miércoles, diciembre 17, 2008

La estepa infinita, Esther Hautzig

Trad. Santiago del Rey Farrés. Salamandra, Barcelona, 2008. 252 pp. 16,00 €.

Alba González Sanz

Hay historias que nos siguen conmoviendo. La de Esther Hautzig (Vilna, 1930) cuenta la deportación a Siberia de su familia (padre, madre, abuela, ella misma) en el contexto de laa Segunda Guerra Mundial y con su hogar enclavado, en principio, en la parte de la entonces Polonia que quedó del lado de la Unión Soviética. En calidad de capitalistas –como se cuenta en el libro- son enviados a Siberia donde transcurren varios años (cambian las tornas: Alemania se vuelve contra la URSS y la estepa resulta el lugar más protegido de la tierra) para regresar tiempo más tarde a una Europa devastada en la que el resto de su familia –para completar el cuadro, son judíos- ha sido aniquilada.
Tenemos muchos clichés y un ejercicio de memoria, el libro por todo ello invitaría a la cautela. La pequeña Esther es la narradora de un texto que surgió precisamente con la intención de rememorar, ya desde la madurez y con una carrera de escritora a sus espaldas, la experiencia siberiana. Los tópicos no por serlo impactan menos: un tren que recorre durante semanas Europa en dirección Asia, hasta la estepa. Camaradas que disfrutan haciendo sufrir, camaradas que sufren haciendo trabajar de sol a sol y en las peores condiciones (tenemos la nieve, tenemos el sol extremo) a los deportados. Ancianos, mujeres, hombres y niños tienen su ocupación en los barracones a los que son llevados. Tiempo después, pueden incorporarse a la vida del pueblo con oficios duros y en chozas donde varias familias se apelotonan. El padre es llamado a filas, previamente ha sufrido interesantes interrogatorios de la policía secreta comunista…
Y entre todo un armazón de la historia que nos es familiar de puro narrado, la niña Esther pasa su adolescencia ocupándose de cuidar los recintos que peor o mejor les sirven de casa, de robar carbón de las vías para calentarse, de tejer con pobres lanas para sacarse unos rublos… y de ir a la escuela. Porque cada vez que habla de la escuela en esa estepa infinita el discurso cambia: a pesar de encontrarse en la otra punta del mundo conocido, a ese lugar inhóspito llegan maestros que han sido profesores de literatura comparada en la Universidad de Moscú, cerrada por la guerra. Llegan las lecturas –y parece que se echa en falta una mayor censura a tenor de lo leído- y llega también, en contadas ocasiones, el teatro.
Las memorias son peligrosas porque no hay nada más ficcional que nuestra forma de mirar el propio pasado. Con todo, ese peligro se corre aquí con un puñado de diálogos naif e inverosímiles (como cuando la pequeña Esther amonesta a su amigo Shurik por la intención de éste de hacerse militar, siendo las guerras tan malas, tan atroces, habiendo traído tanto dolor a sus familias), pero nada más. Ni siquiera la Rusia comunista se convierte en esa fuente de todo mal en la que realidad y ficción se funden y se magnifican, impidiendo una buena visión de conjunto.
Hay algo curioso en estas memorias y es cómo el personaje, en un punto romántico, se asimila al espacio y a su complejísima climatología. Cuando Esther, su madre y su abuela pueden salir de Siberia y regresar a Polonia (no a su ciudad natal, pero qué hacer en un lugar del que se han perdido los álbumes de fotos familiares), la niña/adulta –la voz que se funde en ocasiones- confiesa el amor por esa tierra fría y desértica durante todo el año, en dos estaciones que no conocen medias tintas. La escuela, la posibilidad de salir a campo abierto para estar con uno mismo y con ningún ser humano en kilómetros a la redonda… todo eso configura la educación sentimental de esta pequeña judía capitalista apartada de su mundo de gasas y charol de una forma violenta y, como en una broma gigante, salvada de una muerte segura por el mismo hecho de estar lejos del foco de la ira antisemita del régimen nazi.