viernes, octubre 14, 2016

Cinco llaves del mundo secreto de Remedios Varo, VV.AA.


Atalanta, Girona, 2015. 224 pp. 45 €

Luis Manuel Ruiz

LA OBRA. Siempre en estancias vacías, con suelo de ajedrez, personajes solitarios realizan tareas que no es posible comprender a primera vista. Uno arregla relojes mientras contempla la ventana; otro disecciona pájaros sobre un tablero cubierto de herramientas; otro hila un ovillo de cuya punta se devana la sombra de un hombre, de un fantasma, de un recuerdo. Ninguno de esos protagonistas es hombre del todo; uno es un extraño híbrido de adolescente y ave, otro muestra rodelas y engranajes en los puntos que deberían ocupar las articulaciones, e incluso los más corrientes, los más cercanos, muestran un semblante de cera o talco que los aleja extrañamente de los rostros que estamos habituados a presenciar todos los días. Después, están los paisajes: los bosques, las ciudades. Junglas de barro o helechos que envuelven a los principales personajes del drama intentando borrar sus contornos, alimentarse de su precaria identidad; calles y barrios y patios y terrazas apilados unos sobre otros, en una curiosa distorsión de la perspectiva que niega toda salida. Un aire incierto a desvarío, a sueño, a revelación; un secreto a punto de brotar en la punta de la lengua y que inmediatamente se desvanece. Signos.
LA AUTORA. Remedios Varo y Uranga nació en Gerona en 1908 y se ejercitó como pintora en su Cataluña natal hasta los veintitantos años. En la Barcelona que orillaba la Guerra Civil, practicó el surrealismo, o una variante ibérica del mismo que le habían permitido desarrollar intermitentes visitas a París y un fugaz contacto con los principales mandarines del movimiento. De esta fecha y de su relación con artistas de uno y otro lado de los Pirineos, como Óscar Domínguez, Esteban Francés y Marcel Jean, datan sus primeras obras conocidas: collages de época, no demasiado distantes de esos jugueteos de Ernst o Ray que pueblan célebremente los libros de historia de las vanguardias y donde recortes de revista convierten brazos en pistolas que son sombreros que son perfiles de mujeres que son paisajes vistos desde la lejanía. Expulsada por la guerra, Varo huye a París, en que la ortodoxia surrealista, más que incentivar su creatividad, la asfixia: ella misma contará, años más tarde, cómo se sentará cohibida a la mesa del Café de Flore sin posibilidad de replicar una sola sílaba, en presencia de tantos artistas tremebundos. La guerra, encarnada esta vez en la Alemania de Hitler, vuelve a pisarle los talones y ella vuelve a huir: esta vez a México, donde coincidirá con parte del exilio republicano español y con parte del otro, surrealista y europeo, y donde se relacionará, entre otros, con la pintora con la que suele confundirse y a la que la ligan más vínculos existenciales y temáticos, Leonora Carrington. La eclosión surrealista en México no tuvo más remedio que sentar las bases para posteriores desarrollos autóctonos, como el de Frida Kahlo: entre sus ciudades y desiertos, amparada por un benévolo mecenazgo, Remedios Varo pudo dedicarse a la tarea exclusiva de explorar su arte y entresacar de sus pesadillas, vacilaciones, atisbos, todo lo que había que alegar. Un ataque al corazón la mató prematuramente, a los cincuenta y cinco años, dos semanas después de terminar su último cuadro y de que un sueño lleno de flecos tratara de advertirla de algo.
EL LIBRO. Hasta la fecha, el lector contaba con dos fuentes escuetas para asomarse a la vida y obra de Remedios Varo. Una, el monumental Catálogo razonado de Walter Gruen y Ricardo Ovalle, que recorre uno a uno sus trabajos pictóricos y literarios, al menos los que se conocen, y les da fecha, aclara su génesis y objetivos y los enmarca dentro del panorama del universo de la autora. Otra, la biografía de Janet A. Kaplan, Unexpected Journeys: the Art and life of Remedios Varo, el único intento registrado, hablando con propiedad, por establecer un hilo conductor entre los sucesos, logros y agonías que jalonaron la existencia de la pintora y le dieron un puesto capital en la historia del surrealismo americano, europeo y mundial, aunque esto, lo del surrealismo, se preste a muchas matizaciones. El problema que plantean ambos libros, el de Gruen/Ovalle y el de Kaplan, es que son difíciles de encontrar, caros y muy especializados. Por tanto, este volumen de Atalanta, compuesto por siete de los mayores especialistas en el asunto, tiene todo el derecho de erigirse en el libro de primera mano, el título por excelencia, en torno al mundo, singular y resbaladizo, de Remedios Varo y todos sus afluentes y recovecos, que son muchos. Contribuye a ello, aparte de la calidad de los artículos, la cuidadísima selección de ilustraciones, lienzos reproducidos con una nitidez de catálogo que puede servir al curioso, también, como álbum de láminas en que empaparse de la personalísima atmósfera de la autora.
LOS CAPÍTULOS. Aparte de una cronología, que servirá para contextualizar los principales acontecimientos de la vida de Varo y encajarlos en su producción, el volumen consta de seis secciones, dedicadas a los diversos ángulos desde los que ésta puede ser abordada. Puesto que una de dichas secciones es una ampliación de otra previa, el contenido reproduce lo que ya anuncia el título y, por tanto, nos hallamos frente a un intento de interpretación ramificado en cinco vías, claves o llaves de lectura. La llave arquitectónica, de Peter Engel, traduce el interés por el urbanismo, las galerías, los pórticos, las arcadas que pueblan los cuadros de Varo y les sirven de decorado. La llave surrealista, a cargo de Janet A. Kaplan, es quizá la más evidente de todas: más por afán de clasificar que de penetrar en profundidad el sentido de su mensaje, las escenas de Varo suelen ser despachadas sumariamente como surrealistas y el intento de análisis suele diluirse en una previsible comparación con autores de uno y otro lado del Atlántico como Ernst, Carrington (sobre todo), Magritte o Kahlo; en este sentido, la aportación de Kaplan consiste en elucidar las relaciones de la autora con el movimiento, sobre todo durante su estadía en París, antes del divorcio definitivo y de hallar su senda individual en la etapa mejicana. La llave literaria, troceada en dos partes entre Jaime Moreno y Sandra Lisci, revisa la biblioteca privada de Varo, donde abundaban la poesía y el ensayo metafísico, y rastrea citas y subrayados entre los paisajes de sus telas. Algo similar a lo que realiza Fariba Bogzaran con sus sueños en la llave onírica: se da la circunstancia de que la pintora tenía el hábito de anotar sus visiones nocturnas y de tratar de analizarlas, buscando signos y correspondencias; esto explicaría la fuerte carga simbólica de muchos de sus trabajos.
EL ESOTERISMO. Pero la piedra de toque del volumen es, sin lugar a dudas, el primer ensayo, a cargo de Tere Arcq, y centrado en la tradición esotérica. Suele descuidarse, por no decir que ni mencionarse siquiera, que Remedios Varo estaba muy interesada en el hermetismo, algunos de cuyos clásicos engrosaban su biblioteca, y que de manera irregular, en París y luego en México, estuvo vinculada al círculo de Gurdjieff. Mirados desde el prisma de las enseñanzas del santón georgiano, muchas de las propuestas de Varo cobran un nuevo relieve: así, todas las imágenes de híbridos entre hombre y máquina, que corresponderían al estado (según Gurdjieff) en que el individuo aún es inconsciente de sus propios impulsos y se entrega al automatismo de la carne; así, la importancia de la música en diversos lienzos, verdadera potencia primigenia que ayuda a animar el universo y le sirve de cifra y cartografía; la presencia expresa, en diversas escenas, del eneagrama, el esquema fundamental que para Gurdjieff resume el movimiento de fuerzas cósmicas y a la vez personales; incluso el particular evolucionismo según el cual el ser humano constituye sólo un instrumento en manos del planeta Tierra en vista a alimentar la luna y hacer de ella un mundo renacido. Sólo por este breve texto de setenta páginas, que abre merecidamente la antología, su lectura, su compra, su relectura, su presencia en el mejor de nuestros anaqueles está más que disculpada.
Un logro más de Atalanta. Y uno pierde la cuenta.

miércoles, octubre 12, 2016

La isla de los condenados, Stid Dagerman


Trad. Carmen Montes
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 296 pp. 22 €

Pedro Pujante

Stig Dagerman (1923-1954), a pesar de su breve vida, fue considerado un niño prodigio y dejó escritas cuatro novelas, cuatro obras de teatro y un gran número de relatos y novelas breves. Ahora, la editorial Sexto Piso rescata, nunca mejor dicho, La isla de los condenados, una novela densa y oscura.
En ella se nos narran los avatares de un grupo de náufragos que acaban en una isla desierta, extraña, simbólica y poblada por lagartos. Entendemos, como ocurría en El señor de las moscas, que el escenario de la isla funciona como un teatro en el que se representa el crudo drama del hombre tratando de sobrevivir en un medio hostil. La desnudez de siete personas desesperadas que se enfrentan a un reto físico, moral y emocional. Pero también, a sí mismos.
La novela está construida de un modo artificioso pero elegante. En el texto avanza la trama de los náufragos al mismo tiempo que se puntea con prolongadas prolepsis en las que se presentan fragmentos de las vidas de los personajes. Siempre teñidos de dolor, frustración y tinieblas. Un espejo de sus almas que refleja los rincones pretéritos más oscuros.
En este sentido la novela mantiene un ritmo moroso que se traduce en una angustiosa prórroga. La existencia común de los náufragos parece estar detenida en un infierno nebuloso del que no hay salida. Tan solo, parecemos entender, mediante la expiación de sus pecados y la consumación de sus fantasmas personales lograrán salvarse del abismo que los sofoca.
La voz narrativa, a veces cercana al monólogo interior, es barroca, intrincada pero fluida y absorbente. Recuerda a las novelas-monólogo de László Krasznahorkai, pero con el aliento de Beckett o Camus. Los acontecimientos se entremezclan con los sueños y los sentimientos, confundiendo la realidad con la conciencia de los personajes dotando al libro un tono lúgubre y turbio. En ningún momento se da pie a a creer en que elementos fantásticos perturben la realidad. Al contrario, las pesadillas parecen acrecentar más si cabe lo funesto y realista de la situación en la que los náufragos se hallan.
Esta es una novela extraña y compleja, pero con una textura sólida. No es complaciente el autor con sus criaturas. Las hace sufrir, experimentar dolores y angustias profundos, como si de un dios justiciero se tratase.
Stig Dagerman se suicidó debido a una fuerte depresión. Los oscuros demonios que asolaron su mente revolotean por esta angustiosa novela, metafísica, descarnada y onírica que parece haber sida escrita por un desolado Lautréamont kafkiano.

lunes, octubre 10, 2016

Juegos de artificio, Antonio Toribios


Fotografías de María Gómez
La Armonía de las Letras, León, 2016. 236 pp. 20 €

José Miguel López-Astilleros

El género del microrrelato se ha popularizado tanto que no sólo están aumentando sus lectores, sino quienes se internan en las procelosas aguas de su creación, quizás por considerar, en numerosos casos, que sólo hace falta un poco de ingenio, cuando en realidad no basta con eso. De esto dan fe las numerosas publicaciones que están apareciendo y los numerosos portales de internet que dan cobijo sobre todo a escritores aficionados, además de la creciente atención que la crítica le está dispensando a esta particular manera de contar una historia.
Antonio Toribios (León, 1960) lleva escribiendo microcuentos desde hace décadas, no es un recién llegado al género ni un escritor accidental ni ocasional. Es más, su llegada al género obedece a una evolución desde el cuento más o menos largo, que en su día le proporcionó algunos premios y reconocimiento, sin que por ello haya dejado de frecuentar las narraciones de mayor extensión que las presentes. Las piezas que nutren este volumen representan el trabajo de varios años, algunas de las cuales han sido publicadas en distintos medios.
Debido a la gran cantidad de microhistorias y de años durante los cuales fueron pergeñadas, el contenido es muy heterogéneo, quizás por eso el autor o el editor han renunciado a clasificarlas. Sin embargo hay en todas ellas una cohesión que tiene como núcleo aglutinador la propia personalidad del escritor, puesto que en todo momento se nos está revelando una manera de interpretar el mundo. Otro rasgo que intensifica dicha cohesión y facilita la identificación tanto de los temas y su tratamiento con el autor, es la condensación temporal, que en muchas ocasiones nos transporta al pasado, a su infancia concretamente, tan importante y decisiva a lo largo de toda su producción. Y si es frecuente esa fuga del tiempo presente, aunque no siempre, es obvio que el esquematismo espacial también tendrá que ver con el lugar donde pasó dicha etapa de su vida, la ciudad de León, así como sus personajes. Por esa razón suelen tener todos estos “cuentines”, como le gusta llamarlos a Antonio Toribios, un trasfondo vivencial más o menos cercano. Incluso la utilización del lenguaje es coherente con este planteamiento, constituyendo todo ello una indeleble marca de estilo. Hay características formales como la ausencia de complejidad, la mínima caracterización de los personajes, el lenguaje connotativo o la importancia del inicio y el cierre con finales sorprendentes, típicos del género —según señala Irene Andrés-Suárez en la introducción de Antología del microrrelato español (1906-1911), editorial Cátedra—, cuyo planteamiento clásico viene regido por el principio de funcionalidad de todos los elementos narrativos, para que así surta el efecto deseado en el lector. Todo esto no impide que muchos relatos estén transido de una ambigüedad, que desembocará en una reflexión, una sonrisa o incluso una carcajada.
El humor es quizás las característica más sobresaliente de los mejores textos. Son numerosos los registros que podemos encontrar, desde el humor negro, el absurdo, la ironía o la parodia. No es un humor cruel y desalmado, ácido ni despiadado, porque Toribios trata a sus personajes con grandeza cervantina, con la humanidad de quien pasa por la vida sin herir a nadie, con el propósito de hacer comprensible las debilidades. Un ejemplo de esto podemos verlo en el relato titulado Que ayer (pág. 161), donde la total transformación estética de la madre de unos niños es vista con sorpresa pero sin dramatismo, a pesar de la confusión creada por no reconocerla.
Un procedimiento muy utilizado es la intertextualidad, mediante la que nos adentramos en sus referencias culturales. Pero concretando más este aspecto, es crucial la enorme influencia del cine en muchas narraciones, así abundan con profusión las alusiones a películas, personaje y actores, sea para caracterizar a un personaje, una época o un ambiente. En el titulado Mi vida: cuadro sinóptico (pág. 17) traza una brevísima biografía indirecta a través de dos héroes cinematográficos, Tarzán e Indiana Jones. Un elemento recurrente de raíz biográfica son las ventanas, tras las que se apostan los personajes, a veces trasuntos suyos. Pero no sólo el cine y la propia literatura, sino la televisión y los demás medios audiovisuales, como por ejemplo la radio, muy del gusto del autor, suelen aparecen como elementos centrales o marginales, así se cuenta en Trueque (pág 20) la historia de un ordenador portátil y su sorprendente final a través de la descontextualización originaria que lanza el significado hacia interpretaciones distópicas y humorísticas.
El lector de estos “cuentines” no debe ser un lector pasivo, sino que ha de colaborar con el texto para llegar al significado o significados últimos. Mucho más fácil lo tendrá un lector de su propia generación o aledañas, puesto que en muchos hay claves culturales que lectores más jóvenes no poseen, a menos que las hayan adquirido de otro modo, aunque dicho aspecto no representa ninguna dificultad para saborearlos con intensidad. Estos Fuegos de artificio de Antonio Toribios son microhistorias que cuentan la vida concentrándola en unas pocas palabras precisas, en una depuración del lenguaje que las acercan a procedimientos cercanos a la poesía. Lo triste es que la distribución de la edición se quede en el ámbito local.

viernes, octubre 07, 2016

El amor del revés, Luisgé Martín


Anagrama, Barcelona, 2016. 272 pp. 18,90 €

Care Santos

Lo más increíble de todo es que nadie hubiera escrito aún este libro. Leerlo es darse cuenta, página tras página, de lo muy necesario que era: alguien tenía que contar el atraso en el que hemos vivido, la ranciedad de la moral que nos ha cimentado la vida, la nociva influencia de la educación religiosa. Su lectura provoca estupor pero también indignación. Por eso su lectura es imprescindible.
Luisgé Martín nació en 1962, en una España aún lastrada por sus males más antiguos —que sólo en los últimos tiempos han comenzado a erradicarse—, en el seno de una familia madrileña de clase media. Era homosexual. Lo era sin atreverse a serlo, avergonzado por su condición, sintiéndose, como él mismo dice varias veces en su relato, «un insecto». La cucaracha de Kafka (que en realidad no sabemos muy bien qué clase de bicho era). En su juventud Martín prometió no revelarle nunca a nadie su secreto. Hace diez años se casó con un hombre ante su familia y amigos. Este libro cuenta qué largo camino anduvo entre la promesa de 1977 y la boda de 2006. Un camino tortuoso, lleno de dolor, de culpa, de pasos del Rubicón y de autoconocimiento. De la negación y el secreto al último baluarte: el orgullo y la reivindicación. Es —no resulta difícil adivinarlo— un libro valiente, que actúa como un espejo terrible de nuestra sociedad. También es una reflexión profunda sobre la identidad —uno de los temas más importantes en la obra novelística del autor— y sobre cómo lo que somos no es sólo lo visible, lo que aflora a la superficie, sino (sobre todo) lo oculto, lo secreto. Del viaje a las catacumbas de uno mismo, del viaje a la oscuridad, a la carnalidad o la lujuria se retorna siempre mucho más sabio. Aunque a menudo la sabiduría tampoco sirva de mucho.
En ningún momento se esconde el autor tras la ficción. Se trata de un relato memorialístico tan desnudo como las emociones y las peripecias que en él se describen. Los lectores de Luisgé Martín disfrutarán, además, al reconocer los mimbres con los que ha tejido su obra. Sabido es que la ficción es el único lugar donde es posible decir toda la verdad. Parte de estas verdades ya las ha ido contando el autor en sus ficciones novelescas. Se nos aportan detalles muy precisos al respecto, y también sumamente interesantes para cualquiera que quiera conocer los intersticios de la creación. También sabemos qué rasgos de su temperamento, nacidos de qué fatalidades o de qué maniobras de defensa, han dado forma a sus personajes. Y de qué modo la literatura fue para el herido insecto que era Martín de jovencito, un modo de calmar sus tribulaciones. En ese sentido, estamos también ante sus memorias como escritor: desde el compulsivo escritor de cartas y diarios de todo comienzo al novelista preocupado por el desdoblamiento de la personalidad y los rincones oscuros del alma.
Es increíble que nadie hubiera escrito aún este libro, pero es fabuloso que lo haya escrito Luisgé Martín. En primer lugar, porque no soy capaz de imaginar en nadie esta valentía suya, que acaso tenga que ver con la edad, o con la felicidad, o con el arte de llamar a las cosas por su nombre sin manías. «Aprender a vivir es aprender a nombrar», nos dice. Y este libro es un ejemplo meridiano de que su aprendizaje ha llegado a cotas altísimas. Siguiendo las premisas del escritor francés Michel Leiris, el autor se comporta «como el torero ante el toro: arriesgando su vida, exponiéndose a la cornada, corriendo el riesgo de que el lector encuentre en él lo vergonzoso o lo infame». Su relato emociona, sobrecoge, a ratos avergüenza porque evidencia la cortedad moral y la estupidez de la época, como cuando, a instancia de un amigo de juventud, decidió someterse a un tratamiento de psicoanálisis para transformarse en heterosexual.
Por fortuna, muchos homosexuales jóvenes no se sentirán ya identificados con estas peripecias. Para los de más edad (digamos los nacidos antes de 1980) se convertirá con toda justicia en un libro de referencia. Debería serlo para todos los demás. Homófobos incluidos. Especialmente para estos últimos.

miércoles, octubre 05, 2016

Cobijarme en una palabra, Cesare Zavattini


Edición trilingüe
Trad. / Prol. Juan Vicente Piqueras. Epil. Alonso Ibarrola
Bartleby Editores, Madrid, 2016. 161 pp. 13 €

Rubén Romero Sánchez

Nos encontramos ante el que es, sin duda, uno de los libros de poesía más interesantes de los que se han publicado o publicarán este año. Y no es porque Zavattini sea uno de los grandes poetas europeos del siglo XX, sino porque es uno de los grandes escritores europeos del siglo XX. Él fue el artífice de textos imprescindibles en la cultura contemporánea, como los guiones de la inmensa mayoría de las películas de De Sica, empezando por El limpiabotas (1946) o Ladrón de bicicletas (1948), las cuales fueron galardonadas con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, y continuando con las también imprescindibles Milagro en Milán (1951), a la que homenajearía Roberto Benigni en La vida es bella (1997), o Umberto D (1952).
Zavattini fue un intelectual de los que no se hacen notar, creador sin aspavientos, trabajador incansable en múltiples facetas artísticas (fue poeta, narrador, dramaturgo, cineasta, pintor…) y, sobre todo, humorista genial que supo plasmar en su obra la crudeza de la realidad europea y, por ende, italiana que le tocó vivir mezclándola con un finísimo sentido de lo jocoso y el absurdo con que trascendía la tragedia.
En su poesía, a veces cercana a los patrones del neorrealismo en su retrato de las condiciones de vida de la gente humilde, en la que siempre se percibe un rasgo de grandeza (quietos, muelen / humillaciones de ahora y de antaño, / esperanzas, miradas que podrían / haber tenido incluso los aqueos), a veces epigramática e hija de Catulo o Marcial (Ay, la vida, ¿qué es? Mejor callar. / No quisiera molestar a aquellos dos / que están gozando en la hierba), se adivina siempre una pulsión extrema por el amor a cuanto forma parte del mundo, de la vida y del hombre, una celebración del hecho de existir, aunque a veces nos encontremos solos y desamparados, perdidos en la inmensidad del sinsentido (El presente parece siempre menos solemne que el pasado. / Qué torpemente vivimos / el misterio de la vida). Católico como la mayoría de los directores en su época (De Sica, Rossellini, Fellini), Zavattini se plantea en su obra poética, también, la existencia de ese Dios que no aparece cuando se le espera (Dios entró sigiloso impalpable en mi cuarto / y me dijo: a ti, sólo a ti, / te hago saber que no existo), y se rebela contra su omnipotencia enfrentándose en su individualidad de ser único (me da pena Dios porque aunque quisiera / hacerme diferente de lo que he sido / no lo conseguiría). El mejor Za, como le llamaban los amigos, sin embargo, es para mí el filósofo que de un sagaz latigazo condensa toda una forma de ser y estar en el mundo: ¿Y si fuéramos todos inocentes?, o Solamente con existir / nos ganamos enemigos, o Creedme, cada vez somos menos / y nos acostumbramos, reflexionando sobre la vejez y la muerte.
Tremenda la importancia del rescate de este autor, más aún en una edición tan cuidada como esta de Bartleby, que nos ofrece los textos originales en dialecto y su traducción al castellano y al italiano.
Una joya en tiempos oscuros.

lunes, octubre 03, 2016

Mujeres, Isabel Ruiz Ruiz


Ilustropos, Madrid, 2015, 44 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

Mujeres de ojos grandes y un cierto aire nostálgico pueblan el libro de la ilustradora Isabel Ruiz Ruiz, Licenciada en Bellas Artes y Diplomada en Dirección de fotografía. Mujeres es el título de este libro que entra por los ojos desde la misma portada de tapa dura y que nos lleva a saborear sus páginas de papel estucado semimate, todo ello guardado con una encuadernación en cartoné cosido, el resultado es una verdadera obra de arte. Predominan en la paleta de esta artista los tonos grises y azules que acentúan la sensación de melancolía que desprenden las ilustraciones.
Las mujeres que protagonizan este libro son Clara Campoamor, Isadora Duncan, Marie Curie, Florence Nightingale, María Montessori, Alice Guy-Blanché, Frida Kahlo, Virginia Woolf, Hellen Keller, Hipatia, Amelia Mary Earhart, Rosa Parks, Concepción Arenal, Margaret Bourke-White, Gertrude Ederle, Irena Sendler, Miriam Makeba y Diane Fossey, dieciocho en total. Todas “merecen un lugar en la Historia” por su aportación en diferentes campos. Todas son referentes, espejos en los que mirarse.
Según la propia autora el libro “es un ideario”, su “homenaje personal a estas grandes luchadoras”. El objetivo de la obra es rescatarlas del olvido, aunque algunas de ellas son de sobras conocidas y célebres, al tiempo que ofrecer a los padres y educadores una serie de referentes femeninos que mostrar a los más pequeños. En realidad no se trata de un álbum ilustrado al uso, no es exclusivamente para niños, es más bien una obra que funciona si los adultos se lo muestra a los niños e interaccionar con ellos usándolo como pretexto ya que los textos no son los propios de los cuentos ilustrados.
El esquema del libro es simple: las páginas pares acogen una pequeña biografía y una frase célebre de cada protagonista. Las impares están ilustradas con el retrato de cada mujer en gran formato y con el estilo inconfundible de Isabel Ruiz Ruiz. Este álbum ilustrado en una preciosa encuadernación de lujo con tapa dura e ilustraciones a página completa y en color es una interesante herramienta pedagógica para una educación en igualdad y un precioso objeto en sí mismo.
La autora prepara en estos momentos la edición del segundo volumen de esta obra, Mujeres 2, con la presencia de protagonistas tan emblemáticas como Valentina Tereshkova, Violeta Parra, Gerda Taro, María Moliner o Hedy Lamarr.

viernes, septiembre 30, 2016

El pulso de la luz. Poesía escogida, Lawrence Ferlinghetti


Selección, traducción y prólogo de Antonio Rómar
Salto de Página, Madrid, 2016. 405 pp. 20 €

Rubén Romero Sánchez

Entre el gran público, quizá el único poeta conocido de los llamados beat es Ginsberg, el cual, a mi entender, trasciende tal etiqueta y se erige como uno de los grandes autores estadounidenses del pasado siglo; la importancia de este movimiento se debe más a su actitud contracultural que al conjunto de obras llamadas a perdurar que dejó. No obstante, recuperaciones como el libro que nos ocupa, en el que se reúne por primera vez en nuestra lengua gran parte de la poesía de Ferlinghetti, y la aparición en distintos a lo largo de este año de entrevistas al propio autor y reportajes sobre su obra y la trascendencia de su figura en el grupo de San Francisco como autor, editor y librero, siempre han de ser bienvenidas por lo que suponen de constatación de una época imprescindible no solo de la poesía norteamericana, sino de la cultura popular occidental del siglo XX.
Ferlinghetti hace honor a la mitificación a que se ha sometido el movimiento beat desde su propia biografía no artística, con un padre al que no conoció, una madre que murió cuando era poco más que un bebé, estancias con familiares por todas partes y hasta la asistencia en directo a la invasión de Normandía como oficial del ejército estadounidense. Más allá de eso, en su ingente labor como hombre de cultura debemos destacar la autoría de uno de los libros clave de la poesía norteamericana del pasado siglo: A Coney Island of the Mind, único libro traducido en España hasta la fecha, según nos informa Antonio Rómar en su revelador prólogo, en 1981 por Hiperión con el título de Un Coney Island en la mente, y que según el propio Rómar ya solo se encuentra a precios altísimos en el mercado de segunda mano.
La obra de Ferlinghetti se define por ser una “obra en curso”, una obra que no existe exclusivamente en forma de libros cerrados, sino que, a la manera del primigenio carácter oral de la poesía y bajo la influencia de la improvisación jazzística, se crea permanentemente, modificándose en cada publicación, en cada lectura, y enriqueciéndose así. El retrato de la cotidianeidad, como un Edward Hopper psicodélico, la reflexión sobre el papel de Estados Unidos en el mundo y de sus ciudadanos en el propio país, el lirismo como forma de combatir la fealdad del día a día, son algunas de sus preocupaciones, sus temas, sus maneras de enfrentarse al hecho poético, contraponiendo la nostalgia y la melancolía (y todo se desvanece / y los socorristas del amor nos decepcionan / Y bebemos y nos ahogamos) a la esperanza, como Keats, en la belleza (y espero / perpetuamente y para siempre / el renacimiento de la maravilla).
Alegrémonos, así, de la recuperación de este poeta, representante de un mundo que ya no existe aunque aún esté en los corazones de muchos, el poeta que en su famoso Manifiesto populista escribió versos como estos: «Poetas, desalojen sus armarios / … / No queda tiempo para nuestros pequeños juegos literarios, / no queda tiempo para nuestras hipocondrias y paranoias, / sólo es tiempo ahora para la luz y el amor / … / Todos ustedes “Poetas Urbanos” / que cuelgan en los museos, yo incluido / … / todos ustedes visionarios de sofá y agitadores de cuarto de estar / dónde están los niños salvajes de Whitman, / dónde las grandes voces hablando claro / con sentido de la dulzura y de lo sublime / … / No esperen la Revolución / o sucederá sin ustedes / … / Aún hay bellas criaturas por todas partes, / en los ojos de todos el secreto de todo / aún allí enterrado, / los hijos salvajes de Whitman siguen durmiendo allí. / Despierten y caminen al aire libre».

miércoles, septiembre 28, 2016

No llorar, Lydie Salvayre


Premio Goncourt. Trad. Javier Albiñana
Anagrama, Barcelona, 2015. 224 pp. 16,90 €

Pedro M. Domene

La bibliografía sobre nuestra Guerra Civil resulta abrumadora, excesiva y, en ocasiones, tan repetitiva como estereotipada. Lydie Salvayre (Autainville, 1948) consigue el Premio Goncourt por No llorar (2015), una novela que no se parece, salvo por el momento histórico, a ninguna otra visión sobre la contienda española, y se aleja del riesgo de aburrir a quienes hayan profundizado en el tema. ¿Por qué esta historia no nos recuerda a ninguna otra? Sin duda, por la perspectiva escogida entre otros aciertos, y porque no cae en tópico de contar el episodio aislado de una familia obligada al exilio en el país vecino tras la derrota en el 39. Admirable el desarrollo y el diálogo, con un atento intermediario, quien al mismo tiempo completa la historia ajena, entre la narradora y su hija, y además se identifica como un célebre escritor, famoso por su panfleto Los grandes cementerios bajo luna (1938); la primera en contar su experiencia, la madre de la autora, una anciana, que vive sus años juveniles y el comienzo de la guerra en un pueblecito leridano, y convierte a la hija en narradora del libro; el segundo, el católico francés Georges Bernanos, y su fugaz estancia en Mallorca,
La madre nonagenaria de Lydie Salvayre cuenta a la hija sus vivencias en aquel verano de sus quince años, a la sombra de libertad, fraternidad, revolución y anarquismo, y su fugaz escapada a una Barcelona efervescente de comienzos de julio del 36. Una vez allí, Montse se siente fascinada por los acontecimientos que se suceden en la ciudad, conoce a un francés, que acaba de enrolarse para defender la República, y queda embarazada tras una noche de amor; nada más sabrá de él, así que vuelve al pueblo para ocultar su pecado, y entonces se casa con, Diego, el jefe comunista local, defensor sin reservas de la Unión Soviética; del otro lado, en mitad de esta conversación, el fantasma de Bernanos, instalado en Mallorca, disiente pronto de las ideas del bando nacional, por las que al comienzo se había sentido atraído, hasta que presencia la sangrienta represión franquista en la isla, y decide volver a su país.
Salvayre hilvana dos visiones muy distintas, una ficción novelada o una crónica de esa revolución social y familiar, las Comunas de Aragón y la insurrección en Cataluña con la liquidación de trotskistas y anarquistas por orden de Stalin, y la victoria final fascista y su feroz represión. La narradora transcribe la historia de su madre, de su tío libertario y de su futuro padre, un joven estalinista, en una España roja que se debatía entre guerra y revolución, entre la libertad y la represión; todo en medio de mil contradicciones políticas y sociales, y con ello pretende devolverle la ilusión a su madre, y constatar que personajes como Bernanos, intelectual y comprometido, negaron la cruzada franquista y así convierte ambos testimonios en un curioso alegato en contra de la crueldad humana, y deviene su texto con un curioso lenguaje, que se completa con un acertado tono lírico.

lunes, septiembre 26, 2016

Doble mirada: Al pie de una pared sin puerta, Marian Torrejón


Talentura, Madrid, 2015. 216 pp. 15 €

1. María Dolores García Pastor

Tras una primera incursión en la literatura en un género tan exigente como el relato, Marian Torrejón presenta su primera novela. Respaldada por el éxito del libro de cuentos Limones dulces, prologado por el escritor Fernando Iwasaki y con el que fue finalista del Premio de la Crítica Valenciana, nos muestra ahora su faceta de novelista en Al pie de una pared sin puerta.
Las protagonistas son dos jóvenes que comparten piso de estudiantes, polos opuestos, la niña bien y la de familia humilde, que se aventuran a vivir la noche de los ochenta. Su día a día, sus diferencias, sus errores y sus bajadas a los infiernos constituyen la trama de esta novela. Una historia simple que podría ser la de cualquiera que haya vivido su juventud en esa época y que, sin embargo, nos hace reflexionar sobre temas universales como el saber establecer límites, el éxito y el fracaso, las drogas, la amistad y la traición.
Está escrito en primera persona en un tono intimista y, en ocasiones, nostálgico pero no exento de humor. Eli, la chica pobre, es la narradora. Su memoria se mueve adelante y atrás en el tiempo indistintamente, lo que a veces puede llegar a desorientar al lector y crear confusión. Nuria es la otra protagonista, aunque en un papel bastante secundario dado que la historia que conocemos a fondo es la de su amiga, la suya nos viene dada básicamente por su relación con ella. Un encuentro de ambas mujeres en la madurez da para que la narradora recuerde su periplo vital de sus años de juventud al lado de Nuria, la chica rica, y para reflexionar sobre los altos y bajos de su relación forjada entre momentos de intimidad, alcohol y drogas.
Además de las dos protagonistas humanas podríamos hablar también de algunos objetos que tienen su importancia y su protagonismo y están presentes en toda la novela: dos anillos idénticos que simbolizan la amistad de Eli y Nuria y un cuadro que es el causante de su desencuentro, el que las pondrá frente a una pared sin puerta.

2. Miguel Sanfeliu

Marian Torrejón acaba de publicar su segundo libro después del interesante volumen de relatos Limones dulces, que quedó finalista del Premio de la Crítica Valenciana en 2013. Se trata de la novela titulada Al pie de una pared sin puerta, en la que vuelve sobre algunos temas que pueden empezar a identificarse como preocupaciones de la autora: el paso del tiempo, la crónica social, la amistad, el éxito y el fracaso. Una novela en la que, a través de la historia de dos amigas, recrea los años ochenta y plantea una historia de encuentros y desencuentros, la relación entre dos mujeres que compartieron muchas cosas y que, por algún motivo, se distanciaron y siguieron rumbos muy diferentes.
La novela está construida a modo de cajas chinas. Desde un presente en el que dos antiguas amigas, ya mayores, se reencuentran después de mucho tiempo sin haber tenido contacto entre ellas, la historia va sumergiéndose en los recuerdos de su relación. Es la voz de Elisa la que nos refiere la historia de su amistad con Nuria, a quien conoce en el instituto pero de quien se hace muy amiga a raíz de compartir piso cuando empiezan a estudiar en la facultad. Nuria en Económicas y Elisa en Derecho. De las noches locas, en blanco, los amores y el alcohol, los garitos, las drogas y el sexo, de encontrarse en una ciudad libre y caótica por la que resulta fácil dejarse seducir, a los caminos tan opuestos que el destino tiene pensado para ellas. La boda de Nuria, la aspiración de Elisa por convertirse en escritora, las trampas que la vida va tendiendo y que nos desvían de nuestras metas. Historia de alegrías y rivalidades, de gran humanidad, narrada con un estilo muy cuidado y un gran sentido del humor.
Al pie de una pared sin puerta es una novela muy recomendable, no sólo por la limpieza de su estilo narrativo sino, sobre todo, por la planificación de la narración, estructurada como un enorme flashback que da paso a la historia de esta amistad situándose a la vez en dos momentos distintos, la alocada juventud y la sosegada madurez. La idea de que la felicidad suele encontrarse fuera de nosotros mismos está presente todo el tiempo, dejando entrever que en toda gran amistad hay, también, cierta rivalidad.
Un libro interesante, que nos traslada a una época descrita de un modo muy vívido y nos habla de temas universales a través de situaciones cotidianas que se suceden con el ritmo de una historia de suspense. Ejemplo de maestría narrativa la planificación de la historia, el manejo de los tiempos, la dosificación de la información, la combinación de los hilos argumentales que van tejiendo una obra que transmite veracidad y, también, el grado de nostalgia que nos embarga al ver cómo el tiempo se nos escapa sin que podamos dominarlo.

Las víctimas como precio necesario, VV.AA.


Edición de José A. Zamora, Reyes Mate y Jordi Maiso.
Trotta, Madrid, 2016. 216 pp. 16 €

Rubén Castillo Gallego

«Víctimas ha habido siempre, pero durante mucho tiempo han sido invisibles o, mejor, han sido invisibilizadas, porque se las consideraba el precio obligado de la marcha de la historia». Con estas crudas palabras comienza el volumen Las víctimas como precio necesario, que pronto pasa a contrarrestar tan aterradora fórmula comunicándonos la postura inequívoca de sus editores: «El asesinato no puede tomarse como una fatalidad del destino o como un pago necesario para conseguir objetivos políticos. Por eso, las víctimas tienen que dejar de ser el precio silencioso de la política y de la historia» (p.11).
Uno a uno, los diferentes investigadores que componen este enjundioso trabajo nos van trasladando sus particulares análisis sobre el mundo que nos rodea. Alberto Sucasas desarrolla, alrededor de la figura y la obra de Imre Kerstész, una fenomenología de lo inmundo, centrándose en su experiencia en Auschwitz, donde el horror, la supervivencia y el fatalismo cohabitaban y donde la identidad quedaba a la postre herida o devastada.
Jordi Maiso constata con gran pesadumbre que «el aluvión de imágenes de violencia, sufrimiento y catástrofes [...] desborda nuestras capacidades de asimilación y, al mismo tiempo, acompaña nuestra cotidianeidad como un telón de fondo permanente» (p.52) y explica la frialdad que se deriva de un modelo económico capitalista en el que todas las relaciones quedan impregnadas de un tinte económico. Esa frialdad, en su opinión, se constituye en «una fuerza social activa, muda pero omnipresente» (p.59). Y la conclusión a la que llega no puede ser más aterradora: «Todos saben lo que les ocurre a los que quedan estigmatizados como perdedores. La supervivencia cotidiana exige aceptar como un dato incontrovertible la incesante proliferación de vidas sobrantes, desechadas, desperdiciadas y desahuciadas» (p.69).
David Galcerá se acerca hasta las reflexiones de Primo Levi, que analizan la compleja relación entre víctimas y verdugos en el hediondo territorio de los campos de exterminio nazis.
Alejandro Baer y Natan Sznaider realizan un abordaje muy interesante a la delicada cuestión de las fosas franquistas o la Argentina posdictatorial, cuyas ramificaciones continúan abiertas y llenas de dolor.
Reyes Mate sugiere que, tras la brutalidad o el terrorismo, «tenemos que repensar la paz desde la experiencia de la barbarie y no haciendo abstracción de ella» (p.106). Y aplica su análisis a los casos de ETA (España) y de Colombia.
También Martín Alonso se acerca hasta los crímenes etarras y desmenuza con rigor los mecanismos discursivos y sanguinarios del mundo abertzale. El sociólogo Imanol Zubero nos muestra las alarmantes cifras mortales que se registran en el mundo del trabajo (una persona fallecida cada 15 segundos en el mundo durante el año 2012, según la OIT), que también son “víctimas necesarias” del sistema capitalista.
Óscar Mateos nos ofrece un valioso trabajo sobre la “justicia transicional” que puede observarse en el continente africano, donde los odios étnicos y los conflictos económicos y territoriales han generado un caudal millonario de víctimas en Ruanda, Sierra Leona, Mozambique o Sudáfrica. José A. Zamora aborda el mundo de las víctimas relacionadas con el tráfico y nos traslada unas cifras estremecedoras: «La elaboración de nuevos métodos de recolección de datos y el crecimiento de los estudios concretos permiten hoy una proyección suficientemente fiable que elevaría a más de 45 millones el número de muertos por el tráfico y a más de 1500 millones los heridos desde que se inventó el automóvil» (p.190).
Y la magistrada Isabel Germán Mancebo (la única autora que aparece en el volumen nos habla de su experiencia como protagonista de un accidente vial y extrae conclusiones humanas y jurídicas del trágico suceso.
En conclusión, un trabajo lleno de interés y de reflexiones enjundiosas, en el que tan sólo faltaría añadir alguna aproximación a los campos soviéticos o chinos, que hubiera completado la visión de conjunto.

viernes, septiembre 23, 2016

Estrómboli, Jon Bilbao


Impedimenta, Madrid, 2016. 272 pp. 20,95 €

Ariadna G. García

Estrómboli es el cuarto libro de relatos de Jon Bilbao. Le preceden: Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Física familiar (los tres publicados por Salto de Página). El autor asturiano no sólo ha cosechado éxitos rotundos con dichas obras (Premio Ojo Crítico de RNE y Premio Euskadi de Literatura), sino que se ha consolidado como una de las voces imprescindibles de la nueva narrativa española. El presente volumen sigue la estela de los anteriores (sobriedad estética, fondo de violencia), si bien resulta un poco más descorazonador. Es marca de la casa el tratamiento del desgaste de las relaciones de pareja o la descripción de la brutalidad humana, pero en los relatos de Estrómboli esa visión excéptica se agudiza, a veces de manera sutil (Avicularia avicularia) y en ocasiones con una contundencia incontestable (Crónica distanciada de mi último verano). El libro, en su conjunto, pinta un agrio retrato de tipos adinerados, pudientes, cuyas horas de ocio acaban siendo de pesadilla (en lo emocional o en lo físico). Nos encontramos con dueños de laboratorios químicos, arquitectos, ingenieros de centrales nucleares o de compañías eléctricas. Todos realizan viajes de placer a lugares exóticos (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda, los Picos de Europa, Estrómboli… Todos salvo uno, que viaja obligado por su profesión) para encontrarse a sí mismos, para acompañar a alguien o para olvidar algún tropiezo. Antes o después se entrenan en gimnasios, preparan barbacoas o se van de pesca. Bilbao es inmisericorde con ellos. Una virtud del autor es que juega con nuestras expectativas. Nos lleva por donde quiere para luego dar un volantazo en el guión y chocar de frente contra nuestros prejuicios. No todos los finales son perfectos. Alguno parece precipitado. Pero el de Avicularia, por la sutileza de Bilbao de sugerirnos el infierno que vendrá por medio de una simple sonrisa, es fantástico. Otra virtud del narrador asturiano es la riqueza de su léxico: conciso, preciso, abundante (valgan de muestra estos términos: “derrubio”, farallón”). Está claro que tiene un conocimiento amplio y delimitado del mundo. Y si bien es verdad que tiene un estilo sobrio y directo, también lo es que describe algunos escenarios con una belleza lírica sobrecogedora: «un manzano silvestre crecía a la orilla. Sin nadie que recogiera los frutos, cuando estaban maduros caían al pie del árbol, en tal número que las manzanas amontonadas aspiraban a represar la achicada corriente. A lo largo de varios días, se producía un combate mudo entre las manzanas y el agua, tiempo en el que zumbaba sobre el muro de fruta una nube de avispas y de moscas de brillo acharolado, y durante el que el aire en aquel tramo de la garganta se veía invadido por un aroma en parte dulzón y en parte ácido» (pág. 54. El peso de tu hijo en oro). Estas descripciones nos curan de la incredulidad que irradia hacia las relaciones amorosas, amistosas y profesionales. La estética como antídoto contra el dolor del mundo.

miércoles, septiembre 21, 2016

Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, Pepe Cervera


Menoscuarto, Palencia, 2016. 192 pp. 16,90 €

Bruno Marcos

No engaña a nadie el autor de este libro cuando lo titula Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa porque, efectivamente, él no lo ha hecho. Por otro lado libros hay sobre Sawa, de hecho el que algo nos haya llegado sobre su figura y peripecia vital se ha debido a que cundieran los escritos sobre él, pues su obra cayó en el olvido.
El gran mérito de Sawa fue servir de inspiración para uno de los personajes más importantes de nuestras letras, el Max Estrella de Valle-Inclán en Luces de Bohemia. Lo que a uno le intriga y le ha llevado a leer este libro y cuanto sale de Sawa es la permanente actualidad que encuentra en esa obra de Valle y, por consiguiente, en la personalidad de Sawa. Seguramente se deba este interés a que lo que se pone en ella a la vista sigue y permanece, la frustración del talento contra la realidad, la ridiculez de la aspiración por la belleza en medio de lo grotesco y la putrefacción social en los bordes mismos de la poesía.
Los retratos de Sawa abundan. Están los de Baroja, no sólo en el Árbol de la ciencia donde lo ridiculiza, sino también en sus memorias, donde sigue ridiculizándolo, aunque antes él lo había calificado de invertebrado intelectual, explicando que el vasco era así porque jamás la escultura soñó hacer cariátides con tuberculosos. Cita Pepe Cervera la biografía de Amelina Correa que es demasiado seria, como si Sawa se la mereciera como un escritor cualquiera y no como lo que es ya, un arquetipo. Se echa en falta en este libro de Cervera, por ejemplo, a Rubén Darío, uno no recuerda que se hable del magnífico prólogo a su libro póstumo Iluminaciones en la sombra, que lo pinta tan bien resumiendo con un esbozo preciso el drama y la gloria de Sawa en página y media. También acusa uno poca presencia de Cansinos Assens que, aunque por edad lo trató poco, lo saca en escenas muy gráficas y habla de la época y de los hermanos de Sawa, también muy pintorescos. Y de su diario, el antes señalado Iluminaciones en la sombra, de donde se extrae que Sawa fue también otra cosa, no sólo un histrión, viéndose una sensibilidad suya no exenta de realismo, de autocrítica o de preocupaciones sociales, y donde sorprende lo moderno que es.
Pero todos estos reproches al autor están fuera de lugar porque el título avisa de que no se trata de un libro sobre Sawa. El título, más bien, exhorta a otro autor, alguien, para que escriba lo que él no ha escrito. Lo que tenemos es el relato del intento por hacer un libro sobre aquel bohemio, es decir un diario de escritura, en el que finalmente Cervera se une a Sawa, no como estudioso sino como autor, un autor acompañado por otro. Cervera, abatido, escribe al final un pensamiento que muestra su preocupación real, la escritura misma: «A lo largo de estos últimos meses, bastante más a menudo de lo que creo oportuno reconocer, he dudado sobre mi propio talento. (…) El libro que pretendía escribir no es más que agua entre los dedos. Yo debería contarme entre esos cien que apunta Montaigne, por inútil y por inepto.»
Con Alejandro anda el autor por las páginas de este libro, pero es difícil estar más abatido que el perdedor bohemio. En sus últimos momentos dejó escrito este estremecedor párrafo: «Vivo en este Madrid más desamparado aún, menos socorrido, que si hubiera plantado mi tienda en mitad de los matorrales sin flor y sin fruto, a gran distancia de toda carretera. Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de los periódicos y de las cavernas editoriales y no me han respondido; (…) ¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo?».

lunes, septiembre 19, 2016

Entre zarzas y asfalto (Diario inverso), Alejandro López Andrada


Córdoba, Berenice, 2016. 184 pp. 17,95 €

Pedro M. Domene

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) nos tiene acostumbrados a unas arriesgadas propuestas narrativas que nos obligan a realizar un reflexivo recorrido por un universo tan personal como de emocionada inspiración. Su mirada se detiene y dibuja con la palabra un mágico itinerario que extiende por su tierra chica y los rincones de una Córdoba califal y cosmopolita. Para la última propuesta, Entre zarzas y asfalto (2016), el autor realiza un viaje interior que rememora físicamente una dolorida pero no menos feliz infancia y adolescencia, y recrea los paisajes vividos desde sus orígenes, y mientras escribe vuelve al pasado, regresa cuarenta años atrás, pasea por su pueblo y por sus calles, y frecuenta escenas y sensaciones que vivió en un lejano tiempo. El viaje, de hecho, finaliza en el último texto, cuando deja el campo y regresa a la ciudad. Se entiende así el subtítulo dado de “diario inverso”, porque el libro está escrito a la vuelta de todo un largo trayecto, y desde la perspectiva de la madurez presente vuelve a la infancia de un pasado lejano. Abunda lo autobiográfico, y marca el recuerdo de aquello que fue y con el tiempo ha desaparecido, una temática característica y constante en el resto la obra del cordobés, y mientras observa, pasea y se detiene en minúsculos detalles, surge esa eterna pregunta repetida y tópica ¿Quiénes somos? o ¿Hacia dónde vamos? Y así, buena parte de las imágenes de la infancia se convierten en ese elemento que vertebra estos textos breves, de aparente sencillez y extremada fuerza lírica, motivo que aparece de manera constante en todo el libro: «Voy por la calle en que creció mi infancia» (p. 80); «las piedras del camino de la infancia van penetrando en mi alma y se hacen luz» (p. 113); y por añadidura el entorno vivido, el paisaje recreado, las imágenes de espacios abiertos y el campo, tan representativo de aquellos primeros años de vida que parecen agolparse en sus recuerdos, en suma el concepto de la naturaleza, tan intrínseco y valorado en el cordobés, y por añadidura la familia —padre, madre, abuelo— sobre todo, el padre fallecido sobre quien vuelve una y otra vez en su síntesis de una lejana infancia.
La ciudad de Córdoba está muy presente en este libro, «El cielo en la Mezquita es un violín», pero pese a continuas vivencias en calles y plazas geográficamente localizadas en la ciudad califal, aun insiste y desde esta hermosa urbe recuerda con un acusado tono de nostalgia su visión humanista del campo y los abundantes episodios familiares, mientras vagabundea «(…) por la ciudad como una sombra artrítica y romántica. Circundan mi silencio las farolas».
La estructura del libro muestra tres partes diferenciadas: “Invierno”, “Otoño” y “Verano”, que el poeta va desarrollando como un auténtico proyecto de madurez, tras una dilatada experiencia personal y literaria que analiza lo presente y lo ausente, y donde la primavera, esa estación de luces y colores, queda alejada voluntariamente en el tiempo, tal vez porque el desconsuelo que provoca el dolor de buena parte de una existencia se torna en esperanza de futuro puesto que en la vida misma palpita ese sentimiento universal que caracteriza la prosa lírica del escritor López Andrada.
Los textos que, cuando llegamos al final, quedan hilvanados en toda una visión de conjunto, muestran ese paso del tiempo, del pasado y del presente, y aunque la visión del narrador se vislumbra melancólica, resulta una lectura serena, y, como en la mejor tradición lírica, para el poeta, en este caso, existe el gozo de vivir de cada día, tanto lo anodino como lo cotidiano, lo desolador y lo gozoso.

viernes, septiembre 16, 2016

Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global, Saskia Sassen


Trad. Stella Mastrangelo
Katz Editores, Móstoles, 2015. 294 pp. 21 €

José Morella

En cuanto supe de Saskia Sassen -la escuché en un vídeo hablando sobre los refugiados- me di cuenta de que tenía que leerla para ganar perspectiva sobre mi mundo. Ella, como otros pensadores contemporáneos (pienso en Zygmunt Bauman, David Suzuki o Franco Berardi) me ayudan a no seguir escribiendo historias sobre el pasado pensando que escribo sobre el presente. En aquel vídeo Sassen hablaba sobre el contraste entre ser un refugiado antes y ahora. Tradicionalmente, los refugiados se marchaban en busca de una vida mejor y soñaban con regresar algún día. Ahora no tienen un país al que volver, y lo que persiguen no es vivir mejor sino sólo vivir (better life vs bare life). No piden más que eso. Permanecer respirando en algún lugar del planeta. Eso no es un inmigrante, dice Sassen. Es otra cosa.
El título del libro ya lo deja bastante claro: Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. La tesis que defiende es que si en otros momentos la desigualdad se alimentaba de incorporar gente al sistema, ahora se basa en expulsarla. El keynesianismo incorporó a las clases desfavorecidas como consumidores de todo tipo de productos y frivolidades antes reservadas a las clases medias y altas. Pero ahora el paradigma ha cambiado, y el sistema económico se alimenta de expulsar de un modo atroz mediante complejas artimañas financieras a grupos de personas, especies animales, reservas de la naturaleza y cualquier otra cosa imaginable. Un ejemplo conocido de todos nosotros es la crisis inmobiliaria que provocó, atención al dato, 360.000 desahucios sólo en España entre 2008 y 2014. Esta devastadora expulsión de personas se gestó mediante alta ingeniería financiera, o lo que yo llamo -que no Sassen- estafa y robo. Es una intriga urdida entre diferentes grupos interesados: la industria inmobiliaria, los bancos, los grupos de inversión. Gente que se ha dado cuenta de que expulsando se gana infinitamente más que incluyendo. Si para conseguirlo hace falta atraer a millones de personas a las oficinas del banco y hacerles creer que podrán pagar préstamos millonarios con sueldos miserables, no hay problema.
Este nuevo sistema económico no sólo expulsa gente, sino culturas enteras. Los recursos naturales de muchos lugares del mundo, como por ejemplo la vasta región del Tíbet, valen mucho más para la lógica económica imperante que las gentes y las costumbres que viven en ellos y de ellos. La cultura tibetana de conservación de la naturaleza y de respeto por el hábitat está siendo arrasada sin que nadie diga nada sobre ello. El gobierno chino no le da cuentas a nadie al respecto, y las empresas que usan los recursos de la región, claro está, mucho menos aún.
Este cambio de paradigma es postnacional e incluso postideológico. Como señala Sassen en la introducción, es posible que países tan distintos como China y Estados Unidos «alberguen grandes lógicas contemporáneas que organizan la economía, principalmente las finanzas impulsadas por la especulación y la búsqueda de hiperbeneficios. Esos paralelismos, y sus consecuencias para la gente, los lugares y las economías, bien podrían resultar mucho más significativos para entender nuestros tiempos que las diferencias entre comunismo y capitalismo.» Ya no son gobiernos, partidos políticos o empresas concretas los campeones del fomento de la desigualdad. Donde antes había élites, ahora hay ubicuas e invisibles "formaciones predatorias", una «combinación de élites y capacidades sistémicas con las finanzas como posibilitador clave».
Más ejemplos de expulsión:
-La privatización de la gestión las cárceles en gran parte del mundo. Favorece la expulsión de la sociedad, en masa, de reclusos que pasan encerrados más tiempo que antes. Hay jueces que aceptan sobornos de esas cárceles privadas para alargar penas de prisión que enriquecen a los empresarios. Esto puede parecer raro leído desde aquí, pero en Estados Unidos la población reclusa se ha doblado en pocos años.
-La compra de enormes cantidades de tierra por parte de gobiernos de países extranjeros para ser usadas como monocultivo de soja o de maíz, por ejemplo, o para albergar infraestructuras. Los orangutanes están siendo expulsados de su hábitat para que podamos tener aceite de palma. Multitud de campesinos humildes pierden su trabajo, así como artesanos, manufactureros y tenderos que vivían cerca de esos territorios. Un ejemplo doloroso sería la expulsión de la comunidad mapuche de las tierras donde han vivido siempre para que una compañía eléctrica monte allí su central.
-El acaparamiento de agua por parte de grandes empresas multinacionales que ensucian e inutilizan los recursos hídricos. Es famoso el conflicto en el delta del Níger, cuya denuncia le costó la vida al activista y escritor Ken Saro-Wiwa. Envenenar la tierra, el agua y el aire están dando enormes beneficios a la economía global. Todo es "financializable", como dice Sassen. La buscada complejidad de las leyes al respecto de las concesiones a empresas se ocupa de oscurecer el asunto mediante junglas de papeles y contratos opacos y bizantinos diseñados para ralentizar la lucha política de los oprimidos y perpetuar el asunto.
A mí se me ocurren más expulsiones: como en este momento estoy escribiendo sobre la salud mental, no puedo evitar pensar el fenómeno de la medicalización abusiva de millones de pacientes. Todo coincide: muchos grupos distintos con intereses concertados (farmacéuticas, sistemas públicos y privados de salud, gobiernos, hospitales, industrias químicas, el sector académico y científico...) favorecen o ignoran la prescripción de manera universal de determinados fármacos que expulsan de la vida social saludable a millones de personas. Los expulsados son incapaces de volver a ser incluidos en el mundo del que salieron, y están a una distancia tan grande de los que orquestaron su expulsión que ni siquiera los ven. Yo no soy un experto en nada, y menos en economía, pero diría -llamadme conspiranoico- que Sassen no acaba de andar desencaminada.
Creo que es básico, si no leer este libro, sí al menos alcanzar de algún modo su mensaje. Hablar sobre él, ni que sea para discutirlo o desmontar sus argumentos. O cambiamos algo, o será el cambio el que se nos trague a nosotros en muy poco tiempo.

miércoles, septiembre 14, 2016

Me llamo Lucy Barton, Elizabeth Strout


Trad. Flora Casas
Duomo, Barcelona, 2016. 209 pp. 16,80 €

Care Santos

Un alto porcentaje de las mujeres que siguen algún tipo de terapia psicológica en Estados Unidos —y en todas partes, asumo— lo hace porque les aterra la posibilidad de parecerse a sus madres. Tal vez la protagonista de esta novela, Lucy Barton, habría terminado también en una de esas terapias grupales en las que uno se presenta, precisamente, diciendo su nombre de pila, y a las que el título de esta novela alude implícitamente. Desde luego, no son motivos para hacer terapia los que le faltan a Lucy. Con ellos construye Elizabeth Strout una trama poderosa, cargada de matices, donde la familia y la memoria son vigas maestras.
El argumento es de una compleja simplicidad: mientras está ingresada en el hospital, echando de menos a sus dos hijas pequeñas e ignorada por un marido que dice odiar los hospitales, Lucy recibe la visita de su madre, a quien lleva años sin ver. Entablan una conversación en apariencia intrascendente pero que no tarda en ahondar en las heridas de la vida de Lucy. Parten de un pasado común que a ninguna de las dos parece gustarles mucho y no van a ninguna parte, aunque terminan por llegar a alguna parte, a alguna conclusión. Se constata la complejidad de las relaciones: la maternidad no es un paraíso de perfección porque las madres distan de ser perfectas. Tampoco lo son los hijos, ni las circunstancias.
Pensaba mientras leía esta historia que Strout podría haber escrito un texto teatral en lugar de una novela. Los personajes tienen categoría de personajes dramáticos. Es decir: hondura, complejidad, matices, incluso gestos teatrales. Si a alguien se le ocurre la idea de llevarla a escena, la madre debería interpretarla una veterana actriz. Alguien que supiera imprimirle el toque justo de ternura, que supiera llenar los silencios de frases no pronunciadas y que al mirar por la ventana pudiera transmitirnos ese miedo cerval a hablar del pasado que siente (o creemos que siente) el personaje de la novela. Una madre incapaz de decir «te quiero» que, sin embargo, acude una sola vez al encuentro de una hija que la necesita. La auténtica protagonista de la historia. Si se eligiera bien, las ovaciones al final de la representación serían largas.
En cuanto a la hija, sospecho que el casting sería más fácil. Bastaría con una mujer aún joven —la novela está contada desde la perspectiva de los años—, atractiva aunque muy desmejorada por la enfermedad, que supiera dotar de cierta originalidad al tan vulgar sentimiento de extrañeza hacia la propia familia que da cuerpo a todo el relato. Lucy Barton procede de una infancia de la que huyó al casarse, se ha sobrepuesto a ella con una vida más o menos rica en la ciudad de Nueva York y no mantiene con su pasado más vínculos que los inevitables —y dolorosos— de la memoria. El padre, casi ausente, alcohólico, pero también humanizado por sus acciones, es un culpable al que nadie se atreve a señalar. Los hermanos, víctimas acomodaticias. De nuevo, lo mejor de todo es la madre.
Luego está el edificio Chrysler. La ventana de la habitación de hospital donde tiene lugar la conversación que es la trama está frente al famoso rascacielos art decó —¡qué bien quedaría en un escenario!—, que de noche brilla con su iluminación. Es una metáfora de la vida nueva de Lucy, pero también del mundo exterior. Dentro del hospital hay expiación del pasado, grisura, culpa, imposibilidad de nombrar ciertos sentimientos. Fuera está la vida nueva: las hijas, el marido, el brillo de la ciudad elegida, que ese rascacielos emblemático simboliza.
La escritura de Strout logra algo muy difícil: disfrazarse de simplicidad para contar lo más complejo. Dispara justo en el centro de nuestras miserias: aquellas que ninguno de nosotros reconocemos, pero que nos empujan a seguir leyendo, que emocionan. Al fin, comprendemos algo importante: se sobrevive a lo que no podemos cambiar. Y más vale encontrar el modo de hacerlo.

lunes, septiembre 12, 2016

Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez


Anagrama, Barcelona, 2016. 200 pp. 16,90 €

Pedro Pujante

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) parece brindar un aire nuevo al relato de miedo. Escribe con naturalidad, sin excesos, casi imitando el estilo oral, con esa frescura que suele provenir de tierras bonaerenses, es decir, cortazarianas. A mitad de camino entre la ambigüedad de Cortázar y las atmósferas sobrecogedoras de Poe, la autora argentina construye cuentos sin demasiadas pretensiones, de aparente ligereza, a los que accedemos sin esfuerzo para luego constatar la imposibilidad de salir indemnes. En esta antología encontraremos una nueva forma de presentar el relato de terror. Porque ya no nos dan miedo los fantasmas con cadenas ni los castillos. Pero sí que puede aterrarte la aparición de un asesino ritual en tu propio barrio; o la presencia de un demente psicópata que vuelve del pasado para materializarse en un concurrido autobús a plena luz del día.
Y es que el procedimiento de Enriquez consiste en esa paradoja. No nos lleva, como los típicos ghosts stories, a lugares sombríos, sino que acerca los más tétricos miedos a nuestro hábitat. Y a veces ese terreno fértil para que el miedo agarre no es otro que nuestra propia mente.
En muchas ocasiones son niños los que a través de su inocente mirada tamizan la realidad y la digieren sin racionalizar. Así, nos enfrentan a la cara prístina del misterio.
El nuevo terror, como decíamos, ha evolucionado. A excepción de algún cuento de corte más clásico, con casa encantada incluida y misteriosa desaparición, la mayoría de las piezas buscan reactualizar lo insólito y terrorífico. La violencia de género puede devenir en rito mortal. El juego de unas niñas se puede eclipsar por unas visiones violentas y terribles de un pasado que no acaba de esfumarse. Un asesino de niños es capaz de poseerte. El abuso desmesurado de internet puede abismarte en un océano profundo y oscuro del que difícilmente podrás escapar. Obsesiones, compulsiones que rozan el delirio y dejan al lector sumido en ese límite borroso y frágil que estriba entre la locura y lo paranormal.
Enriquez bebe de los clásicos. Hay en sus cuentos texturas heredadas de Cortázar. Pero también hay una clara huída de manierismos que demuestra su emancipación. Recuerda en algunos momentos al mexicano Alberto Chimal, pero sin un rastro de ironía. Quizá esa impiedad, sin recaer en solemnidades ni afectación, hace que estos relatos funcionen, enganchen y en esa segunda relectura –mental y a largo plazo- se erijan en nuestro subconsciente como genuinos y originales episodios de terror.

viernes, septiembre 09, 2016

Avenida de los misterios, John Irving


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 640 pp. 22,90 €

Santiago Pajares

John Irving es sin duda uno de mis autores favoritos, así que es posible que esta sea una reseña demasiado entusiasta, pero a la vez sincera, porque es uno de mis autores favoritos por algo. Según el propio autor, esta es una novela que lleva gestándose en su cabeza más de dos décadas. Comenzó como un encargo de guión cinematográfico, pero con el paso de los borradores, se fue convirtiendo en novela. La India pasó a ser México y lo que iba a ser un guión de ciento veinte páginas acabó convertido, para nuestro deleite, en una novela de setecientas. Esta novela nos cuenta la personal vida de Juan Diego Guerrero, que pasó de convertirse de niño rebuscador de basura en Oxaca a escritor profesional y profesor de escritura creativa en la universidad de Iowa (como lo fue el propio autor). En medio, todos los avatares del mundo, contados por una mano experta en la narración del espacio tiempo como es la de John Irving.
Todo comienza en el presente, cuando Juan Diego es un adulto en la cincuentena, profesor universitario y con una cojera que hace que todo el mundo se desviva por ayudarle. Además del problema en su pie, anclado para siempre en un ángulo fijo, Juan Diego tiene una condición cardiaca que hace que tenga que tomar betabloqueantes de adrenalina. Estos le mantienen vivo en el presente, pero también bloquean sus sueños, y esos sueños es lo único que mantienen vivo su pasado. En sus sueños todavía puede hablar con su hermana Lupe, con su madre prostituta, con el hermano Pepe y el hermano Eduardo, sus dos antiguos ángeles de la guarda. Un viaje a Filipinas para honrar a un antiguo amigo trastocará su medicación y hará que sus sueños vuelvan con más fuerza que nunca, y es a través de estos como conoceremos su historia como niño del basurero, aprendiz de acróbata en un circo y finalmente adoptado por una pareja gay que le lleva a una nueva vida en Estados Unidos. Juan Diego es un niño de una inteligencia excepcional, que aprendió a leer en español e inglés por su cuenta con los libros que rescataba de la quema en el basurero. Le acompañaba su hermana, una extraña telépata que podía leer la mente y anticipar, a veces, el futuro de las personas. El problema es que Lupe hablaba un lenguaje extraño que sólo podían entender su madre y su hermano, lo que les condenaba a ser sus eternos intérpretes con el mundo. Así les encuentran los hermanos Jesuitas Pepe y Eduardo, que tratan de buscar para ellos un futuro mejor en la misión de los niños perdidos de Oxaca, tratando de alejarles del basurero, sin saber que al mismo tiempo les alejan de todo lo que los niños eran.
En el presente Juan Diego se encuentra con dos nuevos ángeles de la guarda, Miriam y Dorothy, madre e hija y lectoras acérrimas del escritor. Se empeñan en ayudarle y acompañarle en su viaje y, al mismo tiempo, disputarse sus favores. Juan Diego, que tendrá que hacer malabarismos con sus dosis de betabloqueantes y sus renovados sueños, quedará a merced de las dos mujeres.
Avenida de los misterios es una obra tan compleja, tan extraña, con tantos matices de tantos personajes, que sólo un maestro de la narración como John Irving es capaz de llevar a buen puerto. Con el autor de Exeter iremos de la mano por el pasado y el presente, por Oxaca y Filipinas, viviendo las aventuras de un chico que pasó de rebuscar libros entre las montañas humeantes de basura y quemar perros muertos a buscar la tumba del padre de un huido de la guerra de Vietnam. Todo esto puede sonar extraño, y lo es, pero resulta extraño y hermoso como lo son todas las narraciones de John Irving. Por eso es uno de mis autores favoritos.

miércoles, septiembre 07, 2016

Los papeles de Aspern, Henry James


Trad. Catalina Martínez Muñoz
Alba minus, Barcelona, 2016. 168 pp. 10 €

Ana Gamero Escudero

Con motivo del centenario de la muerte de Henry James, han salido a la luz nuevas ediciones de sus obras, como es el caso de Los papeles de Aspern de Alba minus, que nos dan la oportunidad de revivir al aclamado escritor americano a quienes lo hemos leído y lo acercan a quienes todavía no han disfrutado de su lectura. Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, aunque la mayoría de su vida la pasó en Europa e incluso llegó a convertirse en ciudadano británico en 1915, justo después del comienzo de la Primera Guerra Mundial y un año antes de su muerte. En su carrera literaria, James escribió narrativa romántica con personajes redondos y llenos de contrastes, brillantes ensayos políticos y sociales (sobre todo centrados en temas de clasismo y estatus), y exploró a fondo ideas como la libertad personal, el feminismo y la moralidad. En cuanto a su estilo, aunque en sus obras encontramos influencias de maestros del realismo y el naturalismo como Balzac, Dickens y Hawthorne, a James se le considera un escritor de transición entre el final del movimiento Victoriano y el principio del Modernismo, mayormente por el gran desarrollo que hace de sus personajes y sus ideas en innovadores monólogos interiores.
La novela corta que nos concierne, Los papeles de Aspern, no es una de las más conocidas del autor americano, aunque merece situarse entre sus mejores obras de ficción. Publicada en 1888, ya que fue escrita durante la estancia de James en Florencia, es una muestra de la enorme habilidad que el escritor poseía para crear dramas psicológicos, a través de la intriga y la seducción. Tiene como argumento la aventura de un editor que se propone recuperar unas cartas del fallecido (y ficticio) poeta Aspern. Llega a sus oídos que las inéditas cartas están en posesión de su antiguo amor y, sin dudarlo, se presenta en su mansión veneciana, aún sabiendo que su tarea no será nada fácil. Las descripciones sobre la decrépita mansión y la reclusión de sus inquilinas, Juliana Bordereau y su solterona sobrina, recuerdan al halo de melancolía y polvo que envuelve a la señorita Havisham y a su protegida Estella en Grandes Esperanzas de Dickens. James consigue mantener el interés de quien lee la novela de dos formas: primero, a través del argumento externo que ocupa la búsqueda de los papeles de Aspern (los concienzudos planes del editor, la amistad que poco a poco surge entre él y Tina, las trabas que Juliana les pone…), y segundo, mediante la lucha interna y el declive moral del protagonista, de las que el autor nos hace partícipes con un magnífico uso de la primera persona y el monólogo interior. A principios de verano, el editor bromea para sí sobre qué está dispuesto a hacer para conseguir los papeles, y a lo largo de la historia presenciamos el claro cambio de tono en sus pensamientos y la sucesiva corrupción de sus valores.
El interés de James por cuestiones como la identidad nacional y el contraste entre Europa y Norteamérica, que desarrolló en la mayoría de sus novelas, se materializa en esta obra en la figura de Jeffrey Aspern. Y es que sus personajes estadounidenses tienden a representar el progreso y la evolución, en contraposición a los personajes europeos. Sin embargo, James no alababa sin criterio a sus compatriotas, también los consideraba vacíos culturalmente y materialistas, lo que se refleja en el carácter de conocidos personajes como Daisy Miller o, en el caso de Los papeles de Aspern, de Juliana y del propio poeta. Por eso, aunque algunas de las teorías más extendidas defienden que tras el nombre de Aspern se oculta el poeta romántico Shelley, que vivió y murió en Italia, o incluso su contemporáneo Lord Byron, todo apunta a que, en realidad, James se refería al americano Edgar Allan Poe. De hecho, varios críticos apoyan esta hipótesis en la existencia de Sarah Whitman, una anciana que estuvo prometida con Poe y cuya historia es muy parecida a la de la señorita Bordereau. Además, también sustenta esta teoría el hecho de que James no se llevara demasiado bien con Poe y quisiera hacerle una crítica velada con esta obra, un poco al estilo Quevedo-Góngora.
Los papeles de Aspern es una novela corta, pero en la que Henry James no escatimó en demostrar sus mejores habilidades, aquellas que lo han situado entre los escritores y estudiosos más prestigiosos de su época. En general, esta es una historia sobre manipulación y codicia, un debate entre ambición y moralidad que nos hace preguntarnos: ¿hasta dónde se puede llegar?, ¿cuánto pueden cegarnos el egoísmo y el orgullo?, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestro beneficio personal? James captura magistralmente ese diálogo interno que nos hace convencernos de una cosa, excusarnos para cambiar de opinión una y otra vez, e incluso llegar a proyectar nuestros sentimientos en la forma en la que vemos a las personas que nos rodean. Porque, al final, esta no es solo la historia de un editor buscando unos interesantes papeles, sino el intento de entenderse y conocerse a sí mismo.

lunes, septiembre 05, 2016

El extravagante triunfo de Miguel de Cerbantes y William Shakespeare, Fernando Arrabal


Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016. 104 pp. 17€

Bruno Marcos

Arrabal es un tipo de creador en extinción. No ha surgido, en las generaciones de autores posteriores a él, no ya alguien como él sino alguien de su estilo, alguien capaz de tomar la realidad por los pelos y transformarla en fábula crítica, impertinente, divertida y elocuente. Efectivamente es único, diferente, y lo que parece harto improbable es que la diferencia, la suya u otra, aflore por ningún resquicio en los próximos años. Estamos condenados a una repetición de lo mismo que vuelve en sucesivas oleadas disfrazado con la moda. Es posible que los escritores, los intelectuales, sigan naciendo tan distintos como siempre pero la sociedad no se muestra dispuesta a mantenerlos y a darles visibilidad. En buena medida a Arrabal se le ha arrinconado en el nicho de los raros en vías de desaparición y, como dice él mismo, en España no le lee casi nadie.
En la solapa de la presente edición que nos trae la pieza teatral que comentamos se le describe con datos muy reveladores. Su genealogía se traza desde Duchamp y Man Ray, y se le hermana con Topor, Jodorowsky o Baudrillard. Es significativo el apunte biográfico respecto a la historia de España. Se le ubica en el quinteto de los últimos en entrar en nuestro país ya muerto el caudillo, junto a, nada menos, que La Pasionaria, Carrillo, Líster y El Campesino.
La obra que aparece ahora recoge las deliberaciones inventadas por él del jurado encargado de decidir el ganador del premio Nobel. El tal jurado es un grupo disparatado que discute sobre quién debe ganar tan alto premio mostrándose totalmente desorientado e irrespetuoso con todo y con ellos mismos. Finalmente deciden concedérselo ‘ex aequo’ nada menos que a Shakespeare y a Cervantes, aunque ninguno los ha leído, asegurando que deberán hacerlo en un futuro próximo porque eran dos grandes tipos que se lo merecen. Entretanto el verdadero nudo de la obra se enreda cuando se va revelando que uno de los miembros del jurado ha drogado y violado la noche anterior a las mujeres pertenecientes al jurado. Se suceden los diálogos grotescos y cómicos y, cuando se hace público el extravagante triunfo de Shakespeare y Cervantes, el violador escapa con una joven tras robar el cuadro El grito de Munch.
Todo el libro está lleno de pequeñas maravillas además de la pieza teatral. Por ejemplo el prólogo del autor contra el mito de Don Juan o la introducción de Pollux Hernúñez, en la que nos relata el hallazgo de un cuaderno infantil con la primera novela que escribió Arrabal a los diez años, poco después de ganar el premio nacional de superdotación. En ella dice Pollux que plasma el dolor por la temprana e irreparada ausencia de su padre y que, con gran imaginación, se pinta a sí mismo como un ser fantástico, barbado y alado, con una hoja de parra que le nace del ombligo y le tapa las partes pudendas.
Supone esta entrega de Arrabal una nueva ocasión para disfrutar de esa creación que nace desde una sitio superior donde la imaginación es lo primero.

viernes, septiembre 02, 2016

Un amor que destruye ciudades, Eileen Chang


Trad. Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong
Libros del Asteroide, Barcelona, 2016. 120 pp. 17,95 €

Fermín Herrero

Es de congratularse que la espléndida colección de narrativa de Libros del Asteroide llegue a su número 167 y lo haga con Un amor que destruye ciudades, primera obra traducida a nuestro idioma de Eileen Chang, escritora imprescindible de la literatura china del s.XX. Esta nouvelle se une a otras tres obras fundamentales, muy importantes además para conocer la convulsa y dramática historia del siglo anterior, de la novelística del gigante asiático publicadas previamente por la misma editorial: Familia de Ba Jin, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu.
Un amor que destruye ciudades –que se completa en la edición con el cuento Bloqueados, sobre un encuentro casual en un tranvía que puede derivar en relación amorosa- bajo una apariencia de novelilla ligera y sentimental tiene su aquél. El tempo narrativo se desarrolla de manera lineal, con leves y necesarios flashbacks. La acción transcurre entre 1940 y 1941, año en el que, a finales, llega la guerra mundial a Hong Kong –junto a Shanghai, los dos escenarios de la historia y a su vez los dos lugares donde vivió la novelista antes de exiliarse a Estados Unidos- y con ella los tiempos de zozobra.
El ámbito inicial en el que nos sumerge Chang es la mansión de los Bai, donde todo marcha a la antigua usanza y la vida se regula según ritos y maneras tradicionales, a favor de «los principios naturales que rigen las relaciones humanas», es decir, de las cinco virtudes “constantes”, a saber: humanidad, justicia, decoro, sabiduría y fidelidad a la palabra dada, que guiaban desde tiempos inmemoriales el código ético chino, con las que arrambló la Revolución Comunista, como mostraba con maestría David Kidd en Historias de Pekín, otra narración indispensable en torno a lo que venimos hablando y también editada en su día por Libros del Asteroide. Por tanto, contraria a la amenaza legislativa moderna, tan arbitraria como tornadiza en ocasiones, «La ley hoy dice una cosa y mañana otra».
El desastre venidero lo intuye, lo presagia tal vez, el protagonista: «Algún día nuestra civilización quedará completamente aniquilada; todo habrá acabado, habrá ardido, estallado, habrá quedado derruido». Y tanto, por eso, como hemos anticipado, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu, son dos lecturas complementarias de primera magnitud. Todavía recuerdo la impresión que me produjo en su día esta última, veinte años de humillaciones y horror bajo la represión criminal maoísta; y posteriormente la anterior, con el espanto de la Revolución Cultural y el caos de los tiempos que la siguieron. Aunque sea con Familia de Ba Jin, situada dos décadas antes, con la que más se relaciona, en cuanto en ambas la indolencia apática de generaciones, los matrimonios concertados y demás tradiciones atávicas, peligran por el empuje de las nuevas ideas que traen los jóvenes.
Al comienzo del relato, esa especie de “morada de inmortales” de los Bai, con el tiempo detenido, transmite un sosiego ancestral, una mansedumbre de mujeres bordando con esmero y de hombres tocando en la penumbra de “un balcón ruinoso” una cadenciosa melodía con el chirriante y melancólico huqin, típico violín de dos cuerdas, mientras se dialoga en torno a unas tazas de té “zarcillo de jade primaveral” o “pozo del dragón”, entre platillos de incienso. Pero la calma chicha, amasada por secretos familiares asumidos o bien impuestos, se rompe cuando aparece una reputada casamentera y la protagonista, divorciada y aun así sujeta a la opresión del clan, se rebela contra su ostracismo al entrar en relación con un pretendiente occidentalizado.
A partir de ese momento, por encima de los líos domésticos provocados por mujeres dominantes enfrentadas, del vil metal y de la caída de una clase social privilegiada que sólo puede mantener su nivel de vida vendiendo posesiones, Chang hilvana con mucho acierto una trama que se inclina hacia lo romántico, manteniendo el suspense, pues no se sabe si las vicisitudes del cortejo o lucha amorosa que se muestran sobre todo en una composición de diálogos de una finura psicológica ejemplar, terminarán con la protagonista de amante, querida o esposa, incluso despechada y repudiada.

lunes, agosto 01, 2016