viernes, marzo 08, 2013

Todo, Kevin Canty

Trad. Damià Alou. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012. 280 pp. 18,95 €

Cristina Consuegra

Hay libros que atemperan el acontecer, que lo ajustan a nuestra identidad y nos ayudan a comprender quienes somos. Otros, en un alarde de valentía, desde el sigilo y la cadencia, intentan comprender la vida, aprehenderla para intentar descifrar uno de sus misterios: definir la experiencia de la vida. Algo de esto reside en la respiración del séptimo título de Kevin Canty, Todo. Una de esas grandes sorpresas literarias que 2012 deja, más por lo que silencia que por lo que narra.
A este título no se le deben pedir urgencias ni artificios, tampoco imposturas ni grandes alardes estilísticos No. Nada de eso encontrará el lector en la creación de Canty. Todo exige una mirada cómplice y cercana, instintiva. Una mirada que nos permite recuperar esas partes de nosotros que la celeridad de la rutina hace que olvidemos. Esas partes ligadas a la emoción, al origen. A lo telúrico.
Ambientada en un pequeño pueblo del estado de Montana, Todo articula su historia a partir de la existencia de RL, un hombre de mediana edad, propietario de un pequeño negocio de pesca deportiva, que se enfrenta a lo que la vida tiene de impredecible y sorprendente. A lo que tiene de evocadora y mágica. A RL se le presenta la oportunidad de volver a ser de una forma distinta, quizá más feliz, más honesto consigo mismo; una segunda oportunidad para reconfigurar las coordenadas de su cartografía vital. Con una prosa diáfana y un ritmo que parece reflejo de las cordilleras que abrigan el estado de Montana, Canty va cosiendo a través de RL las experiencias y vidas del resto de personajes: la de su hija Layla, quien se enfrenta a la traición y al amor de las primeras veces; la de June, viuda del que fue su mejor amigo, cuya vida permanece anclada a la memoria y pugna por encontrar una nueva forma de estar en el mundo. Este triángulo singular, marcado por el amor y el dolor, va adentrándose en territorios en los que la emoción dicta las pautas de conducta.
Son muchos los elementos a destacar del entramado narrativo que soporta Todo, tanto en lo formal como en la poético, pero si tuviera que quedarme con uno de esos elementos me quedaría con esa manera tan inteligente con la que Canty establece una conexión entre el lugar donde la historia se desarrolla, ese entorno rústico en el que nada y todo ocurre, donde la vida se vuelve espesa y repetitiva, y los diferentes personajes que conforman el esqueleto de Todo. Ese entorno natural, desbordante de belleza, exige a los protagonistas comportamientos, formas de amar y querer, maneras de ser y estar que nos reconcilian con lo que denominamos condición humana. Relación que hace de Todo una reflexión, en clave de ficción, sobre la belleza de la vida, sobre el amor y la familia, sobre la amistad y la honestidad. Un canto a un lugar, sí, y a la lógica de la naturaleza. Una novela en la que el lector encontrará afectos conocidos, emociones sentidas. Dolor incorporado. Heridas y cicatrices. El lector encontrará vida, mucha, tanta que, por un instante, creerá que nunca antes había vivido.

jueves, marzo 07, 2013

El criador de gorilas, Roberto Arlt

Ediciones del Viento, A Coruña, 2012. 144 pp. 16,50 €

Verónica Aranda

Roberto Arlt (1900-1942) tuvo una vida intensa y novelesca. Escritor autodidacta, se empleó en todo tipo de trabajos, cultivó el periodismo, la narrativa y el teatro, y hasta fundó un laboratorio de invenciones. Sus Aguafuertes porteñas o El juguete rabioso son fundamentales para entender el Buenos Aires de principios del XX con sus arrabales y conventillos, sus tipos pintorescos, las olas de inmigración europea y el lunfardo, jerga de los bajos fondos de la capital argentina, fruto del gran crisol cultural y lingüístico, de la que el escritor argentino dio amplio testimonio.
El criador de gorilas es un libro raro y sorprendente dentro de la obra arltiana. Deja de un lado la temática urbana, porteña, para ampliar horizontes hacia el exotismo y la literatura de viajes. Después de su paso por España en 1935, enviado por el periódico argentino El Mundo, donde escribió sus Aguafuertes españolas, Arlt visita en 1936 Ceuta y el norte de Marruecos y queda fascinado por aquellas tierras donde se puede retroceder en el tiempo cuatrocientos años. En palabras del autor, «África es la luna. Así como suena. La luna.» Fruto de esa experiencia, surge El criador de gorilas, el último libro que publicó Roberto Arlt en vida en 1941, y que ha rescatado en 2012 Ediciones del Viento. A medio camino entre lo narrativo y la crónica periodística, el libro se compone de 15 relatos que representan la imagen del Otro, el encuentro de Occidente con Oriente, rechazando estereotipos clásicos y describiendo las grandezas y miserias del ser humano.
Entre los personajes que pueblan los cuentos, aparecen usureros, estafadores, ladrones que fracasan, militares españoles sin escrúpulos, hampistas, truhanes y asesinos, tan característicos de la narrativa arltiana, al igual que el tema del destino y la humillación. En África, sin honradez, se puede llegar a alguna parte, cuenta el narrador en uno de los relatos. El escritor argentino retrata con maestría una época convulsa, cuando el continente africano estaba dominado por el colonialismo europeo. El libro comienza en el Tánger de la época internacional, nido de espías y buscavidas. Una ciudad «donde es ventajoso tener una mala reputación». Y nos va guiando poco a poco por el laberinto misterioso de las medinas, los harenes, la esclavitud o la selva africana. Abundan las descripciones poéticas, detalladas, el estilo ameno y los finales sorprendentes. En algunos cuentos se sirve de un “Zelje” o trovador para que narre la historia y alcanzar así una pretendida objetividad que atenúe la fantasía desmesurada que brota del espacio africano. De este modo, Arlt recupera la forma hoy perdida de las narraciones con marco, a la manera del Decamerón o de Las Mil y una noches.
Lo terrible y la barbarie aparecen en muchos de los relatos. Destacan las historias de crueldad y venganza, o narraciones de muertes espeluznantes: como la de Farjalla, el negrero, que amarrado a un gorila muerto es devorado por las hormigas, o la muerte de la espía inglesa en un barco camino del Cairo aplastada por un ancla. En África la vida no vale nada, y así nos lo cuenta sin tapujos Roberto Arlt. Por otro lado, refleja reiteradamente la vinculación entre el hombre y la bestia, tema recurrente en novelas como El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, donde el espacio africano es el lugar propicio para la metamorfosis.
Una vez que cerramos El criador de gorilas, tenemos la sensación de haber viajado en el tiempo por tierras exóticas —Marruecos, Guinea Ecuatorial, Madagascar, el Congo, Ceilán— y de haber vivido un sinfín de aventuras. Un libro raro de un escritor de culto, maestro de Cortázar y Piglia. Ideal para coleccionas y lectores de Roberto Arlt.

miércoles, marzo 06, 2013

El ángel esmeralda, Don DeLillo

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2012. 240pp. 20 €

Ariadna G. García

El terror, la intriga o el suspense forman parte de nuestras vidas, subyacen en el fondo de cualquier experiencia, por anodina que pueda parecernos. Si bien es verdad que algunos escenarios sugieren más que otros emociones tenebrosas (pensemos en los símbolos románticos del cementerio, los parques invernales, las mansiones en decadencia, las iglesias o las ruinas), no es menos cierto que todos aquellos lugares por donde desplegamos, como pesadas velas, la existencia también pueden enturbiarnos el ánimo y alterarnos el pulso en las carótidas. El miedo acecha siempre, amenaza con asaltarnos en cuanto bajemos la guardia. No importa dónde estemos. Este es el mensaje que Don Delillo pretende transmitir con su última obra.
El ángel esmeralda lo integran nueve relatos escritos en diferentes épocas. Creación (1979) se ubica en una isla caribeña de la que los protagonistas no pueden salir. La asfixia que este encierro produce en la mujer, encuentra su reverso en el erotismo que siente su compañero, quien vive el episodio como un momento místico de unión con una naturaleza salvaje y novedosa. El fantástico Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial (1983) se desarrolla en una estación espacial a miles de kilómetros del globo terráqueo. Allí, dos astronautas meditan sobre la condición humana mientras temen que los destruya un satélite de combate. Entre sus pocos “momentos humanos”, además de unas conversaciones que enfrentan dos modos de asumir la soledad (el discreto, que oculta las inseguridades; y el ruidoso, que las airea), encontramos uno que describe muy bien el patetismo de Occidente: «Me noto una emoción de estar en casa, colocando en su sitio las mercancías, con sus vistosos envoltorios, una sensación de próspero bienestar, una sólida comodidad de consumidor» (p. 37). El corredor (1987) relata el supuesto secuestro de un niño en medio de un parque, ante la mirada atónita, impotente, de varios testigos. La acróbata de marfil (1988) nos traslada a una Atenas sacudida por un terrible terremoto. El pánico que siente la protagonista se extiende más allá de los límites de la propia conciencia (terror al sufrimiento y a la muerte) y cuestiona la acción de la ciudadanía, que acepta los temblores como elementos fijos de su cotidianeidad. El ángel esmeralda (1994) nos lleva al Bronx, a los suburbios violentos del condado de Nueva York, a la cuna del graffiti. Este estupendo relato cuenta la lucha de dos monjas por mejorar las condiciones de vida de los más necesitados. La actitud positiva de ambas mujeres, cuyos ojos atisban horizontes, contrasta con el recuerdo lúgubre que los graffiteros dedican a los niños que mueren a diario. El inquietante Baader-Meinhof (2002), que comienza en una galería de arte y acaba en un apartamento, reflexiona sobre las situaciones disparatadas, e incluso angustiosas, que se pueden vivir cuando no se frena a tiempo rápido el avance de una relación. En Medianoche en Dostoievski (2009) un par de estudiantes se inventan la vida de un desconocido con el que suelen coincidir después del instituto. La idea formada y el conocimiento exacto de la realidad pugnan por imponerse cuando la ocasión se presenta. No es ajena al relato la crítica de las grandes ciudades: «Empezaba a sentirme en relación de intimidad con aquellas calles. Yo estaba aquí capacitado para ver las cosas lisa y llanamente, de una en una, lejos de la ciudad hacinada y estratificada, mil significados por minuto» (p. 151). La hoz y el martillo (2011), ácido texto de plena actualidad, nos introduce en el mundo carcelario. Sus protagonistas son presos económicos (especuladores, inversores, altos directivos…) adictos a la tecnología (la trena parece «un campamento de rescate de Internet», p. 180), que encuentran allí un poco de descanso a su actividad criminal, mientras el globo arde por la crisis (su crisis, generada por ellos), y en consecuencia, la clase trabajadora pierde derechos fundamentales y poder adquisitivo. Delillo, a través de la voz inocente de las niñas (hijas de un recluso) que presentan las noticias de un canal infantil de televisión, no sólo avergüenza a los culpables del hundimiento de la clase media, sino que da la receta para combatir el autoritarismo: «Pueblos de Europa, alzaos» (p. 194). La hambrienta (2011), por último, es un desasosegante relato que nos habla de la soledad de quien carece de metas y proyectos, y vive un simulacro de existencia a través de los personajes ficticios de las películas.
Don Delillo dibuja en sus relatos personajes aislados, incomunicados, en continuo conflicto emocional con cuanto les rodea. Ninguno escapa de la crisis económica o de la afectiva. Un buen retrato, en suma, de los tiempos que corren.

martes, marzo 05, 2013

El jinete de la onda del shock, John Brunner

Trad. Antonio Rivas. Gigamesh, Barcelona, 2012. 331 pp. 20 €

Fernando Ángel Moreno

Acercarse por primera vez a reediciones como esta aporta una intuición hermosa: revivir el nacimiento de la gran ficción prospectiva mientras se gestaba. Aquellos relatos fueron los del movimiento de los años sesenta y setenta denominado New Wave. A pesar de las numerosas excelentes obras anteriores a este movimiento, la dignidad de esta mirada diferente, de esta distinta actitud de la New Wave, cambió el género para siempre.
John Brunner fue un clarísimo representante de este fenómeno con cuatro novelas fundamentales: la trilogía del desastre (Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego y Órbita inestable) y la que Gigamesh reeditó recientemente: El jinete de la onda del shock. Es representativa por su compromiso social y por su compromiso literario.
Lo primero quizás sea lo más impresionante mientras se lee. Seguramente el autor no profetizaba sobre el futuro 1975, sino que hablaba de dos presentes con el mismo problema: el suyo y el nuestro. Por eso parece anticipar el futuro, porque la constante falta de interés de los políticos occidentales por corregir una trágica deriva de la política y la economía ha incrementado hasta hoy el gravísimo problema de la falta de éticas política y económica. En este sentido, el texto de Brunner no impacta tanto por su crítica al capitalismo por sí misma, sino como desenmascaramiento de la maldad humana, que un capitalismo descontrolado incentiva si no se le ponen barreras.
El propio argumento de la obra ya implica este pensamiento: un hombre educado en una institución para superdotados se sumerge en una lucha personal contra la corrupción a todos los niveles. Para ello se sirve de un espacio virtual que intuye admirablemente lo que sería el mundo de internet y de las transacciones electrónicas.
Sin embargo, lo interesante de la New Wave estuvo en su tratamiento literario experimental, con la combinación de diferentes recursos narrativos e incluso a menudo paratextuales con un mayor cuidado del lenguaje y el diseño de personajes. Como buen hijo del movimiento, en El jinete encontramos un gran trabajo intratextual sobre utopías y distopías. Se apoya para ello en una estructura episódica atrevida que combina pequeños diálogos (a menudo sin interlocutor ni referencias) con largas unidades de acción o con descripciones espaciales sugerentes. Por si fuera poco, se acompañan estos episodios con títulos desconcertantes, poéticos, irónicos o agresivos según el caso, que obligan al lector a reflexionar sobre el subtexto, las conexiones intelectuales o, al menos, a ahondar en sus intuiciones sobre lo que está ocurriendo. Además propone una acertada defensa de los límites del intervencionismo estatal, tanto desde un punto de vista ético como desde otros prácticos y sociales.
Por si fuera poco, se nos presenta a un personaje problemático en cuanto a sus delirios de personalidades múltiples autoinducidas y sus tormentosas relaciones con otros individuos y con la sociedad.
Así, ninguna conclusión inmediata es del todo correcta durante la lectura ni se encuentra un sentido único con poco que se reflexione sobre el discurso que Brunner construye. Sin embargo, en cuanto uno se acostumbra al extravagante desarrollo novelístico, crece el interés por la trama y la facilidad de lectura hasta dejar, al menos en mi caso, con grandes ganas de una relectura para percibir multitud de sutilezas.
Pumas como mascotas, programas de televisión límites, manipulación de información sanitaria-empresarial, resignación ante la corrupción del sistema, situaciones deslumbrantes, emociones escondidas bajo emociones, dudas existenciales… Con detalles de todo tipo se levanta una sociedad extravagante y complicada, pero cuyas coordenadas parecen separarse de las nuestras solo por falta de imaginación de los gobernantes y de los grandes empresarios.
Con todo ello Brunner logra una buena introducción a las posibilidades de lo prospectivo por encima de los tópicos más usuales en torno a la ciencia ficción. El lector podrá disfrutar de una obra compleja, original, con mil posibilidades de lectura y con una inquietante sensación de que, entre las metáforas, las exageraciones, los juegos narrativos… entiende el presente con alarmante lucidez.

lunes, marzo 04, 2013

Laberinto de fortuna, Medardo Fraile

Menoscuarto, Palencia, 2012. 280 pp. 19 €

Miguel Sanfeliu

Medardo Fraile es uno de los máximos exponentes del cuento español del siglo XX. Pertenece a la llamada Generación del Medio Siglo. Sus relatos han aparecido en todo tipo de antologías y han sido objeto de análisis por parte de críticos y estudiosos de un género que siempre se ha esforzado por ocupar el lugar que realmente merece, y dejar por tanto de ser considerado la antesala de la novela o alguna otra estupidez semejante. Pero a un autor de relato siempre se le hace la misma pregunta, siempre se espera que escriba una novela, así que Medardo la escribió, para que le dejaran en paz y para contentar a sus padres, que le decían que con la novela ganaría más dinero. La escribió y la publicó, en un primer momento, con el título Autobiografía. Ahora la rescata la editorial Menoscuarto como Laberinto de fortuna, que fue siempre su título original.
Uno podría esperar que la novela de un escritor de cuentos sea una nueva colección de relatos con un nexo de unión más o menos evidente, pero no es el caso. Estamos ante una novela con mayúsculas, una historia coral, realista, retrato de una época, principios del siglo XX, y de unos personajes caracterizados con precisión.
La historia se centra en Manuel, un niño cuya madre está gravemente enferma. A su alrededor, se mueve una amplia nómina de personajes, que entran y salen de escena completando un vivo retrato del ambiente de preguerra en Madrid, minuciosamente descrito, en el que destacan, como es habitual en el estilo de Medardo Fraile, las voces, los sonidos, los sabores, los colores, los detalles que producen en el lector una inmersión completa en ese escenario bullicioso en el que tiene cabida tanto la generosidad como la sordidez, la ternura y la brutalidad, lo sublime y lo trágico.
Laberinto de fortuna es una novela llena de voces y situaciones, un viaje que realiza el autor hasta su infancia para contarnos cómo era el mundo, su mundo, en aquellos momentos. La vida, con su lado maravilloso y sus tragedias, sin que nada nos advierta de cuándo hemos de ser testigos de una u otra faceta, transcurre inquieta, pese a que la muerte súbita e inesperada puede sorprendernos en un teatro que se incendia, en plena calle, a causa de una insolación, o en nuestro propio hogar.
En estas páginas encontramos el estilo característico de Medardo Fraile, sus certeras descripciones, sus diálogos ágiles, su mirada curiosa hacia el ser humano, a sus miserias y sus grandezas, siempre contempladas con ternura e indulgencia y salpicadas de un humor que nos señala con agudeza lo sorprendente e incluso lo grotesco que puede encontrarse en ciertas situaciones.
En 1989, Rafael Azcona escribió un guión de esta novela con el título El laberinto, pero el rodaje nunca se llevó a cabo. José Luis Cuerda llegó a aceptar dirigir la película, pero una oferta para televisión le hizo abandonar el proyecto. No obstante, el guión existe y tal vez alguien se decida a rescatarlo en algún momento, no hay que perder la esperanza.

sábado, marzo 02, 2013

Doble Mirada: Safaris inolvidables. Fernando Clemot

Menoscuarto, Palencia, 2012. 161 pp. 16 €

1. Ignacio Sanz

Los veinte cuentos que conforman Safaris inolvidables componen una deliciosa sinfonía narrativa. Su música, poco a poco, va envolviendo al lector que descubre pequeñas complicidades que destellan de un cuento a otro. Escritos en primera persona, el narrador tiende puentes con los personajes entre un cuento y otro. De ahí que nos encontremos con un personaje que habíamos conocido de manera superficial en Lanzarote, en otro cuento que discurre en Brasil. Islas remotas perdidas en la vastedad del Océano Índico, selvas tropicales, territorios devastados por lejanías insospechadas son algunos de los escenarios en los que Fernando Clemot mueve a sus personajes. A veces en esos espacios marcados por la lejanía, nos cuenta historias pretéritas para reavivar dramas presentes. Y todo ello aderezado con técnicas descriptivas rabiosamente actuales ya que el narrador nos describe los fenómenos geográficos a través de los recursos que presta Internet. Así, resulta asombroso cómo describe minuciosamente un fenómeno geográfico a 800 metros de altura y cómo ese fenómeno se difumina cuando se eleva a 5000 metros. Como si estuviera relatando lo que se ve desde un avión. Pero Clemot nos deja claro que lo hace desde un servidor de la red.
Brasil, Irlanda, Hungría, Portugal, Francia… son meros pretextos. El lector se convierte en testigo de unos viajes que remiten al nomadeo y al desamparo del propio narrador; a veces a la evocación de tiempos felices que el presente torna amargo. Cuando el narrador se siente traicionado, es decir, abandonado y solo, evoca aquella ocasión en que, hace años, precisamente ahora que se encuentra herido, él hizo lo mismo. De manera que los viajes no son sólo espaciales, sino en el tiempo. Los argumentos se quiebran de pronto, rompen el ritmo, van y vienen. Casi nunca avanzan de manera lineal, más bien parece que cabalgaran sobre el lomo de un caballo de ajedrez.
Con frecuencia leemos libros de relatos que se presentan como novelas. Pues bien, Safaris inolvidables, sin dejar de ser veinte cuentos independientes y autónomos, podría pasar por una novela fragmentaria, dado que nos ofrecen fragmentos de vida de un mismo narrador. O sus recuerdos. O Las historias que le contaron.
Algunos cuentos resultan redondos como el de María Aparecida, la mulata brasileña de la que se enamora el narrador y de la que vivirá colgado el resto de su vida. Hay historias sorprendentes como la dedicada a contarnos las extravagancias del poeta fascista D'Annunzio, tan sugerente, pese a todo.
Hay cuentos breves y fulgurantes como “La agonía de las flores” que dejan un aroma melancólico en el ánimo del lector.
No conocía a Fernando Clemot, pese a que en 2009 recibió con Estancos del Chiado el premio Setenil al mejor libro de cuentos. Cuántas lagunas tiene uno. Ha resultado un descubrimiento feliz este Safaris inolvidables, tan metaliterario, con ese fondo de amargura y cierto desenfado. Lo dicho: una delicia.


2. José Miguel López-Astilleros

Adentrarse en la espesura de los veinte cuentos que Fernando Clemot nos ofrece en su segundo libro de este género (el primero fue Estancos del Chiado, con el que obtuvo el prestigioso premio Setenil), es disponerse a emprender un doble viaje, que es el mismo: uno externo, que nos llevará por geografías y paisajes desde la virtualidad de una computadora, pero que a la manera del romanticismo expresan a menudo estados del alma; y otro interno, el que hacemos a la recuperación de un pasado, que lejos de permanecer inmóvil en la memoria, se le revela a los protagonistas como algo voluble e inestable, de una fragilidad que nos enfrenta a la extrañeza de la vida, cuyo recuerdo nos deja a la intemperie, sin más protección que las palabras que lo recrean, porque como se dice en el primer relato «no hay maleta con mayor lastre que el pasado, somos solo fatiga al anochecer de este viaje, tristes esclavos del recuerdo.
Los temas fundamentales son la memoria, la senda tortuosa de la reconstrucción de los recuerdos y la pérdida del amor, por ejemplo en el que da título al libro, Safaris inolvidables o en Ni odio ni olvido, entre otros; así como el tiempo, y concretamente el tiempo como destructor de los sueños, en María Aparecida, donde el capitán Jensen, tras cartearse dos años con su amor durante sus viajes, vuelve a ella, pero encuentra a una mujer desconocida; o la muerte en Flores del Sertón, en el que asistimos a un momento de exquisito refinamiento al contraponer el cálido funeral de un campesino muerto durante un viaje en autobús por el Sertón, con el frío y deshumanizado funeral de la madre del protagonista; pero también la locura, como en Los cincuenta furiosos, cuyo último párrafo reza así «Nos aguardan pacientes en la esquina la locura y la nada, con su cuenco de hueso, cerca del fin, como un lienzo vacío de color sobre los eternos campos de hielo».
Un elemento capital de la obra es su unidad, conseguida de varios modos: por la repetición de los temas en muchos de ellos; por la aparición de dos grupos de relatos que ofrecen una cierta continuidad, de tal modo que en el titulado Safaris inolvidables comienza una historia de desamor, en la cual el protagonista es abandonado por su pareja, y a partir de aquí, en cuatro relatos más, diseminados por todo el libro, iniciará un proceso de recuperación de sus recuerdos, narrados hacia atrás conforme van transcurriendo distintos episodios de su relación con ella. El segundo grupo está compuesto de tres cuentos que tienen como protagonistas a dos marinos, Jensen y Christian, que al igual que los cinco anteriores están distribuidos de manera discontinua entre los demás. Otros elementos que prestan unidad al conjunto son la utilización de la primera persona en todos o la omnipresencia en la mayor parte de ellos de un “programa”, como así se le denomina, que nos recuerda a Google Earth y su herramienta Google Street View, mediante el cual el protagonista realiza los viajes en el tiempo y el espacio, desde Lisboa a Roma, Budapest o Venus. Esta unidad fortalece y aglutina los diversos matices de las obsesiones que habitan el ideario del autor en favor del conjunto, pero por otra parte corre el riesgo de desdibujar la individualidad de cada uno de las piezas, sobre todo por abundar en lo que las une.
Los personajes están inmersos, en su mayoría, en una cotidianidad que nos acerca a su realidad de ficción. Al hilo del argumento central y de los personajes principales, en ocasiones van surgiendo una pléyade de secundarios, cuyas vidas están pergeñadas de manera breve y eficaz, no menos atractiva que aquellos. A todo ello hay que añadir el inteligente manejo de los finales abiertos y las elipsis, que dotan a los relatos de un misterio insondable, con momentos de intenso lirismo y sabiduría vital.
La impresión emocional que nos dejan estos cuentos de Fernando Clemot, es de una silenciosa y reflexiva melancolía, que no surge de un lenguaje especialmente emotivo ni sensiblero, sino de un planteamiento existencial y una técnica narrativa manejada con pericia y acierto, que tiene un magnífico ejemplo en el fastuoso comienzo de El hombre que mira. Todo un placer para lectores de profundidades y silencios.

viernes, marzo 01, 2013

Medusa, Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral, Barcelona, 2012. 160 pp. 17,50 €

Cristina Consuegra

Con la publicación de La luz es más antigua que el amor (Seix barral, 2010), Ricardo Menéndez Salmón logró apuntalar, aún más si cabe, su trayectoria de autor de obra, al tiempo que inauguró un nuevo horizonte de reflexión. En este título, suerte de piedra angular del entramado poético del asturiano, podemos encontrar, localizar, todas las claves que han hecho de este autor un nombre propio singular y único; ese compendio de ideas capitales que, título tras título, Menéndez Salmón revisa con precisión de cirujano, con la obsesión de quien sabe que la obra está siempre en movimiento.
Esas ideas capitales son retomadas, revisadas y medidas para la historia que el autor retrata en Medusa (Seix Barral, 2012), último artefacto narrativo del de Gijón, de prosa orgánica e identitaria. De ritmo frenético y estructura inteligente. Un título que dignifica el oficio de la palabra y la experiencia de la literatura. La reflexión en torno al ejercicio del mal y el poder del par imagen/palabra se presentan, una vez más, como grandes temas en torno a los cuales el autor hace pivotar a las piezas que soportan el esqueleto de su poética: la constante ficción/realidad, la capacidad redentora del ser amado, la familia, la crueldad y el horror y la relación escritor/tiempo basculan entre los dos territorios nombrados, territorios que hacen grande al autor y que evocan el aliento de otros nombres ilustres de la historia de la literatura como Faulkner, Onetti, Céline, Bernhard, Dostoievski y Camus.
En Medusa, el autor advierte al lector con una suerte de prefacio, “Masacre en Kovno”, pieza en la que se presenta superficialmente al personaje objeto de la novela, Prohaska, y buena parte de lo que Menéndez Salmón desgranará, tras este primer impulso narrativo, en las dos partes principales de la novela destinadas a testimoniar, bajo la mirada de un narrador subjetivo, tanto la vida y obra de Prohaska, como el mayor acto de horror y crueldad cometido por el ser humano, la Segunda Guerra Mundial.
De la mano de esa mirada primera sobre la obra de un artista que jamás se dejó retratar, del que no hay imagen alguna, el autor propone una profunda lectura sobre el horror y la devastación tamizada por la figura de Prohaska quien construye el mundo a base de fotografías, un hombre que se limita a testimoniar la experiencia de un tiempo —de la memoria— gracias al uso de la práctica artística, gracias al uso de la omnipresencia de la imagen. Articulada a través de la trama, se ofrece al lector la posibilidad de reflexionar sobre el ejercicio de la palabra como herramienta para interpretar y transmitir, y el empleo de la imagen como certificado de una experiencia. Ambas, palabra e imagen, obsesionarán a Prohaska, pero debe ser el lector quien decida el grado de responsabilidad del personaje —figura que, en ocasiones, aparece como elemento integrador de la poética de Menéndez Salmón— para con la historia, mejor dicho, el grado de responsabilidad de la vida y obra de Prohaska con la historia entendida desde esa perspectiva nietzscheana que defiende que «la historia es el único escenario legítimo para la especulación acerca de la vida, el lugar donde tarde o temprano se contará la verdad de la vida». Quizá por ese testigo que el autor cede al lector, Medusa es la novela en la que la mirada del lector se antoja más urgente y prioritaria. Más profunda.

jueves, febrero 28, 2013

Plegarias nocturnas, Santiago Gamboa

Mondadori. Barcelona, 2012. 286 pp. 18,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Si algo llama la atención de la prosa de Santiago Gamboa, y de ello su nueva novela vuelve a ser un buen ejemplo, es esa fluidez con la que se desliza sinuosamente que nos anima a dejarnos llevar allá donde quiera dirigirse y una extraña capacidad para contar asuntos cotidianos como si fuesen fantásticos. No hablo de realismo mágico, sino de la magia del realismo: esos momentos de desconcierto en los que nos damos cuenta de que la realidad ha superado por enésima vez a la ficción y ha usurpado su lugar, algo más frecuente de lo que nos gusta reconocer.
Autor de, en mi humilde opinión, una de las mejores novelas sobre inmigrantes que se hayan escrito, El síndrome de Ulises, donde daba voz a multitud de expatriados de todo tipo, condición y nacionalidad que confesaban al protagonista sus peripecias como si de unas nuevas mil y una noches se tratara, vuelve a incidir en el tema del destierro voluntario y a hacerlo con esa fórmula a la vez natural y artificiosa que es dejar que los personajes hablen por sí mismos, revestidos sus monólogos, eso sí, de un lenguaje literario que potencia aquellos asuntos sobre los que Gamboa tiene especial interés en incidir.
En esta ocasión nos presenta a tres colombianos que se internaron cada uno de ellos en su propio laberinto privado del que no saben cómo salir: dos hermanos, Manuel y Juana, que ansiando huir juntos del infierno de violencia y falsedad en el que se convirtió su país (fuga que intentan en primer lugar de manera fallida a través de la cultura, no encontrando en ella más que un simple consuelo), acaban separándose y quedando atrapados en otros infiernos particulares; y el cónsul (de quien nunca conoceremos su nombre pero que es un trasunto obvio del autor), a quien se le asigna el caso de Manuel, acusado de posesión de drogas en Bangkok, y acaba asumiendo la búsqueda a través del mundo que había quedado interrumpida de la hermana perdida. A modo de coro en esta nueva versión de la tragedia griega, un misterioso personaje llamado Inter-neta pone desde los márgenes un contrapunto surrealista, filosófico y en ocasiones chistoso a sus vicisitudes.
Un aspecto vertebral del libro complejo de valorar son las digresiones que se producen en la narración, sea de quien sea el punto de vista desde el que se narra, en torno a dos cuestiones: la crítica a la política patriotera de Álvaro Uribe, época en la que se inscribe la desgracia de los dos hermanos, y el ambiente literario, amigos escritores del propio Gamboa inclusive, que aparecen en el discurso del cónsul. Lo curioso del tema de Colombia y Uribe en la novela es que aparece en diálogos entre colombianos, diálogos que sin embargo interpelan directamente al lector, puesto que no dan por hechas informaciones que por fuerza un colombiano conoce sobradamente, de ahí que se revelen tan específicamente compuestos para el lector (que es el único que no comparte esa patria y precisa situarse para poder entender) que destacan sobremanera en la narración. Un purista diría que entorpecen inútilmente el desarrollo de la trama, que la estancan y son perfectamente superfluos. Pero sin variar esencialmente esta óptica podrían considerarse una inteligente forma de dosificar la historia, que por otra parte resulta altamente adictiva merced a su mezcla de thriller, historia de amor y novela política como para sentir constantemente la necesidad de seguir leyendo, y en cualquier caso aportan un interés extra especial para aquel que quiera conocer el desarrollo de la política colombiana de hace unos años, con ese clima opresivo y asfixiante del mandato de Uribe, semejante al mucho más conocido de Alberto Fujimori en Perú, o disfrute viendo a conocidos autores como Horacio Castellanos Moya actuando en situaciones cuando menos curiosas.

miércoles, febrero 27, 2013

Polvo en los labios, Montero Glez

Lengua de Trapo, Madrid, 2012. 164 pp. 16,80 €

David Vicente

Para quien no le conozca, Montero Glez es uno de esos autores que no suelen aparecer en las listas de los distintos suplementos sobre los mejores libros del año, tampoco es fácil encontrar sus libros apilados en las mesas de novedades de las grandes cadenas de librerías, no colecciona premios y no frecuenta los saraos literarios. (Perdón, esto último es una redundancia, ya que lo uno suele ser consecuencia de lo otro y lo otro de lo uno).
Montero Glez es ese tipo de escritor que está tan poco de moda en estos tiempos literarios donde prima más el ruido que las nueces. Me refiero a este tipo de escritor que se dedica básicamente a escribir. Vaya perogrullada, dirán ustedes. Si es así, es que no conocen en absoluto como está el patio literario ni en qué consiste este oficio.
Sin embargo, el tiempo que, dicen, todo lo pone en su sitio, parece estar de su parte y terminará por darle la razón. Y es que “manda güevos” que los demás estén erre que erre currándose las habichuelas, e intentando picar de flor en flor, y uno, que lo único que hace es darle a la tecla, vaya y se lleve los meritos. Y la razón no es otra que Montero Glez es uno de los autores más talentosos y con una propuesta más personal de la literatura actual en habla hispana. Pero claro, supongo que no se ha colgado de una soga ni ha nacido en Brooklyn y eso, quieras que no, también suma o resta, depende el caso. Así que al final acabaremos convirtiéndole en imprescindible cuando ya no quede otro remedio.
Lo que van a encontrar dentro de Polvo en los labios es eso que algunos llamarían una obra menor y que suelen ser las que hay que leerse precisamente. Se trata de una colección de doce relatos, algunos de ellos ya publicados anteriormente en otros libros, donde desfilan todo tipo de personajes marginales y perdedores. Pero a nuestra manera castiza (que cada vez es menos nuestra) y sin el glamur que tienen los de los anglosajones. Putas, carteristas sin suerte, taxistas, yonquis con los picores del mono, presidiarios, recepcionistas de hotel, borrachos que cierran tablaos flamencos con la navaja en el bolsillo del pantalón y hasta herederos a la corona. Lo mejor de cada casa, en definitiva. Todos ellos pasados por el tamiz (que vete tú a saber qué significa esta expresión) de una prosa descarnada, cruel si me apuran, pero también dotada de un lirismo muy particular.
Los que ya conocen a Montero por obras como Sed de Champán o Cuando la noche obliga no descubrirán nada nuevo, pero seguirán disfrutando de él, lo que no es poco. Los que no le conocen tienen una oportunidad con este libro de acercarse a un autor que tiene mucho de escritor y muy poco de “spanish writer”, definición tan de moda últimamente los perfiles de twitter.

martes, febrero 26, 2013

Velázquez. Vida, Bartolomé Bennassar

Trad. de María Condor. Cátedra. Madrid, 2012. 246 pp. 20 €

Ángeles Prieto Barba

Poco y mal se conoce, como viene siendo queja habitual y justificada de Arturo Pérez Reverte, nuestro Siglo de Oro. Un siglo que no se corresponde exactamente con los cien años que componen el siglo XVII, sino que empezaría en 1580 con la anexión o unión con Portugal y terminaría en 1680, bajo el reinado de Carlos II, sumidos ya en la decadencia, el claro desgobierno y la crisis económica. Cien años que debemos conocer porque definen todo lo que somos ahora: el feroz individualismo, nuestras grandezas espirituales y artísticas, las diferencias geográficas actuales. Pues bien, uno de los grandes conocedores de este Siglo de Oro, el estudioso que nos hizo abrir los ojos y comprender, libre de mitologías y aspavientos, temas tan delicados como la Inquisición, don Bartolomé Bennassar, es el autor de esta deslumbrante biografía sobre Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.
Un Bartolomé Bennassar que también es novelista y que a sus 83 años, tras toda una vida en la que nos proporcionó brillantes estudios, presentes en todas las universidades españolas, nos brinda este regalo, a la vez ameno y erudito, cargado de información, para que conozcamos qué elementos sociales y culturales sirvieron de forja a uno de los grandes pintores de la Historia. Ese Velázquez cuya obra todos conocemos en líneas generales, y de la que Bennassar en modo alguno evita hablar, aunque sin entrar en aspectos técnicos o pictóricos que no son de su competencia. Porque este es un estudio de historia social y con mayúsculas.
Para empezar, Bennassar analiza el expediente necesario al que debió someterse Velázquez para conseguir el hábito de la Orden de Santiago, ese que podemos contemplar en las Meninas y que atestigua su nobleza. Proceso que duró más de cuatro meses y en el que participaron unos 150 testigos para garantizar que fue hijo legítimo, que sus padres y abuelos fueron hidalgos y libres de sangre judía o mora, así como exentos de toda condena por el Santo Oficio, pero también que no ejercieron oficios “viles y mecánicos”, requisito que el propio Velázquez, al haber sido pintor con taller propio, ni él mismo cumplía. Eran otros tiempos que conviene analizar, para darnos cuenta de hasta qué punto el progreso o ascenso social estaba vedado a la mayoría. Y cómo Velázquez no sólo pintó y ascendió por méritos más que evidentes, sino que también consiguió cierto respeto de sus contemporáneos hacia ese oficio suyo, “vil y mecánico” porque necesitaba emplear las manos, para empezar a concebirlo tal y como lo vemos ahora: como una de las más nobles y bellas artes con las que el ser humano puede expresarse.
Con este libro nos adentrarnos en una vida apasionante. Porque Velázquez siempre supo rodearse de amigos que le beneficiaron. En primer lugar su suegro Francisco Pacheco, principal impulsor de su carrera, deslumbrado ante su temprano talento. Más tarde el culto y expeditivo Conde-Duque de Olivares y finalmente Felipe IV, el rey Planeta, quien le encargó la decoración de su Alcázar. La espléndida Sevilla de sus inicios, dos fascinantes viajes a Italia, en el último de los cuales tuvo un hijo secreto y Madrid, la capital de los Austrias, jalonan este periplo vital apasionante que podemos conocer sin que nos frene el tedio en ningún momento. El estilo cuidadoso y competente de Bennassar tiene mucho que ver en esto, porque arroja luz potente sobre el pintor, sublime artista que refleja lo que fuimos y lo que somos.

lunes, febrero 25, 2013

Morir bajo dos banderas, Alejandro M. Gallo

Rey Lear, Madrid, 2012. 686 pp. 26,50 €

Juan Laborda Barceló

Aunque el autor ha optado por la fórmula de novela histórica, estas páginas están muy pegadas a los hechos concretos del pasado. Nos estamos refiriendo al leit motiv de la novela: los avatares de los soldados republicanos tras la guerra civil española.
La participación militar española en las fuerzas aliadas durante la II Guerra Mundial es el eje del libro. El texto tiene mucho de ensayo y de ese complejo placer que produce la divulgación amena y rigurosa de nuestro pasado. No en vano datos, ubicaciones geográficas, mapas de recorridos militares (que ilustran magníficamente el inicio del libro), términos de armamento y tácticas son minuciosos hasta el extremo. Incluso los personajes, en su mayoría reales, son colocados como actores de sus propias vidas en esta obra (en cuyas últimas páginas encontramos un jugoso apartado biográfico de los mismos). Todo ello demuestra la excelente documentación que ha realizado el autor, no sólo como un paso necesario para conseguir una brillante ambientación, sino como labor y objeto de estudio histórico en sí mismo.
Era necesario que apareciera en nuestro horizonte literario una obra como ésta. No se trata de recrear unos acontecimientos sin más, es la absoluta necesidad de recuperar a unos personajes injustamente abandonados en los cajones de la historia. No pretendemos abrir el debate de la memoria histórica, ni discutir sobre líneas historiográficas (que se podría), simplemente abogamos por el buen juicio y el sentido común. Si estos hombres bregados en cientos de acciones heroicas (los Ardura, Fábregas, Campos… los protagonistas de la novela, los de la Nueve de Leclerc…) fueran norteamericanos, existiría una amplia bibliografía sobre ellos. Ensayos, novelas, obras de teatro e incluso cinematográficas jalonarían desde los estudios primarios a las placas conmemorativas de las cuadriculadas calles de las urbes yanquis. El caso no es baladí, desde Norman Mailer hasta Steven Spielberg se han acercado a aquellos héroes de la guerra contra el nazismo, dando lugar incluso a todo un género: la ficción bélica, que aunque ya existía, tiene en la II Guerra Mundial uno de sus mayores exponentes.
La línea argumental de Morir bajo dos banderas es realmente sencilla, lo cual también es un acierto. Es una novela coral. En ella participamos de las vicisitudes de una familia, los Ardura, desde su salida de España en el 39 a través de los principales acontecimientos bélicos del período: de los campos de refugiados en Francia, hasta el Nido del Águila en Berchtesgaden, pasando por la liberación de París, tras recorrer media África frente a Rommel. Junto a ese combatir imparable, viajan una imperiosa necesidad de mantener vivos unos ideales, las heridas de la derrota cosidas en el alma y un poderoso motor: la venganza. Una dolorosa herida individual, símbolo de la desgracia colectiva, que acompaña a unos españoles llamados “el ejército de las ratas”, unos verdaderos apátridas, pero terriblemente fieros en la batalla.
Alejandro M. Gallo crea en esta obra una estampa completa de la situación de los españoles inmersos en la conflagración mundial. Y no lo hace sólo de un bando, nos habla de todos. Lo cual ayuda a entender los matices con los que realmente está construida la Historia y que ante el afán generalista del tiempo presente quedan desdibujados.
En su precisión y análisis de las jugarretas de la política residen muchas de las claves. Por ejemplo, al ilustrar como muchos republicanos españoles enrolados en la Legión Extranjera, que se mantenía fiel al colaborador gobierno títere de Vichy, tuvieron que desertar en bloque o como los comunistas no se alistaron en ninguna fuerza militar al inicio de la guerra para así respetar el Tratado Germano-Soviético de no agresión (también llamado Ribbentrop-Molotov), pero luego generaron utilísimas fuerzas de resistencia interior…del mismo modo nos habla de los hombres de la División Azul. De los forzados a acudir que querían desertar, de los convencidos en la lucha contra el comunismo que sintieron que Franco les traicionaba al regresar al hogar. Incluso de los que volvieron, a título particular, a unirse posteriormente a la Wehrmacht en la defensa de Berlín, y que también perdieron por ello su nacionalidad.
Es una obra total porque no deja de ambientar ni un solo frente donde hubiera españoles: de Narvik en Noruega, hasta los campos del interior de Francia con las agrupaciones de guerrilleros, sin olvidar África, el avance hacia París o la posterior entrada en Alemania. La familia Ardura es una metáfora de esa diáspora combatiente: del frente ruso hasta el norte de África.
El autor tiene, como ya demostró en otros textos como Asesinato en el Kremlin, una gran capacidad para generar relatos hondamente emotivos. Este lo es, pero la narración vital se ve postergada por el suplicio de la guerra. La metralla y el sin sentido harán perder la cabeza a algunos de nuestros protagonistas, a pesar de contar con compañeros de viaje como Leclerc, Patton o Eisenhower (por no citar a Hemingway, Jean Moulin o Malraux).
El destino último del soldado, cuya razón ha quedado nublada por la traición y la ausencia de ideales que realmente esconde la guerra (manifestada, en este caso, en la negativa de los aliados de seguir la contienda para liberar a España de Franco), no puede ser otro que el furor de la lucha, aunque sea en teatros ajenos.
No dejen de acercarse a este pedazo vivo de la Historia reciente de España.

sábado, febrero 23, 2013

Solo con invitación: El guardián invisible, Dolores Redondo

Destino, Barcelona, 2013. 440 pp. 18,50 €

Ángeles Escudero

El guardián invisible tiene un inicio de vértigo.
La narración comienza con la afirmación de una teoría que se expone, sin pudor, en la primera línea de la novela. Desde ese preciso instante adquirimos un compromiso, la autora nos enfrenta al reto de desvelar la veracidad de una suposición cuanto menos increíble. Varias adolescentes, casi niñas, se empeña la protagonista en asegurar (por razones que se entenderán más adelante), parecen ser víctimas de un extraño ser: El Basajaun. Podemos decir, por tanto, que es una novela negra en la que desentrañar la trama, desvelar la historia y descubrir al asesino son el objetivo compartido por la investigadora, Amaia Salazar, y quienes la leemos. Pero El guardián invisible es algo más que un exponente del género de investigación al más puro estilo policiaco. En ella se entremezclan la racionalidad con la magia, el misterio con la cotidianidad y, se indaga con valentía por los intrincados hilos de araña de las relaciones familiares. Y podría ser también catalogada como novela de terror si no fuese porque los miedos a los que se enfrenta la protagonista no son producidos por monstruos de los que se esconden bajo la cama. Más bien nos muestra cómo sucumbe al ancestral miedo al miedo.
Nos encontramos ante la primera entrega de la trilogía del Batzán. Su autora, Dolores Redondo Meira (Donostia-San Sebastián, 1969) estudió Derecho y restauración y durante algunos años se dedicó a los negocios. Decidida a iniciarse en la literatura, comenzó escribiendo relatos cortos y cuentos infantiles. En 2009 publicó su primera novela, Los Privilegios del Ángel (Eunate Editorial), una reflexión sobre la magia y en encanto que supone el descubrimiento de los escenarios cotidianos en la niñez. El guardián invisible supone la llegada por la puerta grande de su autora a la literatra más comercial.
En este primer episodio de lo que se anuncia ya como una serie, parece trazar las líneas generales de un estilo profesional, el de la inspectora Salazar pero también, o sobre todo, dibuja la personalidad compleja de Amaia. Su forma de amar, de ser, de pensar, su sensualidad, su sensibilidad… pero mostrándonos a su vez un lado oscuro, una sombra que la atenaza en forma de trauma infantil. No es un personaje plano, sino más bien una mezcla de fortaleza y vulnerabilidad. Esto último evidenciado en el deseo febril e insatisfecho de la maternidad, pero sobre todo en la relación con su madre y con sus hermanas, con las que paradójicamente comparte la imposibilidad de engendrar como si la genética uniese contranatura lo que la voluntad y las circunstancias se afanan en separar. No pueden elegir, como tampoco pueden elegir la sangre que le corre por las venas. Las relaciones entre las mujeres de esta familia, están llenas de aristas y la tortura que suponen es el precio que se paga por la intensidad con que las viven.
Racionalidad y misterio componen también el carácter de Amaia como una metáfora de lo que representa la propia novela. La ciencia lo intenta explicar todo, pero cuando no hay explicación racional posible, se acude al elemento mágico. Aunque, como decíamos antes, el interés de la novela no reside sólo en el misterio que la envuelve sino que temas y personajes son aspectos relevantes de la trama. El elemento mágico es uno de los pilares importantes. Desde el comienzo nos envuelve la duda sobre la función en la trama del Basajaun que se erige como una presencia patente pero ambigua, monstruo o guardián, como reza el título, a quienes unos intuyen y otros ven. Hay más referencias a la mitología vasco-navarra como Mari, una bruja que simboliza la madre naturaleza y encarna el poder de las fuerzas telúricas.
El entorno de Amaia, y ella misma aunque intente negar la evidencia, están impregnadas de elementos mágicos. La figura benefactora de su tía Engrasi, contrapunto perfecto a la racionalidad de Amaia, ha visto algunas de estas presencias y acude al tarot como herramienta de conocimiento y ayuda. Por otro lado está Flora, una de sus hermanas. Este personaje representa una perversión de la equidad cuando se toma la justicia por su mano y decide qué, cuándo o cómo deben pagar por sus acciones aquellos que la rodean y de quienes se siente responsable.
Y todo cuanto ocurre se impregna del ambiente a ratos absorbente de un pueblo, Elizondo, y de un entorno, el valle de Batzán, que la autora describe con minuciosidad, desde las calles hasta el bosque inquietante y bello que atrae como un imán. Tanto que parece haber hecho el trabajo de localización de exteriores necesario para comenzar una película. Algo posible, dado que los derechos de reproducción cinematográfica ya han sido vendidos. A la contextualización de la novela ayudan y mucho, las referencias a una cultura tan antigua como rica. El guardián invisible se viste de verdad cuando se aluden leyendas, oficios, costumbres propios del lugar. Y, en el epicentro de estas referencias, el txatxingorri, dulce tradicional que tendrá un lugar de honor reservado en la trama.
El descubrimiento de la identidad de un despiadado y excéntrico asesino en serie, que escenifica sus crímenes rituales en una suerte de confusión entre el componente sexual y la pureza, un psicópata iluminado que mata adolescentes; unido a la fuerza de los personajes y de las relaciones, serán alicientes de peso para querer completar de la trilogía.


Dolores Redondo: "Sería divertido despertar una mañana y encontrar bajo la almohada la novela escrita"


Entrevista de Care Santos


Dolores Redondo ha irrumpido en el mundo literario español de una patada. Con la publicación de El guardián invisible (Destino) ha conseguido lo imposible: que todo el mundo hable de su opera prima, una novela negra ambientada en los bosques de Baztán, protagonizada por la inspectora Amaia Salazar y de la que ya se anuncian dos entregas más. ¿La clave del éxito? Una acertada combinación de misterio, psicología femenina y elementos mágicos tomados de las leyendas populares vascas. En esta entrevista, la autora nos desvela las claves de su escritura.

¿Existe la novela negra para mujeres? ¿Es lo que usted hace o descree de etiquetas?
—Existiría la novela negra para mujeres si existiese la novela negra para hombres. No, no creo en las etiquetas, lo que si existe es una corriente de mujeres que escriben negra que no era tan común hace unos años.
¿Qué cree que tienen que aportar las mujeres a la novela negra?
—Indudablemente en las novelas escritas por mujeres vamos a encontrar matices propios , escenarios distintos, aspectos desde la visión femenina… pero las aportaciones a la literatura no las hacen hombres o mujeres , las hacen los escritores/as.


Fotografía © Alfredo Tudela

Entra AQUÍ para leer la entrevista completa
 

viernes, febrero 22, 2013

La muerte de Virginia, Leonard Woolf

Trad. Miguel Temprano García. Lumen, Barcelona, 224. 213 pp.

Pilar Adón

Quien se deje llevar por el título elegido para la publicación de esta entrega de la autobiografía de Leonard Woolf pensando que va a encontrar en ella una descripción detallada de lo acontecido durante los días o meses previos y posteriores al suicidio de Virginia Woolf se va a llevar una pequeña decepción, ya que Leonard Woolf no es prolijo en detalles ni basa toda su biografía ni todo su pensamiento político, literario o vital en la muerte de la que fuera su brillante y torturada esposa. Naturalmente, el lector va a encontrar referencias a la depresión y al suicidio de Virginia Woolf en este volumen que es en realidad el quinto de las memorias del autor (el título original en inglés fue el de The Journey Not the Arrival Matters, y abarca lo sucedido desde el inicio de la segunda guerra mundial hasta la muerte del escritor, en 1969), pero las encontrará básicamente en el primer capítulo del libro, titulado propiamente La muerte de Virginia (que se presenta seguido de tres más: Hogarth Press, 1941-1945 y Todos nuestros ayeres), y no de una manera exhaustiva ni pormenorizada. El punto de vista es el del compañero y marido. Los sentimientos de dolor y vacío son los del compañero y marido. Y la sensibilidad que brota es la del compañero y marido. Pero no estamos ante un libro en el que se hable principalmente de Virginia Woolf. Queda avisado el lector.
Estamos ante un libro que va mucho más allá. Ante la obra de un pensador inteligente, estructurado, de ideas brillantes y mente fabril, que se muestra satisfecho con lo que ha hecho sin caer por ello en la jactancia, y que nos desgrana su visión política y social de la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX no sólo desde su sillón de analista y crítico, sino como partícipe activo en la construcción de su identidad e historia.
El libro arranca en 1939, con el inicio de la segunda guerra mundial, y se centra en cómo vivió el matrimonio Woolf la terrible experiencia, con sus cambios de domicilio, su paso por los refugios antiaéreos, el traslado de sus cosas y sus miles de libros de su casa bombardeada de Londres a Rodmell (donde alquilaron varias habitaciones para meter sus muebles y parte del material de la imprenta), y su abandono definitivo de Londres para establecerse en Monks House a finales de 1940. Allí oían el sonido de los aviones alemanes que pasaban por encima de sus cabezas en dirección a la ciudad y, una hora más tarde, el mismo sonido de nuevo, ahora de regreso, después de que Londres hubiera sido bombardeado de manera inclemente. Cuenta Leonard Woolf que Adrian Stephen, hermano de Virginia, les entregó una dosis letal de veneno para que pudieran suicidarse en caso de verse amenazados por la invasión nazi.
Es en esta primera parte en la que habla de la sensibilidad extrema de Virginia a las críticas, de su terror a la hora de enfrentarse a las galeradas y de su habitual e inevitable depresión al mandar sus libros a la imprenta. Además, Leonard Woolf realiza un breve análisis crítico de las obras de su mujer, y menciona cuatro libros que ella escribió «contra sus inclinaciones artísticas y psicológicas», cuyo resultado «fue malo para el libro y doblemente peor para ella». Esos cuatro libros fueron, según Leonard Woolf, Noche y día, Los años, Roger Fry y Tres guineas.
Tras la muerte de Virginia, Leonard regresó a Londres para dedicarse a su ajetreada labor editorial pero también política, social y comunitaria en las filas del Partido Laborista y la Sociedad Fabiana, de los que era miembro, y en el Tribunal de Arbitraje y la Sociedad Anglo-soviética. Trabajos, entre otros, que no solían estar remunerados. Redactaba informes y pasaba largas y tediosas horas entre comités y reuniones que muchas veces resultaban infructuosos pero que para él tenían un claro objetivo social y político. Woolf se obsesionó con la idea de averiguar qué razones conducían a los países a iniciar las guerras, y de descubrir cómo evitarlas. Evidentemente, no lo logró. Sus actividades públicas no alcanzaron sus metas y, así, Woolf habla de horas y horas de desempeño de una labor que no derivó en nada. Una tarea inútil de la que, no obstante, no reniega porque su esfuerzo fue justo e importante para él: «[…] estoy de acuerdo con Montaigne, el primer hombre civilizado moderno, cuando dice en alguna parte: “lo importante no es llegar, sino el viaje”».
Leonard Woolf habla constantemente de trabajo, y una de las partes más atractivas y adictivas del libro es aquella en la que se felicita a sí mismo (sin sonrojo) por la labor que desarrolló al frente de Hogarth Press. Ahora no estamos ante el marido que, en principio, fundó la editorial para que Virginia se distrajera, sino ante el editor satisfecho, consciente de su responsabilidad y de la calidad de los libros que publicó. No se arredra a la hora de narrar sus enfrentamientos con su socio, John Lehmann, a quien Virginia había vendido su cincuenta por ciento de la empresa, a causa del empeño de Lehmann por «expandirse», cuando Woolf se negaba frontalmente a ello. Para Woolf, la palabra «expansión» implicaba publicar más libros para poder pagar nuevos sueldos y nuevos gastos, lo que llevaba a la perdición de muchas editoriales pequeñas: al publicar más, aumentaban los gastos por lo que había que «expandirse» otra vez y publicar más libros para poder hacer frente a esos nuevos sueldos y gastos, y así hasta el infinito. En enero de 1946, Lehmann le comunicó que deseaba romper la sociedad, y Woolf logró que comprara su parte Chatto & Windus, con la condición de que la editorial continuara siendo independiente, de que no acabara siendo absorbida por Chatto, y de que Leonard siguiera decidiendo qué títulos se publicaban. Logró así que la suya se mantuviera como una editorial pequeña y rentable, que no necesitó «expandirse».
Leonard y Virginia Woolf lo anotaban todo. Dejaron un registro completo en sus cuadernos y diarios de lo que veían y leían. Los dos escribían sin cesar: «en un día normal ambos dormíamos unas ocho horas y trabajábamos entre diez y doce». De modo que la labor de echar la vista atrás y analizar los pasos propios, las decisiones y motivos de toda una vida de pensamiento y de entrega al trabajo no tuvo que resultarle tan compleja a un hombre que contaba con sus propias y cuantiosas notas y con las de su mujer. En cualquier caso, ésta no es una biografía de datos, fechas y acontecimientos históricos perfectamente enlazados en el tiempo. Constituye más bien el reconocimiento gratificante y perfectamente objetivo de una existencia plena, que lo fue porque se hizo lo que se quería hacer y se vivió como se quería vivir. Una existencia que proclamó la felicidad del trabajo cumplido, asociado a la verdad y a la satisfacción: «Uno de los mejores placeres es sentarse por la mañana a escribir».

jueves, febrero 21, 2013

El cielo árido, Emiliano Monge

Mondadori, Barcelona, 2012. 211 pp. 18,90 €

Luis Borrás

Al empezar pensé que era una estrategia. Un falso prólogo. Un capítulo preliminar. El narrador se presenta e intercala presente y pretérito, va dejando pequeños anticipos, huellas para que le sigamos el rastro, insinuaciones para llamar nuestra atención. Un hombre se decide a huir de su pasado. Cruzar definitivamente una línea. Dejar atrás un turbio pasado en el que hay violencia, abuso de poder, una mujer muerta y una iglesia quemada. Algo terrible y tenebroso que no se muestra con claridad. «Un hombre puede irse de su vida pero no puede escapar de su sombra».
Pero no se trata de una estrategia. El estilo de ese primer capítulo es el de toda la novela. Una forma de narrar original y diferente con la que se hace difícil e incómodo seguir la trama pero que es una apuesta personal del autor. «La historia de un hombre que exige ser contada como una biografía discontinua». Fragmentación, ritmo alterado, analepsis, flashforward y rewind «Un relato que, como todo buen relato, se preocupa y deja testimonio únicamente de sus nudos y no de su tedioso desarrollo». Una novela que requiere un esfuerzo y que se sostiene en la intriga, en la curiosidad, en la morbosa atracción de la violencia y el horror, el destino forzado, el nacimiento, el odio y la demencia. En el recuerdo selectivo de lo realmente importante y trascendente, la reconstrucción no lineal de la memoria de un hombre. Porque «de una vida importan sólo los instantes deslumbrantes». En la virtud del inicio inaudito de cada capítulo, encontrar dentro de la novela un diálogo consigo misma; la explicación de su propio mecanismo, el know-how, cómo funciona, cómo entenderla: «Esta historia es desde aquí la disección de los instantes cuyos ecos iluminan una vida como ilumina la penumbra un faro de ojo doble: con sus halos que a pesar de iluminar sólo dos puntos irradian el espacio que los media». Lo que fue y lo que vendrá se anticipa y muestra en una sola frase demoledora e inquietante, todas las incógnitas se van aclarando una a una, cada hecho, cada pasaje, cada habitación cerrada y oscura se va abriendo, iluminando para que podamos comprender y espantarnos. Un contenido que se desarrolla en un paisaje desolador y cruel y que se apuntala con frases de rotunda belleza: «Los pastizales son de pronto azul turquesa, el cielo es ahora un manto gris y anciano y el pedregal metálico y plomizo es de golpe un hoyo negro y hondo».
Lenguaje, estilo, y, sobre todo, estructura narrativa que no es la acostumbrada y que tal vez en esa originalidad esté la explicación de su premio. Lo insólito siempre nos conquista y embriaga. Pero a pesar de los deslumbramientos y la fascinación hay varios factores que —para mí— acaban ahogando la novela. No sólo la originalidad basta. El esfuerzo y la aliteración pasan factura. La repetición acaba liando la narración en su propio ovillo: «Pero hoy, a diferencia de otros días, podría decir: del resto de los días, es decir: pero hoy, por vez primera», y esa reiteración acaba en molestia, igual que una piedra en un zapato. Y el cambio requiere sacrificio porque es la renuncia a lo acostumbrado, es como pasar del frío de la calle a la asfixiante calefacción de unos grandes almacenes, y esa renuncia —cambiar una literatura por otra— produce un desgaste, un sobreesfuerzo que si no va acompañado de una compensación acaba agotando.
Escribir diferente, con un estilo que se sale de lo habitual no es intrínsecamente bueno ni malo. Unos aciertan, otros fracasan. Y esta novela de Monge nos sorprenderá si es la primera de esa clase a la que nos enfrentamos. Es como la primera película de cine de autor que vemos. Nos marcará para bien o para mal. Pero si es algo por lo que ya hemos pasado antes surgirán las lógicas e inevitables comparaciones. Y ahí es donde otras novelas —como por ejemplo Un buen chico de Javier Gutiérrez—  le ganan la partida a El cielo árido.
El defecto —para mí— a pesar de las variaciones, de todas las alternativas de la trama es de fábrica, en origen, de nacimiento y desde el principio, cuando Monge eligió contar la historia con ese tono monocorde, repetitivo y enredado. Un tono que por coherencia no desaparece en toda la novela y que acaba produciendo hastío, agotamiento y sopor. Lo que cuenta es interesante, trágico y cruel, pero el sonido es el de un pegajoso y monótono ostinato. Un cansancio que aparece a la mitad del camino y se hace incurable. Es acabar la carrera cuando ya hace tiempo que sabemos que está perdida. Se continúa por inercia, por simple curiosidad, por llegar al final; no por disfrutar del viaje.
Una silla puede tener un inusitado planteamiento, una atrevida arquitectura, pero si después de una hora sentado en ella se hace incómoda, su diseño la convertirá en algo original, pero nada más.

miércoles, febrero 20, 2013

Lo que no está escrito, Rafel Reig

Tusquets, Barcelona, 2012. 287 pp. 19 €

Elia Barceló

Hace mucho que sigo a Rafael Reig, desde que lo descubrí en 2002 cuando ambos sacamos novela casi al mismo tiempo en la misma editorial; la suya era Sangre a borbotones, una historia negra –en todos los sentidos– con ambientación de ciencia ficción, y con humor, ternura e inteligencia, las claves con las que se puede resumir el estilo del autor.
Hacía bastante tiempo que no leía nada nuevo de Rafael –desde Manual de literatura para caníbales, una gozada para todo enamorado de la literatura– y por eso he cogido con tantas ganas Lo que no está escrito, tantas que me la he leído en dos tardes, lo que lamento de verdad porque me he robado a mí misma el placer de ir descubriendo la historia poco a poco. Pero es que la novela se lee muy deprisa, incluso cuando uno la deja para hacer otras cosas, ya que, de algún modo, la historia se sigue desenvolviendo en nuestro interior y cuando regresamos a ella estamos deseando comprobar si ha sucedido así como pensábamos y seguir leyendo.
No puedo saber si el autor, con Lo que no está escrito, pretendía escribir una novela de terror. Supongo que no. Supongo que él pensaba más bien que estaba escribiendo un híbrido de novela negra con novela sin etiqueta, un juego de ficciones en el que el énfasis está puesto en la narración y en cómo la vida y la ficción se empeñan en cruzarse y explicarse la una a la otra, como en los crucigramas que estructuran las dos historias que se cuentan en la novela:
Una –la que refleja el mundo “real”– es la historia de un matrimonio separado (Carmen y Carlos), con un hijo común de catorce años, Jorge. Es viernes y Carlos va a recoger a su hijo para llevárselo de acampada a la sierra de Madrid hasta el domingo; a Carmen no le hace mucha gracia la cosa, porque es posible que la novia de Carlos esté también en la excursión, pero como todos son personas civilizadas, tiene que permitirlo. Antes de marcharse, Carlos le deja a Carmen el manuscrito de una novela que ha conseguido por fin escribir para que ella se la lea durante el fin de semana y le dé su opinión.
La otra historia es la novela que ha escrito Carlos –Sobre la mujer muerta–, una novela negra que se va entrecruzando con la historia “real” en la que padre e hijo sufren varias aventuras en la sierra y Carmen recuerda escenas pasadas de su matrimonio mientras espera que pase el fin de semana para recuperar a Jorge.
Con estos materiales podrían haberse hecho muchas cosas, pero lo que Reig construye con mano maesta es una novela inquietante, angustiosa, a veces incluso cruel: una auténtica novela de terror; no de terrores góticos de los que se quedan cómodamente encerrados en su época y en su castillo, y de los que podemos considerarnos a salvo. Lo que no está escrito es una novela de lo terrible cotidiano, de esos horrores a los que todos estamos expuestos y que pueden entrar en nuestra vida en cualquier momento: un matrimonio que se deteriora hasta lo grotesco; la educación de un hijo que, sin saber cómo, se nos escapa de las manos a pesar de todos los buenos propósitos; una relación amorosa que nos degrada, aunque nos engañemos pensando que es justo lo que buscábamos; una vida que avanza imparable hacia la vejez y que no nos ha traído lo que habíamos soñado. Y además –dentro de la novela en la novela– la posibilidad de toparnos con unos delincuentes que pueden destrozarnos la existencia no ya por maldad sino por pura incapacidad, por falta de inteligencia y de formación, por estupidez y ruindad y cutrez y miseria.
El engarce entre las dos historias se da a través de definiciones de palabras con las que se termina un capítulo y que se resuelven en la primera línea del siguiente a modo de crucigrama. Por ejemplo, la página 23 termina diciendo: «El 1 horizontal. De cinco letras. Estado afectivo del que ve ante sí un peligro.» Y el siguiente capítulo comienza: «Miedo. Todavía lo sentía.»
Este recurso de estilo, que produce una sensación de orden, sentido y lógica, se revelará, igual que en los crucigramas, como absurdo y arbitrario en un nivel superficial, mientras que en otro nivel más profundo resultará casi un destino inescapable porque, también igual que en los crucigramas, una vez que ciertas palabras han sido fijadas, las otras tienen necesariamente que derivarse de esas primeras elecciones. Como en la vida.
Lo que no está escrito es una novela dura, dolorosa, llena de amor y ternura en las relaciones entre padres e hijos como es frecuente en las historias de Rafael Reig –el protagonista masculino es otro padre separado que también se llama Carlos, como el de Sangre a borbotones–, pero más cruel de lo que era habitual hasta ahora, sin que esos terrores cotidianos sean aliviados de tanto en tanto por el toque de humor al que nos tiene acostumbrados.
En resumen, Lo que no está escrito es una excelente novela, construída con la maestría de un escritor que es un auténtico profesional de la literatura en varias vertientes, equilibrada, con ritmo y con tensión, con una intensa reflexión sobre la narración y lo narrado, con personajes perfectamente creíbles, con todo lo que debe tener una novela para producirnos una gran satisfacción estética.
Eso sí, no es una novela para llevarse a la playa de vacaciones, a menos que estemos buscando un tipo de conocimiento que no suele ser compatible con el relax. Ya que, como leemos en la página 61:
«(...) al escribir, uno se delata. La historia que contamos también nos cuenta a nosotros nuestra propia historia, lo que no queríamos saber de nosotros mismos.»
A lo que yo añadiría que la historia que leemos, la novela que elegimos leer, también nos dice mucho de nosotros mismos y eso, a veces, con novelas como ésta, puede resultar inquietante.

martes, febrero 19, 2013

Voltaire enamorado, Nancy Mitford

Trad. Miguel de Hernani. Duomo editorial, Barcelona, 2012. 288 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

No conocer a Nancy Mitford (Londres, 1904-Versalles, 1973), implica ignorar a una de las grandes novelistas del siglo XX, caracterizada por su humor incisivo y aguda ironía sobre las relaciones sociales y de pareja. Sus novelas A la caza del amor, Amor en clima frío, La bendición o No se lo digas a Alfred, traducidas y editadas por Libros del Asteroide, revelan un conocimiento único, certero y especial de los comportamientos y relaciones sociales de las clases altas. El ojo clínico que sabe desvestirlas y representárnoslas tal como son, con un método eficaz, punzante y ameno.
De hecho, toda su obra gira en torno a la cuestión social, del mismo modo que los vaivenes de su vida provienen de ser hija de un barón británico. De pertenecer a esa decadente aristocracia inglesa que no pudo ni supo preservar su estilo de vida y fortunas, de los avatares que jalonaron el pasado siglo, y que trajeron verdaderas tormentas en su propia familia, a raíz de los problemas ocasionados por sus hermanas Diana y Unity (fascistas) o Jessica (comunista). Aunque si bien Nancy se mantuvo alejada de los entusiasmos foráneos e ideologías radicales de ellas, no fue menos cierto que sufrió otras penalidades, derivadas de sus relaciones con hombres de su misma clase y entorno. Parejas manirrotas e infieles con las que debió mantener las formas, aunque en modo alguno fueran las adecuadas para ella. Ni para nadie tampoco.
El caso es que, además de novelar con maestría los avatares de su tiempo, también supo bucear y analizar magistralmente las actitudes de las antiguas clases aristocráticas en sus biografías históricas. Concretamente escribió cuatro, todas ellas centradas en personajes fundamentales para comprender el Antiguo Régimen: Madame de Pompadour, Luis XIV de Francia, Federico el Grande y Voltaire, gran autor de las letras francesas que llegó a codearse íntimamente al menos con dos de los anteriores. Cuatro libros que la convirtieron en una verdadera especialista en la época y en las relaciones nobiliarias que la protagonizan.
Pero el Voltaire “in love” que Nancy nos presenta, su mayor interés, radica en el preciso momento en el que lo estudia, ese tiempo en el que aún no será el autor elevado a los altares que todos conocemos, aunque se halle en camino de serlo. Esos quince años en los que vivió cobijado y amparado por su amante, la increíble Madame du Châtelet y su más que complaciente marido, tan lejos de la rígida moral propia de las clases medias. Porque Châtelet, caprichosa, ludópata e infiel por vocación, no fue una dama cualquiera, y aquí la vemos en igualdad de condiciones con Voltaire, como la otra gran protagonista del libro. Única mujer entre seis hermanos que recibió la misma formación intelectual que éstos, lo que le dotaría de unas facultades excepcionales para la ciencia y la filosofía, a las que dedicaría luego el mismo tesón que empleó con ella un fascinado Voltaire. Ese mismo que se aislaría en el castillo de Cirey, donde llegaron a reunir más de 21,000 volúmenes, convirtiéndolo en el moderno foco de la física newtoniana frente al cartesianismo imperante. Émilie Châtelet fue asimismo autora del destacable Discurso sobre la felicidad, donde abogó por no reprimir deseos ni pasiones, aunque también determinó que «l amor al estudio es la pasión más necesaria» Por eso, lo que Nancy Mitford aborda aquí, en la época de los filósofos y los libertinos, y a través de los duales y complejos Voltaire y Châtelet, dos cerebros brillantes, no es más que la eterna búsqueda de la perfecta unión física e intelectual entre hombres y mujeres.
Ocurre también que los amores mueren como morimos nosotros, pero no pienso desvelar aquí bases, avatares, frutos filosóficos y consecuencias de tan sonada relación, terreno que debe quedar a oscuras para que lo descubran unos lectores doblemente afortunados: aquellos que accederán a este libro para conocer mejor a Voltaire y el siglo XVIII y que, deslumbrados, caerán en los brazos de las irresistibles Émilie du Châtelet y Nancy Mitford. La estupenda traducción, por cierto, contribuye a ello.

lunes, febrero 18, 2013

El niño que robó el caballo de Atila, Iván Repila

Libros del Silencio, Barcelona, 2013. 130 pp.12 €

Nere Basabe

Corren buenos tiempos para las narraciones posapocalípticas y los manuales de supervivencia. Si algo hemos de agradecer a los zarpazos cada vez más fieros de la realidad es que despiertan voces de insumisión cada día más firmes y plenas. Y El niño que robó el caballo de Atila probablemente sea de las mejores entre las habidas hasta el momento, demostrando por qué la literatura tiene más sentido que nunca.
No ha contado el lanzamiento de esta breve novela con el ruido mediático de Intemperie, el fenómeno literario de la temporada, y sin embargo, con pasos más discretos, va concitando el interés de los críticos que la comparan precisamente con aquélla. Un punto de partida similar, con la descripción de una infancia oculta o atrapada en un agujero en la tierra, se presta a ello; lo que viene después —y lo que la separa rotundamente de la de Jesús Carrasco— constituye una lección de buena literatura, aquélla que es capaz de escapar de los espacios angostos y levantar el vuelo a lo más alto. «−Parece imposible salir, dice. Y también: pero saldremos»: con semejante promesa Iván Repila inaugura su relato, la paradoja es su apuesta ganadora, y de eso va este libro, de ser realistas y pedir lo imposible.
Porque esta historia sólo sencilla en apariencia, que nos narra las vicisitudes de dos niños hermanos (ni siquiera conocemos sus nombres) atrapados en el fondo de un pozo luchando por sobrevivir y escapar, es en verdad una alegoría, donde el pozo sirve de sinécdoque para señalar un confinamiento más abstracto y los esfuerzos de los niños expresan una rebeldía más universal; tiene pues algo de relato filosófico, cuajado de asedios y prohibiciones innombradas, como la de esa bolsa repleta de comida que los acompaña pero que no se puede tocar y que tanto nos recuerda a Godot. A medio camino entre el cuento infantil y la novela política (“símbolo de la insurrección”, dice el propio autor en la última página; o en la llamada a la revolución de este diálogo entre los dos hermanos: «−Cuando estemos arriba, haremos una fiesta. −¿Una fiesta? –Sí. –¿De las de globos y luces y pasteles? –No. De las de piedras, antorchas y cadalsos»), el relato se desarrolla como un pulso con la realidad en el que la imaginación sale finalmente victoriosa.
Es de hecho en el despliegue imaginativo, después de transitar primero por la crónica detallada de la vida cotidiana en el estrecho agujero y tras un desvío que amenaza con abocar a los excesos de la locura y en el que casi naufraga, donde El niño que robó el caballo de Atila alcanza su apoteosis, como ocurre por ejemplo en el capítulo en el que los dos niños juegan a las adivinanzas y el autor aprovecha con ello para mostrarnos la contraposición de caracteres, la superioridad ontológica de lo imaginado («para el Pequeño hay presencias que superan en certeza a lo que puede tocarse») así como la madurez de su escritura. La prosa de Iván Repila, por lo demás, de estilo tremendamente lírico, y aunque tal vez haría bien en contener ciertos alardes metafóricos en algún momento, llena este libro y acierta de pleno con las repeticiones estructurales, con giros y añadidos que crean resonancias y ecos en el fondo de ese pozo, la desintegración del lenguaje que acompaña el debilitamiento físico de los propios personajes y especialmente con los breves diálogos entre los dos hermanos, donde destila a la perfección toda una suerte de sentimientos complejos que van del odio a la compasión, el sacrificio y la solidaridad, y la crueldad veteada de ternura que se ejerce en las relaciones fraternales y que tan bien ha sabido plasmar: «El amor como un pacto de silencio donde se administran violencias propias de un reptil, de un cocodrilo viejo. −¿Tú me quieres?, pregunta el Pequeño. –Lloverá». Así es como consigue Repila, con oficio, alcanzarnos en lo más hondo, conmovernos y causarnos heridas que tardarán en cicatrizar: «Es la idea de que mueras tú lo que hace tan pequeño el mundo».
Si además se compara con su anterior novela, el gamberro debut que supuso Una comedia canalla, el cambio de registro operado y el salto al vacío que supone, hemos de concluir que este espectáculo circense, por dialogar con una de las comparaciones que aparecen en el libro, sí termina con aplauso. Y ovación.

sábado, febrero 16, 2013

Solo con invitación: Contra las cuerdas, Susana Hernández

Alrevés, Barcelona, 2012, 284 pp. 17 €

Juan Laborda Barceló

Algunos teóricos del cine y de la literatura aseguran que el género negro es el único en el que la ambientación y el estilo pueden superar a la historia en sí misma. En el caso de la muy negra novela de Susana Hernández esta máxima sería aplicable, sólo que, además, tiene una bien urdida trama.
Dos mujeres son las protagonistas de esta historia: dos subinspectoras de policía, Rebeca Santana y Miriam Vázquez, a cual más especial, y por tanto, terriblemente humanas. Si bien la presencia de féminas en las arduas tareas de investigación de crímenes no es nueva (la inspectora Petra Delicado de Bartlett, entre otras, así lo demuestra…), sí es original la perspectiva. Ambas son muy diferentes, pero se complementan a la perfección. Se mueven en el escenario de una Barcelona actual, junto a sus naturales miedos, zozobras y complejas relaciones personales, siempre lo son. Entre las dos suman, por poner algún ejemplo, separaciones mal encaradas, problemas psicológicos derivados de una madre en prisión, crisis laborales, acosos y presiones institucionales… Ahí reside parte de la riqueza de estos personajes. Cuando un brutal y contradictorio violador y asesino hace su aparición, tendrán que perseguirlo con todas esas cargas actuando como lastre, pero también como impulso vital necesario. Se demuestra así, una vez más, la increíble fuerza renovadora que tiene la novela negra, capaz de reinventarse una y mil veces.
Sobre estos personajes, construidos con la verosimilitud que aporta el reflejo de nuestras miserias más cotidianas y engarzados con unos diálogos tremendamente ágiles, veraces y divertidos (capaces de activar la empatía del más autista de los mortales), se crea esta historia criminal, cuyo buen acabado hace deliciosa la lectura. De ella sólo diremos una cosa: tiene la virtud de sorprender. No se trata de un heterodoxo ejercicio de narrativa posmoderno, no. Simplemente, de forma natural y sabia, Susana Hernández juega con el lector, incluso con el avezado. Cuando éste se encuentra realizando las habituales cábalas sobre el futuro de los elementos narrativos y, por tanto, se dispone a elaborar hipótesis, la autora pone en boca de sus estupendos personajes tales argumentos. Se genera así un juego, que no es al despiste, sino al entretenimiento, en el mejor sentido del término. Es una obra magistralmente construida, con buen ritmo y tensión mantenida.
De este modo, Contra las cuerdas se convierte en una experiencia supraliteraria plagada de guiños a los clásicos rusos, al buen cine, a la amistad y, en definitiva, llena de vida, aunque pueda parecer contradictorio.
En definitiva, es una novela negra de prosa bella que, alimentada por la renovación del género, utiliza elementos clásicos y nuevos para dotar a su excelente trama de un mayor empaque.
Rebeca Santana y Miriam Vázquez tienen buena estrella, no en vano esta es la segunda entrega de sus aventuras… Deseamos, para nuestro deleite como lectores, nuevos misterios por resolver. Sabemos que algo hay en marcha.
 
 
Susana Hernández: "Los tópicos y los estereotipos están para ser dinamitados"


Entrevista de Care Santos

Susana Hernández reincide. Después de La casa roja, La puta que leía a Jack Kerouac y Curvas peligrosas, nos sirve ahora bien caliente su último banquete: Contra las cuerdas, una novela que sorprende por su agilidad, por sus amenos diálogos y por la originalidad de su protagonista, la subinspectora Rebeca Santana, de quien sus habituales conocerán algunos secretos que no desvelaron anteriores entregas. Lesbianismo, una trama negra-muy-negra y la ciudad de Barcelona como escenario son sus credenciales. El resto, la habilidad de la autora para tenernos en vilo de la primera la última línea. Los amantes del género negro deberían lanzarse sobre sus libros sin perder tiempo.


La literatura de temática gay se está "normalizando". Ya no se trata el asunto sólo como rareza. En ese sentido, su protagonista podría convertirse en una especie de abanderada de este fenómeno, ¿no cree?

—Sí, es cierto que poco a poco se trata la temática gay desde un punto de vista mucho más natural e inclusivo tanto en el la televisión como en la literatura. La verdad es que se agradece que se dejen a un lado ciertos tópicos. Es importante narrar sin estridencias ni dramas el mundo gay o lésbico. Desde luego, en ningún momento he tenido la intención de convertir a Santana en abanderada de nada, pero por lo que parece, el personaje está llegando a los lectores y eso puede ser una baza a favor de esa “normalización”. Si así es, bienvenido sea.




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