viernes, julio 29, 2016

El club de la lucha 2, Chuck Palahniuk / Cameron Steward


Ilust. Cameron Steward. Trad. Carlos Mayor Ortega
Reservoir Books, Barcelona, 2016. 288 pp. 21,90 €

Santiago Pajares

Ya está aquí la novela que llevabas más de quince años esperando, desde que en 1999 vieras en el cine la película y corrieras (alguno) a comprar la novela en tu librería. Sólo que no es una novela, es un comic. Es el regreso de Tyler Durden.
¿Por qué un comic? Es que un escritor prolífico como es Chuck Palahniuk (ha escrito 14 novelas, libros de relatos y ensayos) está buscando acaso conectar con otra generación más visual? ¿Experimentar con otros formatos narrativos? ¿Sacarnos de la cabeza de una vez las caras de Edward Norton y Brad Pitt? Lo cierto es que no es importante, porque Tyler ha vuelto y nadie que conozca la historia del fabricante de jabón puede esperar a saber más. Han pasado diez años, y ahora, el narrador sin nombre se llama Sebastián. Sebastián, ya con menos pelo, tiene una vida con Marla. Tiene un trabajo, una casa en las afueras, un hijo y un montón de pastillas que mantienen latente a su alter ego. Pero Tyler Durden es una presencia tan fuerte y poderosa que no puede ser reprimida por unas simples pastillas de colores. Con la ayuda de su psiquiatra, Tyler mantiene vivo el proyecto Estragos, un proyecto que, al contrario que la vida de Sebastián, nunca se ha detenido. Por todas partes vemos a sus acólitos, en supermercados, en tiendas de flores, en lavaderos de coches, con la cara magullada y los labios partidos diciendo a Sebastián: «No me debe nada, señor Durden, no se preocupe». Y es que una vez que has creado un ejercito, no puedes abandonarlo. Y de eso sabe el propio Chuck Palahniuk que, como un personaje más del libro al que los otros personajes acuden en busca de inspiración, es plenamente consciente que ha creado un arquetipo que se ha inmiscuido en el consciente colectivo de una generación como Papá Noel en las navidades.
Por las páginas del comic veremos pasar a todos los personajes a los que echábamos de menos. A Marla, que trata de ser una madre modelo pero al mismo tiempo no puede evitar crear una fuerza armada con los chicos de las reuniones de progeria, ancianos prematuros que buscan desesperados algo grande a lo que entregar sus vidas. A Robert Paulson, ahora un monstruo al que se le puede invocar como un demonio. A Cloe, la enferma terminal de cáncer desesperada por echar un polvo. Todos un poco más viejos, pero con las mismas ganas de dar un sentido a su existencia, aunque sea un sentido violento, contrario a las normas sociales y, en cierto sentido, comandado por Tyler Durden.
Tenemos 276 páginas a todo color para disfrute de todos los amantes de El club de la lucha, aquellos que descubrimos a Chuck Palahniuk a raíz de la película de David Fincher. Y algo más, un prefacio del primer editor de Palahniuk, aquel que consiguió que aquella novela excesiva y llena de violencia se imprimiese en papel pese a la negativa de sus socios. Una joyita que los fans del autor, y de Tyler Durden, no pueden perderse.
Y es que Chuck Palahniuk sabe que si consigue que todo el mundo crea en Tyler, deja de ser un amigo imaginario para convertirse en una leyenda.

miércoles, julio 27, 2016

Caminan las nubes descalzas, Jorge Pascual


Ilust. Amancio González
Eolas Ediciones, León, 2015. 102 pp. 11,40 €

José Miguel López-Astilleros

Para Jorge Pascual vivir es estar en la vida a través de su mirada poética, que derrama sobre todo lo que le rodea, pero lo hace de una manera tan natural que se diría que las palabras, las metáforas, los versos surgen en el mismo tiempo vital tanto de la creación como de las vivencias. De ahí que ambas realidades se confundan, o mejor, que ambas terminen siendo la misma, si no fuera porque existe un lector que hace suyos los versos y los disocia de la realidad personal que los originaron.
Pascual, por tanto, tiene un concepto poético de su existencia íntima y cercana, que sublima a través de la palabra, donde se guarece de las asperezas del tráfago diario en ocasiones o por el contrario deja testimonio de su plenitud. Sus poemas no nacen de una decantación intelectual o estilística, fruto de lecturas y pensamiento crítico sobre el acto de crear, sino del puro sentimiento, de la emoción. Incluso podría decirse que ese acto de búsqueda expresiva a través de los recursos literarios y del léxico preciso, que caracteriza el quehacer poético, viene dictado por ese sentir. De ahí que se tenga la impresión de que esta poesía esté al margen de adscripciones a ninguna tendencia, puesto que lo que en otros nace de una asimilación de tradiciones poéticas más o menos cercanas, en este poeta nace de la sola intuición, y constituye uno de sus rasgos más diferenciadores, que para unos será un acierto y otros, transidos de prejuicios, no tanto, porque como dice Cesare Pavese: «…en poesía no todo es previsible y, al componer, se eligen a veces formas, no por una razón conocida sino instintivamente; y se crea sin saber con claridad cómo». Dicho de otro modo, Pascual percibe el mundo, lo siente con sensibilidad poética, que pasa a la palabra de modo instintivo y natural, sin apenas filtros intelectuales y culturales intermedios, de ahí la extrañeza que produce con frecuencia su lectura.
Otros de los rasgos de esta poesía es su apacible concepción declamatoria. A esta conclusión no hubiéramos llegado de no haber escuchado y visto antes a Jorge recitar sus versos. Tras lo cual se nos antoja imposible separar nuestra lectura solitaria del eco de su interpretación, como actor que es, en nuestra memoria. Quizás sea aventurado decir que Pascual sitúa las anáforas, los puntos suspensivos, los vocablos aislados en un verso y cuantos recursos proporciona el ritmo y el efecto dramático, pensando en la interpretación actoral del poema. Así, tras asistir a sus recitales, como decíamos, en nuestra lectura particular todo el artificio del poema se carga de sentido, de modo que como si de una performance de arte contemporáneo se tratara, estamos ante una manera distinta de entender la poesía, tal vez de sacarla a la calle, lejos de cenáculos exclusivos, que enraíza con los juglares de la Edad Media y con los recitales populares de todas las épocas, hoy no muy frecuentes. Tanto es así que en su actuación conecta incluso con el público más resistente a la poesía, mérito no desdeñable en un tiempo de penuria para esta.
Aparte de estas consideraciones generales, vayamos a la poesía concreta, a la que se encontrará el lector en su soledad. El poeta José Luís Puerto nos suministra en su excelente y revelador prólogo los tres ejes básicos en torno al cual se orquesta el poemario: «lo celeste, el amor y los seres próximos», a los cuales añadiríamos el tiempo y la memoria. Las nubes, el cielo y la luna aparecen en muchos de los poemas como un espacio metafórico donde se proyecta la vida vivida. El poeta huye de lo terrenal para quedarse en el mundo de esa proyección poética, que es un modo de aprehender y sentir la vida, la realidad: «El cielo es un refugio sereno de armonías, / soplidos de nostalgias de recóndito aliento…, // Un agujero donde // cae // la memoria que tenemos de los días…». Otras veces este espacio donde se refugian el poeta y sus versos se llena de malos presagios que amenazan con acabar el sueño, ese estado de ensoñación en el que se había instalado, ese deseo de elevación desde lo terreno: «Se cae la luna…! // Siento que se cae… sueño, y no la cojo. // Cae la luna como una nostalgia hecha añicos por un golpe. / Como un vaso. / Como un cristal de recuerdos secos y fríos. / Como un agua oscura que en sueños te sumerge».
El amor hace referencia por una parte a la amada y por otra a la familia. Respecto a la primera, es un amor en el que predomina la ausencia y la nostalgia, envuelto en un sentimiento de melancólica aceptación, sin dramatismo alguno: «Te escapas de mi carne. / Echo de menos al paso / como un tiempo / que nunca existió… / y hoy está haciendo / aguanieve debajo / de mis zapatos». La otra vertiente la podemos ver en los poemas dedicados por ejemplo a un abuelo y a un tío.
Si el sol, la luna, el cielo, las nubes, el viento, la lluvia, la nieve tienen una importancia decisiva en gran parte de esta poesía, por contra los interiores cotidianos también estarán presentes, el hogar y las habitaciones. El poema dedicado a la casa vieja de su abuelo comienza: «Queda embargo en esta casa / deshabitada por el silencio…» Y unos versos más abajo: «Hubo algunos rincones que se cayeron / mientras nos desocupamos. Existir sin darse cuenta… // Ya no queda / nada de techo sobre este suelo… / este suelo…». Son espacios fantasmales que albergan los pecios donde la vida ya es sólo naufragio y contemplación de un tiempo extinto. O también donde el poeta busca cobijo para amar, como la habitación del poema número 33: «Tu habitación es grande… como si se pudiese meter allí / toda nuestra vida», para concluir con un despertar al amor a través del sueño: «—Cierra la persiana y vamos a despertarnos pronto que / la noche es breve y nos tiembla cuando nos miramos… soñados».
En la poesía de Pascual el tiempo está transido de melancolía: «Me doy un zarpazo de melancolía / y aún me hago daño…», porque es el tiempo de la memoria, del recuerdo, un tiempo fugitivo que persigue con la palabra a lo largo del camino, término este recurrente en numerosos poemas, «Sólo de tiempo se construyen los caminos más ligeros, / sólo con tiempo hacen memoria los párpados de los espejos». Llamará la atención del lector la peculiar manera de aplicar la sintaxis al verso, a la palabra y a los conceptos, que genera en estos asociaciones sorprendentes y muy expresivas (así como las metáforas de corte surrealista: «Vuelan lugares vacíos / fuera de lo que se puede tocar…»), y que recuerda a muchos poemas de E. E. Cummings, sin que ello quiera decir que haya un propósito de acercarse a procedimientos vanguardistas como en el poeta americano. No se trata tanto de rechazar las leyes imperantes en la poesía, como de buscar la función poética con los recursos de los cuales dispone el poeta desde una impronta podríamos decir juvenil, de descubrimiento. Porque como él mismo declara en el poema en prosa titulado «Para hacer un poema…»: «Para hacer un poema no hace falta una sintaxis».
Pascual es un poeta que lleva la fragilidad de la intemperie en su voz, cuya poesía pretende bucear en la emoción que le produce la vida a su paso por el tiempo vivido, contemplado y sentido. Y que presta a la existencia una cierta evanescencia melancólica, un decir entre susurros entrecortados y silencios como los que sugieren la enorme presencia de los puntos suspensivos. W. H. Auden dice que: «La poesía no hace acontecer nada, sobrevive» o en palabras de José Ángel Valente: «La palabra poética es palabra dicha contra la muerte», pero para que esto sea así haces falta tú, lector.

lunes, julio 25, 2016

Piernas fantásticas, Ricardo Reques


Ilust. Soledad Velasco
Adeshoras, Madrid, 2015. 204 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Las piernas de mujer son, sin duda, para Ricardo Reques ese imaginario lugar donde transcurren la mayoría de sus fantasías y por ese, y no otro motivo, titula su última colección de relatos, Piernas fantásticas (2015), y para alejarse de ese exclusivo mundo de la ficción, el narrador añade algunas notables reflexiones sobre el ideal de belleza. Lo más curioso de este libro, esa lírica visión del ideal femenino que deriva hacia un auténtico cuento seudopoemático porque se basa en la evocación de una emoción o un sentimiento, y se convierte entonces en una impresión fugaz y en toda una serie de emociones de carácter lírico, y además provoca una extraña fuerza evocadora; y si añadimos ese mágico poder de sugerencia, ambos conceptos se convierten en valores fundamentales de esta colección, de forma que de alguna manera muchos de estos cuentos se suavizan de esa radicalización característica que son esenciales en la temática elegida por Reques, y que desde el punto de vista técnico se concretan en historias de una asombrosa síntesis, de una calculada intensidad, de una extrema condensación y de una aguda capacidad evocadora. Otra de las características a destacar, el tratamiento elegante, imaginativo y tremendamente literario de una parte de la anatomía femenina que resulta tan fascinante como el resto. Lo cuestionable es, solo como profundiza y soslaya el autor, nuestra inequívoca obsesión por mirar y cuantificar nuestro sentido de la posesión ajena, símbolo sin embargo de la sensibilidad femenina nunca ajena al deseo masculino.
¿Es Ricardo Reques un fetichista? Según la definición académica, resultaría obvio porque un fetichista es una persona, casi siempre hombre, que se siente atraída sexualmente por esta zona de la anatomía humana, en este caso las piernas. Para un fetichista, la simple visión de un pie, de un zapato de tacón, y en el caso de escritor de una pierna desencadena un proceso de sensaciones sexuales agradables y muy estimulantes. El referente más evidente es Elmer Batters, el fotógrafo norteamericano que dedicó su labor a la fotografía erótica y/o fetichista, sobre todo las piernas femeninas, aunque su obra, construida a partir de finales de la década de los 40, no tenía cabida en la sociedad puritana estadounidense, con lo que normalmente era tachada de perversa y pornográfica. Solo así pueden entenderse los numerosos problemas que Batters sufrió con las autoridades y que sus fotografías solo tuvieran salida en revistas eróticas que el mismo fundó, y hablamos de la época del apogeo de las pin-ups.
En los diecisiete cuentos que contiene el libro, y en la mayor parte de las historias no coincide la apariencia con lo que presuntamente se describe, y más bien se reproduce el sentido de la fragilidad, de la culpa, o incluso cierta tristeza y el alivio, por añadidura, tras un acusado proceso de envidia y de celos, y nuestro consuelo o desconsuelo se hace patente, aunque finalmente se muestra el placer y un inmenso halo de felicidad a la hora de llegar al final de muchos de estos relatos. Y dos de ellos, preferentemente, justifican la colección, me refiero a “El secreto de Tramell” y “Tarde de playa”, el primero porque con su precisa y justa medida, con su técnica elaborada y consecuencia final, esboza cuanto Reques nos quiere mostrar, ese sugerente símbolo de la sensualidad femenina y el afán de posesión que confieren nuestras miradas; el segundo subraya que la belleza es una idealización sublime de una aparente realidad y más allá de esto puede, incluso, no haber nada; el tercero, “Loba” muestra el exceso de abarcar con su extensión, toda una imaginería en torno al mito de la transformación. El resto de cuentos pese a su evidente factura literaria donde lo fantástico y lo imaginario se convierte en motivo esencial de la prosa de Reques, notable por su ejecución, ofrecen al mismo tiempo reflexiones filosóficas, psicoanalíticas, referencias pictóricas y cinematográficas, en suma pequeños ensayos que confieren al conjunto la dimensión fetichista y erotómana que escritor otorga a las piernas de mujer. No dejemos de leer, “Las medias de Nicole” tan sensual como erótico, o ese ensayo seudo-psicológico que se sugiere en “Relación entre las variables morfológicas de los miembros inferiores, éxito de apareamiento y tiempo de supervivencia en humanos”.
La edición está ilustrada por la mexicana Soledad Velasco que aspira con sus dibujos a transmitir esa realidad que viene concretada visualmente por un determinado contexto tan acertado como resulta ese poder de transmitir la auténtica y verdadera realidad cotidiana.

viernes, julio 22, 2016

American smoke. Viajes al final de la luz, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo
Alpha Decay, Barcelona, 2016. 384 pp. 26 €

Fermín Herrero

Conocí unos cuantos poemas de Iain Sinclair gracias a la voluminosa –seis décadas, casi cincuenta poetas antologados- y sorprendente antología de poesía británica La isla tuerta. Allí se le incluía curiosamente en el grupo de los “Indocumentados”, cuando, como veremos, en el libro que nos ocupa, da muestras de un dominio de fuentes y bibliografía respecto a escritores beat realmente apabullante. Se decía también en las escuetas notas biobibliográficas con las que se clausuraba el volumen, entre otras cosas, que ha sido «jardinero, portuario, librero, cervecero y envasador de cigarrillos», nada menos. Además de emparentarlo, como “socio satélite”, con la familia última de iluminati ingleses, con J.G. Ballard a la cabeza, escritor citado varias veces en American Smoke.
También se le catalogaba como autor inclasificable y, en efecto, la siguiente obra suya que leí, La ciudad de las desapariciones, pertenece al género narrativo, pero a partir de esa fijación genérica es harto difícil de encasillar. En concreto, en la solapa del libro, también publicado por Alpha Decay –según el traductor de lujo de aquel volumen y del que comentamos, Javier Calvo, para solventar la “anomalía perturbadora” de que nunca hubiera aparecido nada de Sinclair en nuestro país- se encuadraba el libro en la psicografía, «la exploración lúcida y perspicaz del entorno urbano por el afán de descubrir el trasfondo mágico del espacio y la arquitectura que lo articula». En la línea de la antropología urbana, a la vanguardia contracultural de nuestro tiempo, Sinclair era capaz de elevar con prosa soberbia, un punto expresionista, la zona Este de Londres, ciudad de adopción y acogida de este galés, natural de Cardiff y formado en Dublín.
En buena parte de American smoke, sin embargo, Sinclair abandona, primero con las humedades otoñales y luego en varias escapadas más (Vancouver, Kansas, Seattle, Berkeley, con parada y fonda en Hollywood, según Mike Davis «la sinergia perfecta entre la cultura de los gángsteres y las fábricas de películas»), el anclaje medular de su literatura –“corría el año 2011 y había perdido su aroma”- y se embarca hacia Norteamérica «con la esperanza de volver a conectar con los héroes de mi juventud», guiado en principio por la memoria de Charles Olson, de quien dice algo maravilloso para un poeta: “vivía en el lenguaje”, alma y rector del Black Mountain College, en Carolina del Norte, institución por la que pasaron gente tan diversa, de todas las artes, como John Cage, Robert Creely, Merce Cunnigham, Willem de Kooning o Robert Duncan, autor de la sugerente cita inicial del libro: «Regreso para encontrar secretos./Regreso para robarlos».
Y así es, Sinclair, aspirante en su día a poeta vagabundo, causa probable de los orígenes librescos de sus expediciones, en su afán de encontrar y ofrecernos secretos, comienza su periplo americano tras las huellas de Olson, extraño poeta jungiano, entre pescadores de origen siciliano, dedicados a capturar preferentemente pez espada con palangre. Luego, su recorrido literario rastreando «la escena contracultural» yanqui, persiguiendo la «rancia y escurridiza esencia de la literatura beat», le acerca a faros icónicos, espirituales, del calibre de Malcolm Lowry, Gary Snyder, William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, Gregory Corso y otros de su estirpe, casi siempre, como compañera, con la sombra alargada, omnipresente, obsesiva, de Roberto Bolaño, de los diarios de Spandau de Albert Speer y de la marca profética de Blake. Todos, escritores que fueron hasta el fondo, hasta «el final de la luz».
Por el camino, claro, aparecen multitud de figurantes no menos destacables: el editor multimillonario y marxista Feltrinelli; Alexander Baron, uno de sus referentes, novelista bélico de cierto éxito, desconocido para mí; el apocalíptico Dylan Thomas en el mítico Chelsea, junto a los cadáveres de Sid Vicious y Janis Joplin, «que una vez tuvo una cita desastrosa con Olson»; Lovecraft y sus “mitos chiflados de Ctulhu”; Ed Sanders y su inmersión en la espiral de locura de la secta Manson; Lew Welch, «intoxicado con una fuerte dosis de Gertrude Stein», que se internó en un bosque para siempre, para no volver jamás; Cal Shutter, futbolero y vendedor de sangre; el «jovenzuelo chulesco» Gore Vidal; Timothy Leary, sus “cacahuetes” de psilocibina y sus frascos de ácido lisérgico. Y tantos otros, una pléyade de lo mejorcito de la literatura norteamericana contemporánea, que asoma por las apasionas y apasionantes páginas de este galés indomable. El libro en su conjunto es un tesoro de informaciones de primera mano y de primer orden, lleno de apreciaciones sugerentes. Pero Sinclair, aunque como buen investigador inglés de las letras dispone de artillería pesada, no abusa en absoluto de su arsenal, más bien se muestra compasivo con los vicios y defectos de los pobres poetas, admirables en su desastre. Sin faltar a la verdad, por otra parte, sabe perfectamente quién se merece una mofa leve, caso de Stephen King o de Stephanie Meyer, la autora de «la franquicia de vampiros» Crepúsculo. De modo que, desde lo personal autobiográfico a los acercamientos fílmicos con Courtney Love en papel estelar, American smoke traza una visión completa de las tribus beat, tan distintas entre sí. Tilda a los neoyorkinos de «cascarrabias, competitivos»; a Corso, por ejemplo, «le costaba escuchar sin reírse cómo Snyder daba la brasa a los granjeros de Dakota sobre cómo tenían que plantar patatas».
El dragador Sinclair es un maestro de la literatura de no ficción: reconstruye vidas, ensambla sucesos, aventura destinos. Su modo de indagación es único, tiene una penetración aguda que determina una mirada semejante a una radiografía. Esta mirada viene determinada por su mezcla muy original de reportero entre aquiescente y puntilloso, flâneur siempre atento, explorador lúcido, ensayista errático a quien nada le es ajeno y viajero curioso y detallista. Y por un estilo capaz de conjugar el lirismo desbordante de adjetivación exquisita con la prosa impresionista de flashes secos y condensados o la transcripción literal de testimonios grabados; la precisión periodística con la digresión, siempre atinada y fundamento clave de su escritura.

miércoles, julio 20, 2016

Las noches de Ugglebo, Ariadna G. García


Premio de poesía para niños El Príncipe Preguntón. Ilust. Susana Román.
Diputación de Granada, Granada, 2016. 80 pp. 10 €


Gracia Iglesias

Aunque nos hayan dicho lo contrario y estemos acostumbrados a la mecánica de las etiquetas y las clasificaciones, la poesía no es un género literario, sino una sensibilidad atenta a las divergencias que alimenta una forma especial de mirar el mundo y se acompaña de una capacidad para transmitir esas emociones tanto a quienes comparten ese modo poético de ver las cosas, como –y esto es lo más difícil de conseguir– a quienes no están acostumbrados a dejarse caer en brazos de ese instinto que, si lo pensamos bien, está en el interior de todos los seres humanos desde el momento en que nacemos pero, tristemente, se suele ir diluyendo, perdiendo o abandonando en el camino hacia la madurez. Por eso es tan importante que la poesía, no como género –insisto, es una equivocación tratarla así–, sino como concepto se convierta en alimento literario de la infancia, es decir, que forme parte de la dieta de lecturas que ofrecemos a nuestras niñas y a nuestros niños al igual que les contamos cuentos y les damos a leer novelitas y relatos. Los niños y niñas llevan la poesía en los genes: la infancia es poesía, y conviene que no pierda el contacto con ella a medida que pasan los años. Para eso están los buenos libros.
Con frecuencia, sin embargo, nos olvidamos de esta necesidad y por eso hay tan pocas editoriales que apuestan por el lenguaje poético y por la etiqueta/género “poesía”. Por fortuna, para compensar, existen premios como el Príncipe Preguntón de la Diputación de Granada que ofrecen una oportunidad de publicar a quienes la practican. La última ganadora de este galardón ha sido la ya consagrada y ampliamente laureada poeta Ariadna G. García quien, con Las noches de Ugglebo, ha puesto de manifiesto la amplitud de miras del jurado de este premio al apostar por un libro que se sale de los cánones convencionales de lo que tradicionalmente se entiende como “poesía para niños”.
Y digo que se sale de lo convencional porque, en primer lugar, Las noches de Ugglebo no es un conjunto de poemas al uso sino un relato, un cuento con inicio, nudo y desenlace en el que se narran las peripecias de un joven búho vegetariano –el dato no es caprichoso– nacido en las regiones polares y decidido a descubrir el origen de los peligros que acechan al mundo animal y que se le aparecen en terribles sueños febriles de carácter premonitorio. Se trata de un relato, sí, aunque escandido en forma de versos bien medidos que confieren al conjunto un ritmo melodioso despojado absolutamente de rima, recurso comúnmente empleado en poesía infantil por sus indiscutibles valores en el aprendizaje, pero peligroso cuando se generaliza hasta el punto de establecer una paridad “rima=poesía” que es reduccionista y nada acertada.
Las noches de Ugglebo es un texto que mece, que acuna con un manto de palabras escogidas de una sonoridad y belleza impecable, con las que la autora construye sutiles metáforas que, junto a la ya mencionada medida de los versos y la propia construcción del libro mediante la fragmentación de la historia en poemas-instantánea, lo alejan de cualquier duda que pudiera surgir sobre su condición de obra poética: porque la poesía no es un género, sino una forma de mirar y de contar el mundo.
Más allá de los aspectos formales del libro, el contenido es un firme elogio a la naturaleza, un alegato ecologista cargado de valores como el respeto al medio ambiente y la conciencia del daño que la humanidad está causando al planeta en el que convive (a duras penas) con otros animales. Todo ello en un entorno polar que es ya casi un emblema en la obra de Ariadna G. García, quien no puede esconder su amor por las tierras nórdicas, protagonistas en sí mismas –más que los propios personajes que aparecen en la obra– de su poemario también premiado La guerra de invierno (Hiperión, 2013); y no en vano el blog de la autora se llama El rompehielos.
Cabe señalar el salto cualitativo en formato y diseño que han dado los libros de El Príncipe Preguntón desde que en el año 2012 se hiciera cargo de su edición directamente el Área de Cultura de la Diputación de Granada. Hasta entonces las obras premiadas veían la luz en la colección Ajonjolí de la editorial Hiperión. El formato de los libros era más pequeño, el papel de peor calidad carecían de solapas y las ilustraciones –más escasas– no eran a color, elementos todos ellos que han sido incorporados en la nueva colección y que mejoran notablemente el aspecto final de la obra publicada. En el caso de Las noches de Ugglebo, las bellas ilustraciones de Susana Román, absolutamente acordes con el tono del relato, completan un hermoso libro que, no obstante, tendrá que enfrentarse al mundo sin el amparo (en lo que a distribución se refiere) de una editorial comercial, y habrá de vérselas con la terrible codificación por edades a la que están sujetas todas las obras de literatura infantil y juvenil, y en la que no encontrará una fácil ubicación, puesto que no es un libro dirigido a los más pequeñitos –objetivo habitual de la mayoría de publicaciones de poesía infantil–, sino orientado a un tipo de lector ya autosuficiente y casi rozando la línea de la literatura juvenil. Confío en que las fuertes alas del joven búho protagonista sean augurio, con todo, de un próspero y exitoso vuelo hasta las librerías de muchos hogares y escuelas.

lunes, julio 18, 2016

Fuimos amigos, Mills Fox Edgerton


Ediciones Irreverentes, Madrid, 2015. 138 pp. 13 €

Pedro Pujante

La literatura actúa a veces como catalizador de emociones. A más de un escritor se le ha escuchado aquello de que no buscaba hacer pensar sino describir un paisaje emocional. A través de un texto se consigue explosionar un cúmulo de recuerdos, que al final, no son imágenes racionales de lo que hemos vivido, sino de lo que hemos sentido. La memoria es sentimental, es esa magdalena degustada por la emoción que nos convierte en viajeros mentales del tiempo.
Estas reflexiones me ha sugerido la novela Fuimos amigos de Mills Fox Edgerton (EEUU, 1931), políglota e hispanista, con una abundante obra en castellano. Esta historia, que parece haber sido escrita por un español hijo de la dictadura, combina dos espacios y los superpone para construir una ficción seductora e íntima. Por un lado, el dibujo preciso y acertado de la España de posguerra; por el otro, la geografía sentimental de un hombre que vivió este tiempo gris pero luminoso.
Como si hablase en voz baja, el narrador de Fuimos amigos desgrana historias y anécdotas en primera persona, sobre su propia realidad pero que convocan los fantasmas de un período de nuestra España: el franquismo, la censura, la penuria. Pero, no nos equivoquemos, este no es un libro político, o al menos, no es solo un libro en el que la política está presente. Esta pequeña historia es una sincera interrogación sobre la amistad, sobre el amor, sobre los borrosos límites de ambos sentimientos, sobre la propia tarea de VIVIR.
Novela-monólogo, de carácter testimonial, Fuimos amigos nos hace transitar el pasado, y nos devuelve estampas vívidas de nuestro país, pero siempre filtradas por la mirada tierna de un niño, de un joven, de un hombre de carne y hueso. De su curiosidad, de sus deseos de aprender de la vida, de la experiencia. Sus viajes a París, a Argentina, a otras ciudades de España. La cultura como puerta de libertad individual en una sociedad cerrada y, hasta cierto punto, angustiosa pero que consigue transformar el lodo de los años en arcilla existencial.
Quizá el mayor acierto de este libro esté en contar una historia leve, sin estridencias, pero con un gran peso emocional. Una historia –contada sin patetismo ni efectos especiales- sobre un tiempo duro y oscuro, pero iluminado por la mirada inocente de un narrador en busca de la belleza.
Un viaje por la memoria que te hará reflexionar.

viernes, julio 15, 2016

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 128 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Enrique Vila-Matas convierte cada uno de sus proyectos narrativos en un experimento de autenticidad absoluta, y entonces explora las múltiples posibilidades que ofrece contar historias, y aun afianza ese propósito cuando convierte sus textos en auténtica literatura y se vislumbra así una mayor visión de su obra que se confunde con esos muchos autores que durante décadas han conformado una praxis literaria propia, y leyéndolo no resulta nada raro encontrar la huella de Samuel Beckett, Roberto Bolaño, Marcel Duchamp o Arthur Rimbaud que, en esta nueva entrega, Marienbad eléctrico (2016), rastreamos página a página, y que, como él, fueron autores que generaron formas distintas de un mismo discurso.
En un texto como Marienbad eléctrico, la literatura se convierte en el elemento central, puesto que, entre otras, ofrece perspectivas móviles, y nos invoca para disfrutar de citas y apropiaciones textuales que derivan a un formato válido y tan ensayístico como narrativo, y/o en el mejor los casos a una suerte de diario-progresivo que se ha venido ejecutando durante años, y en lugares distintos, aunque el café Bonaparte de París se convierte en el escenario donde ese intercambio de ideas, sin ninguna inhibición, conforma y afianza la amistad entre la artista de vanguardia francesa Dominique Gonzalez-Foerster fascinada por las realidades paralelas y las conexiones invisibles, sensible por las distancias relativas en el arte o el mundo de la imaginación, y celebrada porque experimenta con procesos distintos que abarcan disciplinas muy originales: diseño e instalación, escritura y fotografía, o proyecciones de video, siempre con una indagación constante del espacio y el tiempo para convertir su arte en materia literaria; y el escritor español, Enrique Vila-Matas, el autor de numerosos paradigmas en torno a esa nueva forma de “escribir novelas” que proyecta su obra a una dimensión tan plástica como universal, maestro de la autoficción, la metaliteratura, y dueño de un especial sentido del humor y de la ironía que caracteriza y se extiende por el conjunto de su obra, y aun añade numerosas reflexiones sobre el arte y esos lugares de una geografía reconocida como los que ensaya en sus textos. Y, en esta ocasión, el título, sin que eso signifique una obligada deuda, alude a la extraña fascinación del narrador por la película El año pasado en Marienbad, que dirigió Alain Resnais en 1961, con un no menos extraño e incompresible guión de Robbe-Grillet; pero, sin duda, es el recuerdo de la curiosa visión que tuvo el narrador durante los días que pasó en dicha ciudad.
Un libro como Marienbad eléctrico pone de manifiesto la extraña energía creativa que el paso de los años ha generado, tanto en Dominique como en Enrique, su incansable intercambio de ideas, y convierte el texto en un suerte de diario entre el narrador EVM y su interlocutora DGF cuyos comentarios sobre arte y existencia postulan a ambos en esa suerte de equívoco preconcebido sobre la vanguardia y los paradigmas que rodean al concepto universal de la creación artística. Y, por añadidura, muestra el delicado testimonio de esa perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge tanto la incertidumbre como el desencuentro, incluso la objeción como ingredientes indispensables en sus respectivas obras.

miércoles, julio 13, 2016

Pimp. Memorias de un chulo, Iceberg Slim


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Introd. Irvine Welsh
Capitán Swing, Madrid, 2016. 360 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es curioso cómo estamos rodeados de elementos de una cultura tan ajena a nuestra experiencia de europeos de clase media como la del rap y el hip hop, con su exaltación de raza y su afirmación individualista particularmente masculina, que viene acompañada por una impúdica exhibición de símbolos de riqueza y una apropiación de la mujer como un adorno imprescindible del hombre hecho a sí mismo, o como la del género cinematográfico setentero del Blaxploitation, con sus detectives negros de pelo afro incontrolado moviéndose a ritmo de funk durante sus persecuciones automovilísticas por los bajos fondos de la ciudad. Es curioso, insisto, cómo a fuerza de toparse diariamente con ella en cualquiera de sus manifestaciones en cualquiera de los medios de comunicación que saturan nuestro cerebro llega a asumirse como propia, y sin embargo no llegamos ni a plantearnos cuál pudo ser el germen de esta corriente que hoy día nos avasalla. Pues bien, el origen parece encontrarse en estas memorias noveladas de Iceberg Slim (nom de guerre de Robert Lee Maupin), como nos revela en un documentado, apasionado y luminoso prólogo el autor de Trainspotting Irvine Welsh, que vincula con la evolución de la cultura afromericana posterior y con su propio universo de chaval inglés de clase obrera que creció en la infausta época tatcheriana. Y es que muchos se reconocieron, cuando no se inspiraron, en este muchacho que sufrió una vida dura en los suburbios, sumergido en un gueto propenso a la criminalidad propiciada por su ambiente de exclusión. Aunque también hay que decir que la mayoría prefiere ignorar el sentido último de lo que escribió, su historia de redencíón, y quedarse en la pura anécdota.
La narración se sumerge completamente en la psicología del personaje, como no puede ser de otra forma, en su jerga lumpen (afortunadamente hay un amplio vocabulario al final del libro que impide que se pierda el sentido de lo que se lee), y no ahorra en detalles escabrosos de todo tipo: una sexualidad desaforada desde la más tierna infancia, una madre que debe mantenerse a sí misma y a su hijo con trabajos a salto de mata a consecuencia de la nociva relación con un caradura de baja estofa, la miseria y el engaño que les rodea sin remedio. De todo esto les salvará un hombre que Slim considerará toda su vida como el elemento que pudo representar su salvación del marasmo que vendría después, un hombre generoso y cariñoso al que su madre acabó abandonando, contaminada irremediablemente por el veneno de la delincuencia, de lo que se arrepentiría demasiado tarde. A partir de entonces, la caída en el abismo será irresistible, llevándole hasta la cárcel, donde en lugar de reinsertarse en la sociedad, a consecuencia del pésimo sistema penitenciario americano se verá atraído a la profesión que marcaría su existencia a partir de entonces: el de proxeneta, con su cohorte de putas, del que nos aleccionará sin pelos en la lengua, como si de un manual de malas maneras y supervivencia a todo tren se tratase. Un manual para convertirse en el único héroe al que muchos afroamericanos creían poder acceder, dado el muro cultural invisible que los separaba del american way of life, en parte impuesto por el gobierno, en parte fomentado por un malentendido orgullo de raza que personificaron Malcolm X y los Panteras negras. Y de ahí a la actualidad.
Podríamos decir que lo que cuenta Pimp. Memorias de un chulo es una novela picaresca, de no ser porque se trata de un relato autobiográfico sin más moraleja que la que confiesa tímidamente en un mínimo texto previo el propio Slim, a la manera de aquellas novelas barrocas que declaraban su intención moralizadora a la vez que eran dedicadas a algún mecenas. Por lo demás, es un relato crudo, sucio, pero necesario, sobre un aspecto marginal de la cultura americana (y de la nuestra, gracias a la globalización), demasiado estilizado en ocasiones, que se convertiría en excusa y acicate para que la segregación fuese desapareciendo progresivamente, si es que los últimos sucesos policiales estadounidenses no nos hacen dudar sobre el verdadero estado de la situación en el país de las libertades por antonomasia.

lunes, julio 11, 2016

Como si fuera esta noche la última vez, Antonio Ansón


Los libros del lince, Barcelona, 2016. 216 pp. 18 €

Fermín Herrero

Como en la otra narración suya que conozco, de dylaniano título, Llamando a las puertas del cielo, que en su día me deslumbró, el zaragozano Antonio Ansón ha vuelto a arriesgar, aunque en un sentido muy distinto. Esta vez se ha propuesto, creo, y lo ha conseguido con creces, componer una novela que retrate fielmente la normalidad de nuestra generación, que ya va siendo talludita y se asoma, por tanto, al deterioro y al acabamiento, que ya sabe que, como todas, pese a sus fastos de juventud, es mortal e insignificante. No hay, pues, en Como si fuera esta noche la última vez –ahora ha acudido Ansón para el título a un bolero, en consonancia con uno de los hilos argumentales secundarios, de índole sentimental, y, en su polisemia, con el asunto principal de la trama- ningún aspaviento almodovariano ni subrayados nostálgicos a lo Trueba, ni siquiera un prurito de exhibición estilística.
Nada de eso, la novela se limita a mostrar, a través de las impresiones mensuales apuntadas en cuadernos escolares -tal y como hacía a escondidas su madre, aunque ella pergeñara breves poemas rimados-, a modo de diario, de Julia, la protagonista, durante casi un año, de julio a mayo, la vida común, por lo menudo, de cualquier persona de la clase media de entre siglos: matrimonio con dos vástagos, residencia en una urbanización, vacaciones divididas entre la playa y la montaña… El valor de la novela reside en cómo el autor eleva esa vida anodina, cómo es capaz, además a través fundamentalmente de una voz femenina, de encontrar el tono y el habla adecuados, sin que en ningún momento chirríe la prosa. Para ello se apoya en cierto perspectivismo, gracias a la alternancia de la voz diarística principal con apuntamientos a posteriori del hijo pequeño y aun de la hermana moderna, estupenda, cuyo snobismo muy de estos días se refleja mediante la transcripción de conversaciones sobre todo telefónicas.
Los cambios de punto de vista sirven para demostrar, por otra parte, el dominio de los diversos niveles del lenguaje, siempre coloquial, ya que, como hemos dicho, se evita cualquier atisbo de exceso léxico: en otro orden de cosas, pero hacia la misma sustancia, una de las mujeres lo razona: «el mejor maquillaje es el que no se nota». Pese a la gravedad de las líneas temáticas cabe mencionar el uso de la ironía, casi siempre piadosa, así cuando la hermana guay le explica a la protagonista que a su hijo, más bien torpe, «le encanta copiar frases en el cuaderno, me da que terminará de escritor, o periodista, porque es tonto y escribe bien».
También es apreciable el aliento lírico que subyace durante todo el desarrollo argumental, ya desde la obertura, toda vez que la constatación de lo eterno del mar frente a la eventualidad del veraneo a través del primer apunte del diario de Julia («nosotros tendremos que irnos y él se quedará»), con su runrún indiferente frente a lo efímero de nuestro paso por el mundo, remite a El viaje definitivo juanramoniano: «…y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando». Este lirismo se manifiesta por ejemplo en las descripciones, tan escuetas como reveladoras, del pueblo de veraneo, aun siendo el del padre. No en vano, por cierto, es el mismo espacio entre imaginario y simbólico en que transcurría la otra novela que citábamos al comienzo. No es menos destacable el detallismo doméstico y sentimental, incluso terapéutico. Con mucha habilidad y precisión, por caso, se destapan las grietas decisivas cuando las relaciones íntimas o conyugales empiezan a erosionarse y se adivina el desastre. Un desastre que puede producirse cuando, al tiempo, la protagonista, profesora de instituto, se nota un bultito amenazante en el pecho –su madre murió de cáncer de mama- y recibe la llamada totalmente imprevista de su primer amor, el limpio, el verdadero, de los tiempos de la facultad, al que hacía definitivamente por Estados Unidos. Entonces es consciente de que la rutina matrimonial y el desgaste conjunto de un marido al que le falta un hervor y de la descendencia ingobernable ha mellado por completo su persona y va a tener que enfrentarse a sí misma, para hundirse o tal vez redimirse.
Ese es el espejo al que nos enfrenta Ansón para, vuelvo al principio, encararnos con nuestra insignificancia. Porque, aunque se recuerde el valor absoluto de cada vida, de toda vida («soy importante, sin embargo»), llega un momento en que empezamos a caer, no sabemos a veces ni por dónde, con el desconcierto propio de quien sabe que su existencia puede volverse definitivamente fantasmal ante la derrota segura frente a la muerte. Nadie sabe tampoco cómo afrontará ese momento crítico ni cuándo dejaremos de saber vivir. Esta novela cruda y seca aventura algunos caminos, no por usuales menos perturbadores.

viernes, julio 08, 2016

El burdel de Lord Byron, Luis Antonio de Villena


Stella Maris, Barcelona, 2016. 197 pp. 17 €

Bruno Marcos

Una de las líneas que se ha propuesto desarrollar la nueva editorial Stella Maris es la de rescatar libros que fueron significativos en un pasado reciente. Lo ha hecho hace poco con Historias del Kronen (Finalista del Premio Nadal en 1994) de José Ángel Mañas. Con ello, lejos de sacar simplemente rédito a la nostalgia o a lo ya contrastado, lo que aparece es una buena oportunidad para la relectura crítica y para que los jóvenes conozcan, por primera vez, y juzguen obras que hace poco tuvieron relevancia. Sin duda esto ha de propiciar que reflexionemos sobre la caducidad o la permanencia de la literatura que se produjo en las dos últimas décadas con cierta perspectiva, detectando aciertos y errores.
En cuanto al libro que nos ocupa se trata de la reedición de El burdel de Lord Byron (Premio Azorín en 1998) de Luis Antonio de Villena, que contiene la biografía novelada del poeta y aristócrata británico Lord Byron. El texto se presenta como el relato que una anciana prostituta hace sobre su relación con Byron en forma de conversaciones con un agente de Scotland Yard, incorporando cartas manuscritas del propio Byron.
Temáticamente la historia está al servicio del mundo de Villena, el deseo sin ataduras sentimentales y la búsqueda de la belleza y la intensidad en lo pasajero, siempre en contra de la mayoría. El dandismo de Byron para Villena está presente en un distanciamiento radical de lo convencional y en un esteticismo que prefiere incluso lo ornamental a lo sórdido de la realidad. A lo largo del libro se van sucediendo los episodios sexuales de la vida del protagonista salpicados de ciertas reflexiones de tono pesimista que demuestran una patente insatisfacción.
Villena nos trae un Byron que vive entre picos de euforia y desesperación. Dandy vestido de raso negro y con zapatos de charol rojo que vive en casas llenas de jaulas, con monos, loros, panteras o jirafas en el jardín. Aristócrata barroco de estómago dispéptico que sólo tolera beber agua y comer bizcochos secos. Promiscuo, bisexual, incestuoso, mal padre, peor marido, despilfarrador, envidiado, deseado, imitado. Poeta de demonios bellos que vivió en un mundo en el que todavía se daba crédito bancario a las apariencias y en el que el Lord no cobraba sus derechos de autor porque «un señor no vive de su ocio».
A ratos resultan poco creíbles el lenguaje y las reflexiones de la narradora, una mujer anciana, antigua prostituta, que habla y piensa con el mismo estilo que Byron o Villena. Quien encuentre todo este mundo reflejado en la novela como artificial, alejado de la realidad y del presente hallará la novela inaguantable y empalagosa y la abandonará sin darse tiempo a ver que, precisamente, ese mundo está conscientemente construido a favor de lo artificial, contra el presente y contra la realidad.
Lo mejor, sin duda, de este libro es el dominio que el autor posee de la palabra y los conocimientos culturales que le interesan, con ambos planta los cimientos precisos que sirven para levantar el edificio de la disidencia esteticista y hedonista. Un lugar que, pareciendo superficial, se asienta sobre verdaderos abismos nihilistas: «El mundo es un redil de imbéciles, —afirma en un momento dado el protagonista— un cuento contado por un loco, lleno de ruido y furia y que no significa nada».
Villena escribe esta novela como Polidori, el médico y amigo de Byron, dice que vivía, pegado al Lord, porque con él estaba lo más cerca que se podía de la vida.

miércoles, julio 06, 2016

Un monstruo viene a verme, Patrick Ness


Trad. Carlos Jiménez Arribas
Nube de Tinta, Barcelona, 2016. 208 pp. 14,95 €

Santiago Pajares

He de reconocer que leí el libro tras ver el trailer de la que será la tercera película de J. A. Bayona, director al que sigo después de sus películas El orfanato y especialmente Lo imposible. Vi el trailer, basado en una novela juvenil, y me pareció que la historia tenía mucha fuerza, así que me lancé a leer la novela, preguntándome qué le habría podido fascinar al cineasta para convertirla en su nueva película. Una vez terminada la lectura, lo comprendí todo. Es una historia para jóvenes que no me atrevo a enseñar a mis sobrinos adolescentes.
Conor es un niño asustado. Mucho. Y es que su situación personal está lejos de ser idónea. Su padre se mudó a otro continente tras el divorcio, la relación con su estricta abuela es más que gélida y su madre sufre una enfermedad terminal. Y por si esto fuera poco, sufre terribles pesadillas, tanto que se levanta en completo estado de shock. Su situación es tan mala, que el monstruo que le visita todas las noches a la misma hora ya no le da miedo, sino que le ayuda a no sentirse tan solo. Combatiendo el fuego con fuego, el tejo del prado cercano a la casa, ahora reconvertido en milenaria criatura de la noche, tratará de buscar la forma de que Conor pueda enfrentarse a su realidad. Y su manera es a través de las historias que le contará. Pero estas historias resultan ser criaturas salvajes, que se sueltan sin saber qué desastres pueden causar.
Bayona nos cuenta en el prólogo que crecer da miedo, casi tanto como cuando abusan de Conor en el colegio, casi tanto como cuando el protagonista, para tratar de huir, se transforma en acosador. Un monstruo viene a verme es una novela con muchas capas, con un protagonista a medio camino entre la infancia y la madurez al que nadie parece saber indicarle cuando comportarse como un niño y cuando como un adulto. Bueno, quizá alguien sí, un tejo milenario convertido en monstruo. Un monstruo tan horrible que quizá pueda ahuyentar el resto de sus pesadillas.
Hay una gran intrahistoria sobre este libro. La autora de la idea original, Siobhan Dowd, había escrito cuatro novelas juveniles, pero falleció por un cáncer de mama con 47 años, cuando sólo tenía esbozada la idea de esta novela. Patrick Ness fue el encargado de recoger la antorcha y convertirla en una novela, no dejando que la idea se apolillase en un cajón. Con mucho miedo de maltratar el legado de la autora, pero con el propósito de hacerla suya, se lanzó a escribir. Y este es el resultado. Cabe añadir que la autora murió de la misma enfermedad que sufre la madre de Conor, el protagonista. A ella dedica Patrick Ness la novela.
La película de J. A. Bayona se estrena el 7 de Octubre. El libro ya lo tienes en las librerías. Pero ya sabes lo que se dicen de las películas basadas en los libros; yo de ti, no me la jugaría y vería los dos.
Aquí dejo el trailer, o quizá podríamos llamarlo booktrailer. En manos de Bayona, un lujo, sin duda.


lunes, julio 04, 2016

Cambio de rasante, Víctor Lorenzo Cinca


Editorial Enkuadres, Alcira, 2015. 112 pp. 12 €

Miguel Baquero

A finales de los 90, el Círculo Cultural Faroni, una asociación literaria formada por Luis García y Nacho Fernández inspirados por la famosa novela de Luis Landero, y que tuvo su principal vehículo en la revista, todavía existente, Literaturas.com, convocó su primer premio de hiperbreves, microcuentos o narraciones mínimas —el termino no estaba todavía bien definido—, relatos, en resumen, que tuvieran un máximo de quince líneas. De hecho, con ese título, Quince líneas, se acabaría publicando por la editorial Tusquets un libro donde se recopilaban los ganadores y finalistas de las distintas ediciones del concurso, pronto célebre entre los escritores que empezaban. Ignoro, en verdad, si antes de este certamen del Circulo Faroni hubo otros antecedentes centrados en el tipo de mininarraciones; sé que la convocatoria de este concurso coincidió con el surgimiento y auge de estas narraciones hiperbreves. Poco después, la editorial Páginas de Espuma publicó el volumen conjunto Por favor, sea breve, donde destacó la que está considerada, hoy por hoy, como una de las popes del género, Ana María Shua; años en que se difundió y se convirtió en mítico el famoso cuento de Augusto Monterroso, ese de: «Cuando se despertó, el dinosaurio…»; un cuento que, lo cierto es, tantas veces ha sido invocado, versionado, tergiversado, reescrito que ha llegado a causarme un hastío mayúsculo, y creo ser el único lector sobre la Tierra incapaz de llegar hasta el final sin cerrar antes el libro, aburrido. Pero esto es solo una opinión particular.
Contaba que empezaron a surgir libros recopilatorios, autores señalados, incluso se crearon programas-concurso de radio de bastante fama en torno a estas narraciones de sólo unas líneas, y hace unos pocos años surgió la Internacional Microcuentista, asociación-revista-grupo de escritores aficionados a y practicantes del microrrelato que acabó dando su fruto en Deantología: la logia del microrrelato, en la editorial Talentura, un volumen coordinado por Rosana Alonso y Manu Espada, otros dos nombres ya célebres del género, donde se daba cabida a casi setenta autores destacados.
Uno de estos autores, y cofundador de la dicha Internacional, era Víctor Lorenzo Cinca (Balaguer, 1980), quien ahora publica su primer libro en solitario de microrrelatos. Se trata de setenta y cinco, 75, cuentos mínimos, en ocasiones de solo un par de líneas, a veces de poco más de una página, donde se puede encontrar todo tipo de relatos. Algunos, pocos por fortuna, fronteros con esa tierra de nadie que para algunos es el chiste, la mayoría de una inteligencia, un estilo, una profundidad y, cómo no, una lirica que lo hace muy recomendable para el lector que guste de este género o quiera descubrirlo.
Lírica estremecedora como en el caso del cuento titulado “Constelaciones”, del que traigo un fragmento:

«…Cuando vi el lápiz de ojos tirado en el suelo, al pie de la cama, no pude resistirme. Lo recogí y fui uniendo con una línea, una a una, todas las pecas de su cuerpo. Trazos rectos y curvos enlazaban los minúsculos lunares […]. Poco a poco se fue formando un esbozo, impreciso, esquemático; luego pasó a ser algo más concreto…».

«…Aferra el arma antes de situarse de nuevo delante del espejo. Dos pistolas apuntándose a la sien. Un disparo. Un cuerpo que cae. Otro que huye».

Entre el cuento anterior, “Constelaciones”, y este, “Abandonado”, cuyo final he transcrito (pero ya entenderá el lector que resultaría el colmo de lo grotesco hablar de “spoilers” en un microrrelato) ha transcurrido tan sólo una página, lo que dará prueba al lector de esta reseña de la calidad del libro y su alto nivel continuado de exigencia por parte del autor.
Entre los cuentos del libro predominan, y es muy propio del género de la minificción, los relatos podría decirse “del mundo al revés”, así como los que se retrocede en el tiempo o esos otros en que el personaje, de pronto, o sus circunstancias, se resultan ajenos a sí mismos. Se explotan de extraordinario manera estos extrañamientos y el lenguaje, igualmente, es objeto de numerosos juegos de palabras, como si el autor estuviera jugando con la realidad al completo, sin encerrarse en ninguna convención literaria.
De destacar algún relato en particular, señalaría uno sublime como “Nadie”; y de nuevo volviendo a lo personal, me ha resultado esclarecedor (y desolador también) un cuento como “Teatro”, porque yo hace muchos años escribí un relato, en el volumen Figuras de alambre, con igual escenario, casi idéntico protagonista, el mismo desenlace… Todo igual, tan igual que resulta asombroso. La única diferencia es que lo que yo hice en treinta páginas, Lorenzo lo ha hecho en treinta líneas, lo que (mucho me temo) parece señalar a una regla: a menor volumen, mayor talento.

viernes, julio 01, 2016

Una niña está perdida en el siglo XX, Gonçalo M. Tavares


Trad. Rosa Martínez-Alfaro
Seix Barral, Barcelona, 2016. 240 pp. 19 €

José Miguel López-Astilleros

A Gonzalo M. Tavares le gusta escribir literalmente, no pensando en ningún simbolismo, ha declarado en alguna ocasión. Esta es la duda que se plantea el lector nada más asomarse a sus libros, y a este en particular desde la primera página, nada más aparecer los dos personajes principales. Duda que se acentúa conforme la lectura avanza, porque los enigmas van creciendo y la sensación de que si no implementamos dicha lectura con otra u otras interpretaciones nos estamos perdiendo algo.
Marius en su huida encuentra a Hanna, una niña con trisomía 21 –síndrome de Down–, quien lleva una caja con unas cartulinas que parecen un curso elemental de comportamiento humano para discapacitados intelectuales, a pesar de ello siente que también eran para él. Hanna está buscando a su padre, tarea a la que le ayudará Marius. La búsqueda los llevará a Berlín, donde se alojarán en un hotel cuyas habitaciones en lugar de números tienen el nombre de los campos de exterminio nazis de toda Europa –a ellos les toca Auschwitz–. En su camino, tanto dentro como fuera del hotel, ambos se van a encontrar con personajes muy particulares: Berman, un fotógrafo de animales y de personas discapacitadas; Fried Stamm, cuya familia se dedica a colocar grandes carteles para avisar a la gente; Vitrius, un anticuario que vive solo en la última planta de una edificio abandonado; Raffaela y Moebius, el matrimonio judío que regenta el hotel sin nombre; el viejo Terezin que ocupa la habitación del mismo nombre; Agam Josh, un artista con una rara destreza; y Grube, un historiador amigo de Marius, que tiene una teoría muy personal sobre los «centros de gravedad de la Historia». Todos ellos poseen unas historias muy particulares y unas habilidades que el lector jamás imaginaría. Lo mejor es tomarlas en su sentido literal, para que sea su misma extrañeza de por sí la que nos seduzca y nos lleve al sentido poético de un modo intuitivo, para que a su vez sea esta intuición a partir de la cual cada uno intelectualice o no el contenido para llegar al sentido metafórico, simbólico o alegórico, porque si comenzamos por intelectualizar la lectura desde el principio, la enorme fuerza poética del texto corre el riesgo de disgregarse en la racionalidad, con lo que el disfrute probablemente sería menor debido al constante esfuerzo que supondría la exégesis –recordemos que cuando García Márquez leyó por primera vez La metamorfosis de Kafka interpretó la obra en sentido literal–. Aparte de estos personajes secundarios hay otros que forman parte de sus historias, con frecuencia silentes.
La novela está dividida en XV capítulos, fragmentados cada uno en varias partes, salvo el XI. Este fragmentarismo es muy del gusto del autor. La lógica narrativa entre capítulos apenas se mantiene por el hilo conductor de la búsqueda del padre de Hanna, además de los viajes en tren que atraviesan el libro, más que por los sucesos y el tiempo narrativo de cada capítulo, puesto que los personajes van de un lugar a otro de un modo desordenado en muchas ocasiones, incluso excesivamente lejos de donde se supone que están en ese preciso instante. En cambio, dentro de cada capítulo, entre sus partes, si hay una mayor unidad y coherencia interna, aunque a menudo queda rota por las historias marginales intercaladas, recuerdos, sueños o el cuento infantil que Marius le cuenta a Hanna, por ejemplo. Se crean así unos espacios y unos tiempos alucinados cargados de misterio y significados. Por eso quizás se pueda concluir que el argumento central no sea lo más importante, sino la cantidad de sugerencias que nos proporcionan las historias e invenciones que se nos relatan.
A lo anterior habría que sumar una alta dosis de ambigüedad en la percepción de la realidad narrativa, al modo de los relatos fantásticos, lo que nos lleva a replantearnos constantemente las conclusiones que vamos tejiendo respecto a lo que vamos leyendo. A ello coadyuva la constante diferencia palpable entre apariencia y realidad oculta, así por ejemplo el hotel en el que recalan los dos protagonistas es la reproducción de la imposible figura geométrica que forman las líneas imaginarias que unen los campos de concentración nazis, aludiendo a otra realidad a través de una alegoría, o la presencia de la sala de ventas del anticuario y una trastienda que nos ofrece otra realidad distinta, o lo que el trabajo del artista Agam muestra según se mire a simple vista o al microscopio, o los dos tiempos que contiene un reloj con las manecillas rotas, el del mecanismo interno en movimiento aún y el de la esfera vacía. Todo esto podría ser extensible a todos los personajes nombrados, sin embargo nada hay aquí que haga referencia al análisis psicológico de ninguno de ellos, no es este el propósito, sino motivar reflexiones, preguntas, dudas que surgen cuando levantamos la vista del texto y pensamos en lo que acabamos de leer, que es en lo que consiste verdaderamente el acto de leer, según ha contado Tavares en alguna entrevista, sin olvidar el placer por lo puramente literario como consecuencia más importante.
Hay veces en las que el tiempo parecer ser el creador de los espacios o al contrario, lo cual nos lleva a pensar en las numerosas cuestiones metafísicas con las que nos vamos a topar, por eso en una segunda lectura los sentidos y significados de Una niña está perdida en el siglo XX se multiplican, dependiendo del grado de ingenuidad a la que cada uno quiera renunciar. Pero volviendo al tiempo, podemos atisbar un tiempo histórico, aunque como dice el mismo autor en Biblioteca (Xordica, 2004), en el apartado dedicado al historiador Jean Duché, «La Historia es una rama de la literatura. Es decir, la buena Historia. En cuanto a la otra: es apenas una mentira convencida.» También distingue lo que podíamos llamar un tiempo dilatado, aquel en cuya brevedad se concentra con intensidad el propósito de toda una vida, como la centésima de segundo que hace ganador o perdedor a un corredor. Pero también un tiempo cósmico imperturbable, y cómo no un tiempo vivencial, medida del devenir interno de los seres humanos. Respecto a los espacios cabría señalar que los únicos espacios reconocibles por su nombre son la ciudad de Berlín y la mención de los campos de exterminio, en cambio los cafés, las calles, los edificios, el archivo de Terezin están trazados como espacios mentales en muchos casos, que intuimos muy cercanos a la escenografía del expresionismo cinematográfico, así por ejemplo la escalera sin pasamanos por la que Marcus sube a los dominios de Vitrius.
La pervivencia de la memoria individual y colectiva, la historia tras la industrialización del crimen por los nazis, la verdad, la mentira, el miedo, el sentido de la vida, el destino, la identidad, la importancia de las palabras, estos y algunos más son los innumerables temas de los que trata este extraordinario libro. Para lo cual se vale de un lenguaje que tiende a la sencillez, a la economía en la adjetivación, tanto que tras escribir cada obra, Gonçalo M. la deja uno o varios años en reposo para volver después sobre ella y aligerarla al máximo de aquello que no es esencial, si fuera necesario. Tampoco se puede olvidar como característica sobresaliente la pericia con que utiliza la ironía.
Las novelas de Gonçalo M. Tavares son siempre distintas unas a otras, así por ejemplo de la memorable y fascinante Un viaje a la India (Seix Barral, 2014) a esta que nos ocupa hay formalmente un salto colosal, comenzando porque aquella estaba escrita en verso, ¿cabe mayor osadía? Y si nos remontamos a las anteriores ocurre lo mismo –publicadas por Mondadori, la última en 2012–. Sin contar los libros perteneciente a otros géneros como Barrio (Seix Barral, 2015) o los publicados por Xordica. Cada uno representa una manera distinta de acercarse al inescrutable ser humano, por eso se le tiene como uno de los escritores más originales de nuestro tiempo. Una niña está perdida en el siglo XX nos aporta una manera de ver el mundo, de pensar el mundo desde la ficción y desde una propuesta estética extremadamente original. Una revelación para quienes busquen en la literatura de ficción algo más que entretenimiento.

miércoles, junio 29, 2016

La zanja, Nuria Ruiz de Viñaspre.


XII Premio de Poesía César Simón
Editorial Denes, Valencia, 2016. 74 pp. 10,50 €

Ariadna G. García

Cuando una escritora o un escritor se sientan a escribir tienen ante ellos, de entrada, varias opciones estéticas. En algunas ocasiones reproducirán miméticamente el mundo, y en otras defenderán la autonomía del texto, la suspensión de su función representativa. Habrá quien siga los esquemas métricos de moda en las últimas décadas (sobresale la silva de verso blanco), y quien ejecute una melodía musical propia, independiente y original. A veces los autores emplean en sus versos un lenguaje normativo, sencillo, claro, cercano a la lengua estándar («Escribo como escupo» declaraba Blas de Otero), o al revés, tienden al hermetismo, a la expresión oscura. Estas son algunas de las variables sobre las que los poetas meditan antes de enfrentarse al texto. Ninguna es mejor que otra. Todo depende de la valía del autor. Todas son necesarias. Los humanos somos seres complejos, poliédricos, buscamos distintas respuestas a lo largo de la vida, nos hacemos multitud de preguntas que varían a lo largo del tiempo. Nuestra sed es insaciable. No nos vale un esquema. Desbordamos las pautas. Decía José Martí que cada libro tiene un rostro, un lenguaje; y de la misma forma, nuestras carencias tienen diferentes fisionomías, por eso vamos a la zaga de libros que nos reflejen en nuestra multidimensionalidad. Las opciones estéticas por las que se decanta Nuria Ruiz de Viñaspre en su último libro, La zanja (Premio de Poesía César Simón), podríamos catalogarlas de vanguardistas. En una selva lírica caracterizada por los ritmos fijos (combinaciones de heptasílabos y de endecasílabos), la verosimilitud y la denotación, se agradecen los poemarios de propuesta estética arriesgada. Las piezas que lo componen, salvo alguna excepción, no hacen referencia al mundo extralingüístico. No hay asideros fuera. No existen los vínculos referenciales entre las expresiones de los textos y el mundo exterior. Nos movemos en las interioridades del sujeto que enuncia (de ahí el título del libro, la zanja, como otros poetas han optado por la “galería” o el “teatro bajo la arena”). Las imágenes de las diferentes composiciones se hilan con una sorprendente batería de figuras retóricas, esas que la mayoría de los poetas tienen olvidadas en los trasteros y altillos de sus casas. A saber: concatenaciones («dentro de mí hay una carta/ y dentro de la carta hay un sobre/ y dentro del sobre hay un ciervo…» p. 14), sinónimos («se apisonan se clavan se hincan» p. 22), paranomasias («The End del Edén» p. 63), calambur («y el hielo es-clavo» p. 32), anáforas («y siento hielo en mi cerebro/ y el aire se enfría/ y se congela el mundo» p. 32), rima en eco («o ser músculo minúsculo para adentrarse en el yo mayúsculo» p. 58), aliteraciones («los raíles de sus brazos/ zanjas/ los rieles de su cuello/ zanjas/ el carril por el que discurría su sexo» p. 50) y alegorías (mención a la zanja, el socavón, el pico, la pala…). Ruiz de Viñaspre ha jugado con el idioma, se ha divertido con él. Como sentenciaría Juan Carlos Mestre, ha demostrado insumisión hacia el lenguaje normalizado. El mundo de la inconsciencia es caótico, un magma denso en ebullición constante, amorfo y potente. De ahí que la autora se haya decantado por las asociaciones semánticas y fonéticas para tejer su discurso. En la zanja no existe el lenguaje racional. Por eso tampoco encontramos en (la mayoría de) los poemas ni signos de puntuación ni conectores. Abundan las percepciones fragmentadas. La voz que enuncia ni narra ni argumenta. Se deja llevar por un fluído de conciencia que avanza dando saltos de unos temas a otros: el amor, el metalenguaje, el deseo o la condición humana. Dentro del conjunto destaco un poema dedicado a Gaza, es la única pieza con deixis referencial a una región del mapamundi. La ironía, en este caso, se alía con una sutil denuncia política. El trabajo con el lenguaje que ha llevado a cabo Nuria Ruiz de Viñaspre, tanto en este libro como en otros anteriores (Pensatorium, La Garúa. 2014), le ha abierto las puertas de una antología de reciente aparición, nacida para abrir una cuña en el –masculinizado– canon poético español: (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres. (1980-2016), compilada por Marta López Vilar y editada por Bartleby. Que tengan suerte ambas.

lunes, junio 27, 2016


Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino
, Diego Sánchez Aguilar


Balduque, Cartagena, 2016. 160 pp. 12 €

Rubén Castillo Gallego

Sobre los autores que comienzan en el mundo de la literatura se suele asperjar muchas veces una cierta dosis de incienso balsámico. En parte, porque el crítico se aferra a la esperanzadora idea de que serán el mercado o los editores quienes ejecuten la sensata acción de moderar la euforia del primerizo; y en parte, también, porque tiene la suficiente memoria como para recordar el ingente número de ocasiones en que expertos de gran valía metieron la pata sacudiendo estopa a voces emergentes que luego alcanzaron consagración.
En el caso de Diego Sánchez Aguilar, los elogios que puedan verterse sobre su reciente libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino (editado por el joven sello Balduque, de Cartagena) serán todos justos y de ninguna manera deudores del paternalismo, la hipocresía, la amistad o la cautela. Son auténticas obras maestras del género. Lo repetiré, por si algún lector ha pasado los ojos distraídamente sobre la última línea: auténticas obras maestras del género. No se percibe en sus páginas ninguna vacilación estilística, ninguna bisoñez temática, ninguna falla estructural. Constituyen gráciles ejercicios de soltura y de plenitud literaria. Todo en estos relatos evidencia la huella de un escritor de genio.
Y no se trata tan sólo de que consiga elevadísimas dosis de belleza formal, sino que cuaja en cada una de las siete historias del volumen una propuesta donde la psicología y la sociología son manejadas con inusitada habilidad. Diego Sánchez se transmuta en un espectador privilegiado que observa su entorno y que lo disecciona con un bisturí o un escalpelo de lúcida precisión, entregándonos retratos en los que todos, ay, podremos contemplarnos: el oficinista cuarentón que, durante una celebración gastronómica de la empresa, se obnubila con la posibilidad de tener un escarceo erótico con la compañera nueva, joven y que, en apariencia, no lleva bragas; el hombre gris y sedentario que se excita con el blog sexual de una muchacha anónima; las mujeres de mediana edad que viajan hasta Cuba y viven su particular desmadre; la pareja de vida marital tediosa que escucha el trajín sexual estereofónico de los nuevos vecinos; la mujer que vuelve a encontrarse en una reunión de antiguos alumnos a su primer novio y siente un hormigueo que la lanza hacia él; el hombre que espera, mordiéndose las uñas y muerto de celos, a su mujer (que ha asistido a una cena de empresa y no parece tener prisa por volver a casa, quizá porque se siente atraída por algún compañero y está aprovechando la coyuntura para cepillárselo)... Vidas de clase media, como la de cada uno de nosotros. Vidas donde el deseo, el amor y el reconocimiento sufren altibajos. Vidas donde el gris se complace en bautizarnos con cada pitido del despertador. Vidas donde tendemos a centrar la mirada en los aspectos negativos y donde nos sentimos agredidos por el azar o la fortuna. Vidas donde siempre hay una lágrima esperando ser vertida.
Diego Sánchez Aguilar detecta esas situaciones, las analiza, las taxidermiza y las expone ante nuestros ojos con una prosa excepcional. Si quieren conocer a un estilista de primera fila entren en la página de la editorial y háganse con este libro. Me darán la razón.

viernes, junio 24, 2016

La tierra que pisamos, Jesús Carrasco


Seix Barral, Barcelona, 2016. 270 pp. 18 €

Miguel Baquero

Hace tres años, la editorial Seix Barral publicó una novela, Intemperie, opera prima del pacense, afincado en Sevilla, Jesús Carrasco (1972) que, si en España no existiera la sobre abundancia de publicaciones, muchas veces inútiles (e incluyo, cómo no, la parte que me pueda tocar), y que no hacen sino inflacionar el mercado a lo loco, hubiera supuesto un hito literario muy parecido al que en su día supuso la aparición de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, novela a la que en tantos aspectos se asemeja.
Se parece, por ejemplo, en lo seco, adusto, tremendista también de la historia, con ese niño que ese fuga de casa, ignoramos por qué pero sin duda por algo grave, protegido y perseguido por personajes hoscos (inolvidable el personaje del tullido sin piernas que se arrastra sobre un carro). También se parece en la voz, en la energía y rotundidad con que se narra, en la explosión, en fin, se literatura propia y muy personal ajena a la moda del momento.
No es de extrañar que, ante un comienzo de tal calidad, la obra siguiente se aguarde con gran expectación. Quizás sea lo malo de estos arranques impresionantes: que lo que viene después siempre tenderá a decepcionar. Parece inevitable. En el caso de La tierra que pisamos, la segunda y esperada novela de Jesús Carrasco, quizás no quepa tanto hablar de decepción. Su planteamiento, por ejemplo, me parece extraordinario: nos hallamos en Extremadura, en esa tierra árida, desnuda y cruenta en que (creo que nunca se emplean topónimos en Intemperie, pero es de suponer) se desarrolló su primera novela. Estamos en torno a 1940 y parece ser que España y Extremadura han sido ocupadas por una difusa potencia centroeuropea (tampoco se dice, pero pongamos el Tercer Reich) que está llevando a cabo sobre el terreno una política de campos de concentración y tratando a la población nativa (o “aborigen”, en vista del desprecio con que aluden a ella) como mano de obra esclava y barata.
Sí, ya sabemos que no ocurrió así, que los alemanes no ocuparon nunca España durante la Guerra Mundial, que… pero qué importa. La literatura (y es muy de celebrar que Carrasco haya partido de este supuesto) está para narrar historias que parezcan verosímiles y despierten emociones. No tienen por qué ser veraces, ni demostrables, ni estar fundadas en una montaña de documentación. Eso queda para la crónica histórica; la novela es algo distinto; e insisto en que, nada más que porque Carrasco sostenga esta idea, sólo por eso la novela ya arranca con un plus de calidad.
En una granja extremeña en que viven los ocupantes germánicos, henchidos de su superioridad, se asienta de pronto (igual esa sea la mejor expresión, ya que se les sienta un día en el porche sin más explicaciones) un oriundo del lugar, taciturno y callado, que en la mujer que vive en la granja causa cierta conmoción. Debería denunciarlo al cónsul, que sabe cómo tratar a este tipo de impertinentes, pero por alguna turbia razón calla y se interesa por su estado. A partir de aquí se desarrolla el argumento, al fondo del cual se halla presente en todo momento el marido inválido de la protagonista, un tipo que, parece ser, solía emplearse contra ella y contra todos con una violencia excesiva.
Así planteada, la novela parece muy interesante, y en efecto arranca con una gran fuerza… Sin embargo, poco a poco esa fuerza se va diluyendo; quizás un poco frenada por la calidad y el aire inquietante que el autor quiere darle a su prosa. Sin llegar a resultar cargante, Carrasco, sin embargo, parece no terminar nunca de decirnos lo que quiera que sea que nos quiere decir, y hacia la mitad de la novela se advierte que la historia se está manteniendo tensa durante demasiado tiempo, demasiadas páginas, a causa seguramente de la exigencia del autor (no sé si autoimpuesta o exoimpuesta) por volver a acertar en la diana. Demasiado tiempo con la cuerda en tensión, lejos de esa espontaneidad y frescura inaugural que le hizo apuntar casi por instinto y dar en el blanco, ahora el tiro acaba saliendo bastante desviado… pero esperemos que en la próxima ocasión (aunque el mercado no acostumbra a dar segundas oportunidades) vuelva a recuperar ese descaro y atrevimiento de Intemperie y otra vez dé…¡zas!... con fuerza en todo el centro.

miércoles, junio 22, 2016

Como caminos en la niebla. Los impetuosos días de Otto Gross, José Morella


Stella Maris, Barcelona, 2016. 264 pp. 19 €

Bruno Marcos

Lo que más sorprende al empezar a leer esta novela es que se presenta como un copión cinematográfico, es decir, como una colección de fragmentos o notas sin ordenar cuyo montaje ha de producirse en la mente del lector a medida que pasa las páginas. No está mal pensado este sistema narrativo habida cuenta de que el libro relata la aventura investigadora de un personaje que quiere hacer una película sobre Otto Gross, figura heterodoxa de los inicios del psicoanálisis que avanzó hacia posturas anarquistas y defendió, entre otras cosas, la emancipación femenina, la liberación sexual, así como el consumo de drogas y que, además, puso en práctica buena parte de sus teorías experimentando con su propia vida.
Esta serie de textos breves nos relata la evolución de Otto, pero también la de un sinfín de personajes adyacentes a su historia, todos ellos con peripecias vitales llamativas e ideas sorprendentemente actuales, embrionarias de buena parte de las inquietudes sociales que se pusieron sobre la mesa en el siglo XX y que se mantienen en ella hasta la actualidad. Estos personajes en conjunto, constituyen un auténtico yacimiento de posibles futuras biografías, noveladas o no, apasionantes unas y otras, cuando menos, curiosas. La del progenitor de Otto, por ejemplo, Hans Gross, padre de la criminalística moderna, pero muchas otras como la de Gusto Gräser, el primer «hombre natural», Otto Rank, amante de Anaïs Nin, Rudolf Von Laban, coreógrafo vanguardista que lo acabó siendo del nazismo, o Edward Bernays, sobrino de Freud que inventó la publicidad subliminal usando los descubrimientos de su tío sobre el inconsciente pero al revés. También pasan por estas páginas figuras relevantes que aquí aparecen como personajes secundarios como Franz Kafka, Carl Gustav Jung o el mismísimo Sigmund Freud.
Se ve que Morella ha investigado mucho y que esa investigación le ha absorbido y fascinado hasta el punto de tener que incluir un relato paralelo de todo ese repertorio de raros maravillosos a pie de página. Resulta muy especial el tratamiento que el autor les da porque no cae en lo paródico ni en lo dramático, y eso tiene que ver mucho con cómo pinta a esos personajes, con una pincelada de clínica y otra de comprensión, es decir con mirada aguda y naturalidad, como un médico bueno.
La tesis general del libro sustenta un manifiesto desencuentro entre padres e hijos, entre familias convencionales y ovejas descarriadas que quieren vivir la vida de otra forma y en toda su plenitud, y, en definitiva, se trata de la relación entre represión y patología psicológica. Resulta especialmente interesante la referencia a la vida comunal en la que participa Otto Gross en Monte Verità, al norte del lago Maggiore, que desde 1900 fue lugar pionero del vegeteranismo, el nudismo, el socialismo primitivo y utópico, además de sanatorio innovador en toda suerte de terapias. Por él pasaron muchas personalidades de la intelectualidad europea de principios del siglo XX.
El gran valor de esta novela, para este lector, está en la redacción de un colorido políptico que ensancha nuestra percepción de la condición humana y de las diversas posibilidades de afrontar la vida. Se ve gráficamente, por ejemplo, en la deliciosa enumeración que hace el autor de todos los seres humanos que pasan por los cafés en los que vive Otto, o, a lo largo del libro, en los sucesivos retratos de los dispares personajes desprejuiciados, geniales y disparatados que acuden a Monte Verità.
Meditándolo bien uno se da cuenta de que esta es una novela sobre psicoanalistas pero que, además, es una novela psicoanalítica, una novela que psicoanaliza la cultura y al propio psicoanálisis. Lise, la supuesta nieta de Otto, no le ha contado nada de su historia familiar a su hija resultando esta una persona llena de convenciones y supersticiones religiosas que se escandaliza por todo. Otto Gross, los suyos y los de Monte Verità fueron arrojados fuera de la historia oficial, prácticamente borrados y olvidados, lanzados al inconsciente del inconsciente. Otto, más que como un simple yerro científico, aparece así como una posibilidad solapada por aquellos mismos que pretendían que todo aflorase, que nada quedase oculto, para alcanzar la salud psíquica. El autor de esta novela pone de manifiesto que hay que hablar del pasado ya sea este familiar, social, político o cultural, para poder afrontar el presente.

lunes, junio 20, 2016

New Orden, Joy División y yo, Bernard Sumner


Trad. María Tabuyo y Agustín López Tobajas.
Sexto Piso, Madrid, 2015. 375 pp. 25 €

Salvador Gutiérrez Solís

El 18 de mayo de 1980, Ian Curtis, diletante arcángel de la modernidad, decidió poner punto y final a su vida. Ese mismo día, comenzó a crecer su leyenda, y no ha dejado de hacerlo hasta ahora. La voz y la mirada de Joy División, la fría distancia del mito, como un James Dean de suburbio, fulgurante prototipo de todo lo que tendría que venir después. Lo que es ahora, lo que suena ahora.
Los chicos jóvenes compran su icónica camiseta en las grandes superficies, hay quien cree que Joy División prosiguen con una interminable gira australiana. Han pasado los años y el corazón sigue latiendo. Tras el fallecimiento mutaron en otro ser, igualmente trascendental para la historia musical reciente, New Order, pero la longevidad convierte el oro en barro, lo brillante en rutina, y lo devora todo, arrugas sobre la porcelana. Incluso las más férreas amistades de juventud acaban disolviéndose.
Sin Joy División no podríamos entender la música –que definen como popular- de los últimos cuarenta años. Suya es una canción que puede considerarse como una especie de himno generacional: Love will tear us apart, se disputa el podium de los himnos con Heroes de Bowie, con Boys don´t cry de los Cure, con Personal Jesus de Depeche Mode, con Wonderwall, de Oasis o con Blue Monday, de New Order. Una de esas canciones que laten en el corazón de nuestra memoria, a modo de bótox mental.
Ian Curtis cumplió con el siniestro ritual de las grandes leyendas del rock: y murió joven, alto, guapo y en la cúspide la fama. Bernard Sumner, guitarrista de Joy División y de New Order, pone en orden su memoria musical, al mismo tiempo que actualiza sus rencillas con Peter Hook, bajista de ambas formaciones, igualmente. Y lo hace desde su privilegiada atalaya, protagonista directo y activo de los acontecimientos narrados.
Pero no todo son rencillas y chismes en esta biografía joydivisiana y neworderiana. De hecho, no conforman el núcleo central, a pesar de la insistencia de Sumner en diseccionar e insistir sobre su relación con Hook. Gracias al relato de su pasado, podemos conocer intimidades de dos bandas míticas, su influencia en la definición de nuevas tendencias, así como la evolución musical de aquellos años dorados para la música británica, fundamentalmente.
Certeros recuerdos de The Hacienda, ácidas noches neoyorquinas, ascensos y caídas, la muerte de Ian Curtis, las bandas más influyentes de los 80, la adaptación a los nuevos y cambiantes tiempos y sus nuevos inquilinos, las desgarradoras entrañas de la industria discográfica, la electricidad del local de ensayo, el éxtasis del escenario y la rabia incontrolable desfilan por esta entretenida y, a ratos, lúcida biografía, que reflexiona sobre un tiempo y su banda sonora.