viernes, mayo 25, 2007

Mercado de espejismos, Felipe Benítez Reyes

Premio Nadal 2007. Destino, Barceona, 2007. 397 pp. 19,50 €

Amadeo Cobas

El aval de haber conseguido un premio literario, por más que éste sea de los prestigiosos de verdad, no siempre augura que la novela galardonada tenga calidad. Por desgracia. Si encima empezamos a mezclar novela e historia, la mezcolanza suena a usada.
Sin embargo, cuando se da un giro a lo establecido, la cosa cambia.
En esta narración hiperactiva, Benítez Reyes abre un sinfín de puertas y explicaciones, anticipa la importancia de lo venidero haciendo cómplice al lector, casi pidiendo su venia para continuar, con una cercana primera persona y algún que otro truco literario para enriquecer el texto. Esto es, un escogido lenguaje que lo mismo aúna guiños coloquiales con figuras literarias muy bien ensambladas (vamos, que se nota que el escritor es poeta). La estructura parece lineal, pero se ramifica en idas y venidas que desembocan en notas históricas, paisajísticas y con una combinación muy del gusto del autor: lo real y lo imaginario. Porque llega un punto en que no sabe uno si la réplica del anillo del rey Salomón, la llave en forma de ojo y ese reloj de arena peculiar existieron, si fueron enterrados al lado de las reliquias de los Reyes Magos, o siquiera si existieron estos magos citados de pasada en la Biblia. Ésa es la maestría de Felipe Benítez Reyes: la magia para engañar, para hacer ver espejismos en el desierto de la novela histórica.
Porque si algo preside este libro es un claro tono burlón. Con mala leche y el uso de unos personajes muy bien definidos, el escritor denuesta aquellas obras plagadas de fórmulas mágicas, de esoterismo, de piedras filosofales para casar un final feliz, así como a los escritores pseudo-gurús que persiguen un buen puñado de prosélitos que, leyendo aquello salido de su inventiva, adicionado con unas pizcas de historia y un mucho de credulidad, se convierte en palabra de escritor. Amén.
Más que una novela histórica, este libro es una antinovela histórica. Es una parodia de las otras, que van a la moda y son tan previsibles, tan lucrativas para las editoriales como repetitivas y vacías. Es una trama policíaca enrevesada, una imitación del molde que otros usan amparados en la infalibilidad de sus investigaciones históricas. Ya, ya.
La gracia especial de esta novela radica en la frivolización de los dogmas establecidos. Aquí el protagonista, Jacob, no es héroe, sino antihéroe, lo cual no es novedad, pero sí el tratamiento que recibe. Porque le faltan las cualidades propias de un ladrón de reconocimiento internacional, como fue su padre, no ha heredado ninguna. Además, es el despistado al que los hechos sobrepasan, y que se empeña en conocer una verdad que todos los demás han intuido, excepto él. No sabe uno si reírse de él o sentirle lástima. Y en una novela por otra parte plagada de actores secundarios, destacan dos: tía Corina, que enmienda y corrige con sensatez y cultura libresca a Jacob; y Sam Benítez, el bon vivant que da diligencia y frescura a la acción, de quien parte el encargo de un robo y quien está en medio del lío a pesar de pasarse el libro entero de viaje en viaje. Aquí el antihéroe no descubre nada, sino que tienen que desmigajarle la solución paso a paso. La inocencia le hace creerse importante, centro de varios intentos de asesinato, y no le permite descubrirse como un simple objeto, un peón inmerso en un tablero demasiado complejo, siendo el destinatario de las mentiras de los demás. Él mismo define su personaje: «la verdad es que se pasa uno media vida asintiendo a cosas con las que no puede estar de acuerdo ni por mera cortesía». Sí, pero al final asiente.
Dentro del tono irónico que inunda la narración, hay pasajes especialmente divertidos, como la concatenación de peripecias que suceden a partir de la “toma” de la casa de Jacob y Corina por parte del primo Walter. El okupa viene a despedirse, porque la muerte ronda su umbral, y quiere hacerlo a lo grande, como grande es la indignación de Jacob mientras ve desfilar chicas de pago hasta la habitación de su “moribundo” primo. Pues bien, también aquí hay espejismos, y nada resultará como se expone.
El definitiva, el encargo del robo de las reliquias de los Reyes Magos, depositadas en la catedral de Colonia (el motor de esta historia... si Benítez Reyes no vuelve a engañarnos), saca de sus partidas de billar con los amigos al protagonista, a la tía Corina de sus gintonics y al lector de sus casillas, como intente saber si existieron los veromesiánicos de Catania, la Tabla de Esmeralda y unas cuantas nociones más que, embadurnadas de polvo histórico y a salvo del carbono 14, pululan por las páginas. Es más que probable que el encaje de piezas que pretende el autor al final de la obra no sea perfecto aposta. Chirría porque nos ha hecho trampa de nuevo: hay sorpresas que ni el más sagaz de los lectores hubiera podido olisquear, y eso es guardarse un as en la manga.
¿A imitación de lo que resulta en las novelas históricas que parodia?