martes, septiembre 07, 2010

Temperatura voz, Mariano Peyrou

Pre-Textos, Valencia, 2010. 56 pp. 8 €

José Luis Gómez Toré

Autor de libros como La sal y Estudio de lo visible, Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971) ha hecho de su escritura, y Temperatura voz es un buen ejemplo de ello, un ejercicio de constante indagación en el lenguaje como ejercicio de cultivada perplejidad ante lo real. El brillante uso de la elipsis y las asociaciones inesperadas dejan entrever un cierto aire ashberiano, que Peyrou comparte con otros poetas coetáneos. Sin embargo, lo importante no son aquí los parecidos de familia, sino la forma en que el poeta sabe inscribir una mirada propia en lo que podríamos llamar parafraseando al propio autor, su particular estudio de lo visible, un juego de espejos en el que el propio acto de percibir es sometido a examen. El flujo de conciencia que parece arrastrar la marcha de estos versos prescinde de los signos de puntuación y juega a borrar los límites de la autonomía de cada poema dentro del poemario. Así, la percepción se convierte en una especie de “work in progress”, en el frágil andamio sobre el que sostener la apropiación del instante. A la conciencia de lo inconcluso y lo fragmentario contribuye asimismo el recurso, ocasional pero significativo, de que el último verso de algunos textos lo constituya una frase inacabada, que el lector puede jugar a acabar (o no) con el inicio del siguiente poema o fragmento.
“Y aquí los nombres son lo más real”, escribe el poeta, y sin embargo no hay en su propuesta un asomo de platonismo. Los nombres no son las esencias secretas de las cosas, al modo de Juan Ramón o cierto Jorge Guillén, sino la precaria condensación de una experiencia, el punto de ebullición de una realidad siempre cambiante. De ahí también la renuncia a un yo poético demasiado fuerte, la persecución de una cierta impersonalidad en el decir. El tono propio del poeta, que desde luego existe, no constituye la ocasión para una orgullosa proclamación del sujeto y de una experiencia supuestamente privilegiada. Es en el correr cotidiano de los días donde el tono de la escritura se revela, como nos sugiere el título, como la temperatura de un lenguaje en su comercio diario con las cosas. Porque la palabra no se empeña en congelar el movimiento de la existencia, porque ella misma se sabe tiempo, la poesía de Peyrou acoge el fluir de lo real. De esa realidad apresada en su dinamismo forma parte también lo imaginario, ya que la mirada se reconoce creadora y funda espacios, señala trayectorias, tiende “una cuerda tan larga que sólo tiene un cabo”.

lunes, septiembre 06, 2010

Compañeras de viaje, Soledad Puértolas

Anagrama, Barcelona, 2010. 217 pp. 18 €

Amadeo Cobas

Todo libro es un viaje; toda historia es contada como un tránsito desde un punto de partida y hasta desembocar en un final. Es indiferente que se trate de una novela, un relato, una biografía… El orden en la narración requiere situar al lector en el origen de lo que va a recibir por parte del escritor. Tal que aquí. Soledad Puértolas principia este periplo literario precisamente con el inicio de un viaje vacacional; uno que tiene la playa como destino y despertar el interés de sus lectores como objetivo. Se nota el oficio de la autora, porque logra, en las seis páginas que dura el relato primero, sentarnos ávidos de saber más.
Se trata de relatos muy introspectivos, en los que la protagonista de turno viaja al mismo tiempo que reflexiona sobre su vida, girando el cuello hacia el pasado o tendiendo la vista para atisbar el futuro. Concluyendo: realiza la duplicidad del viaje, así físico como interior.
Seúl, Londres, Abelleira, Noruega, París…, no importa la distancia o el lugar en el que finaliza el trayecto. Aquí la clave es la placidez del desplazamiento, contado con pausa y acomodo; son viajes bebidos cual humeante café, puede usted servirse un té si lo prefiere, con dilación muy conseguida, exhalados igual que si fueran las vaharadas de un secreto que se comparte y que por su importancia debe ser digerido con calma.
La autora es amiga del detalle, huelga decirlo, «Nos llevábamos la comida a la boca, masticábamos, tragábamos», le gusta la demora que conlleva una digestión lenta de sus relatos, son viajes que no hay prisa en rematar, antes impera la decoración que requiere un vistazo calmo de sus pormenores, desperezando al lector sus sentidos, sumergiéndose en unas aguas aquietadas y mansas. Y son relatos que no acaban, sino que se desvanecen cual suspiro aunque es indudable que su aroma se mantendrá, es más: volverán las olas de lo narrado a acariciar los pies del lector, refrescándole doblemente el recuerdo de la historia inacabada con la que ha disfrutado.
Mención aparte merecen los personajes que surcan estos cuentos. Son cotidianos, son tan cercanos que hablan de nosotros mismos, les suceden cosas que nos han sucedido o podrían sucedernos. En algún caso, deberían sucedernos. Y esa cercanía les da viveza, los hace importantes dentro de su aparente sencillez. Algo equivalente a almorzar una comida casera después de semanas de comer en un restaurante. Así de ricas son estas historias, así de fundamentales quienes participan en las mismas, esbozados en ocasiones con cuatro certeros y suficientes trazos para volverlos como de nuestra familia.
Y luego está el amor. No en un segundo plano, ni muchísimo menos, sino como es en la vida real: su dinamizador. El motivo que nos mueve a hacer cosas con aparente sinsentido, a bailar sin más música que la que suena en el corazón, porque «…pese a todo…el amor merece la pena. Sobre todo, cuando no se espera, cuando no se busca». En estos relatos se aprende que el amor insufla aliento a quien osa exponerse a su influjo para dejarse llevar a párpado plegado.
Eso sí. Aquí hay desgarro también. El amor no siempre se posa. Lo que pudo haber sido y no fue grava las vidas de quienes deambulan por las respectivas suyas, dejados, abandonados, indecisos, inertes frente al momento en que han de dar un giro a su existencia… y no lo hacen. Ay, el remordimiento convivirá para siempre con ellos.
Hay que ser valiente.
Aunque dé miedo ser valiente…

viernes, septiembre 03, 2010

La tierra sin alma, James Stern

Trad. Sonia Fernández Ordás. Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 184 pp. 18 €

Óscar Esquivias

Christopher Isherwood, en su obra autobiográfica Christopher y su gente, dedica el siguiente párrafo a James Stern:

Christopher encontraba simpático a Jimmy Stern porque era un hipocondríaco como él [...]; porque era gruñón, un humorista flaco irlandés; porque su rostro despierto y preocupado era extrañamente atractivo; porque había sido jinete de carreras en Irlanda, camarero en Alemania y granjero en el páramo surafricano; porque sentía un pánico mortal a las serpientes y en cierta ocasión había recibido el mordisco de una [...]; porque había escrito un extraordinario libro de cuentos titulado «The Heartless Land».

Cualquier obra que Isherwood recomiende, me interesa, y más tras un apunte tan simpático de la personalidad y la vida de su autor. Pero The Heartless Land era un libro inencontrable, que había desaparecido por completo de la circulación. En inglés, no se había reeditado desde su aparición en los años 30 y jamás se había traducido al castellano, así que tuve que resignarme a quedarme sin conocer estos cuentos del escritor de rostro atractivo que tenía pánico a las serpientes. Hasta hoy.
La tierra sin alma es el título con el que Sonia Fernández Ordás ha traducido un libro realmente desalmado y descorazonador, pero tan apasionante y bien escrito que ningún lector será capaz de borrarlo de su memoria. El autor transmite sus impresiones sobre África del Sur, territorio donde se ambientan todos los relatos. El mundo literario de Stern está a medio camino entre el de Somerset Maugham (con sus jovencitos virginales que abandonan la metrópoli para instalarse en los territorios extremos del Imperio británico) y el de Joseph Conrad (su paso a la madurez se convierte en un proceso de degradación). En la sociedad colonial descrita por Stern no hay lugar para la justicia, las emociones puras o la alegría. Domina un ambiente opresivo lleno de violencia, aburrimiento, suciedad y racismo. Estos jóvenes se enfrentan al mal absoluto, se ven obligados a madurar en un infierno donde están solos, a merced de lo peor de la condición humana. Quizá no por casualidad, en uno de los cuentos un muchacho lleva a África Moby Dick: los protagonistas de La tierra sin alma vienen a ser los equivalentes modernos del grumete Ismael. Todos se enfrentan con una bestia poderosa que está a punto de matarlos.
Stern no sólo pinta con colores oscuros. En su prosa –sobria, certera, poderosa– abundan los destellos de emoción y de simpatía. Describe de forma vivaz, con gran inmediatez, no sólo los sentimientos de sus protagonistas –es un gran creador de personajes–, sino el paisaje, los olores, el clima, las sensaciones más pequeñas. Una fiesta en la ciudad (en la que una orquestilla toca El Danubio azul y el público baila), un viaje en el tren correo, el croar de las ranas durante el atardecer africano, la vida cotidiana en las granjas... todo esto está narrado con una naturalidad, persuasión y encanto maravillosos. Y, desde luego, uno acaba comprendiendo el pánico del autor por las serpientes.
Yo he terminado la lectura de La tierra sin alma muy conmovido, casi tan perturbado como los personajes de Stern, quienes tras su larga navegación desde Europa hasta Ciudad del Cabo no acaban de acostumbrase a pisar tierra firme. Así estoy yo, un poco aturdido, sin atreverme a escoger otro libro, temeroso de que cualquiera que venga después me decepcione.

jueves, septiembre 02, 2010

Necrópolis, Boris Pahor

Trad. Barbara Pregelj. Anagrama, Barcelona, 2010. 264 pp. 17,50 €

Julián Díez

Hay numerosas diferencias entre Necrópolis y otros libros dedicados a describir la actividad genocida nazi. En primer lugar, éste no trata acerca del holocausto judío, sino sobre las vivencias de un antifascista enviado a campos de trabajo, donde murieron más de tres millones de personas no directamente exterminadas, sino por agotamiento e inanición. Es, por tanto, otra historia distinta, complementaria, ni mejor ni peor. Además, es una narración en primera persona en la que no hay grandes reflexiones globales. Sólo la descripción, detallada y vívida, del dolor. De días, meses, años de carencias. Del intento de demoler a individuos en su condición de tales, para conseguir en algunos casos que emergieran precisamente las mejores cualidades de la humanidad. Sin testigos, hasta que Boris Pahor nos permite convertirnos en tales.
Pahor inició su periplo por distintos recintos del horror en el campo de concentración de Struthoff, en Alsacia, y el libro comienza cuando vuelve a ese lugar para visitarlo veinte años después, junto a un grupo de turistas. El contraste entre el comportamiento despreocupado de los visitantes y las pinceladas de recuerdos del escritor esloveno es la primera bofetada del libro. Después, nos sorprenderá con una galería de personajes descritos apenas a través de sus comportamientos, identificados por un nombre de pila y la nacionalidad. Gente de ideas políticas contrarias al fascismo que tuvo la oportunidad de poner en marcha con su comportamiento vital esas ideas de solidaridad que hoy a veces nos parecen manoseadas, tan gastadas.
Y es que en Necrópolis destaca sobre todo un choque: frente al estilo sombrío de Pahor, austero pero denso, las acciones de sus compañeros brillan con un mensaje de optimismo. En medio del horror, de las descripciones físicas tan escuetas como siniestramente sugerentes, al final el libro se cierra dejando el recuerdo de un croata alegre capaz de poner una sonrisa en medio del caos, del médico noruego sacrificado, del pillo esloveno que engañó algún tiempo a los carceleros.
El otro aspecto relevante del libro, como ya adelantaba, es su falta de juicios. Pahor parece estar por encima de la necesidad de hacer valoraciones del comportamiento de los nazis, o de hurgar deliberadamente en detalles escabrosos para satisfacer el morbo, tan característicos de esos libros sobre el Holocausto que se hicieron populares en los setenta. El estaba allí, lo cuenta, dice lo que sentía. No hay mucho más que añadir a semejante experiencia, salvo el propio entendimiento, la empatía del lector.
Para terminar, incidiré en otro punto que creo importante. La razón básica que llevo a Pahor a un campo de concentración y que le ha mantenido como un escritor casi desconocido en Europa pese a la calidad de esta obra es su condición de esloveno nacido en Italia. Perteneciente a una minoría, poseedor de una lengua distinta, ha visto como su cultura ha sido perseguida durante décadas y no ha renunciado a ella. Hoy se le considera un ejemplo. Convendría la lectura de este libro en esa clave, bajo esos términos, para cuantos pretenden imponer o minusvalorar sentimientos de esas características en nuestro entorno cercano. Para poder interpretarlos de una puñetera vez como una interesante fuente de diversidad, como un elemento de riqueza, en lugar de un estorbo a ficticias e imposibles ideas de uniformización forzosa.

miércoles, septiembre 01, 2010

Bajo el influjo del cometa, Jon Bilbao

Salto de Página, Madrid, 2010. 249 pp. 19,50 €

José Gutiérrez Román

Precisión. Esa es la palabra que mejor define esta colección de cuentos. La precisión entendida como «concisión y exactitud rigurosa en el lenguaje, estilo, etc.» (donde Jon Bilbao demuestra ser un maestro), pero también la precisión que aparece en otra de sus acepciones, esto es, la «obligación o necesidad indispensable que fuerza y precisa a ejecutar algo». Porque es esa “obligación” interior (a veces misteriosa y a veces nacida de lo trivial) la que empuja a los personajes de estos relatos a visitar sus abismos particulares. Por ejemplo, el descubrimiento de unos vecinos leyendo la biblia conduce a los protagonistas del primer cuento a una espiral de espionaje que acabará por retratarles también a ellos. En “Una victoria parcial”, una pareja regresa a una playa solitaria donde cinco años antes fueron dichosos; el reencuentro con aquel paisaje, donde ahora hallan una ballena muerta, les incita a descifrar sus dilemas. El protagonista de este cuento confiesa que es «una persona que concede importancia a las señales», y quizá esta sea otra de las constantes del libro: la presencia de elementos simbólicos que provocan, de un modo u otro, que los personajes se revuelvan en su interior. Así, en el relato que da título al libro, el paso de un cometa deja, misteriosamente, algunas zonas sin suministro de luz, lo cual servirá para mostrar los aspectos más oscuros de sus habitantes.
Mención aparte merecen los dos relatos más sobresalientes del conjunto: “Soy dueño de este perro” y “Un padre, un hijo”. El primero narra una historia desasosegante, donde el dueño de un perro tendrá que enfrentarse con sus dudas sobre el posible instinto criminal de su mascota. “Un padre, un hijo”, por su parte, presenta el incómodo viaje que padre e hijo emprenden a la tumba de su mujer y madre respectivamente, muerta muchos años antes. El cuento está rematado con un final excepcional, de los que no se olvidan. Jon Bilbao demuestra que no sólo domina la técnica narrativa, sino que además sabe desentrañar como pocos los entresijos de las relaciones personales de pareja, familiares o entre vecinos.
Quienes ya hayan leído su anterior libro de cuentos (Como una historia de terror), o quienes piensen hacerlo, encontrarán cierta continuidad en los textos de ambos libros, lo cual, a mi entender, es una virtud. Podemos decir que en los cuentos de Jon Bilbao existe una unidad paisajística que abunda en los bosques, los escenarios costeros o la presencia de animales (casi siempre como preludio de algún acontecimiento perturbador). También nos encontramos con parecidos individuos aislados, o con pequeños incidentes cotidianos que desvelan los confusos mundos internos y externos de las personas. Los cuentos de ambos volúmenes podrían intercambiarse unos con otros y el resultado sería igual de bueno. Bajo el influjo del comenta no hace sino ahondar con acierto en ese inquietante territorio literario de lo desconocido dentro de nosotros. Pocos libros son capaces de diseccionar la compleja simplicidad del ser humano con la precisión con que lo hacen estos ocho relatos. Precisión, esa es la palabra. Por ello, leer a Jon Bilbao es uno de los mejores regalos que cualquier lector puede hacerse hoy en día.