viernes, julio 22, 2016

American smoke. Viajes al final de la luz, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo
Alpha Decay, Barcelona, 2016. 384 pp. 26 €

Fermín Herrero

Conocí unos cuantos poemas de Iain Sinclair gracias a la voluminosa –seis décadas, casi cincuenta poetas antologados- y sorprendente antología de poesía británica La isla tuerta. Allí se le incluía curiosamente en el grupo de los “Indocumentados”, cuando, como veremos, en el libro que nos ocupa, da muestras de un dominio de fuentes y bibliografía respecto a escritores beat realmente apabullante. Se decía también en las escuetas notas biobibliográficas con las que se clausuraba el volumen, entre otras cosas, que ha sido «jardinero, portuario, librero, cervecero y envasador de cigarrillos», nada menos. Además de emparentarlo, como “socio satélite”, con la familia última de iluminati ingleses, con J.G. Ballard a la cabeza, escritor citado varias veces en American Smoke.
También se le catalogaba como autor inclasificable y, en efecto, la siguiente obra suya que leí, La ciudad de las desapariciones, pertenece al género narrativo, pero a partir de esa fijación genérica es harto difícil de encasillar. En concreto, en la solapa del libro, también publicado por Alpha Decay –según el traductor de lujo de aquel volumen y del que comentamos, Javier Calvo, para solventar la “anomalía perturbadora” de que nunca hubiera aparecido nada de Sinclair en nuestro país- se encuadraba el libro en la psicografía, «la exploración lúcida y perspicaz del entorno urbano por el afán de descubrir el trasfondo mágico del espacio y la arquitectura que lo articula». En la línea de la antropología urbana, a la vanguardia contracultural de nuestro tiempo, Sinclair era capaz de elevar con prosa soberbia, un punto expresionista, la zona Este de Londres, ciudad de adopción y acogida de este galés, natural de Cardiff y formado en Dublín.
En buena parte de American smoke, sin embargo, Sinclair abandona, primero con las humedades otoñales y luego en varias escapadas más (Vancouver, Kansas, Seattle, Berkeley, con parada y fonda en Hollywood, según Mike Davis «la sinergia perfecta entre la cultura de los gángsteres y las fábricas de películas»), el anclaje medular de su literatura –“corría el año 2011 y había perdido su aroma”- y se embarca hacia Norteamérica «con la esperanza de volver a conectar con los héroes de mi juventud», guiado en principio por la memoria de Charles Olson, de quien dice algo maravilloso para un poeta: “vivía en el lenguaje”, alma y rector del Black Mountain College, en Carolina del Norte, institución por la que pasaron gente tan diversa, de todas las artes, como John Cage, Robert Creely, Merce Cunnigham, Willem de Kooning o Robert Duncan, autor de la sugerente cita inicial del libro: «Regreso para encontrar secretos./Regreso para robarlos».
Y así es, Sinclair, aspirante en su día a poeta vagabundo, causa probable de los orígenes librescos de sus expediciones, en su afán de encontrar y ofrecernos secretos, comienza su periplo americano tras las huellas de Olson, extraño poeta jungiano, entre pescadores de origen siciliano, dedicados a capturar preferentemente pez espada con palangre. Luego, su recorrido literario rastreando «la escena contracultural» yanqui, persiguiendo la «rancia y escurridiza esencia de la literatura beat», le acerca a faros icónicos, espirituales, del calibre de Malcolm Lowry, Gary Snyder, William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, Gregory Corso y otros de su estirpe, casi siempre, como compañera, con la sombra alargada, omnipresente, obsesiva, de Roberto Bolaño, de los diarios de Spandau de Albert Speer y de la marca profética de Blake. Todos, escritores que fueron hasta el fondo, hasta «el final de la luz».
Por el camino, claro, aparecen multitud de figurantes no menos destacables: el editor multimillonario y marxista Feltrinelli; Alexander Baron, uno de sus referentes, novelista bélico de cierto éxito, desconocido para mí; el apocalíptico Dylan Thomas en el mítico Chelsea, junto a los cadáveres de Sid Vicious y Janis Joplin, «que una vez tuvo una cita desastrosa con Olson»; Lovecraft y sus “mitos chiflados de Ctulhu”; Ed Sanders y su inmersión en la espiral de locura de la secta Manson; Lew Welch, «intoxicado con una fuerte dosis de Gertrude Stein», que se internó en un bosque para siempre, para no volver jamás; Cal Shutter, futbolero y vendedor de sangre; el «jovenzuelo chulesco» Gore Vidal; Timothy Leary, sus “cacahuetes” de psilocibina y sus frascos de ácido lisérgico. Y tantos otros, una pléyade de lo mejorcito de la literatura norteamericana contemporánea, que asoma por las apasionas y apasionantes páginas de este galés indomable. El libro en su conjunto es un tesoro de informaciones de primera mano y de primer orden, lleno de apreciaciones sugerentes. Pero Sinclair, aunque como buen investigador inglés de las letras dispone de artillería pesada, no abusa en absoluto de su arsenal, más bien se muestra compasivo con los vicios y defectos de los pobres poetas, admirables en su desastre. Sin faltar a la verdad, por otra parte, sabe perfectamente quién se merece una mofa leve, caso de Stephen King o de Stephanie Meyer, la autora de «la franquicia de vampiros» Crepúsculo. De modo que, desde lo personal autobiográfico a los acercamientos fílmicos con Courtney Love en papel estelar, American smoke traza una visión completa de las tribus beat, tan distintas entre sí. Tilda a los neoyorkinos de «cascarrabias, competitivos»; a Corso, por ejemplo, «le costaba escuchar sin reírse cómo Snyder daba la brasa a los granjeros de Dakota sobre cómo tenían que plantar patatas».
El dragador Sinclair es un maestro de la literatura de no ficción: reconstruye vidas, ensambla sucesos, aventura destinos. Su modo de indagación es único, tiene una penetración aguda que determina una mirada semejante a una radiografía. Esta mirada viene determinada por su mezcla muy original de reportero entre aquiescente y puntilloso, flâneur siempre atento, explorador lúcido, ensayista errático a quien nada le es ajeno y viajero curioso y detallista. Y por un estilo capaz de conjugar el lirismo desbordante de adjetivación exquisita con la prosa impresionista de flashes secos y condensados o la transcripción literal de testimonios grabados; la precisión periodística con la digresión, siempre atinada y fundamento clave de su escritura.