lunes, enero 28, 2008

Amarillo, Félix Romeo

Plot, Madrid, 2008. 160 pp. 15 €

Juan Marqués

«Nunca he pensado en tirarme por un balcón» declara el narrador de la primera novela de Félix Romeo, después de que lo hiciera su hámster (p. 26, —¿o ha sido defenestrado por él mismo, según confiesa después, en p. 94?—), pero enseguida comprobamos que sus tendencias suicidas son tan grandes como el complejo de Peter Pan que está en el origen del relato, y que en buena parte lo explica: «Me miraba en el espejo y me apuntaba. La pistola pesaba más que nada que yo hubiera cogido nunca» (p. 42).
Ha habido que esperar hasta Amarillo para confirmar hasta qué punto aquellos Dibujos animados (Anagrama, 2001) rebosaban no sólo referencias oblicuas o directas a la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, la locura o la presencia de los antepasados, sino alusiones difuminadas a la propia memoria personal de Romeo. Esa prima del padre del protagonista-narrador, encerrada en un manicomio de Málaga (DA, p. 27), es ahora la prima del padre del autor, recluida en un centro de Valencia (A, pp. 88-89); los curanderos Paco y Lola, de Petrel (Alicante) (DA, pp. 30-32), siguen siendo los curanderos Paco y Lola, de Petrer (Alicante) (A, pp. 115-117); aquel amigo, Ramón, que recibía regalos de su familia canadiense o que acompañó a su detestado y agonizante padre en sus últimas noches de vida en el hospital (DA, p. 62-64) se corresponde ahora con el escritor Chusé Izuel, destinatario directo de este libro, que nunca osaría llamar novela (A, pp. 98-99 y 121-122); o el accidente casi nihilista que remataba aquélla (DA, p. 133) coincide en casi todo con la versión “real” que leemos ahora (A, p. 75). El suicidio, que en aquella ficción era un elemento más que contribuía a la sensación desasosegante y amarga de una infancia no precisamente feliz, se convierte en el protagonista de este puzzle crudo y en su principal interrogante. Si uno de los «Tonetti» se daba muerte entonces por un asunto de deudas (DA, p. 87), ahora se recuerda que «Uno de los hermanos Tonnetti, los payasos de circo de nuestra infancia, se suicidó. El payaso de la cara blanca. Ahorcado» (A, p. 84, y tal vez no sea insignificante esa variante casi imperceptible en el apellido). Además, un militar moría al disparársele «accidentalmente» una pistola mientras la limpiaba (DA, p. 113), y en Discothèque, la segunda y excesiva novela de Romeo (Anagrama, 2001), también hay mucha violencia y peligro amenazando sobre las sórdidas carreteras y locales por los que peregrinan sus personajes (y, sobre todo, en la constante evocación de la guerra de Ifni por parte de uno de los principales).
No soy yo quien tiene que pensar a qué género pertenece Amarillo (es una de las ventajas de la historia de la literatura sobre la teoría de la literatura —aunque la primera suele atender a la segunda más que al revés—), pero se puede defender que Romeo ha querido montar una narración con el menor contenido de ficción posible. «No quiero hacer una biografía» (p. 87), nos dice con insistencia, y hacia el final va más lejos al declarar que estamos ante un libro que trata de «la imposibilidad de escribir libros sobre la vida que sean reales» (p. 126, o en la contracubierta). Seguramente tiene razón (aunque habría que saber qué se entiende aquí por “real”), pero lo cierto es que este experimento le ha salido francamente vivo gracias a la estremecedora desnudez del estilo adoptado, que no admite ninguna cabriola retórica ni apenas concesiones poéticas, que no juega a ser literatura (y hay que insistir en que uno de los grandes enemigos de ésta es eso que se conoce como “lo literario”). Parece que Romeo ha querido hacer una modesta y honesta quest de su amigo suicida Izuel, un escritor muy cercano, con el que convivió íntimamente desde la niñez hasta los 24 años con los que decidió dejar este mundo, y ha de concluir que ni siquiera de alguien tan próximo se puede saber mucho y, por tanto, no se debe decir demasiado. Sólo se nos presentan los datos objetivos y los pocos documentos (sus reseñas o las reseñas y necrológicas que escribieron sobre él, fragmentos de las entrevistas que hizo, sus cuentos —publicados póstumamente como Todo sigue tranquilo en Ediciones Libertarias, 1994—, sus descarnadas cartas...), expuestos sin apenas intermediarios, y de los cuales (como, sobre todo, de los propios recuerdos, y prescindiendo casi completamente de testimonios ajenos) el narrador extrae algunas especulaciones o tentativas de explicación que no conducen a casi ninguna certeza. Todo desemboca más bien en más preguntas, que quedarán irremediablemente sin respuesta.
Una de ellas, la que más tortura al narrador, es la que quiere comprender «¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte?» (p. 127). Algunas páginas atrás se ha formulado la misma idea de un modo todavía más duro: «yo me siento como si fuera tu asesino» (p. 85), y todavía antes: «Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo» (p. 64). Ya el protagonista de Dibujos animados pensaba que «El pasado es un tiempo en el que yo era culpable» (DA, p. 23, lo cual, a su vez, se complementa con el recuerdo de Coetzee de la infancia como «un tiempo en el que se aprieta los dientes y se aguanta» —Infancia, Mondadori, 2003, p. 19—) y en la p. 44 de Amarillo Félix Romeo confiesa que en algún momento su intención fue la de «ser un detective que trata de averiguar algo sobre sí mismo a través de otro». ¿Qué es este libro, entonces? ¿Una carta abierta que busca una expiación? ¿Un desahogo? ¿Un homenaje a un amigo que mereció mejor suerte? Tal vez sólo el boceto resignado pero eficaz y vibrante de un libro que nunca existirá porque no puede existir: el libro que explicaría por qué sucedió lo que sucedió, y qué significó o implicó exactamente en la vida de Félix Romeo (y en este caso no hay que escribir “Félix Romeo”, entrecomillando al autor que se entromete con su nombre en su propio texto, como hacen los cervantistas con “Cervantes” o como hay que hacer, por ejemplo, con ese desenfocado “Javier Cercas” que protagoniza y narra Soldados de Salamina: Amarillo no es “autoficción”, no es un “relato real”, y este Félix Romeo no es un trasunto literario sino un hombre que habla en segunda persona a un amigo muerto para ajustar cuentas no tanto con éste sino consigo mismo. Pero Chusé Izuel no va a poder escucharle y Romeo necesita ser escuchado, así que nos invita a todos nosotros a compartir sus confidencias).
«Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. [...] Y lo mismo en cualquier otra actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda. No sirve para nada intentar encontrar algo; o lo tienes o no lo tienes. Sin más», escribió Izuel en una carta a Romeo cuando éste vivía en la Residencia de Estudiantes (inmediatamente antes de vivir juntos en Barcelona, en el piso desde el que Izuel se lanzó hacia la desaparición, y algunos años antes de que Romeo pasara por la zaragozana cárcel de Torrero por negarse a participar de esa cloaca llamada ejército). En esas líneas (reproducidas en p. 133), aparte de comprobar el nervio, la tensión y la verdad de su notable y apasionada escritura (y al margen de que estemos o no de acuerdo con lo que la cita dice), se expone una opinión que podría contribuir a explicar la existencia de Amarillo, su necesidad. Y también hay algo de Romeo en el tercer protagonista del libro, el pintor Bizén (a quien se dirige la dedicatoria), del que se dice que «no hay diferencia entre cocinar y pintar, todo para él forma parte de lo mismo: una manera de ordenar el mundo» (p. 112). En cierto sentido, de todo escritor se podría decir algo parecido, pues escribir es elegir y ordenar los materiales, tratar de poner las cosas en su sitio y obtener alguna información, algún apoyo, alguna verdad. Palabras que nos salven. Un mundo que no duela.
Ha habido que esperar algunos años para leer un nuevo libro de Félix Romeo, quien, sin embargo, no ha dejado de estar muy presente y activo como traductor, prologuista, articulista y crítico en el suplemento literario de ABC, Heraldo de Aragón, Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid o Letras Libres. Ahora esta preciosa edición de Plot, con ilustración de Pepe Cerdá en las cubiertas y pulcramente limpia de erratas, viene a remediar esa ausencia, ese vacío, ese silencio... reflexionando sobre cierta ausencia, cierto vacío, cierto silencio. Intentando explicar lo que se sabe inexplicable, sin esperanza pero sin claudicación, exponiendo todas las piezas de una historia no fragmentaria sino rota, braceando en el aire para no caer del todo.

2 comentarios:

Emilio Ruiz Mateo dijo...

Para mí, uno de los mejores libros en lo que va de año. Un ejercicio difícil y muy bien conseguido. Ya tengo un voto seguro para los premios tormenta del año que viene... jejeje.

Luis Borrás Dolz dijo...

Y no me gustaría tener que enfrentarme a esa muerte cada mañana cuando me miro al espejo, como te pasa a ti. Verle cada mañana en las cicatrices de mi cara, en el tabique hundido de mi nariz. En cada día de lluvia. En cada 27 de febrero. No, no hay ninguna belleza en la decisión de un amigo tirándose por un balcón.