viernes, diciembre 19, 2008

Adiós, hasta mañana, William Maxwell

Trad. Gabriela Bustelo. Libros del Asteroide, Madrid, 2008. 176 pp. 15,95 €

Pepe Cervera

Adiós, hasta mañana es una novela tierna, exquisita y hermosa que perfectamente podríamos deber en semejante proporción a William Maxwell y a quien fue su amigo durante una breve etapa de su infancia, Cletus Smith, aunque éste no es su verdadero nombre. Adiós, hasta mañana es la última novela publicada por William Maxwell y por la que se le concedió el American Book Award en 1980. Adiós, hasta mañana está considerada la mejor novela de su autor.
Qué cosas tan extrañas e improbables lleva la marea a las costas del tiempo, he leído. Y es cierto. Es cierto que la extrañeza es uno de los sentimientos que experimento siempre que he querido sondear mi pasado, porque es cierto que el tiempo impide reconocerme en alguien que no sea yo ahora mismo, a mis cuarenta y tres años, reconocerme en todo aquello tan remoto que desaparece sin dejar rastro. La vida es en sí misma y siempre un naufragio, he leído. Pero también es cierto que William Maxwell me ha prestado durante un par de días esa mirada suya —tan tierna y nostálgica, tan acertada, tan envidiable— con la que he podido observar uno de los momentos más decisivos de su existencia, uno de los acontecimientos que condicionaron todo lo que habría de suceder y lo orientaron hacia el hombre en el que acabó por convertirse.
Adiós, hasta mañana es un libro de ritmo apacible y sugestivo y es también un conjuro cadencioso que ha conseguido embelesarme. Es además una historia escasa en detalles, prosa limpia, envolvente, de una sencillez estremecedora. De las dos historias que cuenta, una podría calificarla como la autobiografía de William Maxwell, en la que aparecen los mismos elementos que éste ya trabajó en Vinieron como golondrinas, publicada cuarenta años antes —el hermano mayor con una pierna amputada, la madre fallecida a causa de la gripe española, el padre destrozado por esa tragedia—; la otra historia, la que relata lo que precedió y prosiguió al asesinato de Lloyd Wilson, cometido por su vecino y amigo Clarence Smith, es producto de la imaginación del autor —El lector, por su parte, también deberá estar dispuesto a usar la imaginación. Tendrá que imaginar una baraja de cartas puestas boca abajo sobre una mesa y mirar una de ellas, sólo que no verá el ocho de corazones ni la jota de diamantes, sino quince minutos normales y corrientes del pasado de Cletus Smith—. Ninguna de las dos historias descuella sobre la otra, las dos mantienen la tensión y se complementan, las dos confluyen en un momento determinado cuando Cletus, hijo del asesino, y Maxwell, narrador en primera persona, traban una amistad rota a las pocas semanas por el tiro que Clarence descerraja a Lloyd a la altura del corazón. Corresponde al narrador reordenar los sentimientos para que la vida nos resulte aceptable, he leído. Y eso es precisamente lo que Maxwell consigue en Adiós, hasta mañana: un viaje hasta su infancia con la intención de exorcizar el momento exacto en que la vida empezó a ser otra cosa, el momento en que la vida se convirtió en un error que lo acompañaría siempre, una equivocación con la que tendría que cargar de manera dolorosa. El detonante, lo más doloroso e incomprensible es esto: el hecho de que año y medio más tarde ambos amigos coincidan en el pasillo de un instituto de Chicago y se ignoren. Vi a Cletus Smith caminando hacia mí. Me parecía estar viendo a un resucitado. Él no dijo nada. Yo no dije nada. Los dos seguimos andando hasta que nos cruzamos. A partir de ese momento, la cosa ya no tuvo arreglo: Ahí se encuentra uno de los remordimientos que Maxwell me ha trasladado, esa es la culpa que él revive una y otra vez, el sentimiento pernicioso del que no consigue escapar. He tenido momentos felices en la lectura de Adiós, hasta mañana en los que yo también he observado la misma inquietud, la misma necesidad de averiguar si Cletus Smith consiguió salir adelante, vivir una vida propia, libre de los estragos de un drama ajeno a su voluntad. No lo se. Jamás podré averiguar lo que pudo sucederle, si al cabo él y su madre fueron capaces de mirarse sin pasar vergüenza. No lo sé, ya digo. Lo que sí me permito afirmar es que aquel muchacho, —adusto, solitario, indefenso, de manos y pies grandes para un niño de trece años—, aportó lo suyo para que hoy pueda deleitarme con la lectura de esta tierna, exquisita y hermosa novela que es Adiós, hasta mañana.