miércoles, octubre 12, 2016

La isla de los condenados, Stid Dagerman


Trad. Carmen Montes
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 296 pp. 22 €

Pedro Pujante

Stig Dagerman (1923-1954), a pesar de su breve vida, fue considerado un niño prodigio y dejó escritas cuatro novelas, cuatro obras de teatro y un gran número de relatos y novelas breves. Ahora, la editorial Sexto Piso rescata, nunca mejor dicho, La isla de los condenados, una novela densa y oscura.
En ella se nos narran los avatares de un grupo de náufragos que acaban en una isla desierta, extraña, simbólica y poblada por lagartos. Entendemos, como ocurría en El señor de las moscas, que el escenario de la isla funciona como un teatro en el que se representa el crudo drama del hombre tratando de sobrevivir en un medio hostil. La desnudez de siete personas desesperadas que se enfrentan a un reto físico, moral y emocional. Pero también, a sí mismos.
La novela está construida de un modo artificioso pero elegante. En el texto avanza la trama de los náufragos al mismo tiempo que se puntea con prolongadas prolepsis en las que se presentan fragmentos de las vidas de los personajes. Siempre teñidos de dolor, frustración y tinieblas. Un espejo de sus almas que refleja los rincones pretéritos más oscuros.
En este sentido la novela mantiene un ritmo moroso que se traduce en una angustiosa prórroga. La existencia común de los náufragos parece estar detenida en un infierno nebuloso del que no hay salida. Tan solo, parecemos entender, mediante la expiación de sus pecados y la consumación de sus fantasmas personales lograrán salvarse del abismo que los sofoca.
La voz narrativa, a veces cercana al monólogo interior, es barroca, intrincada pero fluida y absorbente. Recuerda a las novelas-monólogo de László Krasznahorkai, pero con el aliento de Beckett o Camus. Los acontecimientos se entremezclan con los sueños y los sentimientos, confundiendo la realidad con la conciencia de los personajes dotando al libro un tono lúgubre y turbio. En ningún momento se da pie a a creer en que elementos fantásticos perturben la realidad. Al contrario, las pesadillas parecen acrecentar más si cabe lo funesto y realista de la situación en la que los náufragos se hallan.
Esta es una novela extraña y compleja, pero con una textura sólida. No es complaciente el autor con sus criaturas. Las hace sufrir, experimentar dolores y angustias profundos, como si de un dios justiciero se tratase.
Stig Dagerman se suicidó debido a una fuerte depresión. Los oscuros demonios que asolaron su mente revolotean por esta angustiosa novela, metafísica, descarnada y onírica que parece haber sida escrita por un desolado Lautréamont kafkiano.