miércoles, julio 13, 2016

Pimp. Memorias de un chulo, Iceberg Slim


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Introd. Irvine Welsh
Capitán Swing, Madrid, 2016. 360 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es curioso cómo estamos rodeados de elementos de una cultura tan ajena a nuestra experiencia de europeos de clase media como la del rap y el hip hop, con su exaltación de raza y su afirmación individualista particularmente masculina, que viene acompañada por una impúdica exhibición de símbolos de riqueza y una apropiación de la mujer como un adorno imprescindible del hombre hecho a sí mismo, o como la del género cinematográfico setentero del Blaxploitation, con sus detectives negros de pelo afro incontrolado moviéndose a ritmo de funk durante sus persecuciones automovilísticas por los bajos fondos de la ciudad. Es curioso, insisto, cómo a fuerza de toparse diariamente con ella en cualquiera de sus manifestaciones en cualquiera de los medios de comunicación que saturan nuestro cerebro llega a asumirse como propia, y sin embargo no llegamos ni a plantearnos cuál pudo ser el germen de esta corriente que hoy día nos avasalla. Pues bien, el origen parece encontrarse en estas memorias noveladas de Iceberg Slim (nom de guerre de Robert Lee Maupin), como nos revela en un documentado, apasionado y luminoso prólogo el autor de Trainspotting Irvine Welsh, que vincula con la evolución de la cultura afromericana posterior y con su propio universo de chaval inglés de clase obrera que creció en la infausta época tatcheriana. Y es que muchos se reconocieron, cuando no se inspiraron, en este muchacho que sufrió una vida dura en los suburbios, sumergido en un gueto propenso a la criminalidad propiciada por su ambiente de exclusión. Aunque también hay que decir que la mayoría prefiere ignorar el sentido último de lo que escribió, su historia de redencíón, y quedarse en la pura anécdota.
La narración se sumerge completamente en la psicología del personaje, como no puede ser de otra forma, en su jerga lumpen (afortunadamente hay un amplio vocabulario al final del libro que impide que se pierda el sentido de lo que se lee), y no ahorra en detalles escabrosos de todo tipo: una sexualidad desaforada desde la más tierna infancia, una madre que debe mantenerse a sí misma y a su hijo con trabajos a salto de mata a consecuencia de la nociva relación con un caradura de baja estofa, la miseria y el engaño que les rodea sin remedio. De todo esto les salvará un hombre que Slim considerará toda su vida como el elemento que pudo representar su salvación del marasmo que vendría después, un hombre generoso y cariñoso al que su madre acabó abandonando, contaminada irremediablemente por el veneno de la delincuencia, de lo que se arrepentiría demasiado tarde. A partir de entonces, la caída en el abismo será irresistible, llevándole hasta la cárcel, donde en lugar de reinsertarse en la sociedad, a consecuencia del pésimo sistema penitenciario americano se verá atraído a la profesión que marcaría su existencia a partir de entonces: el de proxeneta, con su cohorte de putas, del que nos aleccionará sin pelos en la lengua, como si de un manual de malas maneras y supervivencia a todo tren se tratase. Un manual para convertirse en el único héroe al que muchos afroamericanos creían poder acceder, dado el muro cultural invisible que los separaba del american way of life, en parte impuesto por el gobierno, en parte fomentado por un malentendido orgullo de raza que personificaron Malcolm X y los Panteras negras. Y de ahí a la actualidad.
Podríamos decir que lo que cuenta Pimp. Memorias de un chulo es una novela picaresca, de no ser porque se trata de un relato autobiográfico sin más moraleja que la que confiesa tímidamente en un mínimo texto previo el propio Slim, a la manera de aquellas novelas barrocas que declaraban su intención moralizadora a la vez que eran dedicadas a algún mecenas. Por lo demás, es un relato crudo, sucio, pero necesario, sobre un aspecto marginal de la cultura americana (y de la nuestra, gracias a la globalización), demasiado estilizado en ocasiones, que se convertiría en excusa y acicate para que la segregación fuese desapareciendo progresivamente, si es que los últimos sucesos policiales estadounidenses no nos hacen dudar sobre el verdadero estado de la situación en el país de las libertades por antonomasia.