jueves, diciembre 24, 2015

Los infortunios de Svoboda, János Székely


Trad. Magdalena Palmer. Prol. Pablo d´Ors. Impedimenta, Madrid, 2015. 170 pp. 16,95 €

Amadeo Cobas

Puedes ser feliz si eres simple. Si te conformas con migajas, si no ambicionas imposibles (sobre todo si ni alcanzas a imaginarlos). Si te acomodas y no piensas. Claro que sí… mientras nadie te incomode.
A la más simple y pacífica de las personas, si se la molesta, se le puede despertar hasta lo que ni sabía que existía. Si se le obliga a pensar, lo hace, aunque sean pensamientos simplistas, acaso desvaríos.
¿A qué viene todo este rollo? A que, si nadie se hubiese entrometido en la vida de Svoboda, ni hubiéramos conocido su nombre. Pero no es así. Un día su paz se trunca; su rutina se cubre de infortunio. Y el tonto, por mucho que lo sea, se defiende.
Hete aquí que los pobladores de esta obra son una colección de humildes, enternecedores pueblerinos sin aspiraciones o que, si las tuvieron, han sido devoradas por el devenir de una vida en la que no destacan ni asoman al borde por si caen al precipicio. En paz dormitan. Valgan como ejemplos el médico excesivamente religioso, sabremos por qué, o el jefe de estación aplastado por una mujer e hijos que no le dan una satisfacción, también le entenderemos.
Confieso que no conocía a János Székely, y me ha encantado la capacidad que tenía este desaparecido escritor húngaro para lograr que el lector empatice con sus personajes. Un mundo, en este caso, de desdichados que se ven aplastados por los abusos de las tropas de Hitler. Con sus respiros, no crean, que estos aciagos aldeanos tienen arrestos y decisión, y protestan aun a sabiendas de lo inane de su queja. Si hasta un tonto se defiende, muchos de ellos, que no lo son, lo hacen sin dudarlo. Hablando de aquél, es curioso cómo en la novela se le pierde la pista al protagonista, Svoboda, durante el trecho en que se fragua la presentación de los actores y la acción en sí misma; mas es muy diestro Székely al hacerlo reaparecer justo en el instante en que cualquier lector estaría preguntándose por él. ¿Y cuándo reaparece? Cuando los alemanes descubren que «lo que necesitaban era un asesino como Dios manda»… No les desvelo más entresijos, lo siento. Y no lo hago porque deberían introducirse en este virtuosismo cuasi musical, con melodía cadenciosa propia de la paz antes citada, la que irradia este pueblo. Bueno, la que irradiaba antes de la invasión nazi. Y nadie infiera por ello lasitud o lectura plomiza. No, deléitense aquí con la minuciosidad con la que se bosquejan los pormenores, así, al paso, sin ser plúmbeo sino clarificador desde la inocencia más sutil. Inocencia que es sinónimo de Svoboda, el pobre, el ingenuo en este drama, quien en su simpleza (mostrada ya desde su forma de hablar) no logra entender el porqué de los acontecimientos. Si él es bueno, «Yo no robo, yo no engaño. Siempre buen hombre. Creo en Dios», ¿entonces a qué son debidos sus infortunios? ¿Por qué le pasa lo que le pasa sin que nadie le ayude? Mejor Dios hace algo rápido», llega a exigirle a un cura.
Tiene esta novela breve pasajes deliciosamente tiernos, así el tránsito que recrea cuando hace la semblanza vital del coronel Fiala, el héroe local. Sobre su determinante papel se vertebra gran parte de la acción. La vida que quiso y aquella destinada a él, cuando «un día, al despertar, descubrió que habían pasado ya veinte años». Un hombre mayor que quedó manco como percance tras su paso por dos guerras mundiales, cuyas aspiraciones se transformaron a causa del peso del clasismo, sin perder por ello la dignidad… ni un poso de resignación a veces teñido de tristeza. Porque el autor nos demuestra que se puede sacar poesía de lo trágico: «Los ancianos pisaban los adoquines de los tortuosos callejones de la aldea unos pocos años más hasta que un día, cansados de no hacer nada, se mudaban discretamente de sus casitas al cementerio de la colina».
Por lo demás, esmerada edición como acostumbra Editorial Impedimenta, feliz traducción y exaltado prólogo. A modo de epílogo, permítanme que les recuerde, como aquí se postula, que «la inteligencia, como se demuestra a menudo, es una cualidad demasiado sobrevalorada». ¡Ahí es nada!... Léanla, y comprobarán que en manos de un escritor con oficio, tal éste, las personas sencillas dan exquisito fruto en una acción literaria.