viernes, diciembre 11, 2015

Saludos cordiales, Andrea Bajani


Siruela, Madrid, 2015. 120 pp. 14,90 €

Eduardo Cruz Acillona

Hace ya al menos un par de décadas, en las empresas norteamericanas se instauró lo que vinieron a llamar el “casual Friday”, algo así como el “viernes informal”, un día en que los empleados podían acudir a su puesto de trabajo con una ropa más cómoda que el obligado traje y corbata para el hombre o la falda, blusa y tacones para la mujer. Empezaba a instalarse —y a exportarse— una especie de buenrrollismo empresarial en el mundo laboral. Se trataba de hacer calar el mensaje de que el empleado y su comodidad en el trabajo eran lo primero, que importaba, que se le consideraba, más allá de un nombre encabezando una nómina a fin de mes, un ser humano.
Ese buenrrollismo quedó perfectamente retratado, hace ya también unos cuantos años, en una viñeta de la revista New Yorker en la que un jefe conversaba con un empleado y le decía: «Pendleton, a partir del mediodía de hoy, ya no necesitaremos sus servicios. Hasta entonces, siga trabajando igual de bien».
Y es ese mismo buenrrollismo el que ahora, de manera tan hilarante como crítica, nos presenta el italiano Andrea Bajani en su nueva novela Saludos cordiales. En ella, y tras despedir al director de ventas de la empresa, un empleado es encargado de redactar las cartas de despido de sus compañeros. Esas cartas, lejos de la frialdad del comunicado vía Twitter —sí, no hace mucho un juez dictaminó que era legal anunciar el despido a un empleado a través de ese medio—, constituyen todo un ejercicio laudatorio a la figura del empleado señalado por la dirección. Así, la frialdad de la palabra “despido” es sustituida por la cálida acción de “interrumpir la provechosa relación laboral entablada hasta hoy entre la compañía y el trabajador” como consecuencia de las necesidades de la empresa.
En esa línea, las cartas no dudan en expresar la quemazón del abajofirmante, léase el jefe, por estar robándole su magnífico tiempo al empleado ya mayor, un tiempo que podría utilizar para ser feliz y disfrutar; quemazón que alivia liberando al empleado de la obligación de tener que volver a fichar ni un día más, conminándole a que abrace su nueva vida lo antes posible y, en todo caso, antes de las tres de la tarde de hoy mismo. O también, por poner otro ejemplo, la revelación del jefe que descubre que su secretaria, recién casada, ya no atiende a sus llamadas de trabajo durante las fines de semana y a horas intempestivas. Se da cuenta de que ella tiene derecho a disfrutar de su nueva vida al lado de su esposo y se le invita a que lo haga de manera intensa a partir de esa misma tarde, no sin antes recordarle que debe dejar las llaves de su despacho en recepción.
Andrea Bajani utiliza el humor inteligente y el sarcasmo para enseñarnos la piel de cordero bajo la que se esconde el lobo del capitalismo feroz, el de las reformas laborales que inclinan la balanza siempre hacia el mismo lado; para denunciar la mentira de los que afirman que todo cambia a nuestro alrededor de manera vertiginosa cuando, en realidad, todo sigue igual por mucho que lo pintes con distintos y más vivos colores.
Bajani consigue con esta novela más que todo el entramado sindical de un país en tres huelgas generales. Su denuncia cala, abre los ojos y dispara con el mismo arma del buenrollismo a quienes pretenden socializar la miseria a base de recortes en los derechos y en las cuentas (de la vieja) de resultados. Una novela tan amable y grata de leer como difícil de deglutir cuando uno alcanza el punto final, cierra el libro, mira a su alrededor y comprueba que, efectivamente, todo sigue igual aunque ahora nos lo vendan con una sonrisa tan edulcorada como impostada.