martes, abril 02, 2013

La Primera Guerra Total, David A. Bell

Trad./Prol. Álvaro Santana Acuña. Alianza Editorial, Madrid, 2012. 448 pp. 28 €

Ángeles Prieto Barba

Bajo la imprecisa expresión histórica “guerra total”, forjada en el siglo XX durante la Primera Guerra Mundial, entendemos ahora la movilización de todos los recursos de un Estado para destruir por completo a otro. Una locución casi metafísica, pues en principio debemos poner en cuestión si es posible disponer absolutamente de todos los recursos (humanos, científicos, industriales, agrícolas, naturales, civiles y militares) al servicio de una guerra como también, y al mismo tiempo, nos preguntamos si es factible conseguir la destrucción total (que no la simple rendición) de un país enemigo. Aunque no nos quepa duda de que el enunciado “guerra total” sea elocuente y efectivo para definir claramente la tendencia u objetivo de nuestras guerras más cercanas. Incluso de toda guerra, si estudiamos su desarrollo y evolución histórica. Pues bien, David A. Bell, historiador británico de impecable formación, nos propone en esta primera publicación de su libro en España, aceptar esta aseveración aplicada en principio al furor bélico desatado en Francia tras la Revolución Francesa, culminado con las Guerras Napoleónicas.
Pero lo que ocurrirá con la lectura de este libro singular es que muy pronto esta hipótesis de partida pasa a segundo plano, concentrando fascinados todo nuestro interés en el desarrollo de lo que constituye un estudio brillante de la guerra como Historia Social. Porque en efecto, la leva en masa, la propaganda revolucionaria constante, la obligatoria adscripción política que no permite quedar al margen y sobre todo, las atrocidades cometidas (campos asolados, mujeres violadas, hambrunas y epidemias generales, ejecuciones de niños, torturas y cuerpos destrozados), sí que nos permite aseverar que en este periodo se produjo un importante salto cuantitativo y cualitativo en la concepción de la guerra, con los claros precedentes de la llamada Revolución Militar que señalara Geoffrey Parker a fines del XVI y la Guerra de los Treinta Años del siglo XVII.
Un libro que además nos resulta necesario, habida cuenta de la reciente revisión que se ha efectuado en todas las universidades españolas de la Guerra de la Independencia, freno a Napoleón que devastó el país cercenando la vida (militar y civil) de casi un millón de personas. Pero Guerra que debemos situar siempre en su contexto europeo, completando su conocimiento con lo que ocurrió antes (Guerra de la Vendée, reino de Nápoles), durante (frente ruso) y después, y en este sentido la lectura de este libro nos resulta muy útil. También para precisar conceptos, ahora que utilizamos con tanta alegría el término jurídico “genocidio” para aplicarlo sin más a toda matanza considerable, sin atender a sus autores (dirigido desde el Estado), ni a las víctimas (grupo nacional, racial o religioso distinto), por lo que las Guerras Civiles como la de la Vendée, quedarían al margen del mismo.
De hecho, sus bien argumentados capítulos nos van adentrando de forma progresiva en una nueva concepción romántica de la Guerra, esa que prevalecerá de ahí en adelante, avistada como una antorcha purificadora, dirigida por la Razón y garantizadora de la supervivencia y derechos de sus actuantes: esos ejércitos, esa carne de cañón mal adiestrada pero tan bien aleccionada que ejecutará puntual las órdenes de sus superiores y también participará del bochorno en la derrota y la gloria en la victoria. Por ello, la figura de Napoleón permaneció y perdura en nuestro subconsciente como el genio militar más brillante de la Historia Contemporánea, sin que haya menoscabado su imagen ser conscientes de su brutal autoritarismo, del reguero de sangre que dejó el paso de sus ejércitos (al menos unos cinco millones de muertos) o de la habilidosa labor de propaganda que lo mantuvo erigido hasta nuestros días. Por ello, aunque no nos atrevemos a aceptar la tesis de David A. Bell que adjudica la calificación de Guerra Total a este periodo, sí que valoramos, y de hecho aplaudimos, que nos haya hecho conscientes de la importancia y trascendencia del mismo. Con esta primera carta de presentación en nuestra lengua, a este historiador no podemos menos que otorgarle una entusiasta bienvenida.