viernes, septiembre 02, 2016

Un amor que destruye ciudades, Eileen Chang


Trad. Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong
Libros del Asteroide, Barcelona, 2016. 120 pp. 17,95 €

Fermín Herrero

Es de congratularse que la espléndida colección de narrativa de Libros del Asteroide llegue a su número 167 y lo haga con Un amor que destruye ciudades, primera obra traducida a nuestro idioma de Eileen Chang, escritora imprescindible de la literatura china del s.XX. Esta nouvelle se une a otras tres obras fundamentales, muy importantes además para conocer la convulsa y dramática historia del siglo anterior, de la novelística del gigante asiático publicadas previamente por la misma editorial: Familia de Ba Jin, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu.
Un amor que destruye ciudades –que se completa en la edición con el cuento Bloqueados, sobre un encuentro casual en un tranvía que puede derivar en relación amorosa- bajo una apariencia de novelilla ligera y sentimental tiene su aquél. El tempo narrativo se desarrolla de manera lineal, con leves y necesarios flashbacks. La acción transcurre entre 1940 y 1941, año en el que, a finales, llega la guerra mundial a Hong Kong –junto a Shanghai, los dos escenarios de la historia y a su vez los dos lugares donde vivió la novelista antes de exiliarse a Estados Unidos- y con ella los tiempos de zozobra.
El ámbito inicial en el que nos sumerge Chang es la mansión de los Bai, donde todo marcha a la antigua usanza y la vida se regula según ritos y maneras tradicionales, a favor de «los principios naturales que rigen las relaciones humanas», es decir, de las cinco virtudes “constantes”, a saber: humanidad, justicia, decoro, sabiduría y fidelidad a la palabra dada, que guiaban desde tiempos inmemoriales el código ético chino, con las que arrambló la Revolución Comunista, como mostraba con maestría David Kidd en Historias de Pekín, otra narración indispensable en torno a lo que venimos hablando y también editada en su día por Libros del Asteroide. Por tanto, contraria a la amenaza legislativa moderna, tan arbitraria como tornadiza en ocasiones, «La ley hoy dice una cosa y mañana otra».
El desastre venidero lo intuye, lo presagia tal vez, el protagonista: «Algún día nuestra civilización quedará completamente aniquilada; todo habrá acabado, habrá ardido, estallado, habrá quedado derruido». Y tanto, por eso, como hemos anticipado, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu, son dos lecturas complementarias de primera magnitud. Todavía recuerdo la impresión que me produjo en su día esta última, veinte años de humillaciones y horror bajo la represión criminal maoísta; y posteriormente la anterior, con el espanto de la Revolución Cultural y el caos de los tiempos que la siguieron. Aunque sea con Familia de Ba Jin, situada dos décadas antes, con la que más se relaciona, en cuanto en ambas la indolencia apática de generaciones, los matrimonios concertados y demás tradiciones atávicas, peligran por el empuje de las nuevas ideas que traen los jóvenes.
Al comienzo del relato, esa especie de “morada de inmortales” de los Bai, con el tiempo detenido, transmite un sosiego ancestral, una mansedumbre de mujeres bordando con esmero y de hombres tocando en la penumbra de “un balcón ruinoso” una cadenciosa melodía con el chirriante y melancólico huqin, típico violín de dos cuerdas, mientras se dialoga en torno a unas tazas de té “zarcillo de jade primaveral” o “pozo del dragón”, entre platillos de incienso. Pero la calma chicha, amasada por secretos familiares asumidos o bien impuestos, se rompe cuando aparece una reputada casamentera y la protagonista, divorciada y aun así sujeta a la opresión del clan, se rebela contra su ostracismo al entrar en relación con un pretendiente occidentalizado.
A partir de ese momento, por encima de los líos domésticos provocados por mujeres dominantes enfrentadas, del vil metal y de la caída de una clase social privilegiada que sólo puede mantener su nivel de vida vendiendo posesiones, Chang hilvana con mucho acierto una trama que se inclina hacia lo romántico, manteniendo el suspense, pues no se sabe si las vicisitudes del cortejo o lucha amorosa que se muestran sobre todo en una composición de diálogos de una finura psicológica ejemplar, terminarán con la protagonista de amante, querida o esposa, incluso despechada y repudiada.