miércoles, septiembre 14, 2016

Me llamo Lucy Barton, Elizabeth Strout


Trad. Flora Casas
Duomo, Barcelona, 2016. 209 pp. 16,80 €

Care Santos

Un alto porcentaje de las mujeres que siguen algún tipo de terapia psicológica en Estados Unidos —y en todas partes, asumo— lo hace porque les aterra la posibilidad de parecerse a sus madres. Tal vez la protagonista de esta novela, Lucy Barton, habría terminado también en una de esas terapias grupales en las que uno se presenta, precisamente, diciendo su nombre de pila, y a las que el título de esta novela alude implícitamente. Desde luego, no son motivos para hacer terapia los que le faltan a Lucy. Con ellos construye Elizabeth Strout una trama poderosa, cargada de matices, donde la familia y la memoria son vigas maestras.
El argumento es de una compleja simplicidad: mientras está ingresada en el hospital, echando de menos a sus dos hijas pequeñas e ignorada por un marido que dice odiar los hospitales, Lucy recibe la visita de su madre, a quien lleva años sin ver. Entablan una conversación en apariencia intrascendente pero que no tarda en ahondar en las heridas de la vida de Lucy. Parten de un pasado común que a ninguna de las dos parece gustarles mucho y no van a ninguna parte, aunque terminan por llegar a alguna parte, a alguna conclusión. Se constata la complejidad de las relaciones: la maternidad no es un paraíso de perfección porque las madres distan de ser perfectas. Tampoco lo son los hijos, ni las circunstancias.
Pensaba mientras leía esta historia que Strout podría haber escrito un texto teatral en lugar de una novela. Los personajes tienen categoría de personajes dramáticos. Es decir: hondura, complejidad, matices, incluso gestos teatrales. Si a alguien se le ocurre la idea de llevarla a escena, la madre debería interpretarla una veterana actriz. Alguien que supiera imprimirle el toque justo de ternura, que supiera llenar los silencios de frases no pronunciadas y que al mirar por la ventana pudiera transmitirnos ese miedo cerval a hablar del pasado que siente (o creemos que siente) el personaje de la novela. Una madre incapaz de decir «te quiero» que, sin embargo, acude una sola vez al encuentro de una hija que la necesita. La auténtica protagonista de la historia. Si se eligiera bien, las ovaciones al final de la representación serían largas.
En cuanto a la hija, sospecho que el casting sería más fácil. Bastaría con una mujer aún joven —la novela está contada desde la perspectiva de los años—, atractiva aunque muy desmejorada por la enfermedad, que supiera dotar de cierta originalidad al tan vulgar sentimiento de extrañeza hacia la propia familia que da cuerpo a todo el relato. Lucy Barton procede de una infancia de la que huyó al casarse, se ha sobrepuesto a ella con una vida más o menos rica en la ciudad de Nueva York y no mantiene con su pasado más vínculos que los inevitables —y dolorosos— de la memoria. El padre, casi ausente, alcohólico, pero también humanizado por sus acciones, es un culpable al que nadie se atreve a señalar. Los hermanos, víctimas acomodaticias. De nuevo, lo mejor de todo es la madre.
Luego está el edificio Chrysler. La ventana de la habitación de hospital donde tiene lugar la conversación que es la trama está frente al famoso rascacielos art decó —¡qué bien quedaría en un escenario!—, que de noche brilla con su iluminación. Es una metáfora de la vida nueva de Lucy, pero también del mundo exterior. Dentro del hospital hay expiación del pasado, grisura, culpa, imposibilidad de nombrar ciertos sentimientos. Fuera está la vida nueva: las hijas, el marido, el brillo de la ciudad elegida, que ese rascacielos emblemático simboliza.
La escritura de Strout logra algo muy difícil: disfrazarse de simplicidad para contar lo más complejo. Dispara justo en el centro de nuestras miserias: aquellas que ninguno de nosotros reconocemos, pero que nos empujan a seguir leyendo, que emocionan. Al fin, comprendemos algo importante: se sobrevive a lo que no podemos cambiar. Y más vale encontrar el modo de hacerlo.