miércoles, marzo 26, 2008

Lupus, Frederik Peeters

Trad. Javier Zalbidegoitia Bohoyo. Astiberri, Bilbao, 2008. 96 pp. 15 €

Ricardo Triviño

Si primero volvía Jason, ahora vuelve el lobo. Este enero, la editorial Astiberri comenzó a reeditar desde su primer tomo el cómic de Lupus. Una aventura de ciencia-ficción con nombre de enfermedad pero que no se centra ni en logros tecnológicos ni científicos, ni siquiera hace lucubraciones acerca del futuro del mundo que nos espera: Lupus no analiza el presente desde una hipótesis de futuro, sino desde el propio presente vestido con una escafandra del espacio.
Su autor, el suizo Frederik Peeters, al igual que Jason, Jeff Smith o Trondheim, es uno de los autores estrella de la editorial bilbaína. Después de la publicación en castellano de Constellation, que no tuvo mucha resonancia, llegaría la autobiografía Píldoras azules, cuyo acercamiento tan natural como sincero a la enfermedad del SIDA acabó golpeando en el estómago de más de un aficionado a la viñeta, siendo un éxito de crítica. Posteriormente, vendrían los cuatro álbumes de Lupus, cuyas portadas marcan el paso del tiempo, cada uno de los cuartos en que se divide el tiempo de la trama, de la misma manera que la primera edición no integral del Persépolis de Marjane Satrapi (Norma Editorial) mostraba representaciones ecuestres relacionadas con cada momento de la vida de la protagonista.
Lupus ha sido calificada de “road-movie espacial”, y es cierto, pues es la huida de una pareja a través de diferentes sistemas solares. Ellos son Lupus, el protagonista joven apasionado por la biología, y Sanaa, una misteriosa chica que es perseguida sin descanso por su padre. Ambos se encuentran planeta perdido, donde Lupus y su mejor amigo han ido a pegarse una juerga de anfetas y alcohol. Lo que parecía ser una escapada de placer sin más complicaciones, acabará, como es obvio, complicándose. Peeters acierta a la hora de aunar la acción de la historia con remansos de paz sobrecogedores, porque Peeters es un maestro de los silencios y los pinceles. Hace correr a sus personajes para luego sostenerlos en el aire y preguntarle al lector por qué están corriendo, de qué están realmente huyendo o hacia dónde están dirigiéndose.
El autor llegó a preguntarse si convertir a su protagonista en un poeta, por darle ese toque bohemio y mágico, una idea pero que afortunadamente desechó por demasiado manida. El interés por la biología de Lupus, sin embargo, aúna más coherentemente el contexto científico que rodea esta historia futurista con la pasión y encanto que podrían ofrecer cientos de poemas, evitando el lastre de la repetición. La imaginación vuela cuando Peeters empieza a perfilar jardines selváticos llenos de plantas hermosas y extrañas, de tentáculos sinuosos o esporas terribles. Uno puede sentir el entusiasmo de Lupus y la paz que le transmite ese mundo botánico, todo gracias a la delicada técnica con que el autor suizo entinta sus dibujos, desde la pupila desnuda del cuerpo más frágil hasta la vastedad cósmica más desbordante.
Lupus parece querernos engañar, pero no lo hace. Desde la primera ilustración, la portada, muestra al protagonista en una posición reflexiva, indicando que esta aventura sideral es algo más que “efectos especiales”. Al igual que en Píldoras azules, el argumento gira en torno a la dificultad de ese rompecabezas que son las relaciones humanas, lleno de piezas que encajan entre sí y de piezas que no lo hacen. Peeters vuelve para obligarnos otra vez a detener la mirada sobre ese puzzle amontonado sobre la mesa del desayuno, esa vida que todos cargamos y que cada día tenemos que montar

1 comentario:

Jorge dijo...

Interesante reseña. Miraré de adquirir este cómic.