lunes, marzo 17, 2008

Personajes secundarios, Joyce Johnson

Trad. Marta Alcaraz. Libros del Asteroide. Barcelona, 2008. 344 pp. 18,95 €

Alba González Sanz

No hace mucho leí que con la edad uno empieza a aceptar la infancia como un relato contado por terceros que debe asumir como propio en un acto de fe. En el mismo lugar leí también que sólo envejecemos en los otros. Pensaba en ello a la vez que devoraba Personajes secundarios de Joyce Johnson, la única mujer con la que Kerouac tuvo lo que él mismo llamó una relación de verdad. Su secundario cuando publicó En el camino. Una de las chicas beat, una de tantas, una tan anónima como todas las demás. Salvo porque contó aquellos años contándose a sí misma. Las reflexiones prestadas del principio me sirvieron para encajar a las dos Joyce, o a las varias Joyce que habitan el libro; para entender hasta cierto punto la distancia entre la escritora y su propia vida pasada.
El género de la autobiografía suele invitar al recelo, a que el lector ponga en cuarentena la voz del autor, la supuesta verdad de su mirada, su objetividad. Parece que la crítica libró a Joyce de eso (el libro acaba de traducirse del inglés pero lleva desde 1983 en circulación) porque supo detectar sinceridad, porque cuenta aquel mundo sin hacer una ocultación manifiesta de datos, sin encumbrar a sus autores como monstruos y sin degradarlos desde un resentimiento posible. Primero indirectamente y después desde el centro, ella fue testigo de cómo se forjó una generación, la beat, cuya trascendencia en lo literario es inseparable de la que obtuvo en muchos jóvenes norteamericanos de entonces y de después.
Porque el cambio no es repentino, una generación puede estar al borde una revolución y no darse cuenta. Joyce Johnson y sus contemporáneas dieron un primer paso de emancipación que en su momento valoraron como algo grande y rotundo. Años después, pensando en ello desde los 47 años, encuentra sentido a su papel pensándose como un estadio intermedio. Las mujeres beat salieron de sus casas sin anillo de compromiso, para emanciparse. Las mujeres beat fueron a la universidad. Las mujeres beat le quitaron al sexo los tabúes con los que las habían educado. Pero hubo dos cosas que no hicieron en su mayor parte: concebir las relaciones de pareja de una manera más equilibrada y dar a conocer su obra, en lugar de escribir y guardar poemas o relatos en cajas. Habla de los escritores de esa generación, habla de Kerouac, pero recoge sobre todo a esas secundarias.
El libro está dividido en quince capítulos, el último compuesto por cartas transcritas que de alguna manera cierran las vidas que ha ido trazando. Y digo cerrar porque ella misma cuenta que «Nunca terminé de encajar en los años sesenta. A pesar de todos sus fuegos de artificio, me parecieron decepcionantes, como si un desenlace prometedor hubiera quedado truncado». En todo el resto alterna la Joyce que cuenta los hechos que vivió con la que nos explica otros que le contaron o conoció después. La armonía es total, las historias van encajando. Ella pasa de narradora a protagonista o coprotagonista y la foto que decora la portada es reveladora en esto: Joyce difuminada tras un Kerouac de mirada inquietante.
La Nueva York de los cincuenta se recorre a través de sus bares y sus habitantes más bohemios. De barra en barra se pasea una generación que intenta romper con el sistema de vida heredado, pero también con el arte y sus formas de expresión. Hay un desgarramiento en la huida hacia delante que emprende esta generación y que como explica Johnson no pretendía conducir a los 60 tal como fueron. Pero también ese sentimiento se trasplanta a la escritura, para mi gusto se concreta más en Aullido de Ginsberg que en el propio Kerouac. Joyce Johnson le pone palabras para contarlo sin la ficción o la poesía, pero demostrando en todo caso una habilidad narrativa para no despersonalizar a quienes revive, sin descuidar la escritura y humanizando por encima de todo a los autores, viéndolos como personas más que como personajes.
La traducción es de Marta Alcaraz y mi edición en inglés dice que es un trabajo de lujo que respeta muy bien las verdaderas melodías que compuso Joyce Johnson; no fueron al piano como habría soñado su madre, pero se sienten como verdadera respiración en prosa.