lunes, enero 21, 2008

Entre el muro y el foso, Julio Martínez Mesanza

Pre-Textos, Valencia, 2007. 57 pp. 10 €

José Gutiérrez Román

Hace ya unos años que escuché por la radio a Julio Martínez Mesanza recitar algunos de los poemas (entonces inéditos) que iban a formar este poemario. Entre ellos estaba “San Petersburgo”, que me fascinó y que, como si una acertada estrategia de marketing se tratara, consiguió que esperase con ansia la publicación de este libro. Desde entonces he venido masticando los últimos versos de aquel poema («y recordaba que eras la dulzura/ el último verano que no vimos,/ cuando estabas encinta y a tus ojos/ yo era nadie y la nada, como siempre.»), que al igual que muchos otros versos de Mesanza tienen un aire casi de salmo. Esa es una de las cualidades principales de su poesía: la cuidada forma de unos endecasílabos blancos llenos de musicalidad en los que destaca su sobriedad en el uso del lenguaje, sin metáforas desmesuradas, imágenes rimbombantes ni expresiones ininteligibles. Entre el muro y el foso sigue también una línea unitaria con sus dos obras anteriores (Europa y Las trincheras) en cuanto al componente épico y a la carga moral que desfila por sus páginas. Pero quizá es en esta última entrega donde nos encontramos con una versión más lírica del autor («Estoy en la tristeza, que es un tiempo/ y un espacio y un alma devorada/ por otra alma fantasma que no ha sido.»).
El libro, que se encuentra dividido en cuatro partes, mantiene una constante en todas ellas: la desolación, esa sensación de soledad infinita que subyace en el poema que da título al libro y que podría ser casi la versión poética de El desierto de los tártaros de Dino Buzzati («Entre el muro y el foso, largas noches. Negras noches de guardia junto a nadie.»). Porque en la poesía de Mesanza las torres, los puentes derribados y las trincheras son el espacio sobre el que se despliega su mundo literario, un mundo inmerso en esa belleza que conlleva en ocasiones la asunción de lo terrible, y una belleza tan frágil como el desamparo y la fragilidad del ser humano. Sin embargo, siendo un poemario que ahonda en la desolación, no regresa desolado el lector del paseo por sus páginas (al menos, no éste), sino más bien lúcido y con una mirada que le ayuda a observar conscientemente sus paisajes: los que le rodean y los que lleva dentro. Son éstos poemas de geografías que nos conducen por Rusia e Italia, pero también por los páramos y los desiertos que atraviesa nuestra existencia («Sólo sabes vivir en el desierto,/ y aun el desierto te parece, alma,/ sometido a la vida innecesaria.»).
La voz de Mesanza se entrega a un discurso en el que prima lo reflexivo y donde los poemas elegiacos no se fundan en el dramatismo, sino en una conciencia serena del dolor. Es el asombro del que mira en silencio algo que está más allá de sus ojos y, al mismo tiempo, en el punto más recóndito de su ser. Y eso se sabe nada más leer el primer poema del libro: «Pienso en todas las torres que no he visto/ (...) La hermosura del mundo desde ellas:/ la hermosura del mundo despoblado,/ y todo lo que fuimos, en la torre,/ seguro dentro de la oscura torre.» Y entonces es inevitable que uno piense en esos personajes vigía de la literatura y el cine que, desde su garita, alguna vez nos turbaron, porque quizá imaginaban estos mismos versos mientras oteaban su existencia.