miércoles, diciembre 16, 2015

Los difuntos, Jorge Carrión


Ilust. Celsius Pictor. Aristas Martínez Ed., Badajoz, 2015. 107 pp. 19 €

Pedro Pujante

Esta breve novela podría pasar desapercibida en las mesas de novedades si no fuese porque tras ella se esconde un proyecto narrativo de gran envergadura emprendido por Jorge Carrión (Tarragona, 1976). Como epílogo, Los difuntos es la cuarta novela que se añade a la ya conocida y bastante comentada trilogía Huellas, aunque también funciona como un relato independiente. No obstante, conocer el universo de Los muertos ayuda a comprender mejor el significado y la acción de Los difuntos.
Temáticamente está más próxima a Los muertos, aquella extraña novela en forma de serie televisiva en la que Carrión perfilaba un contexto narrativo donde los personajes ficticios cobraban vida, se materializaban de la nada y acababan buscándose para crear redes vitales a las que pertenecían. Una especie de reencarnación cuya existencia anterior se correspondería con la vida literaria. De hecho, el personaje principal de Los difuntos, casi al final del relato, en una suerte de anagnórisis, declara respecto a su naturaleza previa: «La mía fue la muerte de un concepto. No fui vida, descubro ahora, fui texto.»
En Los difuntos Carrión retoma las mismas premisas que en Los muertos y nos sitúa desde el prólogo inicial en un proyecto metaficcional en el que mediante un supuesto taller de escritura creativa se ha procedido a novelar una serie de televisión: Ciudad de máquinas y sombras, titulado en España Los difuntos. Que precisamente es el spin-off de Los muertos.
Y a partir de ahí nos sumerge de lleno en la ficción de un extravagante Oeste americano de factura steampunk. Robots, máquinas para recordar la vida pasada, globos voladores, vaqueros y edificios con la forma de un elefante. Como siempre, Carrión consigue crear mediante cierta economía verbal una narración nutrida de imágenes impactantes, debido sobre todo a su recurrencia a modelos extraídos del cine, la literatura, la filosofía y sobre todo, las series televisivas. Por ejemplo, esta nouvelle podría recordar vagamente a aquellas máquinas que recorrían la saga de Wild Wild West, o a los paisajes desérticos poblados de circos ambulantes, frikis y predicadores de la serie televisiva Carnivale; o a ese futuro distópico descrito en el film Children of men en el que la natalidad era imposible. En este sentido, cabe apuntar que en la narrativa de Carrión se aprecia una excelente textura visual, que con sus escasos y breves diálogos y con descripciones concisas y muy esquemáticas, logra hacer de la narración una especie de película contada con palabras. Además, que el tiempo verbal elegido sea el presente también coadyuva a comunicar esa inmediatez, proximidad y viveza al relato haciendo que fluya con solvencia.
Los difuntos narra la historia de un universo ficticio y retrofuturista de la Norteamérica decimonónica en el que ‘aparecidos’ surgen de la nada y son empleados como mano de obra barata, esclavos o sirvientes. Una especie de western de ciencia ficción en el que las máquinas de vapor y los cowboys conviven con artefactos extraños, motocicletas, etc.
Hasta que aparece Dionisio-Apolo, un ser distinto, que rápidamente demuestra cualidades que superan a los de su especie y que consigue levantar a los suyos –a los renacidos provenientes del mundo de la ficción- y provocar una revolución mítica, de la que se seguirá hablando muchos años después. En cierto sentido se podría entender que el autor haya querido plantear, en clave fantástica y mesiánica, los problemas de la inmigración ilegal, de la colonización e incluso los dilemas en los mundos esclavistas de los pasados siglos.
Las señas de identidad que subyacen en esta nouvelle son el pastiche y también la ecfrasis, es decir, la traslación de imágenes a palabras. Se aprecia el interés del Carrión por construir de un modo deliberado un relato contemporáneo, su capacidad para absorber los viejos modelos de la literatura tradicional –la novela clásica, la crónica, el ensayo, la historia o el poema- y las formas actuales de la cultura popular –la serie televisiva, el guión, la publicidad, la metaficción-.
Esta anfibología narrativa también está presente en las imágenes, en los personajes rescatados y en el propio lenguaje. De hecho, la novela a pesar de su brevedad está cargada de guiños, símbolos y citas más o menos explícitas que conectan su lectura, como si de un intertexto se tratase, con otros autores, con filósofos y con elementos reconocibles de la historia o con la propia obra narrativa del autor.
Su estilo limpio y despojado de manierismos muestra a un autor ya en la madurez de su estilo, que sabe combinar la prosa de calidad con elementos de la ciencia ficción, la reflexión filosófica y literaria; y que elabora su obra con mimbres del mundo audiovisual. Que apuesta por una literatura comprometida con su tiempo y que, como ya ha demostrado en sus anteriores novelas, ha construido un universo muy personal, original, sugerente y compacto.