viernes, diciembre 04, 2015

La puerta de los ángeles, Penélope Fitzgerald


Trad. Jon Bilbao. Impedimenta, Madrid, 2015, 240 pp. 21 €

Ángeles Prieto Barba

Penélope Fitzgerald fue una escritora británica tardía, ya que empezó a publicar cuando pudo o quiso, a los 58 años de edad. En un mercado editorial a la caza de jóvenes talentos, esta inusual decisión de la autora comportará resultados contradictorios, que vamos a constatar de inmediato en esta novela tan particular. Hay que señalar no se encuentra entre sus grandes títulos, ya que cosechará mejores resultados con otras obras biográficas (La librería (1978) y A la deriva (1979), pero es la única con final abierto, relativamente alegre y feliz.
Y digo alegre porque en principio tomaremos nota de que esta novela es una sátira evidente contra los rancios colleges británicos. Curiosa institución educativa en sentido amplio (en Inglaterra acoge tanto a estudiantes de secundaria como universitarios) que, si bien ha dado lugar, con sus enseñanzas tuteladas y asegurada disciplina, a que grandes talentos se desarrollen en sus aulas, también ha acusado de forma notable el paso del tiempo. Como los colleges son económicamente autónomos, pues no dependen de fondos ajenos y ostentan la propiedad de sus propios edificios, el resultado es que muchas veces se caen a pedazos, al igual que cogen telarañas tantos planes de estudio como vemos reflejado en este St. Angelicus, completamente inventado por la autora, sito en Cambridge.
Pero ocurre también que esta línea argumental justificada de Fitzgerald, como hija del director de la famosa revista satírica “Punch” que era, pronto se agota, llegando a cansar el supuesto filón humorístico y por fortuna, cobran relevancia los dos protagonistas: Fred Fairly, profesor de Física en el St. Angelicus y la encantadora Daisy Sainders, aprendiz de enfermera de extracción humilde, muy bien descrita y dotada de las excelentes cualidades de autonomía y decisión propia características de las heroínas de Jane Austen, autora de influencia clara e indiscutible en la obra de Penélope Fitzgerald.
Protagonistas que se desconocen entre sí hasta la mitad de una novela que transcurre en 1912 (antes de la Primera Guerra Mundial) y que traban conocimiento a partir de un accidente de tráfico, por el que acaban siendo asistidos y durmiendo en una misma cama. Este incidente, que nos puede parecer inusual en época tan puritana, fue extraído sin embargo de la vida real y casa bien en esta novela que pretende ser desenfadada. Choque sentimental que se unirá, mal que bien, a la teoría de los átomos en boga cuando fue redactada por la escritora. Por ello, al propósito inicial satírico de la novela, debemos unirle esta segunda trama argumental para hacernos reflexionar sobre la razón de que choquemos unos con otros. Evidentemente sin respuestas claras, porque no las hay.
En resumidas cuentas, este sería el argumento de una novela que sufre de no pocos vaivenes, originados por historias ajenas de personajes secundarios, más o menos logrados, que tendremos que sortear y que ponen de manifiesto los inconvenientes que acarrea empezar a publicar tan tarde, sin contacto con los lectores hasta entonces. A cambio de estos escollos, también hay que destacar que es muy difícil encontrar en jóvenes escritores la riqueza lingüística y la capacidad psicológica que demuestra Fitzgerald en esta novela, dueña ya de magisterios evidentes. Es por ello que recomiendo esta novela, para que no solo sea puerta de ángeles, sino también llave que nos anime a buscar y seguir leyendo sus mejores obras.