fantásticas. De fecha más o menos reciente son la recreación de la guerra de Troya en las novelas de Dan Simmons (Ilión, Olympo) o la muy meritoria epopeya con que Javier Negrete obtuvo el Premio Minotauro un par de años atrás, Señores del Olimpo. Como no podía ser de otro modo, este tipo de relatos explota la prolija vena maravillosa de las crónicas de Homero y Hesíodo y pone nueva voz o añade nuevas peripecias a las añejas ya corridas por Aquiles, Héctor o Zeus y su excéntrica familia de inmortales. No sé si atreverme a consignar aquí que esta variante del género tuvo su origen en un título publicado en 1986 por Gene Wolfe, prócer de la ciencia ficción en lengua inglesa, y que en castellano editó Martínez Roca (edición naturalmente descatalogada) con el rótulo Soldado de la niebla. En él, Wolfe ofrecía un producto ciertamente singular y colmado de atractivos. A medias pastiche histórico y a medias novela fantástica, el argumento seguía los pasos de Heródoto para narrar las vicisitudes de un mercenario romano en las postrimerías de las Guerras Médicas, durante el segundo cuarto del siglo V antes de Cristo. Latro, el protagonista, era enviado por el mismísimo Apolo en busca de un santuario oculto, y en su periplo, que le llevaría desde Tebas hasta la ciudad sitiada de Sestos, conocería al poeta Píndaro y recabaría la ayuda de la esclava adolescente Ío, que no tardaría, según es predecible, en quedar prendada de él. Los avatares de Latro continúan en la segunda entrega de la serie, Soldado de Areté, donde la acción se traslada a Tracia y entran en juego las célebres amazonas. El atractivo de la saga, que sería reunida en un ómnibus por la editorial inglesa Orb Books bajo el encabezamiento Latro in the mist, consiste en primer lugar en su acertada combinación de rigor documental y ribetes de cuento de hadas, por no decir excentricidades mitológicas: personajes históricos contrastados y monstruos de alegoría conviven alegremente a lo largo de sus páginas, y esa yuxtaposición del rey Leónidas y la esfinge o el centauro prestan un colorido muy peculiar a la obra que la individualiza y la vuelve fácilmente reconocible frente a otros intentos de ficción histórica de cuño similar. El atractivo del que pretendo hablar en segundo lugar, last but not least, lo reservo para el comentario de Soldado de Sidón, la última parte de la (hasta ahora) trilogía, aparecida en inglés en 2007.
Agotada la veta de la imaginación griega, Wolfe pone rumbo ahora al antiguo Egipto, cuyos dioses y leyendas se dispone a saquear para presentarnos un trabajo que no difiere ni en atmósfera ni en resultado de sus predecesores. Presunta realidad histórica y fantasía mitológica vuelven a darse la mano en la descripción del viaje de Latro hacia las fuentes del Nilo, adonde le conduce la misión encomendada por el sátrapa Achaemenus, y para el cumplimiento de la cual contará con el apoyo de una caterva de soldados, sacerdotes y escribas encabezada por el muy honorable Qanju, docto en el arte de leer las estrellas. A su lado se hallarán también Myt-ser’eu, prostituta sagrada al servicio de Hathor, y el siniestro hechicero Sahuset, que guarda en la bodega del navío que les conduce río arriba la figura de cera de una mujer que cobra vida al caer la noche. La sucesión de acontecimientos prodigiosos, así como las refriegas y el contacto con las entidades de otro mundo, están servidos: Latro será patrocinado por Osiris, matará bandidos en cementerios abandonados, se enfrentará a tribus aberrantes de esas fronteras de Nubia que la civilización no se atreve a desbrozar, sostendrá duelos con un demonio en forma de pantera cuyo pelaje comparte la opacidad de la muerte. Las andanzas del protagonista, algunas de ejecución más afortunada que otras, no se alejan excesivamente de las que pueblan cualquier otro ejemplo de fantasía épica, con sus mandobles, bestias preternaturales y nubarrones de magia; sin embargo, Wolfe sabe dar a su creación un sesgo distinto, que sin duda le aporta originalidad y empuje, y ese sesgo está en la forma. Porque Latro olvida todo cada vez que se echa a dormir.
El recurso, que era ya uno de los motores más poderosos de Soldado de la niebla y continúa animando Soldado de Areté, conserva todo su poder de fascinación en esta secuela última. Según se nos relata en el primer volumen, el personaje principal ha recibido una herida en el cráneo durante el curso de una batalla que le ha dañado ese compartimento del cerebro donde se atesoran los recuerdos. Así, queda condenado a uno de los destinos más atroces que pueden afligir a un mortal, el de no ser, el de perderse cada día en la corriente de las cosas, el de carecer de pasado reconocible, el de saber que el futuro ha de pudrirse forzosamente en el mismo estercolero de los días que pasaron y no existen. El único vínculo de Latro consigo mismo es un rollo de pergamino que está obligado a ir rellenando constantemente con sus fugaces impresiones y las sombras de esa memoria que están a punto de huir y que se esfumarán con el primer sueño: el texto de la novela no sólo es, por tanto, la descripción pormenorizada de sus combates y amoríos, sino también el desesperado intento, en forma de diario, de salvar su precaria identidad del flujo del devenir, que reinventa el universo a cada amanecer. Ese rasgo dota al héroe de Wolfe de una inesperada grandeza y justifica ya de por sí, si careciera de otros méritos, su obra: no cabe defensa más apasionada de la literatura que la que la convierte en el último reducto de lo que somos, de lo que pretendemos ser, de lo que no podemos olvidar que somos.